lunes, 6 de octubre de 2014






Red-Footed Booby

La gaviota

Habían estado en el cine y luego tomando unas copas en un bar. Al llegar a casa encontraron una gaviota en el patio. Era una gaviota grande, de las que suelen asociarse a muelles y mar. Los miraba, inmóvil junio a los contenedores de basura.
-¡Dios mío! -exclamó ella-, ¡pero si es una gaviota!
Él no contestó inmediatamente, pues ella había dado en el clavo: era una gaviota.
-¡Di algo! -gritó ella-. Seguro que está enferma.
¿Y qué iba a contestar a eso? Dijo:
-No necesariamente.
-Claro que está enferma -replicó ella, y entonces él se dio cuenta de que había bebido más que él-; si no, se habría ido volando.
Vale. Sana o enferma, no quería peleas por culpa de una gaviota. A ella le había molestado que a él le hubiera gustado la película, y el vino blanco no había sido lo suficientemente seco. Ahora había encontrado una gaviota viva en el patio, y para ella estaba enferma, y basta. Si no hubiera estado enferma, se habría ido volando. Pero por el contrario, estaba quieta junto a los contenedores de basura, mirándolos fijamente.
-Bueno, esperaremos a ver -dijo él dirigiéndose hacia la puerta del portal.
-¿Esperar a ver? -Ella fue tras él-. Son más de las once y media.
Estuvo a punto de contestar que nadie estaría esperando al pájaro, pero recapacitó y preguntó:
-¿Qué opinas tú que debemos hacer?
-No lo sé -contestó ella.
Tomaron una cena frugal y tardía y luego se quedaron sentados en la cocina escuchando la radio: música clásica. Según él era Chopin, ella no opinó nada, sino que se levantó y se acercó a la ventana con un vaso de leche en la mano.
-Sigue allí-. Sorbió la leche fría.
El encendió un cigarrillo.
-¿Oyes lo que estoy diciendo?
-Sí. Déjala en paz.
-No me gusta -dijo ella-. Me inquieta. Es como si estuviera esperando algo.
-Los que esperan son los seres humanos -contestó-. Si te inquieta, sería mejor que te fueras a dormir.
-¿Con esa gaviota en el patio? ¡No seas ridículo!
El no dijo nada. Tuvo que hacer verdaderos esfuerzos, pero no dijo nada.
-¿No puedes llamar a la policía?
-No, no puedo. Son las doce y media, es viernes por la noche y la policía está a tope de gente desesperada con rifles y cuchillos. ¿Y qué querrías que dijera? ¿Que mi mujer se siente amenazada por una gaviota que está espiando junto a los contenedores de la basura? ¿Quieres que me encierren en un manicomio?
-No me siento amenazada, pero no me gusta ver sufrir a los animales.
-No sufre. Estoy seguro de que se encuentra estupendamente. Sólo está meditando.
-¡Por Dios! -exclamó su mujer-. ¿Siempre tienes que burlarte de todo?
Pasó por delante de él y se metió en el cuarto de baño. La oyó orinar y luego manipular el rollo del papel higiénico. De donde ella venía, todo se hacía a puerta abierta.
Apagó la radio y se acercó a la ventana. La gaviota seguía inmóvil en la oscuridad del patio.
Ella terminó en el baño y volvió a la cocina.
-¿Y si viene un gato montés? Hay muchos allí abajo.
-En ese caso la naturaleza procederá como debe, estoy seguro.
De repente le entraron ganas de llorar, de perder el control, de sacarlo todo del cuerpo. De niño le había resultado fácil, ahora la desesperación estaba más adentro.
-Yo creo que deberías bajar a matarla -dijo ella.
Mientras se estaba cepillando los dientes se le ocurrió pensar en el primer pez que había pescado. Tenía siete años y la trucha pesaba más de un kilo. Una fuerza dentro de la oscura poza tiraba en dirección contraria a la suya. Más tarde, cuando el pez ya se había dado por vencido y se encontraba coleteando en la hierba, aprendió cómo cortarle el cuello y romperle la nuca. Resultó más fácil de lo que se había imaginado. Durante todo aquel verano había dormido con la caña de pescar al alcance de la mano, y al llegar el otoño intentaron enseñarle el alfabeto sin ningún éxito.
Ella lo siguió hasta el baño y repitió lo de antes.
-No -dijo él-. Y ahora no quiero oír ni una palabra más sobre ese pájaro.
Se acostaron. Ella primero, y él un poco más tarde. Ella se había vuelto hacia la pared, y él llevaba el suficiente tiempo casado con ella como para saber que estaría mirando fijamente la oscuridad. Ojalá no diga nada, pensó. Ojalá no diga nada más, porque no sé lo que haré si lo hace.
Ella no dijo nada. Los dos permanecían muy silenciosos y quietos en la oscuridad. Así transcurrió media hora. Entonces, en un tono de voz como si hubiera perdido todas las batallas, ella exclamó:
-Creo que voy a calentarme un poco de leche.
Algo estalló dentro de él. Apartó el edredón, se levantó y se vistió con movimientos bruscos y enfadados. Luego bajó por las escaleras y salió al patio.
La gaviota seguía igual que antes.
Soltó el palo de la escoba y se acercó con cuidado al pájaro. Sentía la mirada de su mujer en la espalda. La gaviota, nerviosa, empezó a mover las patas y retrocedió hacia la sombra. En la siguió lentamente con el palo levantado por encima de la cabeza. De repente, los dos se quedaron quietos. Notó el viento frío que entraba por la puerta de la calle y pensó: voy a hacerlo ahora mismo, voy a poner punto final a esta pesadilla. Tensó los músculos y pensó que tendría que ser de un solo golpe, un solo golpe con todas sus fuerzas en la nuca del pájaro.
Entonces la gaviota se metió corriendo entre sus piernas, y moviendo las alas se alzó torpemente por entre las fachadas de las casas y desapareció en la noche.
Se había quedado solo, con el palo de la escoba entre las manos.
Cuando volvió arriba, ella ya se había vuelto a acostar. Las habitaciones olían a miel y leche caliente. Estaba inquieto, le latían las sienes, se paseaba de la cocina a la sala, de la sala a la cocina, de un lado para otro, una y otra vez. De repente su mujer apareció en la puerta y preguntó si no iba a la cama.
-No -contestó-. Creo que me voy a dar una vuelta.
Ella suspiró.
-¿Siempre tienes que tomártelo todo tan a la tremenda?
-No me tomo nada a la tremenda. Me voy a dar una vuelta.
-¡Por Dios! -exclamó ella-. En medio de la noche. No hay adonde ir a estas horas.
-No -contestó-. Pero de todas formas me voy a dar una vuelta.

¡Mamma mia!



Revellers wait for a table in a local restaurant after taking part in a Zombie Walk in Asbury Park, New Jersey October 4, 2014. (Photo by Eduardo Munoz/Reuters)


Festival

Me preguntó qué me parecía. No era fácil encontrar las palabras, era ya tarde, el cansancio pesaba, me hubiera gustado irme a dormir, miraba las luces del golfo, se había levantado una brisa cargada de humedad, en la terraza del hotel sólo quedaban los tres o cuatro trasnochadores habituales, me costaba esfuerzo seguirlo, en una lengua extranjera para los dos además. De vez en cuando él hacía una pausa para buscar la palabra adecuada y en esos vacíos mi atención se perdía más aún, un país bajo vigilancia, confiaba en que lo entendiera, claro que lo entendía, lo entendía perfectamente, por más que para entender mejor las cosas haya que haberlas tocado con la mano, pero sabía perfectamente que en aquellos años el suyo era un país bajo vigilancia, es más, un país policíaco, mejor dicho. Exactamente eso, dijo él, un país policíaco, y yo era un pobre empleado estatal, porque todo era del Estado, ¿me entiende?, usted quiere saber por qué en la biografía que le he dado al jurado del festival en el apartado profesión he escrito abogado, muy sencillo, porque era mi profesión, yo era un abogado a sueldo del Estado, defendía por cuenta del Estado a las personas a las que el Estado quería condenar, no sé si entiende usted el círculo vicioso, me hallaba dentro de un círculo vicioso, aquél era el cometido de mi profesión, aceptar el círculo vicioso, yo era el perro que se mordía la cola, mejor dicho, era la cola mordida por el perro. Y después añadió: ¿y si nos tomáramos algo? Es una idea excelente, desde luego, concedí, para mí una tisana quizá, las imágenes violentas de la última película que nos habían hecho tragar aquel día se habían quedado en tecnicolor en mis retinas cansadas. La violencia en tecnicolor, continuó él, entre nosotros, en cambio, la violencia era gris, ni en blanco y negro siquiera, gris, y yo tenía que adecuarme a ese gris, porque era el gris funcionario de un Estado que para hacer creer en el extranjero que la democracia pertenecía al pueblo aseguraba a los imputados un abogado de oficio como en las democracias de verdad, sólo que los imputados de los que yo me encargaba no habían cometido robos, estafas, homicidios o cualquier otro delito de los que aparecen en el código penal, habían cometido el delito de pensar de manera distinta a como pensaba el Estado y habían expresado sus ideas en público, o en privado, porque tal vez hubieran hablado de ello con su primo o con su cuñado y éstos habían ido a contárselo a la policía estatal. Hizo una pausa, y entretanto el camarero se había acercado con lo que le habíamos pedido, pero yo había cambiado de idea, prefería un café, un expreso a la italiana, hay ocasiones en las que hay que estar bien despiertos, son ocasiones raras, le pregunté si conocía el proverbio, seguramente había una variante parecida en su país, evidentemente lo conocía, si esta noche no duerme atrapará una liebre insólita, dijo sonriendo, un perro al que le mordían la cola, lo mejor es tomárselo a broma, así no caeré demasiado en lo dramático, voy a hablarle de un perro al que le mordían la cola.
La brisa había menguado de repente dejando una noche transparente, por el paseo marítimo pasó un grupillo que cantaba Cielito lindo, por la mañana habíamos visto una película mexicana a concurso, no tenía posibilidades de ganar, el director y los actores lo sabían, era una película sencilla y muy auténtica, de esas que en los festivales importantes no reciben premios, si acaso habla de ella algún crítico fino. Lo han entendido y se prestan al juego, dije yo. Yo también me prestaba al juego en cierta forma entonces, dijo él, porque se presta uno al juego incluso cuando éste está trucado esperando que un día salga la carta ganadora, es ésa la perversidad del círculo vicioso, es como Aquiles y la tortuga, sobre el papel la tortuga gana la carrera, la lógica es convincente, pero la verdad es que Aquiles es Aquiles, y tú eres la tortuga, discúlpeme por estas divagaciones zoológicas, del perro he saltado a la tortuga, es que en los procesos partíamos a la par, y la tortuga podía llegar en teoría antes que Aquiles, y la meta consistía en la absolución de los imputados, pero esa meta para la tortuga no llegaba nunca, mi carrera consistía en arrancar penosamente detrás del de los pies ligeros de manera que no cruzase la meta demasiados metros por delante de mí, total, la carrera era suya, digamos que yo me contentaba con centímetros, trabajaba centímetro a centímetro, no sé si me explico, le hago una ecuación: un centímetro, un año de trabajos forzados menos, dos centímetros, dos años menos, y así en adelante, a veces nos veíamos obligados a contentarnos incluso con milímetros, intentaba roer algunos milímetros, dos o tres meses menos de cárcel son muchos en la vida de un hombre, por ejemplo: señorías, mi defendido no pretendía atentar contra la seguridad del Estado en absoluto, es verdad que los libros hallados en su piso han sido publicados en Francia, pero me permito hacer notar a este respetable tribunal que se trata de libros sobre la Revolución Francesa, que como todos sabemos puso fin a la monarquía absoluta: cosas de ese estilo, y jamás vi que el ministerio fiscal planteara una sola objeción, un interrogatorio, una pregunta, total, la carrera ya la tenían ganada de entrada, la sentencia estaba ya escrita, a los jueces les bastaban unos cuantos minutos de falsa reunión en la sala de deliberaciones para leer después una hoja que tenían ya en el bolsillo, pero con cuánta compunción escuchaban mi alegato, esos razonamientos míos que apelaban a la clemencia o reivindicaban el derecho a pensar, según los milímetros que debía roer en cada circunstancia.
Hizo un gesto con la mano como diciendo basta, cogió los cigarrillos y el mechero de la mesa, dejó un billete en el platito de la cuenta. No quisiera seguir aburriéndole, dijo en voz baja, estará usted cansado, y ésta es una historia que ya ha caducado. Y entonces, con un gesto de intimidad no muy adecuado para lo poco que nos conocíamos, le detuve sujetándolo de un brazo. No podemos permitir que esa historia se la engulla la noche, dije, por favor. Me estaba perdiendo en demasiados detalles, dijo él, discúlpeme, procuraré ser sintético, por lo demás esta vieja historia en el fondo es muy simple, o por lo menos vista desde aquí ahora me parece simple y los detalles la empobrecen, es que cierto día, un día fatídico, no tenía absolutamente ningún milímetro que roer, era el cero absoluto, iba a quedarme en la línea de salida, hubiera podido sostener que mi defendido no estaba en pleno uso de sus capacidades mentales, pero ni siquiera podía alegar algo así, no era un atenuante adecuado para un periodista de talento conocido por no haber disentido jamás del régimen, pero cómo, ¿un hombre así no era responsable de sus propias acciones?, se hubieran desternillado en mi propia cara. El caso era éste: mi defendido había filtrado a un semanario alemán ciertos documentos sobre la represión del régimen, tenía un topo en el Ministerio del Interior y había preparado las cosas con cuidado, había solicitado el pasaporte para viajar a Frankfurt y realizar un reportaje sobre la decadencia de Alemania Occidental, imagínese usted, iba a cruzar la frontera el diez de enero y el doce de enero, un sábado, el semanario publicaría las fotocopias de los documentos con un reportaje firmado por un seudónimo que, claro, era él. No sé lo que ocurrió, el semanario tenía las fotocopias desde hacía tiempo y tal vez temiera que se le pasara el punto, a la prensa de ustedes siempre le da miedo que la noticia envejezca, lo inesperado no sucede nunca, lo imprevisto siempre, como ha escrito alguien, y lo imprevisto fue eso, un trivial problema de anticipación, ésa era la situación de la tortuga, ya no se trataba únicamente de roer milímetros, quizá pudiera obtener para él el manicomio criminal, algo mejor que los trabajos forzados, porque los intelectuales que acababan allí no tenían que afanarse tanto y eran tratados con más respeto, pero desde un punto de vista moral era aún peor, cuando me levanté para pronunciar mi alegato no me sentía ni perro ni tortuga, me sentía exactamente un gusano, para seguir descendiendo en la escala biológica, pero, como le decía antes, lo inevitable no sucede nunca, lo imprevisto siempre. Y lo inesperado fue que la puerta de la sala se abrió, entró un ujier precediendo a un señor hasta el estrado de la corte, era un hombre alto, con algunos hilillos grises en sus cabellos, pensé que sería un oficial de justicia, llevaba una hoja en la mano que les enseñó a los jueces, los magistrados lo fueron leyendo por turnos y se pusieron a confabular entre ellos, el presidente del tribunal hizo un gesto al ujier, éste se acercó a la puerta de la sala y dejó entrar a un joven que llevaba una cámara cinematográfica y un micrófono, el joven colocó el micrófono en medio de la sala, abrió después el caballete y situó en él la cámara de modo que filmase la corte de cara y a mí y al imputado de espaldas, el presidente del tribunal me hizo un gesto para que me levantara, me tocaba a mí, la toga sobre los hombros nunca me pareció tan pesada y sentí de repente un calor exagerado en aquella sala donde uno se congelaba, estaba defendiendo un caso realmente difícil pero pronuncié mi alegato con convicción por más que supiera que no serviría de nada, como ya le he dicho, apenas permanecían unos pocos minutos en la sala de deliberaciones, los jueces de esa democracia tenían prisa por regresar a casa, sobre todo en invierno, cuando las calles de Varsovia están llenas de nieve helada y es mejor volver antes de que se haga de noche. Y, por el contrario, tardaban en volver, y los minutos pasaban. Reinaba el silencio, en aquella sala, no puede usted imaginárselo, decir un silencio de tumba es un lugar común pero es que no encuentro otras palabras, mire, mejor, para rendir un homenaje a un escritor del país en el que nos hallamos, le diré que era un silencio de ultratumba. Por fin regresó el tribunal, pero antes de leer el veredicto el presidente se tomó la molestia de decir que errar es humano, es perseverar lo que resulta diabólico, y el tribunal estaba seguro de que el imputado no perse-veraría, era una persona demasiado estimada por el gobierno y por el pueblo para perseverar en su error y que, ése era el veredicto, la enmienda que se esperaba de él era un reconocimiento público de sus propios errores, eventualmente en el diario del partido, que le ofrecía toda su generosa hospitalidad. Por más que hubieran hallado una solución pérfida, porque como en los procesos estalinistas pretendían que él mismo se reconociera culpable, con todo no lo habían condenado, no habían tenido valor para condenarlo, y eso era realmente insólito en aquellos tiempos, en mi país. Felicité a mi defendido, que tenía en su rostro una expresión incrédula, yo tenía prisa por salir de la sala para ir a conocer a aquel señor elegante, al ilusionista que había hechizado a las fieras cambiando ante los ojos de los espectadores el número del circo. Él no había notado nada extraño, a veces los artistas son así, a aquel cineasta yo no lo había visto nunca en persona, sólo lo conocía de nombre; el porqué de aquella irrupción, eso era lo que quería saber, menuda pregunta, no era una irrupción en absoluto, él era simplemente uno de los directores de los Estudios Estatales del Documental, un instituto del Estado, y se le había ocurrido la idea de realizar un documental sobre los procesos a los ciudadanos acusados de actividades contra el Estado, de modo que había solicitado el correspondiente permiso al Estado, y el Estado obviamente se lo había concedido, porque una institución estatal no puede negar a uno de sus directores el que ruede los procesos que atañen al Estado. Naturalmente, todo el material filmado pasaba por el filtro de los altos funcionarios del Estado para recibir la aprobación antes de ser montado, estaba seguro de que tal aprobación no la obtendría nunca pero ésa era una cuestión secundaria, porque lo importante era filmar la realidad, y esos funcionarios la realidad tendrían que meterla en los archivos, no podían tirarla a la basura, y yo sabía igual que él que a los funcionarios del Estado, en este caso a los jueces, no les gusta ser juzgados por otros funcionarios del Estado, porque el nuestro era un Estado fundado en la recíproca sospecha, el único elemento de cohesión que lo mantenía en pie: pues eso, ahí estaba la finalidad, rodar para dejar en los archivos nuestro presente, ¿satisfecho? Y, llegados a ese punto, le pregunté si podía darme su dirección, el teléfono era mejor evitarlo, me gustaría mucho hablar con él, yo era un gran aficionado al cine. Sin embargo, no fui a verle enseguida, en realidad el cine me interesaba más bien poco, fui cuando llegó el momento, seré breve, porque si no, acabaría por hacer de esto un guión, estábamos a finales del invierno, me recibió en su piso, un lugar sobrio, no había más que libros y carteles, en aquella época éramos todos pobres. Le dije que tenía otro caso que proponerle para sus documentales, un proceso más difícil incluso que el primero, un asunto digno de quedar en los archivos porque el imputado esta vez no era ni siquiera una persona, era una representación, no sé bien si drama o comedia, podía llamarla como prefiriera, era teatro, una representación prácticamente sin texto, casi no se pronunciaban palabras, se hablaba con el cuerpo, había un director, es cierto, pero en la representación hay actores que la interpretan, el autor de la música, el responsable de las luces, el escenógrafo, era imposible llevar a toda esa gente al banquillo de los imputados, en definitiva, ni una sola palabra contraria a los ideales del Estado, el imputado, si es que así puede llamársele, era la manera de poner en escena aquella representación, que se consideraba subversiva, pero hasta los cargos resultaban muy poco claros, ¿cómo era posible acusar a una manera? Venga a filmar un proceso contra la ficción, le dije, un proceso contra la pura ficción. Él vino, y filmó la lectura del acta de imputación por parte del ministerio fiscal, una lectura que resultó tan grotesca que hasta el fiscal se percató de ello y en determinado momento empezó a vacilar, la corte no tuvo necesidad de retirarse a la sala de deliberaciones, el presidente del tribunal objetó que la acusación carecía de consistencia jurídica y que la pieza podía representarse. Después pasaron los meses, un año tal vez, durante los cuales no tuve necesidad de ir a buscarlo. Hasta un buen día, en que me vi de nuevo obligado a llamar a su puerta. Pero esta vez no se trataba de una representación, se trataba de la realidad, de la vida de un hombre, así fue como se lo dije, porque con la condena que iban a imponerle era como enterrarlo vivo. Le expuse el caso, y él me escuchó con atención. Es una lástima, dijo, hubiera ido con mucho gusto, por desgracia su documental estaba parado por el momento, al Instituto del Cine se le había acabado la película, se había cursado la solicitud a las autorida-des competentes desde hacía más de un mes y aún no se había procedido a su reposición, conocía mejor que él las demoras de nuestra burocracia, quizá no recibiera la película hasta después del verano. Por mi parte fue un impulso, creo que ni siquiera tuve tiempo de pensar en lo que estaba diciendo, dije: venga incluso sin película, maestro.
Hizo una pausa. Se encendió un cigarrillo, vacilaba como quien teme no ser creído. Fue así como se filmaron mis procesos sucesivos, continuó, con la cámara vacía, y en todas las ocasiones las sentencias fueron generosamente indulgentes. De aquel breve documental, que no llegaba a la media hora, que había filmado efectivamente y que sigue enterrado en los archivos de un Estado difunto, toda la continuación, un par de horas de rodaje por lo menos, es decir, las imágenes filmadas sin película, son las más emocionantes, pero éstas viven sólo en el archivo de mi memoria y en determinado momento casi me ha parecido verlas proyectadas en la pantalla de esta clara noche de mayo. Calló, dándome a entender que no había nada más que añadir, levantó su vaso en un brindis por algo que sólo sabía él y dijo después: ahora entenderá por qué en mi ficha biográfica no he escrito guionista, pero eso no tiene importancia, lo más divertido de toda esta historia es la frase que le dije para convencerlo de que viniera a rodar sin película, le dije: maestro, aquí se trata de la realidad, no de una película. Dese cuenta de la estupidez que le dije: aquí se trata de la realidad, no de una película. Ahora que él ya no se encuentra entre nosotros y que este festival dedica una retrospectiva a toda su cinematografía, excluida la más importante de sus obras, esa que no quedó grabada en película, me ha entrado un deseo que no sé si es nostalgia o añoranza: quisiera que gracias a algún sortilegio saliera de repente de la noche, aunque no fuera más que por unos instantes, para reírse conmigo de aquella frase mía.
Se había puesto en pie. Hizo un gesto amplio que me pareció sin significado, como si estuviera abrazando la noche. De aquella frase mía, añadió, aunque no sólo de aquella frase mía, de muchas otras cosas podríamos reírnos sólo él y yo, realmente de muchas cosas, ahora que ya no es posible, pero me temo que he abusado de su paciencia y de su cansancio, ya nos veremos mañana en la primera sesión, es una película basada en un bestseller, buenas noches.

De Rositas






Lv Mengmeng, who was born in 1995, poses for a photograph in Shanghai August 22, 2014. When asked if she would like siblings, Mengmeng said: “Maybe brothers, because I think they could protect me”. (Photo by Carlos Barria/Reuters)

El reencuentro

Iba mirando el periódico que acababa de comprar y por eso no advirtió su presencia hasta que casi chocó contra ella.
-Perdone -dijo él, aún distraído y manoteando torpemente el diario.
-Vaya, pero si eres tú -dijo ella.
Tomás alzó la vista. Rosario estaba frente a él, con gesto sorprendido, sonriente. Tenía exactamente el mismo aspecto de siempre: Tomás incluso creyó reconocer la chaqueta de mezclilla que llevaba. Qué bárbaro, cinco años sin verse y vestía la misma chaqueta que antes. Con lo mucho que se cambiaba de ropa por entonces y la cantidad de dinero que se gastaba en trapos.
-Pues sí, soy yo.
Se quedaron unos instantes sin saber qué decirse.
-Estás igual -dijo él.
-Tú también -dijo ella. Tomás se pasó disimuladamente una mano por el pelo, mucho más ralo que antes, y metió tripa.
-Acabo de llegar -explicaba Rosario-. Hace un par de días. Y ya no me voy más. Se acabó la aventura americana.
Era verdad, sí. Ahora Tomás recordaba vagamente que Rosario le había escrito que pensaba regresar a Madrid. Pero eso había sido muchos meses atrás.
-Te debo carta, por cierto -recordó de pronto Tomás, sintiéndose culpable.
-No te preocupes: ahora ya me podrás decir las cosas cara a cara. O por teléfono.
Rieron los dos, Rosario enseñando sus dientecitos pequeños y parejos, como de niña. Una mujer tan estupenda, Rosario. Pero ¿qué cosas? ¿Qué cosas podría decirle? ¿De qué podría hablarle? Ni por carta, ni por teléfono, ni cara a cara: no se le ocurría nada que contarle a esa mujer estupenda con la que había vivido cuatro años.
-¿Qué tal te va la vida? -preguntó ella.
-Bien. Bueno... Sí, bien. ¿Y a ti? -titubeó él.
-Muy bien. Ya ves. En pleno cambio.
Y, sin embargo, los primeros seis meses de su relación habían sido un incendio. No en el terreno de la complicidad verbal: ahí nunca brillaron. Los dos eran demasiado introvertidos, demasiado pasivos, demasiado callados. Debió de ser por eso por lo que fracasó la relación, años después. Pero al principio, en los primeros tiempos: al principio la piel echaba chispas, el silencio del otro era un enigma que avivaba el deseo y por las venas corría lava en vez de sangre. Tomás nunca había mantenido una relación sexual tan descomunal y tan febril como con Rosario. Cuando se encerraban el uno con el otro estallaban cohetes, se calcinaban las estrellas, el mundo era un perpetuo redoble de tambor. Se bastaban. No necesitaban nada más. Era la apoteosis de los cuerpos.
-¿Sigues teniendo el mismo piso que antes?
-Sí. Y tú, ¿dónde vas a vivir?
-Oh, ahora, de momento, estoy en casa de mi hermana, pero me estoy buscando un apartamento. Quiero comprar algo.
Era la misma, exactamente la misma mujer que le volvió loco tiempo atrás, pero algo se había roto definitivamente. Al sutil mecanismo de la pasión le faltaba una pieza. Era como un reloj estropeado: si no marca la hora, se convierte en materia desordenada y absurda, en tuercas, cristales, ruedecillas inútiles. El reloj pierde su sustancia y ni siquiera es. Del mismo modo, los dientecitos de Rosario, antes irresistibles, un sortilegio de dulces mordeduras, eran hoy unos dientes vulgares, ajenos, inanimados. Años atrás no hubiera podido estar tan cerca de ella sin temblar y hoy estaba deseando marcharse.
-¿Y tu madre?
-Muy bien. Con sus achaques de artritis, pero bien. ¿Y tus padres?
-Estupendos. Desde que se jubilaron se pasan el día viajando. Ahora están en Alicante.
-Qué bien.
Coincidieron los dos, años atrás, en una esquina del tiempo y del espacio. Pero después el mundo siguió girando y se perdieron. Y, sin embargo, ahora aún la quería. Se querían mucho los dos, de eso estaba seguro: con un amor antiguo y animal, con la costumbre de quien ha compartido infinidad de gripes y de insomnios, con el mismo entrañamiento con que quieres a ese hermano con el que nunca sabes de qué hablar.
-Bueno, Tomás, me voy a tener que ir -sonrió ella-. A ver si un día quedamos y comemos.
A Rosario, la conocía bien, le pasaba lo mismo: estaba huyendo. Se miraron, se sonrieron; y se abrazaron estrechamente, con el dulce recuerdo de los abrazos de antaño. Que seas feliz, pensó Tomás; que seas muy feliz, deseó desde el fondo de su corazón, con todas sus fuerzas. Y después se separaron los dos, muy aliviados.


Novela corta


John Malkovich as Marilyn Monroe in a re-creation of Andy Warhol's 1962 painting. The image is a part of the series, “The Malkovich Sessions”, by photographer Sandro Miller and on display at the Catherine Edelman Gallery in Chicago. Miller wanted to pay homage to the artists who influence his photographic career, and approached Malkovich with the idea of re-creating the famous portraits. (Photo by Sandro Miller/Catherine Edelman Gallery)


Usher II

-«Durante todo un día de otoño, triste, oscuro y silencioso, cuando las nubes colgaban opresivas y bajas en los cielos, yo había estado cruzando, montado a caballo, una región singularmente lóbrega, y de pronto, cuando ya se cerraban las sombras de la noche, me encontré delante de la melancólica Casa Usher...»
El señor William Stendahl dejó de recitar. Allí, sobre una colina baja y negra, estaba la Casa, y la piedra angular tenía una inscripción: 2005 A.D.
-Ya está terminada -dijo el señor Bigelow, el arquitecto-. Aquí tiene la llave, señor Stendahl.
Las dos figuras se alzaban inmóviles en la tranquila tarde otoñal. Los planos azules crujían sobre la hierba de color de cuervo.
-La Casa Usher -dijo el señor Stendahl con satisfacción-. Proyectada, construida, comprada, pagada. ¿El señor Poe no estaría encantado?
El señor Bigelow entornó los ojos.
-¿Era esto lo que quería, señor?
-¡Sí!
-¿El color está bien? ¿Es desolado y terrible?
-¡Muy desolado, muy terrible!
-¿Las paredes son... lívidas?
-¡Asombrosamente lívidas!
-¿La laguna es bastante negra y siniestra?
-Increíblemente negra y siniestra.
-Y los juncos, no sé si sabe usted, señor Stendahl, que los hemos teñido, ¿tienen ahora el color gris y ébano apropiado?
-¡Son horribles!
El señor Bigelow consultó sus planos arquitectónicos.
-La Casa, la laguna, el suelo, señor Stendahl, "enfrían y acongojan el corazón, entristecen el pensamiento"?
-Señor Bigelow, vale lo que cuesta, hasta el último centavo. Dios mío, ¡qué hermosa es!
-Gracias. He tenido que trabajar a ciegas. Por fortuna, tenía usted sus propios cohetes, o no hubiésemos podido traer la mayor parte del equipo. Ya habrá observado usted el permanente crepúsculo, el invariable mes de octubre, la tierra desnuda, estéril, muerta. Hemos trabajado mucho. Matamos todo. Diez mil toneladas de DDT. No ha quedado una rana, una víbora, ni siquiera una mosca marciana. Crepúsculo permanente, señor Stendahl, estoy orgulloso. Unas máquinas ocultas oscurecen el sol. Todo es siempre adecuadamente «siniestro».
Stendahl respiró la tristeza, la opresión, los vapores pestilentes, toda la «atmósfera» tan delicadamente concebida y adaptada. ¡Y la Casa! ¡Ese horror tambaleante, la laguna maléfica, los hongos, la extendida putrefacción! ¿Quién podía adivinar si era o no de material plástico?
Stendahl miró el cielo de otoño. En algún sitio, allá arriba, más allá, muy lejos, estaba el sol. En algún sitio era abril en Marte, un mes amarillo de cielo azul. En algún sitio, allá arriba, descendían las naves con una estela de llamas, dispuestas a civilizar un planeta maravillosamente muerto. Pero el fragor de los cohetes no llegaba a este mundo sombrío y silencioso, a este antiguo mundo otoñal y a prueba de ruidos.
-Ahora que mi tarea ha terminado -dijo el señor Bigelow, intranquilo-, ¿puedo preguntarle qué va a hacer usted con todo esto?
-¿Con Usher? ¿No lo ha adivinado?
-No.
-¿El nombre de Usher no significa nada para usted?
-Nada.
-Bueno, ¿y este nombre: Edgar Allan Poe?
El señor Bigelow meneó la cabeza.
-Por supuesto -gruñó delicadamente el señor Stendahl, con desaliento y desprecio a la vez-. ¿Cómo pude pensar que conoce al bendito señor Poe? Murió hace mucho tiempo, antes que Lincoln. Quemaron todos sus libros en la Gran Hoguera. Hace ya treinta años...
-Ah -dijo juiciosamente el señor Bigelow-. ¡Uno de aquellos!
-Sí, Bigelow, uno de aquéllos. Allí ardieron Poe y Lovecraft y Hawthorne y Ambrose Bierce, y todos los cuentos de miedo, de fantasía y de horror, y con ellos los cuentos del futuro. Implacablemente. Se dictó una ley. Oh, no era casi nada al principio. Mil novecientos cincuenta y mil novecientos sesenta. Primero censuraron las revistas de historietas, las novelas policiales, y por supuesto, las películas, siempre en nombre de algo distinto: las pasiones políticas, los prejuicios religiosos, los intereses profesionales. Siempre había una minoría que tenía miedo de algo, y una gran mayoría que tenía miedo de la oscuridad, miedo del futuro, miedo del presente, miedo de ellos mismos y de las sombras de ellos mismos.
-Ya.
-Tenían miedo de la palabra «política», que entre los elementos más reaccionarios acabó por ser sinónimo de comunismo, de modo que pronunciar esa palabra podía costarle a uno la vida. Y apretando un tornillo aquí y una tuerca allá, presionando, sacudiendo, tironeando, el arte y la literatura fueron muy pronto como una gran pasta de caramelo, retorcida y aplastada, sin consistencia y sin sabor. Poco después las cámaras cinematográficas se detuvieron, los teatros quedaron a oscuras, y de las imprentas que antes inundaban el mundo con un Niágara de material de lectura, brotó una materia inofensiva e insípida, como de un cuentagotas. ¡Oh, hasta el «entretenimiento» era extremista, se lo aseguro!
-¿De veras?
-Así es. El hombre, decían, ha de afrontar la realidad. ¡Ha de afrontar el Aquí y el Ahora! Todo lo demás tiene que desaparecer. ¡Las hermosas mentiras literarias, las ilusiones de la fantasía, han de ser derribadas en pleno vuelo! Y las alinearon contra la pared de una biblioteca un domingo por la mañana, hace treinta años. Alinearon a Santa Claus, y al jinete sin Cabeza, y a Blanca Nieves y Pulgarcito, y a Mi Madre la Oca.... Oh, ¡qué lamentos!, y quemaron los castillos de papel y los sapos encantados y a los viejos reyes, y a todos los que «fueron eternamente felices», pues estaba demostrado que nadie fue eternamente feliz, y el «había una vez» se convirtió en «no hay más». Y las cenizas del fantasma Rickshaw se confundieron con los escombros del país de Oz, e hicieron unos paquetes con los huesos de Ozma y Glinda la Buena, y destrozaron a Polícromo en un espectroscopio y sirvieron a Jack Cabeza de Calabaza con un poco de merengue en el baile de los biólogos. La Bella Durmiente despertó con el beso de un hombre de ciencia y expiró con el fatal pinchazo de su jeringa. Hicieron que Alicia bebiera algo de una botella que la devolvió a un tamaño donde no podía seguir gritando «más curioso y más curioso» y rompieron el Espejo de un martillazo y acabaron con el Rey Rojo y la Ostra.
El señor Stendahl apretó los puños, jadeante, el rostro enrojecido. ¡Oh Dios, no había pasado tanto tiempo!
En cuanto al señor Bigelow, la larga explosión del señor Stendahl lo había dejado estupefacto. Al fin parpadeó y dijo:
-Lo siento. No sé de qué me habla usted. Sólo nombres para mí. He oído decir que la Gran Hoguera fue una cosa buena.
-¡Fuera! -gritó Stendahl-. ¡Su trabajo ha terminado, y ahora déjeme solo, idiota!
El señor Bigelow llamó a los carpinteros y se alejó. El señor Stendahl se quedó solo ante la Casa.
-Oídme todos -les dijo a los invisibles cohetes-. Vine a Marte para alejarme de vosotros, gente de Mente Limpia, pero llegáis en enjambres cada vez más espesos, como moscas a la carroña. Pues bien, ha llegado mi hora. Os daré una buena lección por lo que le hicisteis al señor Poe en la Tierra. ¡Desde hoy, cuidado! ¡La Casa Usher está abierta!
Y alzó al cielo un puño amenazante.

El hombre salió del cohete con aire despreocupado. Le echó una mirada a la Casa, y una expresión de irritación y disgusto le ensombreció los ojos grises. Cruzó el foso y se acercó al hombrecito que esperaba allí.
-¿Usted es Stendahl?
- Si.
-Yo soy Garrett, inspector de Climas Morales.
-¿De modo que al fin llegaron a Marte, ustedes los de Clima Moral? Me estaba preguntando cuándo aparecerían.
-Llegamos la semana pasada. Muy pronto todo será aquí limpio y ordenado como en la Tierra -dijo Garrett, y sacudió irritado una tarjeta de identidad, señalando la Casa-. ¿Por qué no me dice que es esto, Stendahl?
-Un castillo encantado, si le parece.
-No me gusta, Stendahl, no me gusta. El sonido de esa palabra encantado.
-No es nada complicado. En el año de gracia dos mil cinco, he construido un santuario mecánico: murciélagos de cobre que vuelvan en rayos electrónicos, ratas de bronce que corretean por sótanos de material plástico, esqueletos robots que bailan, vampiros robots, arlequines, lobos, fantasmas blancos, productos todos de la química y el ingenio del hombre.
-Lo que me temía -dijo Garrett sonriendo pacíficamente-. Tendremos que echar abajo la casa, señor Stendahl.
-Sabía que vendrían ustedes, tan pronto como se enteraran.
-Hubiera venido antes, pero en Climas Morales queríamos estar seguros de las intenciones de usted. Los desmanteladores y la brigada de incendios, podemos tenerlos aquí a la hora de la cena. Y a medianoche no quedará de su Casa ni los cimientos. Señor Stendahl, me parece usted un poco bobo. Gastar en una tontería dinero ganado con trabajo. Por lo menos le ha costado a usted tres millones de dólares...
-Cuatro millones. Pero en mi juventud, señor Garrett, heredé veinticinco millones. Me puedo permitir este gasto. Es una lástima, sin embargo, haber terminado la Casa no hace más de una hora y que ya se precipiten sobre ella usted y sus desmanteladores. ¿No podría dejarme disfrutar de mi juguete durante digamos, veinticuatro horas?
-Ya conoce usted la ley. Es muy estricta. Nada de libros, nada de casas, nada que pueda sugerir de alguna manera fantasmas, vampiros, hadas y otras criaturas de la imaginación.
-¡Pronto quemarán a los Babbitt!
-Usted nos dio mucho que hacer, señor Stendahl. Consta en nuestros registros. Hace veinte años. En la Tierra. Usted y su biblioteca.
-Sí, yo y mi biblioteca. Y unos pocos más como yo. Oh, ya nadie se acordaba de Poe, de Oz y de los otros. Pero yo tenía mi pequeño refugio. Unos pocos ciudadanos conservamos nuestras bibliotecas hasta que llegaron ustedes, con antorchas e incineradores, y destrozaron y quemaron mis cincuenta mil libros. Un día atravesaron también con un palo el corazón del día de Todos los Muertos, y les dijeron a los productores de cine que si querían hacer algo se limitasen a repetir y a repetir, una y otra vez, a Ernest Hemingway. ¡Dios santo, cuántas veces he visto "Por quién doblan las campanas"! Treinta versiones diferentes. Todas realistas. ¡Oh, el realismo! ¡Oh el aquí, oh el ahora, oh el infierno!
-Es inútil amargarse.
-Señor Garrett, usted tiene que presentar un informe completo, ¿no es así?
-Sí.
-Aunque sólo sea por curiosidad, entre y mire un rato. No tardaremos más de un minuto.
-Muy bien. Guíeme. Y nada de trampas. Estoy armado.
La puerta de la Casa Usher se abrió rechinando, y dejó escapar un viento de humedad, y se oyeron unos gemidos y unos suspiros muy hondos, como si grandes fuelles subterráneos respiraran en lejanas catacumbas.
Una rata corrió por el suelo de piedra. Garrett, gritando, le dio un puntapié. La rata rodó, y de su piel de nailon brotó una increíble horda de moscas metálicas.
-¡Asombroso! -Garrett se inclinó y miró.
Una vieja bruja estaba sentada en un nicho y barajaba con temblorosas manos de cera un mazo anaranjado y azul de naipes de Tarot. Sacudió la cabeza, y le siseó a Garrett a través de la boca desdentada, golpeando los naipes grasientos con las puntas de los dedos.
-¡La muerte! -gritó.
-A esto, precisamente, me refería -dijo Garrett-. ¡Deplorable!
-Permitiré que usted mismo la queme.
-¿De veras? -dijo Garrett satisfecho. En seguida frunció el entrecejo-. He de reconocer que se lo toma usted muy bien.
-Me basta haber podido crear este sitio. Poder decir que lo hice. Decir que he creado un ambiente medieval en un mundo moderno e incrédulo.
-Yo mismo no puedo dejar de admirar el genio inventivo de usted, señor.
Garrett miró una niebla que pasaba, susurrando y susurrando, y que parecía una hermosa y vaporosa mujer. En el fondo de un pasillo húmedo giraron unas ruedas, y como hilos de caramelo lanzados por una máquina centrífuga, las neblinas flotaron murmurando en los aposentos silenciosos.
Un gorila brotó de la nada.
-¡Cuidado! -gritó Garrett.
Stendahl golpeó levemente el pecho negro del gorila.
-No tema. Un robot. Cobre y otros materiales, como la bruja. ¿Ve? -Tocó la piel descubriendo unos tubos de metal.
-Sí -. Garrett alargó tímidamente una mano -. Pero ¿por qué? ¿Por qué todo esto, señor Stendahl? ¿Qué lo obsesiona?
-La burocracia, señor Garrett. Ahora no puedo explicárselo. Pero el gobierno lo sabrá muy pronto -. Y Stendahl hizo una seña al gorila -. Bien. Ahora.
El gorila mató al señor Garrett.

-¿Estamos listos, Pikes?
Pikes, inclinado sobre la mesa, alzó los ojos.
-Sí, señor.
-Ha hecho usted un espléndido trabajo.
-Bueno, para eso me pagan, señor -, dijo Pikes suavemente mientras levantaba el párpado de plástico del robot y ajustaba con precisión el ojo de vidrio a los músculos de goma -. Ya está.
-La vera efigie del señor Garrett.
Pikes señaló la mesa rodante donde yacía el cadáver del verdadero señor Garrett.
-¿Qué hacemos con él, señor?
-Quémelo, Pikes. No necesitamos dos Garrett, ¿no es cierto?
Pikes arrastró la mesa hasta el incinerador de ladrillo.
-Adiós -dijo, metió dentro al señor Garrett y cerró la puerta.
-Adiós.
Stendahl miró al robot.
-¿Recuerda las instrucciones, Garrett?
-Sí, señor. -El robot se sentó en la mesa muy tieso-. Vuelvo a Climas Morales. Redactaré un informe complementario. Demoren intervención cuarenta y ocho horas. Continúo investigando.
-Bien, Garrett. Adiós.
El robot corrió hacia el cohete de Garrett, entró, y se fue volando.
Stendahl se volvió.
-Bueno, Pikes, ahora enviaremos las últimas invitaciones para esta noche. Creo que nos divertiremos, ¿no es cierto?
-Teniendo en cuenta que hemos esperado veinte años, ¡será toda una fiesta! - Se guiñaron los ojos.
Las siete. Stendahl miró su reloj. Era casi la hora. Hizo girar la copa de jerez en la mano, y luego se sentó, tranquilamente. Sobre él, entre las vigas de roble, los murciélagos, de delicados huesos de cobre ocultos bajo la carne de caucho, chillaban y lo miraban parpadeando. Stendahl levantó la copa hacia ellos.
-Por nuestro éxito -dijo. Y reclinándose en el sofá cerró los ojos y consideró otra vez el asunto. Con qué placer recordaría esta noche cuando fuera viejo. El gobierno antiséptico pagaba al fin sus conflagraciones y sus terrores literarios. Oh, cómo habían crecido en él la furia y el odio a lo largo de los años. Oh, cómo el plan había cobrado forma lentamente en su mente aletargada, hasta el día en que había conocido a Pikes, tres años atrás.
Ah, sí, Pikes. Pikes, corroído por una amargura profunda, como un oscuro pozo de ácido verde. ¿Quién era Pikes? El más grande de todos. Pikes, el hombre de diez mil caras, una furia, una humareda, una niebla azul, una lluvia blanca, un murciélago, una gárgola, un monstruo, ¡eso era Pikes! ¿Superior a Lon Chaney, padre? Stendahl, que había visto a Lon Chaney noche tras noche, en películas viejas, muy viejas, meditó unos instantes. Sí, superior a Chaney. ¿Superior a aquella otra vieja momia? ¿Cómo se llamaba? ¿Karloff? Muy superior. ¿Lugosi? La comparación era odiosa. No, no había más que un Pikes. Y le habían prohibido todas sus fantasías. No había lugar para él en la Tierra, ni gente que pudiera admirarlo. ¡Ni siquiera podía representar ante un espejo, ante sí mismo!
¡Pobre, imposible y derrotado Pikes! ¡Qué habrás sentido, Pikes, aquella noche en que arrancaron tus películas de las cámaras, como si les sacaran las entrañas, tus propias entrañas, para arrojarlas luego en rollos y pilas a las llamas de un horno! ¿Habrás sufrido tanto como yo cuando destruyeron mis cincuenta mil libros sin una disculpa? Sí, sí. Stendahl sintió que una furia insensata le helaba las manos. Cómo no iba a ser natural que en incontables medias noches conversaran consumiendo interminables cafeteras, y que de esas conversaciones y de ese fermento amargo saliera... la Casa Usher.
Se oyeron las campanadas de una gran iglesia. Llegaban los invitados.
Stendahl, sonriendo, fue a recibirlos.
Adultos sin memoria, los robots esperaban. Vestidos de seda verde como los charcos de los bosques, envueltos en sedas del color de las ranas y los helechos, ellos esperaban. Envueltos en pieles amarillas, como el sol y la arena, los robots esperaban. Aceitados, con huesos de tubos de bronce sumergidos en gelatina. En cajas de madera, en ataúdes fabricados para los que no estaban vivos ni muertos, los metrónomos esperaban que los pusieran en marcha. Un olor de lubricación y bronces torneados. Un silencio de cementerio. Sexuados, pero sin sexo, los robots. Nominados, pero sin nombre, con todas las características humanas menos la humanidad, en una muerte que ni siquiera era muerte, ya que nunca había sido vida, los robots miraban fijamente las tapas cerradas de sus cajas, esas cajas en las que alguien había grabado las letras E.O.B. Y de pronto rechinaron los clavos. De pronto se levantaron las tapas, hubo sombras en las cajas, y una mano apretó una lata de aceite. Se oyó el leve tictac de un reloj, luego otro y otro, hasta que el sótano se convirtió en una inmensa y ronroneante relojería. Los párpados de goma se abrieron y descubrieron los ojos de mármol; las narices palpitaron; los robots se levantaron vestidos con una velluda piel de mono, o una piel blanca de conejo; Tweedledum detrás de Tweedledee, la Tortuga y el Ratón, cadáveres de ahogados en un mar de sal y algas, ahorcados de rostros violáceos y ojos desorbitados y viscosos, seres de hielo y de ardientes oropeles, enanos de arcilla y gnomos de pimienta, Tik-Tok, Ruggedo, Santa Claus precedido por un torbellino de nieve, Barba Azul con patillas de acetileno, y nubes sulfurosas con lenguas de fuego verde, y por último un dragón gigantesco y escamoso que llevaba un horno en el vientre cruzó la puerta con un grito, un rugido, un silencio, un torrente, una ráfaga. Diez mil tapas cayeron. La relojería invadió Usher. La noche estaba encantada.
Una cálida brisa pasó sobre el paisaje. Los invitados llegaron en cohetes que abrasaban el cielo y transformaban el otoño en primavera.
Los hombres vestidos de etiqueta salieron de los cohetes, y detrás de ellos salieron las mujeres con peinados muy altos y complicados.
-¡Así que esto es Usher!
-¿Pero dónde está la puerta?
En ese momento apareció Stendahl. Las mujeres reían y parloteaban. El señor Stendahl levantó una mano imponiendo silencio. Se volvió, miró una alta ventana de castillo y llamó:
-Rapunzel, Rapunzel, suéltale el pelo.
Y allá arriba, una hermosa doncella se inclinó sobre el viento de la noche, y se soltó el cabello dorado. Y el cabello flotó y se retorció y fue una escalera, y los invitados subieron riendo, y entraron en la Casa.
¡Muy eminentes sociólogos! ¡Inteligentes psicólogos! ¡Tremendamente importantes políticos, bacteriólogos y neurólogos! Allí estaban, entre paredes húmedas.
-¡Bienvenidos!
El señor Tyron, el señor Owen, el señor Dunne, el señor Lang, el señor Steffen, el señor Fletcher, y dos docenas más.
-Pasen, pasen.
La señorita Gibbs, la señorita Pope, la señorita Churchill, la señorita Blunt, la señorita Drummond y una veintena de otras resplandecientes mujeres.
Personas eminentes, sí, eminentes todas ellas, miembros de la Sociedad de Represión de la Fantasía, enemigos de la fiesta de Todos los Muertos y del día de Guy Fawkes, cazadores de murciélagos, incendiarios de libros, portadores de antorchas; ciudadanos pacíficos y limpios, ciudadanos que habían, todos ellos, esperado a que los hombres toscos llegaran a Marte, enterraran a los marcianos, limpiaran las ciudades, construyeran pueblos, repararan las carreteras y suprimieran todos los peligros. Después, cuando ya todo estaba tranquilo, vinieron ellos, los aguafiestas, gentes con ojos de color de yodo y sangre de mercurio-cromo a imponer sus Climas Morales, a repartir bondad. ¡Y ésos eran los amigos de Stendahl! Sí, con cuidado, con mucho cuidado, los había buscado, uno por uno, y en el último año pasado en la Tierra se había hecho amigo de todos ellos.
-¡Bienvenidos a las antesalas de la Muerte! -les gritó.
-Hola, Stendahl, ¿qué es esto?
-Ya lo verán, Que se desvista todo el mundo. Entren en estos cuartos y cámbiense de ropa. Los hombres aquí, las mujeres allá.
Los invitados, un poco intranquilos, no se movieron.
-No sé si debemos quedarnos -dijo la señorita Pope-. No me gusta el aspecto de todo esto. Es casi... una blasfemia.
-¡Qué tontería! Es un baile de disfraz.
-Parece algo ilegal -gruñó el señor Steffens.
Stendahl se echó a reír.
-Vamos, vamos, diviértanse. Mañana todo esto será una ruina. Entren en los cuartos.
La Casa resplandeció, de vida y color. Los arlequines corrían con gorros de cascabeles; los ratones blancos bailaban unas cuadrillas al compás de una música que unos enanos tocaban con arcos diminutos en violines diminutos; en las vigas chamuscadas ondeaban los banderines, nubes de murciélagos volaban entre unas gárgolas, y de las bocas de las gárgolas salía un vino fresco, puro y espumante. Un arroyo serpenteaba por las siete salas del baile de máscaras. Los invitados lo probaban y descubrían que era jerez. Los invitados salían de los cuartos transformados en personajes de otra época, con los rostros cubiertos por antifaces, perdiendo al ponerse las máscaras todo derecho a querellarse con la fantasía y el terror. Las mujeres vestidas de rojo se reían desplazándose por los salones. Los hombres las cortejaban bailando. Y en las paredes había sombras, aun donde no había cuerpos, y aquí y allá había espejos que no reflejaban ninguna imagen.
-¡Todos nosotros vampiros! -rió el señor Fletcher-. ¡Muertos!
Las siete salas eran de distinto color: una azul, una morada, una verde, una anaranjada, una blanca, una violeta, y la última amortajada en terciopelo negro. En esta sala negra un reloj de ébano daba sonoramente la hora. Y los invitados, ya casi borrachos, corrían por las salas entre fantásticos robots, entre ratones y
Sombrereros Locos, gnomos y gigantes, Gatos Negros y Reinas Blancas, y bajo los pies de los bailarines el suelo latía pesadamente como un oculto corazón delator.
-Señor Stendahl.
Un murmullo.
-Señor Stendahl.
Un monstruo, con el rostro de la Muerte, se detuvo junto a Stendahl. Era Pikes.
-Quiero hablar con usted.
-¿Qué pasa?
Pikes extendió una mano esquelética con unas cuantas ruedas, tuercas, tornillos y pernos calcinados o fundidos a medias.
Stendahl los contempló largamente. Luego llevó a Pikes a un pasillo.
-¿Garrett? -susurró.
Pikes asintió.
-Ha mandado a un robot. Cuando limpié el horno, encontré esto.
Pikes y Stendahl miraron las fatídicas piezas.
-Esto significa que la policía llegará en cualquier momento -dijo Pikes-. Y arruinarán nuestros planes.
Stendahl observó a los bailarines; un torbellino de gente amarilla, anaranjada y azul. La música barría los salones neblinosos.
-No sé. Tendría que haber adivinado que Garrett no vendría en persona. No es tan tonto. Pero, espere...
-¿Qué pasa?
-Nada. No pasa nada. Garrett nos envió un robot. Bien, pero nosotros le enviamos otro... Si no lo examina con cuidado, no notará la diferencia.
-¡Por supuesto!
-La próxima vez vendrá él mismo, pues pensará que no hay peligro. Es posible que se presente en cualquier momento, ¡en persona! ¡Más vino, Pikes!
Se oyó un enorme tañido.
-Apuesto a que es él. Hágalo pasar.
Rapunzel se soltó el cabello dorado.
-¿El señor Stendahl?
-¿El señor Garrett? ¿El verdadero señor Garrett?
Garrett examinó las paredes húmedas y a la gente que daba vueltas.
-El mismo. He creído conveniente una inspección personal. No se puede confiar en los robots, menos aún en los ajenos. Antes de salir para aquí he citado a los desmanteladores. Llegarán dentro de una hora, preparados para echar abajo esta horrible guarida.
Stendahl se inclinó ceremoniosamente.
-Gracias por advertírmelo. Mientras tanto, podría usted divertirse. ¿Un poco de vino?
-No, gracias. ¿Qué pasa aquí? ¿A qué extremos puede llegar un hombre?
-Véalo usted mismo, señor Garrett.
-El crimen -dijo Garrett.
-El más repugnante.
Una mujer chilló. La señorita Pope llegó corriendo, con la cara blanca como un queso.
-¡Ha ocurrido algo horrible! ¡Un mono ha estrangulado a la señorita Blunt y la ha metido en una chimenea!
Stendahl y Garrett se volvieron y vieron una larga cabellera amarilla desparramada al pie de la chimenea. Garrett dio un grito.
-¡Horroroso! -sollozaba la señorita Pope. De pronto dejó de llorar. Parpadeó y miró-. ¡Señorita Blunt!
-Sí, aquí estoy -dijo la señorita Blunt.
-¡Pero si acabo de ver cómo la metían en la chimenea!
-No -dijo la señorita Blunt riéndose-. Era un robot. Un perfecto facsímil.
-Pero, pero...
-No llore, querida. Estoy perfectamente bien. Voy a verme a mí misma. ¡Pues sí, aquí estoy! En la chimenea, como usted dijo. Tiene gracia, ¿eh?
Y la señorita Blunt se fue, riéndose.
-¿Quiere un vaso de vino, Garrett?
-Creo que sí. Este asunto me ha puesto los nervios de punta. Dios mío, qué lugar. Merece verdaderamente que lo echemos abajo. Durante un momento creí...
Garrett bebió. Otro alarido. El piso se abrió mágicamente y cuatro conejos blancos descendieron por una escalera llevando en hombros al señor Steffens. Y allá fue el señor Steffens, al fondo de un foso, y allá lo dejaron amordazado y atado, bajo la cuchilla de acero de un gran péndulo oscilante que ahora descendía y descendía, acercándose cada vez más al cuerpo ultrajado del señor Steffens.
-¿Soy yo el que está ahí abajo? -preguntó el señor Steffens apareciendo al lado de Garrett. Se inclinó sobre el pozo-. Qué extraño, qué curioso es verse morir.
El péndulo dio un golpe final.
-Qué realismo -dijo Steffens alejándose.
-Otro vaso de vino, señor Garrett.
-Sí, por favor.
-Esto no durará. Pronto llegarán los desmanteladores.
-Gracias a Dios.
Y por tercera vez, un grito.
-¿Ahora qué? -dijo Garrett, receloso.
-Ahora me toca a mí -dijo la señorita Drummond-. Miren.
Y poco después una segunda señorita Drummond chillaba dentro de un ataúd mientras la metían debajo del suelo, en una tierra húmeda.
-Pero cómo, yo recuerdo esto -jadeó el investigador de Climas Morales-. Estaba en los viejos libros prohibidos. El enterramiento prematuro. Y lo demás. La fosa, el péndulo, y el mono, la chimenea y los asesinatos de la calle Morgue. ¡Sí! ¡En uno de los libros que quemé!
-Otro trago, Garrett. No mueva la copa.
-¡Dios mío, qué imaginación!
Y en seguida vieron morir a otros cinco. Uno en la boca de un dragón, los otros arrojados a las aguas negras de una laguna, donde se hundieron y desaparecieron.
-¿Le gustaría ver lo que hemos proyectado para usted? -preguntó Stendahl.
-¿Por qué no? ¿Qué importa? Pronto vamos a destruir este infierno. Es usted horrible, Stendahl.
-Venga por aquí.
Y Stendahl llevó abajo a Garrett, a través de numerosos pasillos, y otra vez más abajo por escaleras de caracol, hacia el interior de la tierra, hacia las catacumbas.
-¿Qué quiere mostrarme? -preguntó Garrett.
-Su propia muerte.
-¿La muerte de mi doble?
-Sí. Y otra cosa.
-¿Qué?
-El Amontillado -dijo Stendahl adelantándose y alzando una linterna deslumbrante.
Unos esqueletos se asomaban levantando las tapas de los ataúdes. Garrett, con un gesto de repugnancia, se llevó una mano a la nariz.
-¿El qué?
-¿No ha oído hablar usted del Amontillado?
-No.
-¿No reconoce usted eso? -Stendahl le señaló una celda.
- ¿Tendría que reconocerlo?
Stendahl sonrió y sacó de entre los pliegues de su capa una paleta de albañil.
-¿Y esto?
-¿Qué es?
-Venga.
Entraron en la celda y Stendahl encadenó a Garrett, que estaba casi borracho.
-Por Dios, ¿qué hace usted? -gritó Garrett sacudiendo las cadenas.
-Me siento irónico. No interrumpa a un hombre que se siente irónico. No sea descortés. Ya está.
-¡Me ha encadenado!
-Es cierto.
-Pero ¿qué pretende?
-Dejarlo en esta celda.
-Usted bromea.
-Una broma muy graciosa.
-¿Dónde está mi doble? ¿No vamos a ver cómo lo matan?
-No hay doble.
-Pero ¿y los otros?
-Los otros están muertos. Los que usted vio matar eran los verdaderos. Los dobles, los robots, miraban solamente.
Garrett calló.
-Ahora usted debe decir: «¡Por amor de Dios, Montresor!» -continuó Stendahl-. Y yo contestaré: «¡Sí, por amor de Dios!». ¿No quiere usted decirlo? Vamos. Dígalo.
-Imbécil.
-¿Tengo que repetírselo? Dígalo. Diga: «¡Por amor de Dios. Montresor!».
Garrett se sentía más despejado.
-No lo diré, idiota. Sáqueme de aquí.
-Póngase eso -dijo Stendahl tirándole algo que campanilleaba y tintineaba.
-¿Qué es?
-Un gorro de cascabeles. Póngaselo y quizá lo deje salir.
-¡Stendahl!
-Le he dicho que se lo ponga.
Garrett obedeció. Los cascabeles repicaron.
-¿No siente usted como si esto hubiera sucedido antes? -, preguntó Stendahl, y comenzó a trabajar con la paleta, un mortero y unos ladrillos.
-¿Qué hace?
-Estoy amurallándolo. Ya hay una hilera. Ahora va otra.
-¡Usted está loco!
-No lo discuto.
Stendahl mojó un ladrillo en el mortero, cantando entre dientes. Ahora había golpes y gritos y llantos en la celda cada vez más oscura. La pared crecía lentamente.
-Un poco más de ruido, por favor -dijo Stendahl-. Representemos bien la escena.
-¡Déjeme salir! ¡Déjeme salir!
Sólo faltaba un ladrillo. Los gritos eran ahora continuos.
-¿Garrett? -llamó Stendahl en voz baja. Garrett calló-. ¿Sabe usted por qué le hago esto? Porque quemó los libros del señor Poe sin haberlo leído. Le bastó la opinión de los demás. Si hubiera leído los libros, habría adivinado lo que yo le iba a hacer, cuando bajamos hace un momento. La ignorancia es fatal, señor Garrett.
Garrett no replicó.
-Quiero que esto sea perfecto -dijo Stendahl levantando la linterna para que la luz cayera sobre la encogida figura de Garrett-. Agite suavemente los cascabeles. -Los cascabeles tintinearon-. Ahora diga usted: «¡Por amor de Dios, Montresor!»; es posible que lo deje salir.
La luz de la linterna alumbró la cara de Garrett. Garrett titubeó y luego dijo grotescamente:
-Por amor de Dios, Montresor.
-Ah -exclamó Stendahl con los ojos cerrados. Colocó el último ladrillo y lo aseguró con una capa de cemento-. Requiescat in pace, querido amigo.
Salió de prisa de la catacumba.
El sonido de un reloj de medianoche hizo que todo se detuviera en las siete salas de la Casa.
Apareció la Muerte Roja.
Stendahl se volvió un momento en el umbral y luego echó a correr fuera de la Casa, más allá del foso, donde esperaba un helicóptero.
-¿Listo, Pikes?
-Listo.
-¡Vamos allá!
Miraron la Casa, sonriendo. Las paredes empezaron a abrirse por el medio, como en un terremoto, y mientras Stendahl observaba la magnífica escena, oyó a Pikes que recitaba detrás de él en un tono bajo y cadencioso:
-«Cuando vi que las enormes paredes se hundían, sentí un vértigo... Se oyó un largo ruido tumultuoso, como la voz de innumerables cataratas, y la laguna profunda y oscura que había a mis pies se cerró triste y silenciosamente sobre las ruinas de la casa Usher.»
El helicóptero se elevó sobre las aguas hirvientes del lago y voló hacia el oeste.

Pamplinas


A friend of Ron Gile holding up a red road flare inside the amazing Alaskan ice cave. (Photo by Ron Gile/Caters News)


Anillo de humo

Recuerdo el primer día que viste a Gabriel Bruno. El caminaba por la calle vestido con su traje azul, de mecánico; simultáneamente, pasó un perro negro que al cruzar la calle, fue atropellado por un automóvil. El perro, aullando porque estaba herido, corrió junto al paredón de la vieja quinta, para guarecerse. Gabriel lo ultimó a pedradas. Desdeñaste el dolor del perro para admirar la belleza de Gabriel.
¡Degenerado! exclamaron las personas que te acompañaban.
Amaste su perfil y su pobreza.
Una tarde de Navidad, en la quinta de tu abuela, repartieron en las caballerizas (donde ya no había caballos sino automóviles), ropa y juguetes para los niños del barrio. Gabriel Bruno y una intempestiva lluvia aparecieron. Alguien dijo:
Ese chico tiene quince años; no tiene edad para venir a esta fiesta. Es un sinvergüenza y, además, un ladrón. El padre por cinco centavos mató al panadero. Y él mató un perro herido, a pedradas.
Gabriel tuvo que irse. Lo miraste hasta que desapareció bajo la lluvia.
Gabriel, hijo del guardabarreras que mató no sé por cuántos centavos al panadero, para ir de su casa al almacén pasaba todos los días, con la esperanza tal vez de verte, por un callejón que separaba las dos quintas: la quinta de tu tía y la quinta de tu abuela materna, donde vivías.
Sabías a qué hora Gabriel pasaba, galopando en su caballo oscuro, para ir al almacén o al mercado, y lo esperabas con el vestido que más te gustaba y con el pelo atado con la más bonita de las cintas. Te reclinabas sobre el alambrado en posturas románticas y lo llamabas con tus ojos. Bajaba del caballo, saltaba el zanjón para acercarse a Eulalia y a Magdalena, tus amigas, que no lo miraban. ¿Qué prestigio podía tener para ellas su pobreza? El traje de mecánico de Gabriel las obligaba a pensar en otros varones mejor vestidos.
Hablabas a Eulalia y a Magdalena de Gabriel Bruno el día entero, en vano. Ellas no conocían los misterios del amor.
Todos los días, a la hora de la siesta, corriste sola al callejón. De lejos brillaba la cinta de tu pelo como un barco de vela en miniatura o como una mariposa: la veías reflejada en la sombra. Eras la mera prolongación de tu sentimiento: el cirio que sostiene la llama. A veces, en el camino, se desataba el moño; entonces, colocando la cinta entre tus dientes, te recogías el pelo y volvías a atarlo, arrodillada en el suelo.
Como tenía que haber un pretexto para que pudieras hablar con Gabriel inventaste el pretexto de los cigarrillos: llevabas plata en tu bolsillo, se la dabas a Gabriel para que fuera al almacén a comprarlos. Después fumaban, mirándose en los ojos. Gabriel sabía hacer anillos con el humo y te los soplaba en la cara. Reías. Pero estas escenas, tan parecidas a las escenas de amor, iban penetrando en tu corazón apasionado. Una vez unieron los cigarrillos para encenderlos. Otra vez encendiste un cigarrillo y se lo diste.
Era en el mes de enero. Jubilosas las chicharras cantaban con ruido de matraca. Cuando volviste a la casa, oíste que tu padre hablaba con tu madre. Era de ti que hablaban.
-Estaba en el callejón, con ese atorrante. Con el hijo del guardabarreras. ¿Te das cuenta? Con el hijo del que mató al panadero por cinco centavos. Hay que ponerla en penitencia.
-Son cosas de chica, no hay que hacer caso.
-Tiene once años ya - dijo tu madre.
No se atrevieron a decirte nada, pero no te dejaban salir sola. Fingías dormir la siesta y en vez de correr al callejón, después de almorzar, llorabas detrás de las persianas o del mosquitero.
Oíste, entre el casero y un ciclista, un diálogo insólito: hablaban de Gabriel y de ti. Dijeron que Gabriel se vanagloriaba en el almacén hablando de los cigarrillos que fumaban juntos. Decían que te había dicho palabras obscenas o con doble sentido.
Te escapaste a la hora de la siesta, corriste al cerco, para perder tu anillo. Gabriel pasó a la hora de siempre. Fuiste a su encuentro.
-Vamos -le dijiste -a las vías del tren.
-¿Para qué?
-Se cayó mi anillo al cruzar las vías ayer cuando fui al río.
Verdad y mentira salían juntas de tus labios.
Fueron, él a caballo y tú caminando, sin hablarse. Cuando llegaron a las vías del tren, él dejó su caballo atado a un poste y tú te arrodillaste sobre las piedras.
-¿Dónde perdió el anillo? -te preguntó, arrodillándose a tu lado.
-Aquí -dijiste, apuntando el centro de los rieles.
Bajaron las señales. Va a pasar el tren. Salgamos de aquí  exclamó con desdén.
-Quiero que nos suicidemos -le dijiste.
Te tomó del brazo y te arrastró afuera de las vías, justo a tiempo. Las sombras, la trepidación, el viento, el silbato del tren, con mil ruedas pasaron sobre tu cuerpo.
Para Semana Santa, Gabriel te siguió hasta la iglesia. Lo miraste dentro del aire con incienso de la iglesia, como un pez en el agua mira un pez cuando hace el amor. Fue la última entrevista. Durante veranos sucesivos, lo imaginaste deambulando por las calles, cruzando frente a las quintas, con su traje de mecánico azul y ese prestigio que le daba la pobreza.

De la tierra de su Graciosa Magestad


Handout photo issued by Easyart of an experimental motorcycle as an archive of weird and wacky innovations has been unearthed by an amateur historian as he trawled through a collection of images spanning the last 100 years. (Photo by Easyart/PA Wire)


Un accidente absurdo

I
Un jueves por la mañana, en la pausa entre la segunda y la tercera clase, Jerome fue citado a la oficina del encargado de cursos. Jerome no tenía miedo de verse en aprietos: era celador, nombre que el dueño y director de una escuela preparatoria bastante cara había elegido para los mejores alumnos de los cursos inferiores. Los celadores ascendían a guardianes y llegaban a ser cruzados antes de salir, como era de esperar para Marlborough o Rugby. El señor Wordsworth, encargado de cursos, estaba sentado ante su escritorio con aire perplejo.
-Siéntate, Jerome -dijo el señor Wordsworth-. ¿Cómo andan las cosas en trigonometría?
-Muy bien, señor.
-He recibido un llamado telefónico, Jerome. De tu tía. Me temo que hay malas noticias para ti.
-¿Sí, señor?
-Tu padre ha tenido un accidente.
-Oh...
El señor Wordsworth lo miró con cierta sorpresa:
-Un accidente serio.
-¿Sí, señor?
Jerome veneraba a su padre: el verbo era exacto. Así como el hombre recrea a Dios, Jerome recreaba a su padre: convertía a un andariego escritor viudo en un misterioso aventurero que viajaba a lugares remotos: Niza, Beirut, Mallorca, hasta las Canarias. A los ocho años, Jerome creía que su padre era un pistolero o un miembro del Servicio de Espionaje Británico. Ahora imaginó que su padre había caído "bajo una lluvia de balas de ametralladora".
El señor Wordsworth jugaba con la regla sobre el escritorio. No sabía cómo continuar.
-¿Sabes que tu padre estaba en Nápoles?
-Sí, señor.
- Tu tía recibió un cable del hospital.
-Ah...
-Fue un accidente en la calle -dijo el señor Wordsworth, ya desesperado.
-¿Sí, señor?
A Jerome le pareció muy natural que lo llamaran "un accidente en la calle". Desde luego, la policía habría disparado primero: su padre no atentaba contra la vida humana sino como último recurso.
-Me temo que tu padre resultó gravemente herido.
-Oh.
-Lo cierto es que murió ayer, Jerome. Sin sufrir.
-¿Le dispararon al corazón?
-¿Cómo? ¿Qué has dicho, Jerome?
-¿Le dispararon al corazón?
-Nadie le disparó, Jerome. Se le cayó un cerdo encima.
Los nervios de la cara del señor Wordsworth se crisparon inexplicablemente: por un instante pareció apunto de echarse a reír. Cerró los ojos, compuso su expresión y dijo rápidamente, como si hubiera sido preciso contar los hechos lo antes posible:
-Tu padre caminaba por una calle de Nápoles cuando un cerdo se le cayó encima. Un accidente absurdo. Parece que en los barrios pobres de Nápoles la gente cría cerdos en los balcones. Éste cayó del quinto piso. Había engordado demasiado. El balcón cedió. El cerdo cayó sobre tu padre.
El señor Wordsworth se apartó del escritorio y se acercó a la ventana, volviendo la espalda a Jerome. La emoción lo estremeció ligeramente.
-¿Qué pasó con el cerdo? -preguntó Jerome.

II
No era insensibilidad por parte de Jerome, como interpretó el señor Wordsworth a sus colegas (hasta discutió con ellos la posibilidad de que Jerome no tuviera aún las condiciones para ser celador). Jerome sólo procuraba visualizar la extraña escena y obtener detalles concretos. Tampoco era Jerome un niño capaz de llorar; era un niño que cavilaba y nunca se le ocurrió en esa escuela preparatoria que las circunstancias de la muerte de su padre fueran cómicas; eran parte del misterio de la vida. Sólo después, durante el primer curso de la escuela pública, cuando contó los hechos a su mejor amigo, empezó a darse cuenta de cómo reaccionaban los demás. Naturalmente, después de esa confidencia lo llamaron, con bastante injusticia, Cerdo.
Por desgracia su tía no tenía sentido del humor. Sobre el piano había una fotografía ampliada de su padre: un hombre corpulento y triste, con un inapropiado traje oscuro, posaba en Capri con un paraguas (para protegerse del sol). Las rocas del Faraglione se veían al fondo. A los dieciséis años Jerome tenía clara conciencia de que el retrato se parecía más al autor de Sol y sombra y Paseo por las Baleares que a un agente del Servicio de Espionaje. Pero amaba el recuerdo de su padre: aún poseía un álbum lleno de tarjetas postales (mucho tiempo antes les había despegado las estampillas para su otra colección) y le apenaba que su tía se embarcara con extraños en el relato de la muerte de su padre.
"Un accidente absurdo", empezaba ella, y el extraño o extraña adquiría la expresión que corresponde a un oyente interesado o compungido. Ambas reacciones, desde luego, eran falsas, pero era terrible para Jerome comprobar que súbitamente, en mitad del vago palabreo de su tía, el interés del oyente se hacía genuino. "No me imagino cómo pueden permitirse cosas semejantes en un país civilizado -decía su tía-. Supongo que debemos considerar que Italia es civilizada... Desde luego, en el extranjero tiene uno que estar preparado para cualquier cosa. Mi hermano viajaba mucho. Siempre llevaba un filtro de agua consigo. Era mucho menos caro que comprar todas esas botellas de agua mineral. Mi hermano decía siempre que gracias a lo que el filtro le permitía ahorrar pagaba el vino de la cena. Ya se darán cuenta ustedes de que era un hombre muy cuidadoso. Pero ¿a quién podía ocurrírsele que, caminando por la Via Dottore Manuele Panucci rumbo al Museo Hidrográfico, se le caería un cerdo encima?" Ese era el momento en que el interés del oyente se hacía genuino.
El padre de Jerome no había sido un escritor muy importante, pero siempre parece llegar un momento, después de la muerte de un escritor, en que alguien cree que vale la pena escribir al suplemento literario del Times para anunciar la preparación de una biografía y solicitar cartas, documentos o anécdotas de amigos del muerto. Por lo general esas biografías nunca aparecen: quizá no sean más que una oscura forma de chantaje y muchos de esos biógrafos en potencia encuentren de ese modo el medio de terminar sus estudios en Kansas o Nottingham: Jerome era contador público y vivía lejos del mundo literario. No comprendía que pocas amenazas había de que apareciera un biógrafo e ignoraba que había pasado el período de peligro. A veces ensayaba formas de relatar la muerte de su padre reduciendo al mínimo los elementos cómicos (era inútil negarse a informar, porque en ese caso el biógrafo acudiría sin duda a su tía, que tenía muchos años pero no daba muestras de perder sus energías).
Jerome pensaba que sólo había dos soluciones: la primera consistía en aproximarse lentamente al accidente de modo que, cuando llegara el momento de describirlo, el oyente ya estuviera tan bien preparado que la muerte resultara casi un anticlímax. El peligro principal de provocar la risa era siempre la sorpresa.
Cuando ensayaba este método, Jerome empezaba de manera bastante aburrida:
"¿Conoce usted esas altas casas de vecindad, en Nápoles? Alguien me dijo una vez que los napolitanos se sienten en su elemento en New York, así como la gente de Turín se siente en su elemento en Londres porque el río es muy semejante en ambas ciudades. Bueno... ¿dónde estaba yo? Ah, sí. En Nápoles, desde luego. Le sorprenderían las cosas que los habitantes de los barrios pobres tienen en los balcones de esas casas de vecindad en forma de rascacielos. No crea usted que cuelgan ropa. Crían animales: gallinas y hasta cerdos. Desde luego, los cerdos no pueden hacer ejercicio y engordan rápidamente".
Jerome imaginaba que, llegado este punto, el oyente abriría los ojos de asombro.
"No sé cuánto puede crecer un cerdo, pero esas casas viejas están a punto de derrumbarse... Un balcón de un quinto piso cedió bajo el peso de uno de esos cerdos. Al caer, dio contra el balcón del cuarto piso y rebotó hacia la calle. Mi padre se dirigía al Museo Hidrográfico cuando el cerdo le cayó encima. Como caía desde tan alto, le rompió la nuca".
En verdad, era un intento magistral de convertir un tema intrínsecamente interesante en un relato tedioso.
El otro método que Jerome ensayaba tenía el mérito de la brevedad.
-Mi padre murió a causa de un cerdo.
-¿De veras? ¿En la India?
-No. En Italia.
-Qué interesante. No sabía que cazaban jabalíes en Italia. ¿Su padre era un buen jugador de polo?
Con el tiempo, ni demasiado pronto ni demasiado tarde -como si, en su carácter de contador público, Jerome hubiera estudiado las estadísticas para conducirse según el término medio- Jerome se comprometió: su novia era una muchacha agradable, de cara fresca, hija de un médico de Pinner. Se llamaba Sally y su autor preferido era Hugh Walpole. Adoraba a los niños desde que, a los cinco años, le habían regalado una muñeca que cerraba los ojos y hacía pis. La relación entre ambos era más placentera que vehemente, como correspondía al noviazgo de un contador público: Jerome no habría consentido en ella si hubiese perturbado su trato con las cifras.
Sólo había un pensamiento que preocupaba a Jerome. Ahora que, en el curso de un año, podía ser padre, su amor por el muerto aumentaba: comprendía el afecto que revelaban las tarjetas postales. Sentía la ansiedad de proteger la memoria de su padre y temía que su apacible amor no sobreviviera si Sally era capaz de reírse de la muerte de su padre. Porque era inevitable que lo supiera cuando Jerome la llevara a comer a casa de su tía. En varias oportunidades trató de contárselo él mismo, puesto que ella estaba ansiosa por saber todo cuanto se relacionaba con Jerome.
-¿Eras pequeño cuando murió tu padre?
-Tenía sólo nueve años.
-Pobrecito -dijo ella.
-Estaba en la escuela. El encargado de cursos me zampó la noticia.
-¿Cómo lo tomaste?
-No puedo acordarme.
-Nunca me contaste cómo murió.
-Fue de repente. Un accidente en la calle.
-Tú nunca manejarás ligero, ¿verdad, Jemmy?
Había empezado a llamarlo "Jemmy". Ya era demasiado tarde para ensayar el segundo método, el de la caza de jabalíes.
Pensaban casarse tranquilamente en una oficina del Registro Civil y pasar la luna de miel en Torquay. Jerome evitó llevarla a casa de su tía hasta una semana antes de las bodas. Pero la noche llegó al fin y él no habría podido decir si sus temores tenían por objeto el recuerdo de su padre o la seguridad de su amor.
El momento se presentó enseguida.
-¿Este es el padre de Jemmy? -preguntó Sally, tomando la fotografía del hombre con el paraguas.
-Sí, querida. ¿Cómo adivinaste?
-Tiene los mismos ojos y la misma frente que Jemmy, ¿no es cierto?
-¿Jerome te ha dado sus libros?
-No.
-Te los regalaré para tu casamiento. Escribía con tanta ternura acerca de sus viajes. Mi favorito es Rincones y escondrijos. Había hecho una gran fortuna. Por eso fue tanto más lamentable ese absurdo accidente. . .
-¿Sí?
Jerome sintió ganas de salir del cuarto para no ver al amado rostro crisparse de risa incontenible.
-Recibí tantas cartas de sus lectores después de que el cerdo le cayó encima. . .
Su tía nunca había sido tan abrupta. Entonces ocurrió el milagro. Sally permaneció sentada con los ojos desorbitados de horror mientras su tía le contaba el relato y al fin dijo:
-¡Qué horrible! Es como para ponerse a pensar. Una cosa semejante. En un país de cielo tan claro...
El corazón de Jerome palpitó de dicha. Era como si Sally hubiera disipado para siempre sus temores. En el taxi, cuando la llevaba a su casa, la besó con más pasión que nunca y ella le correspondió. Había niños en sus pálidos ojos celestes, niños que movían los ojos y hacían pis.
-Falta una semana. -dijo Jerome, mientras Sally le apretaba la mano-. ¿En qué piensas, querida?
-Me preguntaba qué habrá pasado con el pobre cerdo... -dijo Sally.
-Supongo que se lo habrán comido -dijo Jerome, dichoso, y volvió a besar a su amada criatura.

LIBROS VARIOS: leídos, no leídos, leídos a medias... todo vale ;)














pues sí, con tal de leer, todo vale, creo que es una de las pocas circunstancias en las que todo vale: leer y ya 


con esto nos ahorramos muchos tratamientos para la salud mental: sicológicos, socialización, aprendizaje, conversación, relaciones... lecturas, un montón de atenuantes frente a alguna estulticia que nos podamos encontrar por ahí, es muy sano leer


estos últiimos meses hemos leído varios libros, interesantes siempre (aún los no-interesantes, lo son por ello), con opiniones y consideraciones distintas o iguales, según


también otros muchos libros que a todos nos han gustado por unanimidad, sí, libros como La Peste, de Albert Camus


tanto que nos pareció necesario volver a leerlo y analizarlo con más profundidad, un libro que nos dió para disfrutar dos veces


descubrimos a Elena Poniatowska, maravillosa escritora, tanto por su calidad literaria como por las historias que cuenta y cómo las cuenta, una suerte leerla


como su libro Las Siete Cabritas, una retahíla de historias de mujeres de bandera, con el "desesperado" colorido mexicano, ardientes contrastes, intensa escritora y recomendable siempre


de ella, de La Poniatowska, se dice:  



Es demasiado México el vivido
Por nosotros y todo se atesora

En tus libros. Su luz más cegadora
Enciende nuestra noche y da sentido

un dato curioso:  hubo un libro (imposible poner título ni autor para no condicionar) que no conseguimos terminar, nos aburrió a la mayoría, tedioso, cansado, gris... y fue un título súper galardonado de un autor galardonado ...ves? 



Y La Metamorfosis, de Kafka


Y  Zola y su Paraíso de las Damas


El Despertar de la Señorita Prim


... Las Tres bodas de Manolita


... también algún tostón; alguno sin fundamento; bestseller porque sí;... de amor, de todo


acabamos de empezar el curso, bienvenidos