viernes, 30 de enero de 2015

Cuento con cuesta

School children on a trip to London Zoo stop for a beverage break. Fi-Fi the chimpanzee is happy to join in. 28th May 1936. (Photo by Fox Photos/Getty Images)
School children on a trip to London Zoo stop for a beverage break. Fi-Fi the chimpanzee is happy to join in. 28th May 1936. (Photo by Fox Photos/Getty Images)

La cuesta de las comadres

Los difuntos Torricos siempre fueron buenos amigos míos. Tal vez en Zapotlán no los quisieran pero, lo que es de mí, siempre fueron buenos amigos, hasta tantito antes de morirse. Ahora eso de que no los quisieran en Zapotlán no tenía ninguna importancia, porque tampoco a mí me querían allí, y tengo entendido que a nadie de los que vivíamos en la Cuesta de las Comadres nos pudieron ver con buenos ojos los de Zapotlán. Esto era desde viejos tiempos.
Por otra parte, en la Cuesta de las Comadres, los Torricos no la llevaban bien con todo mundo. Seguido había desavenencias. Y si no es mucho decir, ellos eran allí los dueños de la tierra y de las casas que estaban encima de la tierra, con todo y que, cuando el reparto, la mayor parte de la Cuesta de las Comadres nos había tocado por igual a los sesenta que allí vivíamos, y a ellos, a los Torricos, nada más un pedazo de monte, con una mezcalera nada más, pero donde estaban desperdigadas casitodas las casas. A pesar de eso, la Cuesta de las Comadres era de los Torricos. El coamil que yo trabajaba era también de ellos: de Odilón y Remigio Torrico, y la docena y media de lomas verdes que se veían allá abajo eran juntamente de ellos. No había por qué averiguar nada. Todo mundo sabía que así era.
Sin embargo, de aquellos días a esta parte, la Cuesta de las Comadres se había ido deshabitando. De tiempo en tiempo, alguien se iba; atravesaba el guardaganado donde está el palo alto, y desaparecía entre los encinos y no volvía a aparecer ya nunca. Se iban, eso era todo.
Y yo también hubiera ido de buena gana a asomarme a ver qué había tan atrás del monte que no dejaba volver a nadie; pero me gustaba el terrenito de la Cuesta, y además era buen amigo de los Torricos.
El coamil donde yo sembraba todos los años un tantito de maíz para tener elotes, y otro tantito de frijol, quedaba por el lado de arriba, allí donde la ladera baja hasta esa barranca que le dicen Cabeza del Toro.
El lugar no era feo; pero la tierra se hacía pegajosa desde que comenzaba a llover, y luego había un desparramadero de piedras duras y filosas como troncones que parecían crecer con el tiempo. Sin embargo, el maíz se pegaba bien y los elotes que allí se daban eran muy dulces. Los Torricos, que para todo lo que se comían necesitaban la sal de tequesquite, para mis elotes no, nunca buscaron ni hablaron de echarle tequesquite a mis elotes, que eran de los que se daban en Cabeza del Toro.
Y con todo y eso, y con todo y que las lomas verdes de allá abajo eran mejores, la gente se fue acabando. No se iban para el lado de Zapotlán, sino por este otro rumbo, por donde llega a cada rato ese viento lleno del olor de los encinos y del ruido del monte. Se iban callados la boca, sin decir nada ni pelearse con nadie. Es seguro que les sobraban ganas de pelearse con los Torricos para desquitarse de todo el mal que les habían hecho; pero no tuvieron ánimos. Seguro eso pasó.
La cosa es que todavía después de que murieron los Torricos nadie volvió más por aquí. Yo estuve esperando. Pero nadie regresó. Primero les cuidé sus casas; remendé los techos y les puse ramas a los agujeros de sus paredes; pero viendo que tardaban en regresar, las dejé por la paz. Los únicos que no dejaron nunca de venir fueron los aguaceros de mediados de año, y esos ventarrones que soplan en febrero y que le vuelan a uno la cobija a cada rato. De vez en cuando, también, venían los cuervos; volando muy bajito y graznando fuerte como si creyeran estar en algún lugar deshabitado.
Así siguieron las cosas todavía después de que se murieron los Torricos.
Antes, desde aquí, sentado donde ahora estoy, se veía claramente Zapotlán. En cualquier hora del día y de la noche podía verse la manchita blanca de Zapotlán allá lejos. Pero ahora las jarillas han crecido muy tupido y, por más que el aire las mueve de un lado para otro, no dejan ver nada de nada.
Me acuerdo de antes, cuando los Torricos venían a sentarse aquí también y se estaban acuclillados horas y horas hasta el oscurecer, mirando para allá sin cansarse, como si el lugar este les sacudiera sus pensamientos o el mitote de ir a pasearse a Zapotlán. Sólo después supe que no pensaban en eso. Únicamente se ponían a ver el camino: aquel ancho callejón arenoso que se podía seguir con la mirada desde el comienzo hasta que se perdía entre los del cerro de la Media Luna.
Yo nunca conocí a nadie que tuviera un alcance de vista como el de Remigio Torrico. Era tuerto. Pero el ojo negro y medio cerrado que le quedaba parecía acercar tanto las cosas, que casi las traía junto a sus manos. Y de allí a saber que bultos se movían por el camino no había ninguna diferencia. Así, cuando su ojo se sentía a gusto teniendo en quien recargar la mirada, los dos se levantaban de su divisadero y desaparecían de la Cuesta de las Comadres por algún tiempo.
Eran los días en que todo se ponía de otro modo aquí entre nosotros. La gente sacaba de las cuevas del monte sus animalitos y los traía a amarrar en sus corrales. Entonces se sabía que había borregos y guajolotes. Y era fácil ver cuántos montones de maíz y de calabazas amarillas amanecían asoleándose en los patios. El viento que atravesaba los cerros era más frío que otras veces; pero, no se sabía por qué, todos allí decían que hacía muy buen tiempo. Y uno oía en la madrugada que cantaban los gallos como en cualquier lugar tranquilo, y aquello parecía como si siempre hubiera habido paz en la Cuesta de las Comadres.
Luego volvían los Torricos. Avisaban que venían desde antes que llegaran, porque sus perros salían a la carrera y no paraban de ladrar hasta encontrarlos. Y nada más por los ladridos todos calculaban la distancia y el rumbo por donde irían a llegar. Entonces la gente se apuraba a esconder otra vez sus cosas.
Siempre fue así el miedo que traían los difuntos Torricos cada vez que regresaban a la Cuesta de las Comadres.
Pero yo nunca llegué a tenerles miedo. Era buen amigo de los dos y a veces hubiera querido ser un poco menos viejo para meterme en los trabajos en que ellos andaban. Sin embargo, ya no servía yo para mucho. Me di cuenta aquella noche en que les ayudé a robar a un arriero. Entonces me di cuenta de que me faltaba algo. Como que la vida que yo tenía estaba ya muy desperdiciada y no aguantaba más estirones. De eso me di cuenta.
Fue como a mediados de las aguas cuando los Torricos me convidaron para que les ayudara a traer unos tercios de azúcar. Yo iba un poco asustado. Primero, porque estaba cayendo una tormenta de esas en que el agua parece escarbarle a uno por debajo de los pies. Después, porque no sabía adónde iba. De cualquier modo, allí vi yo la señal de que no estaba hecho ya para andar en andanzas.
Los Torricos me dijeron que no estaba lejos el lugar adonde íbamos. "En cosa de un cuarto de hora estamos allá", me dijeron. Pero cuando alcanzamos el camino de la Media Luna comenzó a oscurecer y cuando llegamos a donde estaba el arriero era ya alta la noche.
El arriero no se paró a ver quién venía. Seguramente estaba esperando a los Torricos y por eso no le llamó la atención vernos llegar. Eso pensé. Pero todo el rato que trajinamos de aquí para allá con los tercios de azúcar, el arriero se estuvo quieto, agazapado entre el zacatal. Entonces le dije eso a los Torricos. Les dije:
-Ese que está allí tirado parece estar muerto o algo por el estilo.
-No, nada más ha de estar dormido -me dijeron ellos-. Lo dejamos aquí cuidando, pero se ha de haber cansado de esperar y se durmió.
Yo fui y le di una patada en las costillas para que despertara; pero el hombre siguió igual de tirante.
-Está bien muerto -les volví a decir.
-No, no te creas, nomás está tantito atarantado porque Odilón le dio con un leño en la cabeza, pero después se levantará. Ya verás que en cuanto salga el sol y sienta el calorcito, se levantará muy aprisa y se irá en seguida para su casa. ¡Agárrate ese tercio de allí y vámonos! -fue todo lo que me dijeron.
Ya por último le di una última patada al muertito y sonó igual que si se la hubiera dado a un tronco seco. Luego me eché la carga al hombro y me vine por delante. Los Torricos me venían siguiendo. Los oí que cantaban durante largo rato, hasta que amaneció. Cuando amaneció dejé de oírlos. Ese aire que sopla tantito antes de la madrugada se llevó los gritos de su canción y ya no pude saber si me seguían, hasta que oí pasar por todos lados los ladridos encarrerados de sus perros.
De ese modo fue como supe qué cosas iban a espiar todas las tardes los Torricos, sentados junto a mi casa de la Cuesta de las Comadres.
A Remigio Torrico yo lo maté.
Ya para entonces quedaba poca gente entre los ranchos. Primero se habían ido de uno en uno, pero los últimos casi se fueron en manada. Ganaron y se fueron, aprovechando la llegada de las heladas. En años pasados llegaron las heladas y acabaron con las siembras en una sola noche. Y este año también. Por eso se fueron. Creyeron seguramente que el año siguiente sería lo mismo y parece que ya no se sintieron con ganas de seguir soportando las calamidades del tiempo todos los años y la calamidad de los Torricos todo el tiempo.
Así que, cuando yo maté a Remigio Torrico, ya estaban bien vacías de gente la Cuesta de las Comadres y las lomas de los alrededores.
Esto sucedió como en octubre. Me acuerdo que había una luna muy grande y muy llena de luz, porque yo me senté afuerita de mi casa a remendar un costal todo agujerado, aprovechando la buena luz de la luna, cuando llegó el Torrico.
Ha de haber andado borracho. Se me puso enfrente y se bamboleaba de un lado para otro, tapándome y destapándome la luz que yo necesitaba de la luna.
-Ir ladereando no es bueno -me dijo después de mucho rato-. A mí me gustan las cosas derechas, y si a ti no te gustan, ahí te lo haiga, porque yo he venido aquí a enderezarlas.
Yo seguí remendando mi costal. Tenía puestos todos mis ojos en coserle los agujeros, y la aguja de arria trabajaba muy bien cuando la alumbraba la luz de la luna. Seguro por eso creyó que yo no me preocupaba de lo que decía:
-A ti te estoy hablando -me gritó, ahora sí ya corajudo-. Bien sabes a lo que he venido.
Me espanté un poco cuando se me acercó y me gritó aquello casi a boca de jarro". Sin embargo, traté de verle la cara para saber de qué tamaño era su coraje y me le quedé mirando, como preguntándole a qué había venido.
Eso sirvió. Ya más calmado se soltó diciendo que a la gente como yo había que agarrarla desprevenida.
-Se me seca la boca al estarte hablando después de lo que hiciste -me dijo-; pero era tan amigo mío mi hermano como tú y sólo por eso vine a verte, a ver cómo sacas en claro lo de la muerte de Odilón.
Yo lo oía ya muy bien. Dejé a un lado el costal y me quedé oyéndolo sin hacer otra cosa.
Supe cómo me echaba a mí la culpa de haber matado a su hermano. Pero no había sido yo. Me acordaba quién había sido, y yo se lo hubiera dicho, aunque parecía que él no me dejaría lugar para platicarle cómo estaban las cosas.
-Odilón y yo llegamos a pelearnos muchas veces -siguió diciéndome-. Era algo duro de entender y le gustaba encararse con todos, pero no pasaba de allí. Con unos cuantos golpes se calmaba. Y eso es lo que quiero saber: si te dijo algo, o te quiso quitar algo o qué fue lo que pasó. Pudo ser que te haya querido golpear y tú le madrugaste. Algo de eso ha de haber sucedido.
Yo sacudí la cabeza para decirle que no, que yo no tenía nada que ver...
-Oye -me atajó el Torrico-, Odilón llevaba ese día catorce pesos en la bolsa de la camisa. Cuando lo levanté, lo esculqué y no encontré esos catorce pesos. Luego ayer supe que te habías comprado una frazada.
Y eso era cierto. Yo me había comprado una frazada. Vi que se venían muy aprisa los fríos y el gabán que yo tenía estaba ya todito hecho garras, por eso fui a Zapotlán a conseguir una frazada. Pero para eso había vendido el par de chivos que tenía, y no fue con los catorce pesos de Odilón con lo que la compré. Él podía ver que si el costal se había llenado de agujeros se debió a que tuve que llevarme al chivito chiquito allí metido, porque todavía no podía caminar como yo quería.
-Sábete de una vez por todas que pienso pagarme lo que le hicieron a Odilón, sea quien sea el que lo mató. Y yo sé quién fue -oí que me decía casi encima de mi cabeza.
-¿De modo que fui yo? -le pregunté.
-¿Y quién más? Odilón y yo éramos sinvergüenzas y lo que tú quieras, y no digo que no llegamos a matar a nadie; pero nunca lo hicimos por tan poco. Eso sí te lo digo a ti.
La luna grande de octubre pegaba de lleno sobre el corral y mandaba hasta la pared de mi casa la sombra larga de Remigio. Lo vi que se movía en dirección de un tejocote y que agarraba el guango que yo siempre tenía recargado allí. Luego vi que regresaba con el guango en la mano.
Pero al quitarse él de enfrente, la luz de la luna hizo brillar la aguja de arria, que yo había clavado en el costal. Y no sé por qué, pero de pronto comencé a tener una fe muy grande en aquella aguja. Por eso, al pasar Remigio Torrico por mi lado, desensarté la aguja y sin esperar otra cosa se la hundí a él cerquita del ombligo. Se la hundí hasta donde le cupo. Y allí la dejé.
Luego luego se engarruñó como cuando da el cólico y comenzó a acalambrarse hasta doblarse poco a poco sobre las corvas y quedar sentado en el suelo, todo entelerido y con el susto asomándosele por el ojo.
Por un momento pareció como que se iba a enderezar para darme un machetazo con el guango; pero seguro se arrepintió o no supo ya qué hacer, soltó el guango y volvió a engarruñarse. Nada más eso hizo.
Entonces vi que se le iba entristeciendo la mirada como si comenzara a sentirse enfermo. Hacía mucho que no me tocaba ver una mirada así de triste y me entró la lástima. Por eso aproveché para sacarle la aguja de arria del ombligo y metérsela más arribita, allí donde pensé que tendría el corazón. Y sí, allí lo tenía, porque nomás dio dos o tres respingos como un pollo descabezado y luego se quedó quieto.
Ya debía haber estado muerto cuando le dije:
-Mira, Remigio, me has de dispensar, pero yo no maté a Odilón. Fueron los Alcaraces. Yo andaba por allí cuando él se murió, pero me acuerdo bien de que yo no lo maté. Fueron ellos, toda la familia entera de los Alcaraces. Se le dejaron ir encima, y cuando yo me di cuenta, Odilón estaba agonizando. ¿Y sabes por qué? Comenzando porque Odilón no debía haber ido a Zapotlán. Eso tú lo sabes. Tarde o temprano tenía que pasarle algo en ese pueblo, donde había tantos que se acordaban mucho de él. Y tampoco los Alcaraces lo querían. Ni tú ni yo podemos saber qué fue a hacer él a meterse con ellos.
»Fue cosa de un de repente. Yo acababa de comprar mi sarape y ya iba de salida cuando tu hermano le escupió un trago de mezcal en la cara a uno de los Alcaraces. Él lo hizo por jugar. Se veía que lo había hecho por divertirse, porque los hizo reír a todos. Pero todos estaban borrachos. Odilón y los Alcaraces y todos. Y de pronto se le echaron encima. Sacaron sus cuchillos y se le apeñuscaron y lo aporrearon hasta no dejar de Odilón cosa que sirviera. De eso murió.
»Como ves, no fui yo el que lo mató. Quisiera que te dieras cabal cuenta de que yo no me entrometí para nada.«
Eso le dije al difunto Remigio.
Ya la luna se había metido del otro lado de los encinos cuando yo regresé a la Cuesta de las Comadres con la canasta pizcadora vacía. Antes de volverla a guardar, le di unas cuantas zambullidas en el arroyo para que se le enjuagara la sangre. Yo la iba a necesitar muy seguido y no me hubiera gustado ver la sangre de Remigio a cada rato.
Me acuerdo que eso pasó allá por octubre, a la altura de las fiestas de Zapotlán. Y digo que me acuerdo que fue por esos días, porque en Zapotlán estaban quemando cohetes, mientras que por el rumbo donde tiré a Remigio se levantaba una gran parvada de zopilotes a cada tronido que daban los cohetes.
De eso me acuerdo.

Audrey on couch. East Village, NY. January 1984. (Photo by Ken Schles)


Audrey on couch. East Village, NY, January 1984. (Photo by Ken Schles)



La intrusa

2 Reyes, I, 26.
Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor de los Nelson, en el velorio de Cristian, el mayor, que falleció de muerte natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Moran. Lo cierto es que alguien la oyó de alguien, en el decurso de esa larga noche perdida, entre mate y mate, y la repitió a Santiago Dabove, por quien la supe. Años después, volvieron a contármela en Turdera, donde había acontecido. La segunda versión, algo más prolija, confirmaba en suma la de Santiago, con las pequeñas variaciones y divergencias que son del caso. La escribo ahora porque en ella se cifra, si no me engaño, un breve y trágico cristal de la índole de los orilleros antiguos. Lo haré con probidad, pero ya preveo que cederé a la tentación literaria de acentuar o agregar algún pormenor.
En Turdera los llamaban los Nilsen. El párroco me dijo que su predecesor recordaba, no sin sorpresa, haber visto en la casa de esa gente una gastada Biblia de tapas negras, con caracteres góticos; en las últimas páginas entrevió nombres y fechas manuscritas. Era el único libro que había en la casa. La azarosa crónica de los Nilsen, perdida como todo se perderá. El caserón, que ya no existe, era de ladrillo sin revocar; desde el zaguán se divisaban un patio de baldosa colorada y otro de tierra. Pocos, por lo demás, entraron ahí; los Nilsen defendían su soledad. En las habitaciones desmanteladas durmieron en catres; sus lujos eran el caballo, el apero, la daga de hoja corta, el atuendo rumboso de los sábados y el alcohol pendenciero. Sé que eran altos, de melena rojiza. Dinamarca o Irlanda, de las que nunca oirían hablar, andaban por la sangre de esos dos criollos. El barrio los temía a los Colorados; no es imposible que debieran alguna muerte. Hombro a hombro pelearon una vez a la policía. Se dice que el menor tuvo un altercado con Juan Iberra, en el que no llevó la peor parte, lo cual, según los entendidos, es mucho. Fueron troperos, cuarteadores, cuatreros y alguna vez tahúres. Tenían fama de avaros, salvo cuando la bebida y el juego los volvían generosos. De sus deudos nada se sabe ni de dónde vinieron. Eran dueños de una carreta y una yunta de bueyes.
Físicamente diferían del compadraje que dio su apodo forajido a la Costa Brava. Esto, y lo que ignoramos, ayuda a comprender lo unidos que fueron. Mal quistarse con uno era contar con dos enemigos.
Los Nilsen eran calaveras, pero sus episodios amorosos habían sido hasta entonces de zaguán o de casa mala. No faltaron, pues, comentarios cuando Cristian llevó a vivir con Juliana Burgos. Es verdad que ganaba así una sirvienta, pero no es menos cierto que la colmó de horrendas baratijas y que la lucia en las fiestas. En las pobres fiestas de conventillo, donde la quebrada y el corte estaban prohibidos y donde se bailaba, todavía, con mucha luz. Juliana era de tez morena y de ojos rasgados, bastaba que alguien la mirara para que se sonriera. En un barrio modesto, donde el trabajo y el descuido gastan a las mujeres, no era mal parecida.
Eduardo los acompañaba al principio. Después emprendió un viaje a Arrecifes por no sé qué negocio; a su vuelta llevó a la casa una muchacha, que había levantado por el camino, y a los pocos días la echó. Se hizo más hosco; se emborrachaba solo en el almacén y no se daba con nadie. Estaba enamorado de la mujer de Cristian. El barrio, que tal vez lo supo antes que él, previó con alevosa alegría la rivalidad latente de los hermanos.
Una noche, al volver tarde de la esquina, Eduardo vio el oscuro de Cristian atado al palenque. En el patio, el mayor estaba esperándolo con sus mejores pilchas. La mujer iba y venía con el mate en la mano. Cristian le dijo a Eduardo:
-Yo me voy a una farra en lo de Farías. Ahí la tenés a la Juliana; si la querés, úsala.
El tono era entre mandón y cordial. Eduardo se quedó un tiempo mirándolo; no sabía qué hacer, Cristian se levantó, se despidió de Eduardo, no de Juliana, que era una cosa, montó a caballo y se fue al trote, sin apuro.
Desde aquella noche la compartieron. Nadie sabrá los pormenores de esa sórdida unión, que ultrajaba las decencias del arrabal. El arreglo anduvo bien por unas semanas, pero no podía durar. Entre ellos, los hermanos no pronunciaban el nombre de Juliana, ni siquiera para llamarla, pero buscaban, y encontraban, razones para no estar de acuerdo. Discutían la venta de unos cueros, pero lo que discutían era otra cosa. Cristian solía alzar la voz y Eduardo callaba. Sin saberlo, estaban celándose. En el duro suburbio, un hombre no decía, ni se decía, que una mujer pudiera importarle, más allá del deseo y la posesión, pero los dos estaban enamorados. Esto, de algún modo, los humillaba.
Una tarde, en la plaza de Lomas, Eduardo se cruzó con Juan Iberra, que lo felicitó por ese primor que se había agenciado. Fue entonces, creo, que Eduardo lo injirió. Nadie, delante de él, iba a hacer burla de Cristian.
La mujer atendía a los dos con sumisión bestial; pero no podía ocultar alguna preferencia por el menor, que no había rechazado la participación, pero que no la había dispuesto.
Un día, le mandaron a la Juliana que sacara dos sillas al primer patio y que no apareciera por ahí, porque tenían que hablar. Ella esperaba un dialogo largo y se acostó a dormir la siesta, pero al rato la recordaron. Le hicieron llenar una bolsa con todo lo que tenía, sin olvidar el rosario de vidrio y la crucecita que le había dejado su madre. Sin explicarle nada la subieron a la carreta y emprendieron un silencioso y tedioso viaje. Había llovido; los caminos estaban muy pesados y serían las cinco de la mañana cuando llegaron a Morón. Ahí la vendieron a la patrona del prostíbulo. El trato ya estaba hecho; Cristian cobró la suma y la dividió después con el otro.
En Turdera, los Nilsen, perdidos hasta entonces en la maraña (que también era una rutina) de aquel monstruoso amor, quisieron reanudar su antigua vida de hombres entre hombres. Volvieron a las trucadas, al reñidero, a las juergas casuales. Acaso, alguna vez, se creyeron salvados, pero solían incurrir, cada cual por su lado, en injustificadas o harto justificadas ausencias. Poco antes de fin de año el menor dijo que tenía que hacer en la Capital. Cristian se fue a Morón; en el palenque de la casa que sabemos reconoció al overo de Eduardo. Entró; adentro estaba el otro, esperando turno. Parece que Cristian le dijo:
-De seguir así, los vamos a cansar a los pingos. Más vale que la tengamos a mano.
Habló con la patrona, sacó unas monedas del tirador y se la llevaron. La Juliana iba con Cristian; Eduardo espoleó al overo para no verlos.
Volvieron a lo que ya se ha dicho. La infame solución había fracasado; los dos habían cedido a la tentación de hacer trampa. Caín andaba por ahí, pero el cariño entre los Nilsen era muy grande -¡quién sabe que rigores y qué peligros habían compartido!- y prefirieron desahogar su exasperación con ajenos. Con un desconocido, con los perros, con la Juliana, que había traído la discordia.
El mes de marzo estaba por concluir y el calor no cejaba. Un domingo (los domingos la gente suele recogerse temprano) Eduardo, que volvía del almacén, vio que Cristian uncía los bueyes. Cristian le dijo:
-Vení; tenemos que dejar unos cueros en lo del Pardo; ya los cargue, aprovechemos la fresca.
El comercio del Pardo quedaba, creo, más al Sur; tomaron por el Camino de las Tropas; después, por un desvío. El campo iba agrandándose con la noche.
Orillaron un pajonal; Cristian tiró el cigarro que había encendido y dijo sin apuro:


-A trabajar, hermano. Después nos ayudaran los caranchos. Hoy la maté. Que se quede aquí con sus pilchas. Ya no hará más perjuicios.
Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro vínculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla.

jueves, 29 de enero de 2015

Cuento colombiano


Cool rider Ace on the back on the motorbike, on January 12, 2015, in Surabaya, Indonesia. A pair of dogs enjoy a bit of bark-and-ride – as they weave through Indonesiaís traffic on the back of a motorcycle. Wearing red-framed sunglasses and a helmet the two golden retrievers happily sandwich their owner on the fast bike. (Photo by Jefta Images/Barcroft Media/ABACAPress)





El regreso

But homesick unto death.
WITTER BYNNER, The patient to the doctors
 
Esto fue lo sucedido al volver Madame Michaud de la cárcel. Ocurrió en Les houx, la propiedad de la familia Michaud, y no fue reseñado en ningún periódico de Bélgica. Los episodios más antiguos de la historia ocurrieron treinta y nueve años atrás; fueron noticia comentada en todas partes, pero ya no debe haber nadie fuera de la familia que los recuerde.
Les houx es un terreno de unas tres hectáreas que el bisabuelo de Madame Michaud adquirió a finales de 1860, cuando el país era aún muy joven y en el principado de Lieja los terrenos próximos se adjudicaban sin mayor trámite. Ahí creció y vivió toda su vida el abuelo de Madame Michaud, y también su padre. Ahí nacieron Madame Michaud y su hermana menor, Sara, y ahí crecieron y vivieron ambas hasta que, poco después de haber cumplido cuarenta años, en septiembre de 1960 -un siglo había pasado desde que su familia se hiciera con la propiedad que era su emblema y su orgullo-, Madame Michaud fue llevada a juicio por el asesinato del pretendiente de Sara. Se la encontró culpable de haber envenenado al hombre con el raticida utilizado en los establos de Les houx, y fue condenada.
El nombre de Madame Michaud no importa, pero sí importa una aclaración con respecto a su apellido y a su estado civil. Michaud era su nombre de familia y el que figuraba a la entrada de la propiedad, así:
Les houx, propriété privée. Famille Michaud, 1860. Hasta aquel septiembre Madame Michaud era todavía Mademoiselle Michaud; nunca se le había conocido un novio, y muy pocos hombres la visitaron más de una vez; pero nadie descartaba la posibilidad de que, incluso a los cuarenta, contrajera matrimonio, pues el terreno de Les houxvalía por la mejor de las dotes y volvía a cualquiera de las dos hijas un buen partido. Pero cuando se supo que Mademoiselle Michaud era condenada a cuarenta y cinco años de prisión, en las bocas de la gente se fue instalando el Madame. Había en ello una mezcla de respeto y de lástima hacia una persona que ya no podría casarse, y a la que iba a ser imposible seguir llamando señorita mientras envejecía en la cárcel. Madame Michaud cumplió su condena seis años antes de lo previsto, y lo primero que haría, bien lo sabía todo el mundo, sería visitar la casa de Les houx.
El amor que le tuvo desde niña a la casa y a los establos, a los cultivos y a las arboledas y hasta a los terrenos desnudos que daban a la carretera, ese amor desmesurado, sería su tragedia. Desde que aprendió a caminar, su pasatiempo favorito fue recorrer en soledad los recovecos de la casa. No había un rincón de la construcción inmensa que no conociera y al que no hubiera sido capaz de llegar con los ojos cerrados. Esto puede no parecer grandioso si no se conoce la casa de Les houx. Por eso debo decir que tenía tres pisos, dos escaleras que accedían al segundo (una de la cocina y una del zaguán) y otra más que subía directamente al zarzo. Su perímetro era regular, un rectángulo cerrado y perfecto como una caja fuerte; pero por dentro era de diseño impar, llena de nichos y de esquinas impredecibles. Había un cuarto sin puerta al que se entraba corriendo el falso fondo de un armario: ahí, el abuelo había escondido papas y repollos de su cosecha para provocar la subida del precio durante el cambio de siglo, y el padre había escondido a una pareja judía durante la segunda guerra. Entre los dos eventos, el cuarto había pertenecido a la niña. Ella era por naturaleza solitaria, y ni siquiera su hermana sabía dónde buscarla a la hora de sentarse a la mesa o cuando alguien la necesitaba para algo. Se sabía que había estado en los establos porque llegaba oliendo a heno y a estiércol; se sabía que había pasado la mañana en la arboleda porque sus vestidos llegaban rasgados por conos de pino o estropeados sin remedio por la resina de los troncos. Cuando creció, sus padres se preocuparon: Mademoiselle Michaud visitó médicos y algún aprendiz de psicoanalista, porque a la gente le resultaba incomprensible que una joven de diecinueve años pasara todo el día sola en lugar de ver a sus amigas. Nadie entendía que no se la pudiera encontrar nunca en el mismo lugar de la amplísima casa; nadie entendía que desperdiciara los veranos vagabundeando por las tres hectáreas como un gato que orina para marcar su territorio. Empezó la guerra, y Mademoiselle Michaud ganó una súbita importancia en las funciones de la casa: durante los bombardeos nocturnos, cuando la corriente eléctrica de todo el país se cortaba para que los aviadores no ubicaran sus blancos, ella era la única capaz de encontrar objetos perdidos en la oscuridad, o de atravesar la propiedad de un extremo al otro si era preciso alimentar a los caballos o dar un recado al mayordomo. Todo ello determinó que, en 1949, cuando murió el padre de las niñas Michaud, la madre, que hasta entonces se había desentendido de esos asuntos, entregara la administración de la propiedad a la única persona que podía obtener resultados satisfactorios; y Mademoiselle Michaud tuvo la excusa perfecta para olvidar u omitir los ímpetus matrimoniales de los jóvenes de Ferriéres o de Lieja o incluso de Lovaina. En ese estado, que para ella se acercaba al paraíso, pudo permanecer durante varios años. La casa nunca había conocido, ni conocería, un esplendor semejante.
En 1958 Sara conoció a Jan, un joven flamenco cuyo apellido nadie retuvo fácilmente: ni la madre, por falta de esfuerzo, ni la hermana, por ensimismamiento y desinterés. Todos los martes y todos los sábados durante dos años se le vio llegar en un Studebaker color de palo de rosa -que aparcaba frente a la casa, en el lugar que el padre había ocupado desde que compró su primer carro-, e irse apenas comenzaba a caer la noche. Rara vez coincidió con Mademoiselle Michaud en la casa: desde que lo veía cruzar el portón de entrada, ella desaparecía. Aquel hombre le resultó antipático desde el principio, y francamente repulsivo desde el sábado de verano en que llegó, no por la tarde sino antes de mediodía, con una cuadrilla de ayudantes cargados de varas de medir. Mademoiselle Michaud, desde varios rincones de la propiedad, los observaba sacar cuentas, medir el flanco que daba a la carretera, la superficie de la arboleda o la que ocupaban los terrenos sobre los que no se había construido ni nadie pensaba todavía en construir. El sábado siguiente, la misma rutina de mediciones se produjo; y al entrar a la casa, en la noche, Mademoiselle Michaud se sentó frente a su madre, que leía apaciblemente Le rouge et le noir. Mademoiselle Michaud guardaría para siempre ese dato nimio, porque en ningún momento de la conversación su madre cerró el libro o lo puso sobre su regazo para hablar. Con el libro abierto, el lomo de cuero fino hacia la hija inquieta, la madre explicó que Jan (y pronunció mediocremente el apellido) había pedido la mano de Sara: ella no había encontrado razones para negársela y en cambio más de una para concedérsela. Estando su padre muerto, la decisión le incumbía a ella sin deliberaciones de ningún tipo. Se casarían apenas llegara la primavera del próximo año. La primera semana de abril les parecía a todos un excelente momento.
Mademoiselle Michaud emprendió un lento estudio, del que quizás ella misma no se percataba y cuyo objeto era el futuro marido de Sara. Eso puede llamarse intuición, pero también desconfianza: la desconfianza de una mujer (porque ya, en este tiempo, Mademoiselle Michaud era una mujer) que nunca ha tratado con seres humanos; cuya amistad en definitiva, se ha volcado siempre sobre los objetos de la casa, las vigas de un techo y las alfombras, la cal de las paredes y el cascajo del patio y la madera de un cobertizo. Las cosas y su organización en el espacio físico eran la compañía de Mademoiselle Michaud; era lógico entonces, que la presencia del pretendiente y de sus hombres medidores la perturbara. Persiguió y espió a la pareja; su conocimiento del terreno en el que se movía le permitió pasar desapercibida. Vio sin que le importara que, cuando se encontraban solos en la sala de recibo, los novios no sólo se besaban, sino que la mano de él se perdía debajo del suéter de ella, y la de ella entre los pliegues de tweed de los pantalones de él. Vio a finales de agosto, que el novio empezaba a venir más temprano, y Sara y él aprovechaban la siesta de la madre para esconderse en el cuarto detrás del armario, del cual algún tímido gemido se escapaba. Y a principios de septiembre vio que Jan usaba el teléfono del tercer piso para hacer una llamada de negocios. Habló del momento en que la mitad de todo esto le perteneciera; habló de la necesidad de poner tanta tierra inútil a producir. Los detalles que mencionó funcionaron sobre Mademoiselle Michaud con la fuerza de una catapulta. Por esos días debía ir a la frontera, donde los precios eran más bajos, para hacer una compra importante de viruta. Algún mercader pudo ofrecerle el molinillo que buscaba. Regresó a casa después de la cena, y ciegamente vació el contenido de su saquito, un polvo grueso y tosco, en el pousse-café del pretendiente. Jan no sobrevivió a esa noche.
La madre, sabiamente, envió a Sara a casa de una de sus amigas, en Aix-la-Chapelle. El juicio se llevó a cabo con celeridad, pues el dolo era notorio y la evidencia no hubiera podido ser más pródiga. Un camión vino a buscar a Mademoiselle Michaud para llevarla a la cárcel de mujeres, cerca de Charleroi. La madre no salió a despedirla. Imagino a la mujer que hasta los cuarenta años había vivido en el mundo de una niña, y que entonces había asesinado a alguien, mirando por última vez los predios de la familia. Dos días después, Sara, todavía enferma de náuseas, regresó a Les houx. No dormía, pero ese era el menor de los males. Antes de que nadie se diera cuenta, una anorexia la había llevado a la cama, un médico había venido a salvarle la vida, una terapia había comenzado y se llevaba a cabo puntualmente. Con el tiempo, su tristeza no fue más terca que la tristeza de cualquiera, y poco a poco revivió su apetito. Un accidente ocurrió cierto día: la madre quiso obligarla a probar la torta de macarrones que había comprado para ella en la pastelería de André Destiné, y que había sido siempre su favorita; Sara se negó y ante la insistencia perdió el control, manoteó demasiado cerca de la mesa que había junto a la puerta cristalera y su cachetada destrozó contra el piso un jarrón de cerámica local que había sido de la bisabuela. Notó el espacio sobre la mesa, el círculo que brillaba como una luna desde donde el jarrón había estado, inmóvil, durante tantos años. Se hubiera dicho que ese instante marcó el comienzo de su mejoría. Dijo que entraba más luz al comedor ahora; al día siguiente cambió la mesa de lugar; una semana más tarde, contrató a tres obreros que, junto al mayordomo, ampliaron el marco de la puerta cristalera en dos metros de cada lado, y la acabaron sustituyendo por un ventanal que iba del piso de parquet al cielo raso.
Nunca tuvieron noticias de Madame Michaud -ya era este el apelativo con el que el público hablaba de ella-; y Madame Michaud no tuvo noticias de ellas. Comentaba la gente que era como si la hubieran condenado al exilio más doloroso desde el principio, y, con el tiempo, el exilio se hubiera tornado en llano olvido. Pero no era así: Sara nunca olvidó que su hermana vivía en una celda por haber envenenado al hombre que la iba a hacer feliz. Madame Michaud, por su parte, no podía sentir la culpa que le endilgaban, ni el arrepentimiento por su actuación: su universo no contemplaba esos sistemas, porque no era humano; y las cosas no son culpables, ni las construcciones sienten arrepentimiento. Es un lugar común decir que perdió la noción del tiempo; pero contaban las carceleras de su patio que salía muy poco y que rara vez se relacionó con otra de las convictas, y que vivía, en todos los demás aspectos, al margen de cualquier evolución, ignorante a las rutinas del mundo interno y a las revoluciones del externo. Encerrada en el mínimo espacio de su célula, Madame Michaud no se enteró de que su madre había muerto de muerte natural durante el invierno de 1969, y nunca supo que, en su lecho de muerte, ella la había perdonado. ¿Se habría alegrado de ese perdón? Es una certeza imposible. Su compañera, que muy pronto agotó los deseos de conversar con ella, cuenta que Madame Michaud (cuyo pelo encanecía, cuya piel transparente se iba secando como la coraza desprendida de un eucalipto) se pasaba los días enrollando y desenrollando un pliego de papel sobre el piso de la celda. Por un lado aparecía impreso un viejo calendario traído de Francia: 1954 - Dixiéme anniversaire de la Libération era la leyenda marcada encima de los meses y de los días. Sobre el reverso del calendario, Madame Michaud había dibujado a lápiz el croquis de Les houx con tantos detalles que su compañera exclamó, al ver el plano por primera vez, que conocía el lugar. No era cierto, pero la perfección de los detalles se había impuesto sobre su memoria. La ilusión, momentánea para la otra convicta, era perfecta para Madame Michaud: y sobre ese plano vivió los años de su reclusión, ajena a su vejez acrecentada. No es difícil imaginarla volcada sobre paredes que eran un simple trazo grueso, o creyendo esconderse detrás de muros que estaban hechos no de cemento y ladrillo, sino del sombreado cuidadoso de un lápiz inclinado.
Imagino que fue la buena conducta de la convicta Madame Michaud lo que, paradójicamente, propició la distracción de las directoras de la prisión de Charleroi. Nadie, durante los últimos años de su reclusión, pareció acordarse de ella; y es fácil pensar que muchos más años le habrían sido conmutados si ella lo hubiera solicitado antes de manera oficial. Cuando se decidió que merecía la libertad anticipada, le faltaban seis años para cumplir la pena. Pero diez años atrás, la misma merced le habría sido concedida: su comportamiento fue el mismo a lo largo de toda esa vida dentro de la vida que es una condena por homicidio. En diciembre de 1998, Madame Michaud fue convocada a la sala César Franck de la prisión, donde respondió a una serie de preguntas que querían confirmar su voluntad de regresar a la sociedad y ser un miembro útil de ella. Al final de la sesión, le preguntaron si prefería salir antes o después de las fiestas: ante la inminencia de su libertad, Madame Michaud no quiso pasar un día más en la cárcel. Los intendentes pusieron entre sus pertenencias (la toilette con la que había llegado y un calendario en cuyo reverso había el plano de una casa) un sobre con tres mil francos en billetes de quinientos. El diecinueve de diciembre, Madame Michaud pasó la noche en un motel de Charleroi -nadie la había esperado frente a los muros de la prisión-, y antes de que amaneciera ya estaba lista para regresar a Les houx. (A sus setenta y nueve años, Madame Michaud había perdido el sueño, y despertaba siempre con las primeras luces.) No le tuvo que explicar al taxista dónde quedaba la propiedad de su familia.
El taxi recorrió el sendero de entrada lentamente, pues había nevado y una capa de hielo volvía la superficie resbalosa. Madame Michaud limpiaba el vaho acumulado en su ventanilla para ver la casa, su casa, y debía pensar que abriría el portón y sería para ella como si ni un día hubiera pasado. No despidió al chofer apenas se bajó del taxi, quizás porque sintió que no era cascajo lo que pisaba bajo la nieve, sino grava suelta. Pero siguió adelante, y su mano se dirigió instintivamente al espacio donde siempre estuvo el aldabón: su mano cayó en el vacío. Le debió parecer inverosímil tener que buscar con la mirada la cerradura, y tener que intentarlo dos veces antes de accionar el mecanismo. Tuvo que pensar en la posibilidad de haberse distraído en el camino, de que el chofer la hubiera traído a una casa ajena. Miró a su alrededor. En su cara se leía la confusión. Madame Michaud se sentía desorientada.
En el zaguán, donde hubo siempre un ángel de piedra apostado bajo las escaleras, no había ahora escaleras, sino una biblioteca de flormorado, y el ángel de piedra era un sillón de lectura. Tres habitaciones se repartían el área que había sido treinta y nueve años antes el salón de estar: una para las armas de cacería, otra para los vestidos de invierno y otra que Madame Michaud no verificó, porque la vio oscura y quizás profunda (le pareció que una baranda descendía a una cava), y tuvo miedo de perderse. El primer piso era irreconocible; consoló a Madame Michaud el hecho de no poder subir al segundo -ignoraba por dónde hubiera podido hacerlo-, pues así se evitaba repetir los tanteos ciegos y la extrañeza, la dolorosa extrañeza.

Madame Michaud no estaba sola en la casa, pero la otra presencia no se hubiera delatado ni por todo el oro del mundo. Desde los rosetones del zarzo, Sara la vio salir, y fue como si sintiera ella misma el frío que golpeó a su hermana mayor en la cara. Sara no desperdició un detalle: ante su mirada ansiosa, Madame Michaud comprobó que una especie de cabaña sin paredes se levantaba donde había estado, según recordaba, el galpón de los caballos lusitanos, y enseguida, con la mano en la frente, descubrió que aquel jardín de plantas dormidas había sido antes la espesa arboleda. Agradeció que el taxi la esperara aún, porque no estaba segura de ser capaz de encontrar el camino de salida entre tantos senderos nuevos que conducían a tantas nuevas dependencias, a tantas construcciones recientes que Sara había proyectado y erigido con paciencia de artista a lo largo de treinta y nueve años, y que en muchos casos no estaban todavía ocupadas ni cumplían función alguna, porque su única justificación era reemplazar una memoria o un afecto en la mente de Madame Michaud para que ahora ella, en el puesto trasero del taxi, se preguntara adonde podía ir, qué lugar quedaba para ella en el mundo.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Con chispa







El que inventó la pólvora

Uno de los pocos intelectuales que aún existían en los días anteriores a la catástrofe, expresó que quizá la culpa de todo la tenía Aldous Huxley. Aquel intelectual -titular de la misma cátedra de sociología, durante el año famoso en que a la humanidad entera se le otorgó un Doctorado Honoris Causa, y clausuraron sus puertas todas las Universidades-, recordaba todavía algún ensayo de Music at Night: los snobismos de nuestra época son el de la ignorancia y el de la última moda; y gracias a éste se mantienen el progreso, la industria y las actividades civilizadas. Huxley, recordaba mi amigo, incluía la sentencia de un ingeniero norteamericano: «Quien construya un rascacielos que dure más de cuarenta años, es traidor a la industria de la construcción». De haber tenido el tiempo necesario para reflexionar sobre la reflexión de mi amigo, acaso hubiera reído, llorado, ante su intento estéril de proseguir el complicado juego de causas y efectos, ideas que se hacen acción, acción que nutre ideas. Pero en esos días, el tiempo, las ideas, la acción, estaban a punto de morir.
La situación, intrínsecamente, no era nueva. Sólo que, hasta entonces, habíamos sido nosotros, los hombres, quienes la provocábamos. Era esto lo que la justificaba, la dotaba de humor y la hacía inteligible. Éramos nosotros los que cambiábamos el automóvil viejo por el de este año. Nosotros, quienes arrojábamos las cosas inservibles a la basura. Nosotros, quienes optábamos entre las distintas marcas de un producto. A veces, las circunstancias eran cómicas; recuerdo que una joven amiga mía cambió un desodorante por otro sólo porque los anuncios le aseguraban que la nueva mercancía era algo así como el certificado de amor a primera vista. Otras, eran tristes; uno llega a encariñarse con una pipa, los zapatos cómodos, los discos que acaban teñidos de nostalgia, y tener que desecharlos, ofrendarlos al anonimato del ropavejero y la basura, era ocasión de cierta melancolía.
Nunca hubo tiempo de averiguar a qué plan diabólico obedeció, o si todo fue la irrupción acelerada de un fenómeno natural que creíamos domeñado. Tampoco, dónde se inició la rebelión, el castigo, el destino -no sabemos cómo designarlo. El hecho es que un día, la cuchara con que yo desayunaba, de legítima plata Christoph; se derritió en mis manos. No di mayor importancia al asunto, y suplí el utensilio inservible con otro semejante, del mismo diseño, para no dejar incompleto mi servicio y poder recibir con cierta elegancia a doce personas. La nueva cuchara duró una semana; con ella, se derritió el cuchillo. Los nuevos repuestos no sobrevivieron las setenta y dos horas sin convertirse en gelatina. Y claro, tuve que abrir los cajones y cerciorarme: toda la cuchillería descansaba en el fondo de las gavetas, excreción gris y espesa. Durante algún tiempo, pensé que estas ocurrencias ostentaban un carácter singular. Buen cuidado tomaron los felices propietarios de objetos tan valiosos en no comunicar algo que, después tuvo que saberse, era ya un hecho universal. Cuando comenzaron a derretirse las cucharas, cuchillos, tenedores, amarillentos, de alumino y hojalata, que usan los hospitales, los pobres, las fondas, los cuarteles, no fue posible ocultar la desgracia que nos afligía. Se levantó un clamor: las industrias respondieron que estaban en posibilidad de cumplir con la demanda, mediante un gigantesco esfuerzo, hasta el grado de poder reemplazar los útiles de mesa de cien millones de hogares, cada veinticuatro horas.
El cálculo resultó exacto. Todos los días, mi cucharita de té -a ella me reduje, al artículo más barato, para todos los usos culinarios- se convertía, después del desayuno, en polvo. Con premura, salíamos todos a formar cola para adquirir una nueva. Que yo sepa, muy pocas gentes compraron al mayoreo; sospechábamos que cien cucharas adquiridas hoy serían pasta mañana, o quizá nuestra esperanza de que sobrevivieran veinticuatro horas era tan grande como infundada. Las gracias sociales sufrieron un deterioro total; nadie podía invitar a sus amistades, y tuvo corta vida el movimiento, malentendido y nostálgico, en pro de un regreso a las costumbres de los vikingos.
Esta situación, hasta cierto punto amable, duró apenas seis meses. Alguna mañana, terminaba mi cotidiano aseo dental. Sentí que el cepillo, todavía en la boca, se convertía en culebrita de plástico; lo escupí en pequeños trozos. Este género de calamidades comenzó a repetirse casi sin interrupciones. Recuerdo que ese mismo día, cuando entré a la oficina de mi jefe en el Banco, el escritorio se desintegró en terrones de acero, mientras los puros del financiero tosían y se deshebraban, y los cheques mismos daban extrañas muestras de inquietud... Regresando a la casa, mis zapatos se abrieron como flor de cuero, y tuve que continuar descalzo. Llegué casi desnudo: la ropa se habla caído a jirones, los colores de la corbata se separaron y emprendieron un vuelo de mariposas. Entonces me di cuenta de otra cosa: los automóviles que transitaban por las calles se detuvieron de manera abrupta, y mientras los conductores descendían, sus sacos haciéndose polvo en las espaldas, emanando un olor colectivo de tintorería y axilas, los vehículos, envueltos en gases rojos, temblaban. Al reponerme de la impresión, fijé los ojos en aquellas carrocerías. La calle hervía en una confusión de caricaturas: Fords Modelo T, carcachas de 1909, Tin Lizzies, orugas cuadriculadas, vehículos pasados de moda.
La invasión de esa tarde a las tiendas de ropa y muebles, a las agencias de automóvil, resulta indescriptible. Los vendedores de coches -esto podría haber despertado sospechas- ya tenían preparado el Modelo del Futuro, que en unas cuantas horas fue vendido por millares. (Al día siguiente, todas las agencias anunciaron la aparición del Novísimo Modelo del Futuro, la ciudad se llenó de anuncios démodé del Modelo del día anterior -que, ciertamente, ya dejaba escapar un tufillo apolillado-, y una nueva avalancha de compradores cayó sobre las agencias.)
Aquí debo insertar una advertencia. La serie de acontecimientos a que me vengo refiriendo, y cuyos efectos finales nunca fueron apreciados debidamente, lejos de provocar asombro o disgusto, fueron aceptados con alborozo, a veces con delirio, por la población de nuestros países. Las fábricas trabajaban a todo vapor y terminó el problema de los desocupados. Magnavoces instalados en todas las esquinas, aclaraban el sentido de esta nueva revolución industrial: los beneficios de la libre empresa llegaban hoy, como nunca, a un mercado cada vez más amplio; sometida a este reto del progreso, la iniciativa privada respondía a las exigencias diarias del individuo en escala sin paralelo; la diversificación de un mercado caracterizado por la renovación continua de los artículos de consumo aseguraba una vida rica, higiénica y libre. «Carlomagno murió con sus viejos calcetines puestos -declaraba un cartel- usted morirá con unos Elasto-Plastex recién salidos de la fábrica.» La bonanza era increíble; todos trabajaban en las industrias, percibían enormes sueldos, y los gastaban en cambiar diariamente las cosas inservibles por los nuevos productos. Se calcula que, en mi comunidad solamente, llegaron a circular en valores y en efectivo, más de doscientos mil millones de dólares cada dieciocho horas.
El abandono de las labores agrícolas se vio suplido, y concordado, por las industrias química, mobiliaria y eléctrica. Ahora comíamos píldoras de vitamina, cápsulas y granulados, con la severa advertencia médica de que era necesario prepararlos en la estufa y comerlos con cubiertos (las píldoras, envueltas por una cera eléctrica, escapan al contacto con los dedos del comensal).
Yo, justo es confesarlo, me adapté a la situación con toda tranquilidad. El primer sentimiento de terror lo experimenté una noche, al entrar a mi biblioteca. Regadas por el piso, como larvas de tinta, yacían las letras de todos los libros. Apresuradamente, revisé varios tomos: sus páginas, en blanco. Una música dolorosa, lenta, despedida, me envolvió; quise distinguir las voces de las letras; al minuto agonizaron. Eran cenizas. Salí a la calle, ansioso de saber qué nuevos sucesos anunciaba éste; por el aire, con el loco empeño de los vampiros, corrían nubes de letras; a veces, en chispazos eléctricos, se reunían... amor, rosa, palabra, brillaban un instante en el cielo, para disolverse en llanto. A la luz de uno de estos fulgores, vi otra cosa: nuestros grandes edificios empezaban a resquebrajarse; en uno, distinguí la carrera de una vena rajada que se iba abriendo por el cuerpo de cemento. Lo mismo ocurría en las aceras, en los árboles, acaso en el aire. La mañana nos deparó una piel brillante de heridas. Buen sector de obreros tuvo que abandonar las fábricas para atender a la reparación material de la ciudad; de nada sirvió, pues cada remiendo hacía brotar nuevas cuarteaduras.
Aquí concluía el periodo que pareció haberse regido por el signo de las veinticuatro horas. A partir de este instante, nuestros utensilios comenzaron a descomponerse en menos tiempo; a veces en diez, a veces en tres o cuatro horas. Las calles se llenaron de montañas de zapatos y papeles, de bosques de platos rotos, dentaduras postizas, abrigos desbaratados, de cáscaras de libros, edificios y pieles, de muebles y flores muertas y chicle y aparatos de televisión y baterías. Algunos intentaron dominar a las cosas, maltratarlas, obligarlas a continuar prestando sus servicios; pronto se supo de varias muertes extrañas de hombres y mujeres atravesados por cucharas y escobas, sofocados por sus almohadas, ahorcados por las corbatas. Todo lo que no era arrojado a la basura después de cumplir el término estricto de sus funciones, se vengaba así del consumidor reticente.
La acumulación de basura en las calles las hacía intransitables. Con la huida del alfabeto, ya no se podían escribir directrices; los magnavoces dejaban de funcionar cada cinco minutos, y todo el día se iba en suplirlos con otros. ¿Necesito señalar que los basureros se convirtieron en la capa social privilegiada, y que la Hermandad Secreta de Verrere era, de facto, el poder activo detrás de nuestras instituciones republicanas? De viva voz se corrió la consigna: los intereses sociales exigen que para salvar la situación se utilicen y consuman las cosas con una rapidez cada día mayor. Los obreros ya no salían de las fábricas; en ellas se concentró la vida de la ciudad, abandonándose a su suerte edificios, plazas, las habitaciones mismas. En las fábricas, tengo entendido que un trabajador armaba una bicicleta, corría por el patio montado en ella; la bicicleta se reblandecía y era tirada al carro de la basura que, cada día más alto, corría como arteria paralítica por la ciudad; inmediatamente, el mismo obrero regresaba a armar otra bicicleta, y el proceso se repetía sin solución. Lo mismo pasaba con los demás productos; una camisa era usada inmediatamente por el obrero que la fabricaba, y arrojada al minuto; las bebidas alcohólicas tenían que ser ingeridas por quienes las embotellaban, y las medicinas de alivio respectivas por sus fabricantes, que nunca tenían oportunidad de emborracharse. Así sucedía en todas las actividades.
Mi trabajo en el Banco ya no tenía sentido. El dinero había dejado de circular desde que productores y consumidores, encerrados en las factorías, hacían de los dos actos uno. Se me asignó una fábrica de armamentos como nuevo sitio de labores. Yo sabía que las armas eran llevadas a parajes desiertos, y usadas allí; un puente aéreo se encargaba de transportar las bombas con rapidez, antes de que estallaran, y depositarlas, huevecillos negros, entre las arenas de estos lugares misteriosos.
Ahora que ha pasado un año desde que mi primera cuchara se derritió, subo a las ramas de un árbol y trato de distinguir, entre el humo y las sirenas, algo de las costras del mundo. El ruido, que se ha hecho sustancia, gime sobre los valles de desperdicio; temo -por lo que mis últimas experiencias con los pocos objetos servibles que encuentro delatan- que el espacio de utilidad de las cosas se ha reducido a fracciones de segundo. Los aviones estallan en el aire, cargados de bombas; pero un mensajero permanente vuela en helicóptero sobre la ciudad, comunicando la vieja consigna: «Usen, usen, consuman, consuman, ¡todo, todo!» ¿Qué queda por usarse? Pocas cosas, sin duda.
Aquí, desde hace un mes, vivo escondido, entre las ruinas de mi antigua casa. Huí del arsenal cuando me di cuenta que todos, obreros y patrones, han perdido la memoria, y también, la facultad previsora... Viven al día, emparedados por los segundos. Y yo, de pronto, sentí la urgencia de regresar a esta casa, tratar de recordar algo apenas estas notas que apunto con urgencia, y que tampoco dicen de un año relleno de datos- y formular algún proyecto.
¡Qué gusto! En mi sótano encontré un libro con letras impresas; es Treasure Island, y gracias a él, he recuperado el recuerdo de mí mismo, el ritmo de muchas cosas... Termino el libro («¡Pieces of eight! ¡Pieces of eight!») y miro en redor mío. La espina dorsal de los objetos despreciados, su velo de peste. ¿Los novios, los niños, los que sabían cantar, dónde están, por qué los olvidé, los olvidamos, durante todo este tiempo? ¿Qué fue de ellos mientras sólo pensábamos (y yo sólo he escrito) en el deterioro y creación de nuestros útiles? Extendí la vista sobre los montones de inmundicia. La opacidad chiclosa se entrevera en mil rasguños; las llantas y los trapos, la obesidad maloliente, la carne inflamada del detritus, se extienden enterrados por los cauces de asfalto; y pude ver algunas cicatrices, que eran cuerpos abrazados, manos de cuerda, bocas abiertas, y supe de ellos.
No puedo dar idea de los monumentos alegóricos que sobre los desperdicios se han construido, en honor de los economistas del pasado. El dedicado a las Armonías de Bastiat, es especialmente grotesco.
Entre las páginas de Stevenson, un paquete de semillas de hortaliza. Las he estado metiendo en la tierra, ¡con qué gran cariño!... Ahí pasa otra vez el mensajero: 
«USEN TODO... TODO... TODO» 
Ahora, ahora un hongo azul que luce penachos de sombra y me ahoga en el rumor de los cristales rotos... 
Estoy sentado en una playa que antes -si recuerdo algo de geografía- no bañaba mar alguno. No hay más muebles en el universo que dos estrellas, las olas y arena. He tomado unas ramas secas; las froto, durante mucho tiempo... ah, la primera chispa...

Payaso







Piuma al vento

¡Qué gran payaso aquel "Pass-key"! Cuando concluían los saltos mortales de doble tumbo por sobre una fila de doce caballos y tres hombres encimados, en un silencio casi solemne de la orquesta; cuando remataba sus proezas de fuerza, asiendo un piquete de la barra con su brazo rígido, para bajar, girando en espiral sobre este único apoyo, hasta dar sentado en el piso; cuando terminaban los vuelos vertiginosos de los trapecios y las serenatas grotescas, rasgueadas con un pie tras de la nuca, venía la suerte clásica.
El colega Arlequín soplaba hacia el techo, por medio de una cerbatana, una pluma de pavo real. La pluma surgía veloz, como un cohete, llegaba al techo casi; luego, describiendo una lenta curva, caía, caía titubeando, y el payaso la recibía en la punta de su nariz. Cambiaba sus posturas, se descoyuntaba en todas las formas, sosteniéndola siempre; simulaba la cacería de un ratón por toda la pista, manteniendo el sutil equilibrio: llegaba hasta ponerse de espaldas y erguirse otra  vez, sin perderlo,  mientras  Ios  violines susurraban un airecillo  tirolés. Y lo  infalible de su acierto  sorprendía.
Ni los juegos ecuestres que la húngara de lozanas piernas ejecutaba, ni los equilibristas japoneses, ni los excéntricos yanquis, ni el ciclista francés con sus paradójicas geometrías, ni el parque zoológico con sus curiosidades entusiasmaban tanto al público como aquella suerte de la pluma. Había de veras algo artístico en el juego fino y elegante de aquel payaso, que vestía todo de blanco como el Gilles de Watteau; una especie de flexible esgrima, en complicación de curvas silenciosas como los trazos de un blando lápiz, cierta vaga angustia en aquella destreza obligada a luchar con el aire, como con un duende invisible, y hasta cierto incentivo de azar en la indecisa levedad de esa pluma...
-¿...Te acuerdas  Gabriela?
El payaso estaba enamorado, sin embargo; y este "sin embargo" es un mérito que le agrego, pues bien se sabe cuánto rompen el equilibrio las palpitaciones de corazón. Estaba enamorado de una muchacha rubia que una noche le tiró flores a la pista. Sola en su palco, afrontó sin desconcertarse el murmullo de asombro canallesco que semejante acto produjo: y el payaso, admirado de aquel heroísmo que le llenó el pecho con un calor de buen vino, la adoró.
Nunca había amado en serio, absorto desde chico por la preocupación de su arte, distrayendo apenas tal cual noche en parrandas de camaradería, cuya torpeza no incitaba a reincidir.
Pero aquella muchacha galante, con su excesivo perfume de flor estrujada, su fugacidad de capricho v sus intrínsecas maldades de ponzoña, le enloquecía. Llegó a querer todos sus artificios - sus artificios más que sus encantos - las falsas ojeras, el carmín comprado, el lunar postizo y hasta el ceceo que acaramelaba sus palabras. Y el idilio duró un mes, al cabo del cual tuvieron una disputa.
Berta sostuvo (se llamaba Berta) que aquello de la pluma no podía ser. Que tenía un peso en la punta y por esto caía tan bien, o alguna pega, o algo, ¡qué sabía ella!... ¡Nunca había estado en circos!... Dijo mil disparates hirientes, y por último sostuvo que debía  tratarse  de un imán.
En vano intentó su amante disuadirla, riendo de sus tonterías al principio; después ofendido hasta el alma por esa duda. Tres años de trabajo obscuro le había costado aquello, de cólera, de desazones, de torturados abandonos: aquella futilidad que hacía reír. Y ella, ella tan luego, ¿no creía?...
Por último Berta propuso que la próxima vez, acabado el juego, le diese la pluma para verla bien; pues ¡qué quería!... No se alcanzaba a convencer. Pero allá, en el circo mismo ¿eh?... Y si la pluma no tenía nada, ¡vería cómo erraba  el golpe!
El  despechado  artista aceptó.
Dos días después llegó el momento. Berta resplandecía en su palco. Pasaron los malabaristas, los yanquis, el trapecio, la barra, los saltos, los perros sabios que aquella noche estrenaban una nueva habilidad, concertando y llevando a cabo un duelo por los amores de una doncella. Pasó la húngara en su caballo negro, pasó la familia Bill con sus palomas amaestradas... hubo un silencio... un ondulante cuchicheo.... y el director de la compañía avanzó hasta la mitad del circo.
-Respetable público: por una indisposición repentina del payaso "Pass-key", se suspende la suerte de la pluma.
Y como en previsión del murmurado descontento, apareció, en su azulino traje de marquesita Luis XV, Mlle. Olivie la bailarina.
Loa diarios de la mañana siguiente anunciaron que "Pass-key'" se había suicidado, ignorándose las causas de su fatal resolución: y hasta escribieron necrologías, muy filosóficas por cierto.
La pluma, que yo vi, no tenía artificio alguno.

Apellido








Dos palabras

Tenía el nombre de Belisa Crepusculario, pero no por fe de bautismo o acierto de su madre, sino porque ella misma lo buscó hasta encontrarlo y se vistió con él. Su oficio era vender palabras. Recorría el país, desde las regiones más altas y frías hasta las costas calientes, instalándose en las ferias y en los mercados, donde montaba cuatro palos con un toldo de lienzo, bajo el cual se protegía del sol y de la lluvia para atender a su clientela. No necesitaba pregonar su mercadería, porque de tanto caminar por aquí y por allá, todos la conocían. Había quienes la aguardaban de un año para otro, y cuando aparecía por la aldea con su atado bajo el brazo hacían cola frente a su tenderete. Vendía a precios justos. Por cinco centavos entregaba versos de memoria, por siete mejoraba la calidad de los sueños, por nueve escribía cartas de enamorados, por doce inventaba insultos para enemigos irreconciliables. También vendía cuentos, pero no eran cuentos de fantasía, sino largas historias verdaderas que recitaba de corrido, sin saltarse nada. Así llevaba las nuevas de un pueblo a otro. La gente le pagaba por agregar una o dos líneas: nació un niño, murió fulano, se casaron nuestros hijos, se quemaron las cosechas. En cada lugar se juntaba una pequeña multitud a su alrededor para oírla cuando comenzaba a hablar y así se enteraban de las vidas de otros, de los parientes lejanos, de los pormenores de la Guerra Civil. A quien le comprara cincuenta centavos, ella le regalaba una palabra secreta para espantar la melancolía. No era la misma para todos, por supuesto, porque eso habría sido un engaño colectivo. Cada uno recibía la suya con la certeza de que nadie más la empleaba para ese fin en el universo y más allá.
Belisa Crepusculario había nacido en una familia tan mísera, que ni siquiera poseía nombres para llamar a sus hijos. Vino al mundo y creció en la región más inhóspita, donde algunos años las lluvias se convierten en avalanchas de agua que se llevan todo, y en otros no cae ni una gota del cielo, el sol se agranda hasta ocupar el horizonte entero y el mundo se convierte en un desierto. Hasta que cumplió doce años no tuvo otra ocupación ni virtud que sobrevivir al hambre y la fatiga de siglos. Durante una interminable sequía le tocó enterrar a cuatro hermanos menores y cuando comprendió que llegaba su turno, decidió echar a andar por las llanuras en dirección al mar, a ver si en el viaje lograba burlar a la muerte. La tierra estaba erosionada, partida en profundas grietas, sembrada de piedras, fósiles de árboles y de arbustos espinudos, esqueletos de animales blanqueados por el calor. De vez en cuando tropezaba con familias que, como ella, iban hacia el sur siguiendo el espejismo del agua. Algunos habían iniciado la marcha llevando sus pertenencias al hombro o en carretillas, pero apenas podían mover sus propios huesos y a poco andar debían abandonar sus cosas. Se arrastraban penosamente, con la piel convertida en cuero de lagarto y los ojos quemados por la reverberación de la luz. Belisa los saludaba con un gesto al pasar, pero no se detenía, porque no podía gastar sus fuerzas en ejercicios de compasión. Muchos cayeron por el camino, pero ella era tan tozuda que consiguió atravesar el infierno y arribó por fin a los primeros manantiales, finos hilos de agua, casi invisibles, que alimentaban una vegetación raquítica, y que más adelante se convertían en riachuelos y esteros.
Belisa Crepusculario salvó la vida y además descubrió por casualidad la escritura. Al llegar a una aldea en las proximidades de la costa, el viento colocó a sus pies una hoja de periódico. Ella tomó aquel papel amarillo y quebradizo y estuvo largo rato observándolo sin adivinar su uso, hasta que la curiosidad pudo más que su timidez. Se acercó a un hombre que lavaba un caballo en el mismo charco turbio donde ella saciara su sed.
-¿Qué es esto? -preguntó.
-La página deportiva del periódico -replicó el hombre sin dar muestras de asombro ante su ignorancia.
La respuesta dejó atónita a la muchacha, pero no quiso parecer descarada y se limitó a inquirir el significado de las patitas de mosca dibujadas sobre el papel.
-Son palabras, niña. Allí dice que Fulgencio Barba noqueó al Negro Tiznao en el tercer round.
Ese día Belisa Crepusculario se enteró que las palabras andan sueltas sin dueño y cualquiera con un poco de maña puede apoderárselas para comerciar con ellas. Consideró su situación y concluyó que aparte de prostituirse o emplearse como sirvienta en las cocinas de los ricos, eran pocas las ocupaciones que podía desempeñar. Vender palabras le pareció una alternativa decente. A partir de ese momento ejerció esa profesión y nunca le interesó otra. Al principio ofrecía su mercancía sin sospechar que las palabras podían también escribirse fuera de los periódicos. Cuando lo supo calculó las infinitas proyecciones de su negocio, con sus ahorros le pagó veinte pesos a un cura para que le enseñara a leer y escribir y con los tres que le sobraron se compró un diccionario. Lo revisó desde la A hasta la Z y luego lo lanzó al mar, porque no era su intención estafar a los clientes con palabras envasadas.
Varios años después, en una mañana de agosto, se encontraba Belisa Crepusculario en el centro de una plaza, sentada bajo su toldo vendiendo argumentos de justicia a un viejo que solicitaba su pensión desde hacía diecisiete años. Era día de mercado y había mucho bullicio a su alrededor. Se escucharon de pronto galopes y gritos, ella levantó los ojos de la escritura y vio primero una nube de polvo y enseguida un grupo de jinetes que irrumpió en el lugar. Se trataba de los hombres del Coronel, que venían al mando del Mulato, un gigante conocido en toda la zona por la rapidez de su cuchillo y la lealtad hacia su jefe. Ambos, el Coronel y el Mulato, habían pasado sus vidas ocupados en la Guerra Civil y sus nombres estaban irremisiblemente unidos al estropicio y la calamidad. Los guerreros entraron al pueblo como un rebaño en estampida, envueltos en ruido, bañados de sudor y dejando a su paso un espanto de huracán. Salieron volando las gallinas, dispararon a perderse los perros, corrieron las mujeres con sus hijos y no quedó en el sitio del mercado otra alma viviente que Belisa Crepusculario, quien no había visto jamás al Mulato y por lo mismo le extrañó que se dirigiera a ella.
-A ti te busco -le gritó señalándola con su látigo enrollado y antes que terminara de decirlo, dos hombres cayeron encima de la mujer atropellando el toldo y rompiendo el tintero, la ataron de pies y manos y la colocaron atravesada como un bulto de marinero sobre la grupa de la bestia del Mulato. Emprendieron galope en dirección a las colinas.
Horas más tarde, cuando Belisa Crepusculario estaba a punto de morir con el corazón convertido en arena por las sacudidas del caballo, sintió que se detenían y cuatro manos poderosas la depositaban en tierra. Intentó ponerse de pie y levantar la cabeza con dignidad, pero le fallaron las fuerzas y se desplomó con un suspiro, hundiéndose en un sueño ofuscado. Despertó varias horas después con el murmullo de la noche en el campo, pero no tuvo tiempo de descifrar esos sonidos, porque al abrir los ojos se encontró ante la mirada impaciente del Mulato, arrodillado a su lado.
-Por fin despiertas, mujer -dijo alcanzándole su cantimplora para que bebiera un sorbo de aguardiente con pólvora y acabara de recuperar la vida.
Ella quiso saber la causa de tanto maltrato y él le explicó que el Coronel necesitaba sus servicios. Le permitió mojarse la cara y enseguida la llevó a un extremo del campamento, donde el hombre más temido del país reposaba en una hamaca colgada entre dos árboles. Ella no pudo verle el rostro, porque tenía encima la sombra incierta del follaje y la sombra imborrable de muchos años viviendo como un bandido, pero imaginó que debía ser de expresión perdularia si su gigantesco ayudante se dirigía a él con tanta humildad. Le sorprendió su voz, suave y bien modulada como la de un profesor.
-¿Eres la que vende palabras? -preguntó.
-Para servirte -balbuceó ella oteando en la penumbra para verlo mejor.
El Coronel se puso de pie y la luz de la antorcha que llevaba el Mulato le dio de frente. La mujer vio su piel oscura y sus fieros ojos de puma y supo al punto que estaba frente al hombre más solo de este mundo.
-Quiero ser Presidente -dijo él.
Estaba cansado de recorrer esa tierra maldita en guerras inútiles y derrotas que ningún subterfugio podía transformar en victorias. Llevaba muchos años durmiendo a la intemperie, picado de mosquitos, alimentándose de iguanas y sopa de culebra, pero esos inconvenientes menores no constituían razón suficiente para cambiar su destino. Lo que en verdad le fastidiaba era el terror en los ojos ajenos. Deseaba entrar a los pueblos bajo arcos de triunfo, entre banderas de colores y flores, que lo aplaudieran y le dieran de regalo huevos frescos y pan recién horneado. Estaba harto de comprobar cómo a su paso huían los hombres, abortaban de susto las mujeres y temblaban las criaturas, por eso había decidido ser Presidente. El Mulato le sugirió que fueran a la capital y entraran galopando al Palacio para apoderarse del gobierno, tal como tomaron tantas otras cosas sin pedir permiso, pero al Coronel no le interesaba convertirse en otro tirano, de ésos ya habían tenido bastantes por allí y, además, de ese modo no obtendría el afecto de las gentes. Su idea consistía en ser elegido por votación popular en los comicios de diciembre.
-Para eso necesito hablar como un candidato. ¿Puedes venderme las palabras para un discurso? -preguntó el Coronel a Belisa Crepusculario.
Ella había aceptado muchos encargos, pero ninguno como ése, sin embargo no pudo negarse, temiendo que el Mulato le metiera un tiro entre los ojos o, peor aún, que el Coronel se echara a llorar. Por otra parte, sintió el impulso de ayudarlo, porque percibió un palpitante calor en su piel, un deseo poderoso de tocar a ese hombre, de recorrerlo con sus manos, de estrecharlo entre sus brazos.
Toda la noche y buena parte del día siguiente estuvo Belisa Crepusculario buscando en su repertorio las palabras apropiadas para un discurso presidencial, vigilada de cerca por el Mulato, quien no apartaba los ojos de sus firmes piernas de caminante y sus senos virginales. Descartó las palabras ásperas y secas, las demasiado floridas, las que estaban desteñidas por el abuso, las que ofrecían promesas improbables, las carentes de verdad y las confusas, para quedarse sólo con aquellas capaces de tocar con certeza el pensamiento de los hombres y la intuición de las mujeres. Haciendo uso de los conocimientos comprados al cura por veinte pesos, escribió el discurso en una hoja de papel y luego hizo señas al Mulato para que desatara la cuerda con la cual la había amarrado por los tobillos a un árbol. La condujeron nuevamente donde el Coronel y al verlo ella volvió a sentir la misma palpitante ansiedad del primer encuentro. Le pasó el papel y aguardó, mientras él lo miraba sujetándolo con la punta de los dedos.
-¿Qué carajo dice aquí? -preguntó por último.
-¿No sabes leer?
-Lo que yo sé hacer es la guerra -replicó él.
Ella leyó en alta voz el discurso. Lo leyó tres veces, para que su cliente pudiera grabárselo en la memoria. Cuando terminó vio la emoción en los rostros de los hombres de la tropa que se juntaron para escucharla y notó que los ojos amarillos del Coronel brillaban de entusiasmo, seguro de que con esas palabras el sillón presidencial sería suyo.
-Si después de oírlo tres veces los muchachos siguen con la boca abierta, es que esta vaina sirve, Coronel -aprobó el Mulato.
-¿Cuánto te debo por tu trabajo, mujer? -preguntó el jefe.
-Un peso, Coronel.
-No es caro -dijo él abriendo la bolsa que llevaba colgada del cinturón con los restos del último botín.
-Además tienes derecho a una ñapa. Te corresponden dos palabras secretas -dijo Belisa Crepusculario.
-¿Cómo es eso?
Ella procedió a explicarle que por cada cincuenta centavos que pagaba un cliente, le obsequiaba una palabra de uso exclusivo. El jefe se encogió de hombros, pues no tenía ni el menor interés en la oferta, pero no quiso ser descortés con quien lo había servido tan bien. Ella se aproximó sin prisa al taburete de suela donde él estaba sentado y se inclinó para entregarle su regalo. Entonces el hombre sintió el olor de animal montuno que se desprendía de esa mujer, el calor de incendio que irradiaban sus caderas, el roce terrible de sus cabellos, el aliento de yerbabuena susurrando en su oreja las dos palabras secretas a las cuales tenía derecho.
-Son tuyas, Coronel -dijo ella al retirarse-. Puedes emplearlas cuanto quieras.
El Mulato acompañó a Belisa hasta el borde del camino, sin dejar de mirarla con ojos suplicantes de perro perdido, pero cuando estiró la mano para tocarla, ella lo detuvo con un chorro de palabras inventadas que tuvieron la virtud de espantarle el deseo, porque creyó que se trataba de alguna maldición irrevocable.
En los meses de setiembre, octubre y noviembre el Coronel pronunció su discurso tantas veces, que de no haber sido hecho con palabras refulgentes y durables el uso lo habría vuelto ceniza. Recorrió el país en todas direcciones, entrando a las ciudades con aire triunfal y deteniéndose también en los pueblos más olvidados, allá donde sólo el rastro de basura indicaba la presencia humana, para convencer a los electores que votaran por él. Mientras hablaba sobre una tarima al centro de la plaza, el Mulato y sus hombres repartían caramelos y pintaban su nombre con escarcha dorada en las paredes, pero nadie prestaba atención a esos recursos de mercader, porque estaban deslumbrados por la claridad de sus proposiciones y la lucidez poética de sus argumentos, contagiados de su deseo tremendo de corregir los errores de la historia y alegres por primera vez en sus vidas. Al terminar la arenga del Candidato, la tropa lanzaba pistoletazos al aire y encendía petardos y cuando por fin se retiraban, quedaba atrás una estela de esperanza que perduraba muchos días en el aire, como el recuerdo magnífico de un cometa. Pronto el Coronel se convirtió en el político más popular. Era un fenómeno nunca visto, aquel hombre surgido de la guerra civil, lleno de cicatrices y hablando como un catedrático, cuyo prestigio se regaba por el territorio nacional conmoviendo el corazón de la patria. La prensa se ocupó de él. Viajaron de lejos los periodistas para entrevistarlo y repetir sus f rases, y así creció el número de sus seguidores y de sus enemigos.
-Vamos bien, Coronel -dijo el Mulato al cumplirse doce semanas de éxito.
Pero el candidato no lo escuchó. Estaba repitiendo sus dos palabras secretas, como hacía cada vez con mayor frecuencia. Las decía cuando lo ablandaba la nostalgia, las murmuraba dormido, las llevaba consigo sobre su caballo, las pensaba antes de pronunciar su célebre discurso y se sorprendía saboreándolas en sus descuidos. Y en toda ocasión en que esas dos palabras venían a su mente, evocaba la presencia de Belisa Crepusculario y se le alborotaban los sentidos con el recuerdo del olor montuno, el calor de incendio, el roce terrible y el aliento de yerbabuena, hasta que empezó a andar como un sonámbulo y sus propios hombres comprendieron que se le terminaría la vida antes de alcanzar el sillón de los presidentes.
-¿Qué es lo que te pasa, Coronel? -le preguntó muchas veces el Mulato, hasta que por fin un día el jefe no pudo más y le confesó que la culpa de su ánimo eran esas dos palabras que llevaba clavadas en el vientre.
-Dímelas, a ver si pierden su poder -le pidió su fiel ayudante.
-No te las diré, son sólo mías -replicó el Coronel.
Cansado de ver a su jefe deteriorarse como un condenado a muerte el Mulato se echó el fusil al hombro y partió en busca de Belisa Crepusculario. Siguió sus huellas por toda esa vasta geografía hasta encontrarla en un pueblo del sur, instalada bajo el toldo de su oficio, contando su rosario de noticias. Se le plantó delante con las piernas abiertas y el arma empuñada.
-Tú te vienes conmigo -ordenó. Ella lo estaba esperando. Recogió su tintero, plegó el lienzo de su tenderete, se echó el chal sobre los hombros y en silencio trepó al anca del caballo. No cruzaron ni un gesto en todo el camino, porque al Mulato el deseo por ella se le había convertido en rabia y sólo el miedo que le inspiraba su lengua le impedía destrozarla a latigazos. Tampoco estaba dispuesto a comentarle que el
Coronel andaba alelado, y que lo que no habían logrado tantos años de batallas lo había conseguido un encantamiento susurrado al oído. Tres días después llegaron el campamento y de inmediato condujo a su prisionera hasta el candidato, delante de toda la tropa.
-Te traje a esta bruja para que le devuelvas sus palabras, Coronel, y para que ella te devuelva la hombría -dijo apuntando el cañón de su fusil a la nuca de la mujer.
El Coronel y Belisa Crepusculario se miraron largamente, midiéndose desde la distancia. Los hombres comprendieron entonces que ya su jefe no podía deshacerse del hechizo de esas dos palabras endemoniadas, porque todos pudieron ver los ojos carnívoros del puma tornarse mansos cuando ella avanzó y le tomó la mano.


Mediterráneo





Joaquín Dicenta(1863–1917)
La casa quemada

En Elche la oriental, que triunfa de Efraim con sus palmas, y evoca, por su paisaje y sus costumbres, el Hedjaz de Mahoma, hay un campo, donde los granados arraigan y abren las higueras sus hojas y reprietan los naranjos sus ramas. En Abril se cubren los árboles de flor. Una esmeralda es cada botón en las higueras; una gota de sangre, cada capullo en los granados; cada brote de azahar un copo de nieve. El aire huele a incienso música de amor tañen las ondas de la acequia, nupciales himnos cantan, entre matas y arbustos, los verderones y jilgueros; las hierbas cuchichean lascivamente en los bancales. La luz del sol cae sobre la tierra como una lluvia de oro; la de la luna como un polvo de nácar. Cinturonean los frutales una planicie. De ella arrancan los muros de una casería que el incendio arruinó. Mordisqueados por la llama, los muros negrean. De un boquete, que fue ventana, descuelgan astillas a medio calcinar. Entre ellas se retuerce un clavo. Diríase que este clavo interroga.
Macizos de tierra, extendidos por la planicie y cubiertos de vegetaciones salvajes, hablan de algo que era jardín. Entre dos macizos blanquea la fábrica de un pozo. Una cadena pende de un soporte, cariado por la herrumbre, junto al pozo se yergue una palmera. Su tronco, frontero a la casa, se doblaba bruscamente hacia atrás, como estremecido por una trágica visión. En las noches obscuras, los ojos del búho relampaguean tras las palmeras. Las lechuzas van y vienen chirriando por cima de las ruinas.
—¿Mira usted La casa quemada? —me dijo un labrador.
—Sí —le contesté—. Serán fantasías, pero, cuanto más la contemplo, más imagino que esta casa ha de tener leyenda.
—No es leyenda. Es historia.

I

Eran los macizos del jardín canastillas de flores. Como plata brillaban, el soporte que ascendía desde el aljibe, la cadena de anchos eslabones y el cubo a los eslabones sujeto, los azulejos del brocal, despedían reflejos metálicos al choque de la luz. La casita, enjabelgada con esmero, parecía un cubo gigantesco de sal. Sobre su blancura se abrían una ventana y una puerta de color verde claro. De la azotea a la ventana se extendía una enredadera bordada de azules campanillas. En lo alto de la puerta campeaba una parra. Por entre sus hojas saltaban los gorriones.
En la casa vivían un matrimonio y un niño de seis años.
El marido, alto, cetrino, enjuto, de negros y celadores ojos, contaría veinticinco años; veinte la mujer.
Era blanca, pálida; con esa palidez de pasión que caracteriza a las valencianas. Sus ojos verdes, tenían pérfidas transparencias de ola. Su pelo era azuloso; flores de granado sus labios; sus dientes pétalos de azahar: a azahares transcendía su aliento. El talle teníalo juncal; el seno alto; la cadera potente; áurea y calzada la nuca.
Hijo de los dos, el chicuelo de los seis años, alegraba el hogar con sus voces, el jardín con sus juegos, la acequia con el chapoteo de sus pies. Cuando reía, los pájaros asomaban por el ramaje sus cabezas curiosas y quedaban inmóviles, en planta de escuchar al chiquillo
El padre se llamaba Nelo; la madre Roseta; el chiquillo Tonet.
Además estaba el abuelo, el padre de Roseta. No habitaba con el matrimonio, pero casi todas las tardes iba al domicilio de su nieto, para recrearse con las diabluras de éste, echar un párrafo con Nelo a propósito de las campesinas labores y embobarse mirando a su hija, la moza más guapa que, según su decir, topaban los ojos desde Santa Pola a Alicante.
El señor Chimo —nombre del abuelo— residía dos kilómetros a distancia de la heredad sin otra compañía que una sirvienta y un entre criado y jornalero —tan ancianos como él— en una barraca, pintarrajeada de azul.
Inútil fue que Nelo y Roseta le suplicaran una vez y otra y otra que se fuera a vivir con ellos. No quiso. Ni el nieto torció su negativa
—Cada pájaro en su nidal —replicaba el octogenario.
Y en su nidal seguía, no obstante la parálisis que le agarrotaba las manos y los pies, dejándole apenas movimiento. Apoyándose en un cayado y arrastrando las piernas, podía caminar. Sus ojos permanecían jóvenes, reluciendo enérgicamente en su rostro de berebere, coronado de albos mechones.
Algunas veces paraba en la casería de Nelo, a echar un trago de agua o a encender un cigarro, Chaume, patrón de la más brava lancha que pescaba al bou en las aguas de Santa Pola.
Situada la finca, a medio camino, entre Elche y Santa Pola, servía de apeadero a Chaume. Amarraba éste su caballejo a un árbol, echábase a ojos la gorra de seda con botones de nácar y, remetiendo sus manos en la faja de estambre, rebasaba la puerta. Si era apetecible la frescura, asentaba con el matrimonio bajo el ancho parral.
Hacía punta Chaume entre los buenos mozos de la marinería y era hábil en tañer la guitarra, maestro en cantares y conversador ingenioso para las gentes campesinas, fáciles a cualquier retórica. Murmurábase que, antes de Nelo, fue novio de Roseta. En ley de verdad, nunca, por lo menos a vista de personas, hizo cosa o dijo palabra que permitieran sospechar en él resquemores, del fallido noviazgo o restos de amor por la ex–novia. Tampoco en ella daba muestra el pasado de revivir. Hasta alguien paró mientes en que cuando Chaume iba a casa de Nelo y Nelo no estaba, se volvía desde la puerta, sin entablar con Roseta diálogo.
Veces había, ello no obstante, cuando Chaume parlaba con la elchera, en que Nelo, cuidando no ser visto, ponía sus pupilas, recogiéndolas contra los párpados, en el rostro del mozo; luego las giraba escudriñadoras para contemplar a Roseta. Fuera esto, ni con palabras ni con obras dio señal de molestia por las visitas del patrón; menos hizo a su mujer requerimientos o advertencias a propósito del asunto.
Muchas tardes, tras acompañar al joven hasta el árbol donde amarraba su caballo, le veía Nelo partir e iba siguiéndole con ojos tercos carretera adelante. Luego tornaba hacia el jardín, repeinaba con sus dedos la cabellera de Tonet, atraíale con fuerza a su pecho y, al cabo de una pausa, abría su navajilla podadora y limpiaba de ramas muertas los macizos.
Entre corte y corte, solía quedar pensativo, pasando y repasando el dorso de la mano siniestra por el filo de la navaja.

II

El negocio era provechoso y merecía la pena de emprenderlo, aunque ello significara un año de separación. Al cabo del año estaría bien vendido el esparto, a que obligaba la contrata y Nelo podría abandonar Orán volviendo a Elche con algunos billetes de a mil.
Bienestar presente y futuro le significaba el negocio. Mejor vida para su Roseta y más seguro porvenir para Tonet y para los hijos que cariño y tiempo aportaran. De suerte que Nelo aceptó las proposiciones. Aquella noche era la fijada para tomar la carretera de Alicante y embarcarse a bordo de un vapor que al amanecer haría rumbo a Orán.
Mientras Roseta, que, con Tonet, acompañaría a Nelo en la tartana, arreglaba el equipaje del marido, éste, inclinándose hacia el señor Chimo, murmuró:
—Véngase junto al pozo, que hemos de hablar a solas sin que nadie, más que las estrellas, nos escuche.
—¿Qué es?
—Allí lo sabrá.
—Andando.
Arrastrando los pies y apoyándose en la recia cayada llegó el anciano, seguido por su yerno hasta el brocal del pozo. Sentóse con auxilio de Nelo, aguardó a que éste asentara junto a él y le dijo concisamente:
—Habla.
—Me voy; y me voy por un año. Grande fuera mi pena siempre; pero nunca tanto como ahora. Al irme llevo una sospecha engarfiada en el corazón.
—¿Cómo?... ¿Qué sospecha es la tuya?
—A nadie acuso, porque nada sé de fijo. Óigame lo que quiero decirle. Usted es el padre de Roseta, pero es el abuelo de mi hijo, de Tonet. La honra de este hijo no es la mía sólo, es la de usted, la de toda la sangre de usted y todas las mías revueltas, que revueltas van las dos sangres por las venas del niño. Yo no estaré aquí, abuelo, para guardar esa honra. A usted le confío su guarda.
—Ve tranquilo —respondió el viejo que se había ido deslizando por la fábrica del aljibe, hasta ponerse en pie—. Ve tranquilo. Yo quedo.
En la noche, bajo el fulgor de las estrellas, la figura del señor Chimo, parecía más alta; en su cabeza destocada, relucían los ojos desafiadores, enérgicos.

III

Era cierto. Tras múltiples acechos, realizados con la terquedad del árabe, el viejo tuvo segura prueba de la traición de su hija.
Grandes fueron los disimulos y las artes empleadas por los amantes para ocultar su culpa. Celebraban sus entrevistas a las horas altas de la noche, cuando los seres y las cosas dormían, cuando las tinieblas desdibujaban las imágenes y Tonet, rendido por las travesuras diurnas, dormía con profundo y reparador sueño.
Entonces, a campo traviesa, evitando el paso por otros caseríos, llegaba a la de Nelo, Chaume. Arrastrándose por entre los macizos, acercábase a la ventana, abríase ésta, la saltaba el galán; volvía la ventana a cerrarse y antes de clarear la aurora, mostrábase en Santa Pola el gallardo patrón, arreglando los aparejos de su lancha.
El viejo lo supo. Escondido en un cañaveral vió deslizarse a Chaume por el cauce fangoso de la acequia. No quedan huellas en el agua. Desde el cañaveral le vió; pegado al muro, poniendo su oído en la ventana, recogió cuchicheos que rubricaban la perfidia. Acaso, mezclada con estos cuchicheos, llegó hasta el anciano la respiración tranquila de Tonet.

IV

—Mira —decía el señor Chimo, conversando con su hija al pie del parral, en un mediodía de los fines de Agosto—, en cuanto caiga unas miajas el sol, me llevo a Tonet. Hay en la higuera que enfrenta mi barraca, brevas maduras ya. ¡Algunas comiste de chicuela!... Quiero que este año las primeras sean para Tonet. De suerte que viene conmigo y esta noche se queda a dormir en mi casa. Mañana, de que sean las nueve, te le traigo con un cesto de brevas que te van a saber a gloria.
—Tonet, ¿oyes al «yayo»? —preguntó Roseta al chiquillo que jugaba cerca de ella.
—Y quiero irme con él. Las brevas de «yayo» son las más dulces y las más gordas que hay.
—No quede por mí. Vete.
A media tarde se despidieron el anciano y el niño. Una hora después, pasaba a caballo por frente a la casa, en dirección a Santa Pola, Chaume. Se detuvo sin apearse, saludando a Roseta que estaba al borde del camino. Ella dijo muy quedo:
—Esta noche puedes venir antes y marcharte después. El chico no vuelve hasta mañana. Estaremos solos. Adiós

V

Era noche de obscuridad. Nubes anchas cubrían las estrellas; el aire callaba; las aguas de las acequias, corrían en silencio.
A las doce entró Chaume por la ventana. Dieron las dos en los relojes de Elche. Por entre las cañas se deslizó una sombra alta, rígida, fantasmal; llegó a la ventana y pegó el oído a sus rendijas. Un gran silencio reinaba en la vivienda. La sombra fue alejándose hasta llegar a un bosque de naranjos. Ocultos en él estaban una mula y un niño. El animal traía a lomos haces de leña sarmentosa; el chiquillo asentaba encima del latón.
—Aguarda y no hables —dijo el que llevaba al muchacho—. Aún no es tu hora.
Su voz sonaba húmeda como si la mojase el llanto. Descargó la mula de los haces y uno a uno fue transportándolos al pie de la casa. Rodeó con ellos los muros; tapiando la ventana cegando la puerta hasta el dintel. Después amontonó sarmientos contra las vigas que sustentaban el parral.
Todo lo hizo sin ruido, sin que un sarmiento restallase, sin que una astilla rozase la pared.
Terminada la faena, retornó al bosque de naranjos.
—Ven conmigo —dijo al muchacho—. Procura ir de puntillas, sin dar tropezones.
Y llegaron a la casa.
Alzando con sus dos brazos el latón, dio vuelta al edificio deteniéndose de trecho en trecho. Hizo altos más largos en la puerta y en la ventana.
—¡A lo que falta! —dijo por fin a la criatura. Y llevándola hasta la puerta, cubriendo con su ancho sombrero una tea impregnada de alcohol, que ardió súbitamente, ordenó con voz perentoria:
—¡Arrima eso a la leña!
Primero fue una llama azul; después una chispeante neblina, pronto hoguera que ardió por igual, a lo largo de la pared, en el hueco de la ventana, en el quicio amurallado de la puerta. Dentro se oyeron gritos. La ventana se abrió. Las llamas entraron por ella. A su lumbre se recortaron dos imágenes angustiosas. Tendían sus brazos al incendio. Pronto se borraron entre espirales de humo.
El viejo en pie, erguido, sujetando al niño con sus manos convulsas y puestos los ojos en las llamas, seguía el viaje del incendio.
—¡Hecho! —gritó al desplomarse la techumbre.

VI

Del vapor saltó un hombre vestido de luto. Un viejo y un niño, enlutado como él, le aguardaban junto a la plancha.
—¡Ni casa, ni mujer! —sollozó el viajero echándose en brazos del anciano.
—Queda el hijo —repuso el viejo con voz firme—. Y queda mi barraca —añadió—. ¡Allí cabemos todos!