miércoles, 22 de enero de 2014

Cuento largo



Ahora: Cero
J.G. Ballard
USTED ME PREGUNTABA cómo descubrí este poder absurdo y fantástico. Como
al doctor Fausto, ¿me lo otorgó el mismísimo Diablo a cambio de mi alma? ¿Lo obtuve
acaso por medio de algún extraño objeto talismánico —un ojo de ídolo, una pata de
mono— desenterrado de un viejo baúl o legado por un marinero moribundo? ¿O me lo
habré encontrado mientras investigaba las obscenidades de los Misterios Eleusinos y
de la Misa Negra, percibiendo de pronto todo el horror y magnitud de ese poder entre
nubes de incienso y humo sulfuroso?
Nada de eso. En realidad el poder se me reveló de manera bastante accidental, en
el curso de trivialidades cotidianas: se me apareció disimuladamente en las puntas de
los dedos, como un talento para el bordado. Fue algo tan inesperado, tan gradual, que
tardé en darme cuenta.
Y ahora usted preguntará por qué tengo que contarles todo esto, describir el
increíble y todavía insospechado origen de mi poder, catalogar libremente los nombres
de mis victimas, la fecha y la forma exacta de esas muertes. ¿Estaré tan loco que
busco realmente justicia: el proceso, el birrete negro y el verdugo que me salta a la
espalda, como Quasimodo, y me arranca de la garganta la campanada de la muerte?
No ( ¡ironía perfecta!), la extraña naturaleza de mi poder es tal que puedo difundirlo
sin temor a todos aquellos que deseen oírme. Soy esclavo de ese poder, y cuando lo
describo no hago más que servirlo, llevándolo fielmente, como se verá, a su conclusión
definitiva.
Pero empecemos por el principio.
Rankin, mi superior inmediato en la compañia Seguros Siemprevida se transformó
en el desgraciado instrumentode ese destino que me revelaría el poder.
Yo detestaba a Rankin. Rankin era engreído y terco, de una vulgaridad innata, y
había alcanzado la posición que ocupaba ahora mediante una astucia de veras
desagradable, negándose una y otra vez a recomendar mi ascenso a los directores.
Había consolidado su puesto de gerente de departamento casándose con la hija de
uno de los directores, una bruja horripilante, y era por lo tanto invulnerable.
Nuestra relación tenía como fundamento el desprecio mutuo, pero mientras yo
aceptaba mi papel, convencido de que mis propias virtudes se impondrían al fin a la
atención de los directores, Rankin abusaba deliberadamente de su posición,
ofendiéndome y denigrándome en cuanta oportunidad se le presentaba.
Rankin socavaba sistemáticamente mi autoridad sobre el personal de secretaria,
que tácitamente estaba bajo mis órdenes, nombrando caprichosamente a los
empleados. Me daba trabajos largos y de poca importancia, que me aislaban de los
demás. Pero principalmente trataba de molestarme con impertinencias. Cantaba,
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silbaba, se sentaba en mi mesa mientras charlaba con las dactilógrafas; luego me
llamaba a su despacho y me hacia esperar mientras leía en silencio todos los papeles
de un archivo.
Aunque yo trataba de contenerme, mi odio por Rankin era cada vez más
despiadado. Salía de la oficina hirviendo de cólera, y hacia todo el viaje en tren con el
periódico abierto, pero la rabia no me dejaba leer. La indignación y la amargura me
arruinaban las noches y los fines de semana.
No podía evitar que en mi mente nacieran pensamientos de venganza, sobre todo
cuando sospeché que Rankin estaba dando a los directores informes desfavorables
sobre mi trabajo. Pero era difícil encontrar una venganza satisfactoria. Por último la
desesperación me llevó a adoptar un método que me parecía despreciable: el anónimo;
no a los directores, pues seria muy fácil descubrir el origen de las cartas, sino a Rankin
y a su mujer. Las primeras cartas, con las acostumbradas denuncias de infidelidad,
nunca las envié. Me parecían ingenuas, inadecuadas, obra evidente de un paranoico
rencoroso. Las guardé bajo llave en una pequeña caja de acero, más adelante las
redacté de nuevo, suprimiendo las crudezas más gastadas y cambiándolas por algo
más sutil: insinuaciones de perversión y obscenidad que dejasen huellas profundas e
inquietantes en la mente del lector.
Mientras escribía la carta a la señora Rankin, enumerando en un viejo cuaderno las
cualidades más despreciables de su marido, descubrí que el lenguaje amenazador del
anónimo (que es en verdad una rama especializada de la literatura, de normas ya
clásicas y recursos apropiados y lícitos), y el ejercicio de la denuncia, la descripción de
las maldades y la depravación del sujeto descrito y de la terrible venganza que le
aguardaba, me producían un curioso alivio. Desde luego, este tipo de catarsis es bien
conocido por todos aquellos que acostumbran hablar de sus experiencias
desagradables con el sacerdote, el amigo o la esposa, pero para mí, que llevaba una
vida solitaria y desamparada, ese descubrimiento me conmovió particularmente.
Fue entonces cuando adopté la costumbre de escribir todas las noches, ya de
vuelta en casa, un breve resumen de las perversidades de Rankin, analizando sus
motivos y anticipando incluso las ofensas y las injurias del día siguiente. Todo eso lo
vertía en forma de narración, y me permitía una gran libertad, introduciendo diálogos y
situaciones imaginarias que subrayaban el comportamiento atroz de Rankin y mi
estoica paciencia.
Esta compensación fue oportuna, pues la campaña de Rankin aumentaba día a
día. Se volvió abiertamente insultante; criticaba mi trabajo delante de los empleados y
hasta amenazaba con quejarse a los directores. Una tarde me enfureció tanto que
estuve a punto de agredirlo. Corrí a casa, abrí la caja, y busqué alivio en mis diarios.
Escribí página tras página, reproduciendo en la narración los sucesos del día,
adelantándome luego a nuestro encuentro final de la próxima mañana, y culminando en
el accidente que me salvaría del despido.
Las últimas líneas decían:
...Poco después de las dos de la tarde siguiente, mientras espiaba como siempre
desde la escalera del séptimo piso a los empleados que regresaban tarde del
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almuerzo, Rankin perdió de pronto el equilibrio, cayó por encima de la baranda y se
estrelló en el piso del vestíbulo.
Mientras escribía, pensé que esta escena imaginaria no era otra cosa que una
justicia todavía insuficiente, pero lejos estaba de sospechar que ahora tenia entre mis
dedos un arma de enorme poder.
Al día siguiente, cuando volvía a la oficina después de almorzar, me sorprendió
encontrar junto a la puerta a un pequeño grupo de gente, un patrullero y una
ambulancia detenidos en la calle. Mientras subía los escalones unos policías salieron
del edificio, abriendo paso a los enfermeros que llevaban una camilla; le habían echado
encima una sábana que mostraba las formas de un cuerpo humano. No se le veía la
cara, y por las conversaciones que oí deduje que alguien había muerto. Aparecieron
dos de los
directores, sorprendidos y consternados.
—¿Quién es? —pregunté a uno de los chicos de la oficina que había venido a
curiosear.
—El señor Rankin —me susurró. Señaló el hueco de la escalera—. Resbaló junto a
la baranda del séptimo piso, cayo al vacío y rompió una baldosa grande junto al
ascensor...
El muchacho siguió hablando pero yo me volví, aturdido por la violencia física que
flotaba en el aire. La ambulancia partió, la gente se dispersó, los directores regresaron
a sus despachos, intercambiando gestos de asombro y pesar con otros miembros del
personal, los porteros se llevaron los trapos y los baldes; atrás quedó una mancha roja
y húmeda, y la baldosa destrozada.
Una hora más tarde yo estaba repuesto. Sentado frente al despacho vacío de
Rankin, mirando a las mecanógrafas que caminaban como perdidas de un lado a otro,
aparentemente sin poder convencerse de que el jefe no volvería nunca, sentí que el
corazón se me encendía y cantaba. Me transformé: acababan de quitarme de encima
aquel peso agobiante; se me tranquilizó la mente, las tensiones y la amargura
desaparecieron. Rankin se había ido, al fin. La época de injusticias había terminado.
Contribuí generosamente a la colecta que se hizo en la oficina; asistí al entierro,
gozando por dentro mientras el féretro se hundía en la tierra, sumándome
groseramente a las expresiones de pesar. Me preparé a ocupar el escritorio de Rankin,
mi legitima herencia.
No es difícil imaginar mi sorpresa unos pocos días después cuando Carter, un
hombre más joven y de mucha menos experiencia, considerado en general como mi
subalterno, fue promovido para ocupar el sitio de Rankin. Al principio me sentí
desconcertado; no podía entender la lógica tortuosa que ofendía de ese modo todas las
leyes de la precedencia y los méritos. Concluí que Rankin me había denigrado con
verdadera eficacia.
Sin embargo, acepté el desaire, le ofrecí a Carter mi lealtad y lo ayudé a
reorganizar la oficina.
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Superficialmente esos cambios fueron menores. Pero más adelante me di cuenta
de que eran mucho más deliberados de lo que habían parecido al principio, y que
trasladaban a manos de Carter la mayor parte del poder dentro de la oficina, dejando
en mis manos el trabajo de rutina que nunca salía de la sección y que por lo tanto no
llegaba a manos de los directores. También vi que durante el último año Carter se
había estado familiarizando cuidadosamente con todos los aspectos de mi tarea y que
se atribuía a si mismo trabajos que yo habia hecho durante la época de Rankin.
Por último desafié abiertamente a Carter. Lejos de mostrarse evasivo, Carter
recalcó simplemente mi papel subalterno. Desde entonces ignoró mis intentos de
reconciliación y me acosó sin descanso.
El insulto final llegó cuando Jacobson se incorporó a la sección ocupando el
antiguo puesto de Carter y fue oficialmente nombrado ayudante de Carter.
Esa noche saqué la caja de acero donde guardaba las notas de las persecuciones
de Rankin y describí mis sufrimientos a manos de Carter.
Hice una pausa, y la última anotación en el diario de Rankin me llamó la atención:
...Rankin perdió de pronto el equilibrio, cayó por encima de la baranda y se estrelló
en el piso del vestíbulo.
Las palabras parecían estar vivas, con unos vibrantes y extraños armónicos. No
sólo predecían con notable exactitud la suerte de Rankin: tenían también una peculiar
fuerza compulsiva y magnética, que las separaba nítidamente del resto de las notas.
En algún sitio dentro de mi cerebro, una voz, inmensa y sombría, las recitó lentamente.
En un repentino impulso volví la página, busqué una hoja en blanco y escribí:
...A la tarde siguiente Carter murió en un accidente de tráfico frente a la oficina.
¿Qué juego infantil era ése? Tuve que sonreír: me sentía primitivo e irracional,
como un brujo haitiano que traspasa con alfileres una imagen de barro.
Yo estaba en la oficina, al día siguiente, cuando un chillido de frenos en la calle me
clavó en la silla. El tráfico se detuvo bruscamente y hubo un repentino alboroto seguido
de silencio. Sólo el despacho de Carter daba a la calle; Carter había salido hacia media
hora; nos apretamos detrás del escritorio asomándonos a la ventana.
Un coche había patinado, atravesándose en la acera, y un grupo de diez o doce
hombres lo levantaba ahora llevándolo a la calle.
El coche no estaba dañado, pero algo que parecía aceite corría por el pavimento.
Entonces vimos el cuerpo te un hombre, extendido bajo el coche, los brazos y la
cabeza
torcidos desmañadarnente.
El color del traje me pareció extrañamente familiar.
Dos minutos más tarde supimos que era Carter.
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Aquella noche destruí la libreta y todos mis apuntes acerca del comportamiento de
Rankin. ¿Seria coincidencia, o yo habría deseado de algún modo su muerte, y del
mismo modo la muerte de Carter? Imposible: no podía haber ninguna relación
imaginable entre los diarios y las dos muertes; las marcas de lápiz en las hojas de
papel eran líneas arbitrarias de grafito, representaciones de ideas que sólo existían en
mi mente.
Pero la posible respuesta a mis dudas y especulaciones era tan obvia que no podía
esquivarla.
Cerré la puerta con llave, abrí la libreta en una página en blanco y busqué algo
adecuado Tomé el diario de la tarde. Habían suspendido la ejecución de un joven,
acusado de matar a una anciana. La cara del acusado miraba desde una fotografía:
una cara grosera, ceñuda, desalmada.
Escribí:
...Frank Taylor murió al día siguiente en la cárcel de Pentonville.
El escándalo creado por la muerte de Taylor casi provocó la renuncia del ministro
del Interior y de los directores de la cárcel. Durante los días siguientes los diarios
lanzaron acusaciones violentas en todas direcciones, y al fin trascendió que Taylor
había sido brutalmente muerto a golpes por los guardias. Leí atentamente las pruebas
y toda la información reunida por el tribunal, esperando que pudiesen arrojar alguna luz
sobre el instrumento malévolo y extraordinario que vinculaba las notas en mis diarios
con las inevitables muertes al día siguiente.
Sin embargo, como lo temía, no encontré nada de interés. Mientras tanto yo seguía
tranquilamente en la oficina, llevando adelante el trabajo, de modo automático,
obedeciendo sin comentarios las instrucciones de Jacobson, con la mente en otra
parte, tratando de descubrir la identidad y el significado de ese poder que me había
sido concedido.
Todavía sin convencerme, decidí hacer una prueba definitiva, donde yo daría
instrucciones minuciosas, para descartar de una vez toda posibilidad de coincidencia.
Jacobson era el sujeto ideal.
Entonces, luego de echar la llave a la puerta, escribí con dedos trémulos, temiendo
que el lápiz me saltase de la mano y se me hundiese en el coraz6n:
...Jacobson murió a las dos y cuarenta y tres de la tarde del día siguiente, luego de
cortarse las muñecas con una navaja de afeitar en el segundo compartimiento de la
izquierda en el cuarto de baño de hombres del tercer piso.
Puse la libreta en un sobre, lo cerré y lo guardé bajo llave en la caja de acero, y me
quedé despierto durante toda la noche; las palabras me resonaban en los oídos,
resplandeciendo ante mis ojos como joyas del infierno.
Luego de la muerte de Jacobson —exactamente según las instrucciones— dieron a
los empleados de la sección una semana de vacaciones (en parte para alejarlos de
periodistas curiosos que empezaban a oler algo raro, y también porque los directores
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creían que Jacobson había sido morbosamente influido por las muertes de Rankin y
Carter).— Durante esos siete días esperé impaciente la hora de volver al trabajo. Toda
mi actitud hacia ese poder misterioso había cambiado de modo considerable. Habiendo
verificado su existencia, aunque no su origen, mi mente se volvió otra vez hacia el
futuro. Más confiado, entendí que si me habían dado ese poder era mi obligación
utilizarlo, reprimiendo mis temores. Me dije que quizá yo no era sino el instrumento de
una fuerza superior.
¿Y no seria el diario nada mas que un espejo del futuro, no me adelantaría yo de
algún modo fantástico veinticuatro horas en el tiempo cuando describía las muertes,
mero cronista de hechos ya ocurridos?
Esas preguntas me perseguían incesantemente.
Cuando volví al trabajo me encontré con que muchos miembros del personal
habían renunciado, y que sus puestos habían sido cubiertos con dificultad; la noticia de
las tres muertes, en especial el suicidio de Jacobson, había llegado a los diarios.
Aproveché todo lo posible el reconocimiento de los directores, que agradecían a los
miembros mas antiguos del personal que se quedaran en la firma, para consolidar mi
posición. Por fin tome el mando del departamento, pero eso no era más que hacer
justicia a mis méritos; mis ojos estaban ahora puestos en el directorio.
Literalmente me pondría los zapatos de los muertos.
En breve, mi estrategia consistía en precipitar una crisis en los asuntos de la firma,
lo que obligaría a ls junta a buscar nuevos directores ejecutivos entre los gerentes de
sección. Esperé por lo tanto a que faltara una semana para la próxima reunión de
directorio, y entonces hice cuatro anotaciones, una para cada director ejecutivo. Tan
pronto como fuese director, estaría en posición de saltar rápidamente a la presidencia
del directorio, designando mis propios candidatos a medida que fuesen apareciendo
vacantes. Como presidente me correspondería una silla en el directorio de la casa
central, donde repetiría el proceso con las variantes necesarias. Tan pronto como
tuviese a mi alcance un verdadero poder, el ascenso a la supremacía nacional, y
ulteriormente mundial, seria rápido e irreversible.
Si esto parece candorosamente ambicioso, recuerden que yo no había apreciado
aún la finalidad y las dimensiones reales del poder, y pensaba todavía dentro de los
estrechos límites de mi mundo y mi formación.
Una semana más tarde, mientras expiraban simultáneamente las sentencias de los
cuatro directores, yo estaba en la oficina sentado, pensando en la brevedad de la vida
humana, esperando la inevitable citación al directorio. Por supuesto, cuando llegó la
noticia de las muertes, ocurridas en una sucesión de accidentes de tránsito, hubo una
consternación general en la oficina, que yo aproveché fácilmente, pues fui el único que
no perdió la serenidad.
Con asombro, al día siguiente yo y el resto del personal recibimos un mes de
sueldo en concepto de despido. Completamente pasmado —al principio creí que había
sido descubierto— protesté volublemente ante el presidente pero se me aseguró que
aunque apreciaban de veras todo lo que yo había hecho, la firma no estaba en
condiciones de seguir funcionando como unidad viable e iba a liquidación forzada.
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¡Qué farsa! Se había hecho una justicia tan grotesca. Aquella mañana, cuando
salía de la oficina por última vez, me di cuenta de que en el futuro tendría que usar de
mi poder sin ninguna piedad. La vacilación, el ejercicio del escrúpulo, el cálculo de
sutilezas, lo único que me habían dado era una mayor vulnerabilidad frente a las
inconstancias y barbaridades del destino. En adelante yo seria brutal, despiadado,
audaz. Tendría además que actuar sin demora. Nada me aseguraba que el poder no
iba a esfumarse, dejándome indefenso, en una posición aún menos afortunada que
cuando se me reveló por primera vez.
Mi tarea inmediata era establecer los límites exactos de mi poder. Durante la
semana siguiente llevé a cabo una serie de experimentos, subiendo progresivamente
en la escala del asesinato.
Ocurría que mis habitaciones estaban a unos cien metros por debajo de uno de los
principales corredores aéreos de entrada en la ciudad. Durante años yo había sufrido el
rugido insoportable de los aviones que pasaban por encima a intervalos de dos
minutos, haciendo temblar las paredes y el techo, destruyendo todo posible
pensamiento. Saqué las libretas. Aquí tenia una oportunidad de unir la investigación
con el placer.
Usted se preguntará: ¿no me remordían la conciencia esas setenta y cinco victimas
arrojadas a la muerte en el cielo nocturno veinticuatro horas más tarde, ni me
compadecía por los familiares, ni dudaba de la sabiduría de ese poder increíble?
Mi respuesta es ¡no! Yo no actuaba caprichosamente; llevaba a cabo un
experimento vital para el perfeccionamiento de mi poder.
Decidí tomar un rumbo más osado. Yo había nacido en Stretchford, un oscuro
distrito comercial que había hecho todo lo posible por mutilarme el cuerpo y el espíritu.
Al fin la existencia de Stretchford podría encontrar alguna justificación probando la
eficacia de mi poder sobre una zona amplia.
Escribí en la libreta una declaración breve y simple:
Todos los habitantes de Stretchford murieron al mediodía siguiente.
A la mañana salí y compré una radio, y la tuve encendida todo el día, esperando
pacientemente la interrupción inevitable de los programas de la tarde, los primeros
informes horrorizados del inmenso holocausto.
¡Pero no informaban de nada! Yo estaba asombrado, la cabeza me daba vueltas,
temía perder la razón. ¿El poder se habría disipado, esfumándose tan rápida e
inesperadamente como había aparecido? ¿O las autoridades estarían ocultando toda
mención del cataclismo, por temor a una histeria nacional?
Tomé en seguida el tren para Stretchford.
En la estación hice algunas preguntas discretas, y se me aseguró que la ciudad
seguía existiendo. Pero, mis informantes ¿no serían parte de la conspiración de
silencio del gobierno? ¿El gobierno se habría dado cuenta de que estaba en presencia
de una fuerza monstruosa, y esperaba atraparla de algún modo?
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Pero la ciudad estaba intacta, las calles colmadas de tránsito, el humo de
innumerables fábricas flotando por encima de las azoteas ennegrecidas.
Volví tarde esa noche, y encontré a la casera que me esperaba para importunarme,
reclamándome el pago del alquiler. Conseguí postergar esas demandas por un día, y
prestamente saqué el diario y pronuncié sentencia contra ella, rogando que el poder no
me hubiese dejado del todo.
Fácil es imaginar el dulce alivio que sentí a la mañana, cuando la encontraron al pie
de la escalera del sótano; un repentino ataque al corazón la había arrebatado al otro
mundo.
¡Entonces el poder no me había abandonado!
Durante las semanas siguientes se me fueron revelando las principales
características del poder. En primer lugar, sólo operaba dentro de los limites de lo
posible. Teóricamente la muerte simultánea de todos los pobladores de Stretchford
podría haber sido causada por las explosiones coincidentes de varias bombas de
hidrógeno, pero como este hecho era aparentemente imposible (huecos son, en
verdad, los alardes de nuestros lideres militaristas) la orden no se cumplió.
En segundo lugar, el poder se limitaba a la sentencia de muerte. Traté de dominar
o predecir los movimientos de la bolsa, los resultados de las carreras de caballos, la
conducta de mis jefes en mi nuevo empleo, pero todo fue en vano.
En cuanto al origen del poder, nunca lo conocí. Me pareció que yo no era más que
el agente, el empleado voluntarioso de un macabro némesis que unía como una
parábola la punta del lápiz con el pergamino de los diarios.
A veces tenia la impresión de que las breves anotaciones eran citas fragmentarias
de algún inmenso libro de los muertos que existía en otra dimensión, y que mientras yo
escribía mi escritura se sobreponía a la de ese escriba mayor, a lo largo de la fina línea
de lápiz que intersectaba nuestros respectivos planos de tiempo, sacando de pronto de
la zona eterna de la muerte una sentencia definitiva sobre alguna victima de este
mundo tangible.
Guardaba los diarios en una caja fuerte de acero, y hacia todas mis anotaciones
con el mayor cuidado y reserva, para evitar cualquier sospecha que pudiese
relacionarme con la ola creciente de muertes y desastres. La mayoría eran sólo
experimentos, y no me beneficiaban particularmente.
Por eso fue muy grande mi sorpresa cuando descubrí que la policía me vigilaba de
cuando en cuando. Lo noté por primera vez cuando vi al sucesor de mi casera
conversando subrepticiamente con el policía de la zona, señalando mi habitación y
dándose palmaditas en la cabeza, quizá para indicar mis poderes telepáticos y
mesmerianos. Luego, un hombre que —ahora puedo asegurarlo— era un detective
vestido de civil me detuvo en la calle con algún débil pretexto e inició una conversación
delirante acerca del clima, con el propósito evidente de sacarme información.
Nunca me acusaron, pero pronto mis jefes empezaron también a mirarme de una
manera curiosa. Concluí entonces que la posesión del poder me había dado un aura
visible y distinta, y era eso lo que estimulaba la curiosidad de las gentes.
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Cuando esta aura fue detectada por más y más personas (la advertían ya en las
colas de los ómnibus y en los cafés), y por alguna razón la gente comenzó a señalarla
abiertamente, haciendo comentarios divertidos, supe que el período de utilidad del
poder estaba terminando. Ya no podría ejercerlo sin miedo de que me descubrieran.
Tendría que destruir el diario, vender la caja fuerte que durante tanto tiempo había
guardado mi secreto, y quizá hasta abstenerme de pensar en el poder, no fuera que
eso generase el aura.
Verme obligado a abandonar el poder cuando estaba sólo en el umbral de sus
posibilidades, me parecía una vuelta cruel del destino. Por razones que todavía me
estaban vedadas yo había logrado traspasar el velo de lo familiar y lo trivial, que
encubre el mundo interior de lo preternatural y lo eterno. ¿Tendría que perder para
siempre el poder y la visión que se me habían revelado?
Me hice esta pregunta mientras hojeaba el diario por última vez. Ya estaba casi
completo ahora, y se me ocurrió que era quizá uno de los textos más extraordinarios
aunque inéditos, en la historia de la literatura. Allí se mostraba de modo irrevocable la
primacía de !a pluma sobre la espada.
Mientras saboreaba este pensamiento, tuve de pronto una inspiración de una
fuerza y una brillantez notables. Había tropezado con un método ingenioso pero
sencillo que preservaría el poder en su forma más letal y anónima sin tener que
ejercerlo directamente ni anotar los nombres de las victimas.
Este era mi plan: yo escribiría y publicaría un relato aparentemente ficticio, una
narración convencional, donde describiría, con toda franqueza, mi descubrimiento del
poder y la historia subsiguiente. Daría los nombres auténticos de las victimas, citaría
las circunstancias de la muerte, el crecimiento de mi diario, mis sucesivos
experimentos. Seria escrupulosamente sincero, y no ocultaría nada. Por último
explicaría mi decisión de abandonar el poder y publicar un relato completo y
desapasionado.
En efecto, luego de un considerable trabajo, el relato fue escrito y publicado en una
revista de amplia circulación.
¿Usted se sorprende? Lo entiendo; es como si yo mismo hubiese firmado mi propia
sentencia de muerte con tinta imborrable, enviándome directamente a la horca. Sin
embargo, omití una sola pieza de la historia: el desenlace, el final inesperado, la vuelta
de tuerca. Como todos los cuentos respetables, este también tiene su vuelta, una
vuelta por cierto tan violenta como para arrancar a la Tierra de su órbita. No fue escrito
con otro propósito.
Mediante esta vuelta de tuerca el cuento mismo se aparece de pronto como mi
última orden al poder, mi última sentencia de muerte.
¿Contra quién? ¡Naturalmente, contra el lector del cuento!
Ingenioso, de veras, admitirá usted de buena gana. Mientras queden en circulación
ejemplares de la revista (y esto está asegurado por la muerte misma de las víctimas) el
poder continuará aniquilando. El único a quien no irán a molestar será al autor, pues
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ningún tribunal aceptará testimonio indirecto, ¿y quién vivirá para dar testimonio
directo?
Pero dónde, pregunta usted, fue publicado el relato, temiendo comprar
inadvertidamente la revista, y leerla.
Yo le respondo: ¡Aquí! Es el relato que tiene usted delante de los ojos. Saboréelo
bien, cuando termine de leerlo usted también terminará. Mientras lee estas últimas
líneas se sentirá abrumado de horror y revulsión, luego de miedo y pánico. El corazón
se le encoge... le tiembla el pulso... se le nubla la mente... la vida se le escapa... se
está hundiendo, poco a poco... unos segundos más y entrará usted en la eternidad...
tres... dos... uno...
¡Ahora!
Cero.
__._,_

domingo, 19 de enero de 2014

Brasil en todo su esplendor



IT COULD HAVE BEEN AIRBORNE, OR NOT...PERHAPS A REFRIGERATOR ON THE GROUND...
La nueva California
I
Nadie tenía idea sobre la procedencia de aquel hombre. El empleado del correo sólo podía decir que respondía al nombre de Raimundo Flamel, pues ése era el destinatario que aparecía en la correspondencia que recibía el extraño, correspondencia, sin duda, abundante. Casi diariamente el cartero iba al otro extremo de la ciudad, donde vivía el desconocido, con un grueso fajo de cartas provenientes de todas partes del mundo, gruesas revistas en lenguas enrevesadas, libros, paquetes...
Cuando Fabricio, el albañil, volvió de hacer un servicio en casa del nuevo habitante, todos en el botiquín le preguntaban en qué consistía el trabajo que le habían encomendado. "Voy a hacer un horno", contestó Fabricio, "en el comedor".
Imaginen el espanto del pequeño pueblo de Tubiacanga, al saber de tan extravagante construcción: ¡un horno en el comedor! Los días siguientes el albañil contó a sus amigos todo lo que pudo ver en aquella casa: globos de vidrio, cuchillos sin filo, recipientes de farmacéutico -una cantidad de cosas extrañas que se encontraban en las mesas y estantes, parecían los utensilios de una cocina en donde el mismo Lucifer fuera el cocinero.
La alarma recorrió el pueblo. Para unos, los más inteligentes, era un falsificador de monedas. Para otros, los creyentes y simples, un ser que tenía pacto con el diablo.
Chico de la Tirana, el carretero, cuando pasaba frente a la casa del hombre misterioso guiado por el ruido de su carreta, observaba el humo que salía de la chimenea del comedor y no podía dejar de persignarse y rezar un "credo" en voz baja. Lo cierto es que si no hubiera sido por la intervención del farmacéutico, el comandante de la policía hubiera rodeado la casa de aquel individuo sospechoso que inquietaba la imaginación de toda la población.
Tomando en cuenta las informaciones de Fabricio, el boticario Bastos llegó a la conclusión de que el desconocido debía ser un sabio, un gran químico, refugiado allí para llevar a cabo algún trabajo científico de forma sosegada.
Siendo el farmacéutico un hombre respetado, con un título universitario, concejal y además médico (porque al doctor Jerónimo no le gustaba recetar y se hizo socio de la farmacia para vivir con mayor tranquilidad), la opinión de Bastos llevó la paz a las conciencias e hizo que la población se llenara de una silenciosa admiración hacia la personalidad del gran químico.
En las tardes se veía al desconocido pasear por las márgenes del Tubiacanga, sentándose aquí y allá, con la mirada perdida en las aguas claras del riacho, ensimismado ante la penetrante melancolía del crepúsculo, todos se descubrían y no era raro que las "buenas noches" se acrecentaran con un "doctor". Conmovía el corazón de aquella gente la profunda simpatía con que el doctor Flamel trataba a los niños, al contemplarlos, parecía compadecerlos por el hecho de haber nacido para sufrir y morir.
A decir verdad, era digno de verse bajo la dulzura suave de la tarde, la bondad de Mesías con que acariciaba aquellos niños morenos, tan lisos de piel y tan tristes de modos, sumergidos en su cautiverio moral. También acariciaba a los niños blancos, de piel opaca, agrietada y áspera viviendo amparados en la necesaria hambruna de los trópicos.
En pocos días la admiración por el sabio era casi general. "Casi" no porque hubiera alguna persona que dudara de los grandes méritos del nuevo habitante, sino porque el Capitán Pelino, maestro de escuela y redactor de La Gaceta de Tubiacanga, órgano local y afiliado al partido situacionista, sentía cierto recelo ante la figura del académico. "Ustedes verán", decía él, "Que ese señor no es más que un estafador, un aventurero o tal vez un ladrón huido de Río".
La opinión del maestro no tenía ninguna base real, o más bien se basaba en su oculto despecho ante la posibilidad de ver sobre la faz de la tierra un rival que compitiera con la fama de sabio que él mismo gozara. No es que Pelino fuera un químico, lejos de eso, él era un humanista, un gramático, pero sabio. Nadie podía escribir en Tubiacanga sin recibir alguna crítica del Capitán Pelino, incluso cuando se trataba de alguna persona notable de allá de Río, no dejaba de hacer un comentario.
"¡No hay duda! El hombre tiene talento, pero escribe cosas como `bien importante', al lado suyo..." y contraía los labios como si hubiera tragado alguna fruta amarga. Todo el pueblo de Tubiacanga se había acostumbrado al solemne Pelino, que corregía y enmendaba las mayores glorias nacionales. Un sabio...
Al atardecer, después de leer un poco de Sotero, de Cándido de Figueiredo o de Castro Lopes y de haber pasado una vez más el tinte en sus cabellos, el viejo maestro de escuela salía serenamente de casa, cuidadosamente abotonado con su chaqueta de brin minero, y se encaminaba a la botica de Bastos para brindar dos dedos de prosa. Conversar es una forma de decir, porque Pelino era avaro en palabras, se limitaba a oír. Sin embargo, cuando de los labios de alguien se escapaba la menor incorrección de lenguaje, intervenía y la enmendaba. "Tengo que tipear unos formatos..." decía el empleado de correos -Entonces intervenía el maestro de escuela con mansedumbre evangélica: "No diga tipear, señor Bemardes; en español se dice escribir a máquina". Y la conversación continuaba, para ser interrumpida de nuevo por una nueva enmienda. Por esas y otras, hubo muchos interlocutores que lo evadían, pero Pelino, indiferente, seguro de sus deberes, continuaba su apostolado de protección y cuidado de la lengua. La llegada de aquel "nuevo" sabio vino a distraerlo de su misión. Todo su esfuerzo se concentraba ahora en combatir ese rival que surgía de forma tan imprevista.
Fueron vanas sus palabras y su elocuencia, Raimundo Flamel no sólo pagaba sus cuentas al día, sino que era generoso -padre de la pobreza- y por añadidura el farmacéutico Bastos había visto su nombre en una revista de especialistas citado como el de un químico importante.

II
Hacía ya varios años que el químico vivía en Tubiacanga, cuando una bella mañana, Bastos lo vio entrar en su botica. El placer del farmacéutico fue inmenso. El sabio no se había dignado hasta entonces a visitar a nadie. Contaban que cierto día cuando el sacristán Orestes osó penetrar en su casa, para pedirle una contribución para las fiestas de Nuestra Señora de la Concepción, fue recibido y atendido con visible enfado.
Al verlo, Bastos salió de su puesto detrás del mostrador, corrió a recibirlo demostrando claramente que sabía con quién trataba y fue casi con una exclamación que dijo:
-Doctor, sea bienvenido.
El sabio no pareció sorprenderse ni con la demostración de respeto del farmacéutico ni con el tratamiento universitario. Miró un instante los armarios llenos de medicinas y respondió:
-Deseo hablarle en privado, Señor Bastos.
El asombro del farmacéutico fue grande. ¿En qué podría serle útil él a un hombre cuyo nombre recorría el mundo y de quien los periódicos hablaban con tanto esmero? ¿Sería dinero? Quizás...
Un retraso en el pago de las rentas ¿Quién sabe? Y fue llevando al químico al interior de la casa, bajo la mirada atónita del aprendiz, que por un momento dejó descansar su mano en el mortero, donde maceraba una mezcla cualquiera.
Por fin, encontró en los fondos de la casa, muy al fondo, el pequeño cuarto que le servía para los exámenes médicos más minuciosos o para las pequeñas operaciones (porque Bastos también operaba). Se sentaron y Flamel no tardó en exponer:
-Como usted debe saber, me dedico a la química, incluso mi nombre es respetado en el mundo científico...
-Lo sé perfectamente, doctor, yo mismo he informado de esto, aquí, a mis amigos.
-Muchas gracias. Pues bien, he hecho un gran descubrimiento, un descubrimiento extraordinario...
Avergonzado por su entusiasmo, el sabio hizo una pausa y después continuó:
-Un descubrimiento... pero no me conviene, por ahora, comunicarlo al mundo científico, ¿comprende?
-Perfectamente.
-Por eso, necesito tres personas de respeto para que sean testigos de un experimento relacionado con este descubrimiento y a su vez firmen un testimonio formal que resguarde la primicia de mi invención... Usted sabe: hay acontecimientos, imprevistos y...
-¡Ciertamente, no hay duda!
-Imagine usted que se trata de hacer oro...
-¿Cómo? ¿El qué? -dijo Bastos abriendo los ojos en forma desmesurada.
-¡Sí! ¡Oro! -dijo con firmeza Flamel.
-¿Cómo?
-Usted lo sabrá. -dijo el químico secamente.
-La cuestión ahora son las personas que deben presenciar el experimento, ¿no cree?
-Seguro, es necesario que sus derechos queden resguardados, por ahora...
-Una de estas personas, -interrumpió el sabio -es usted; en relación a las otras dos, Señor Bastos, necesito que me asesore. por favor.
El boticario estuvo pensando un instante, pasando revista entre sus conocidos, y finalmente, después de unos tres minutos, preguntó:
-¿El Coronel Bentes le sirve? ¿Lo conoce?
-No. Usted sabe que no trato a nadie por aquí.
-Puedo garantizarle que es un hombre serio, rico, muy discreto.
-¿Es religioso? Le hago esta pregunta -añadió Flamel enseguida -porque tenemos que trabajar con huesos de difunto y sólo éstos sirven.
-No se preocupe, es casi ateo...
-¡Bien! acepto. ¿Y el otro? Bastos volvió a pensar, esta vez tardó un poco mas en consultar su memoria... Por fin habló: -Será el Teniente Carvalhais, el contralor municipal ¿lo conoce?
-Como ya le dije...
-Es verdad. Es hombre de confianza, serio, pero...
-¿Cuál es el problema?
-Es masón
-Mejor
-Y ¿cuándo será el encuentro?
-El domingo. El domingo los tres irán allá, a mi casa para presenciar el experimento y espero que no me nieguen sus firmas para autenticar mi descubrimiento.
-Trato hecho.
El domingo, de acuerdo con lo convenido, las tres personas respetables de Tubiacanga fueron a casa de Flamel, y, días después, misteriosamente el científico desaparecería sin dejar rastros o dar alguna explicación para su desaparición.

III
Tubiacanga era un pueblo pequeño de tres o cuatro mil habitantes, muy pacífico, en cuya estación, de cuando en cuando, el tren expreso se dignaba parar. Hacía cinco años que no se registraba en este poblado un hurto o robo. Las puertas y ventanas sólo se usaban porque en Río las usaban.
El único crimen anotado en su pobre registro fue un asesinato en tiempo de elecciones municipales; pero tomando en cuenta que el homicida era del partido de gobierno, y la víctima de la oposición, el acontecimiento no modificó en nada los hábitos del pueblo, continuando con la exportación de su café y mirando el reflejo de sus bajas y raquíticas moradas en las escasas aguas del pequeño río que lo bautizara.
Pero, ¡cuál no sería la sorpresa de sus habitantes cuando se verificó en la localidad uno de los crímenes más repugnantes que se tiene memoria! No se trataba de un descuartizamiento o un parricidio; no era el asesinato de una familia entera o el robo de los impuestos municipales; era una cosa peor, sacrílega a los ojos de todas las religiones y conciencias: se violaron las sepulturas de "El Sosiego", de su cementerio, de su campo santo.
Al comienzo el sepulturero pensó que eran perros, pero, revisando bien el muro, no encontró sino pequeños orificios. Los cerró; fue inútil. Al día siguiente, una lápida rodada y los huesos saqueados; en el otro una urna y una sepultura lisa. Era obra de gente o demonio. El sepulturero no quiso continuar las investigaciones por su cuenta, así que fue a hablar con el comisario y la noticia se regó por todo el pueblo.
La indignación cubrió todos los rostros y voluntades. La religión de la muerte precede a todas y ciertamente será la última en morir en las conciencias. Contra la profanación de las tumbas clamaron los seis presbiterianos del lugar -los evangélicos, como los llama la gente. Clamaba el Agrimensor Nicolau, antiguo cadete, positivista del rito de Teixeira Mendes; clamaba el Mayor Camanho, presidente de la Logia Nueva Esperanza. Clamaban el turco Miguel Abudala, negociante de bodegas y el escéptico Belmiro, antiguo estudiante que vivía a costas del "Dios-proveerá", bebiendo aguardiente en los bares.
La propia hija del ingeniero residente de la construcción de la vía férrea, también alzó su voz. Ella que vivía despreciando aquel caserío, sin notar siquiera los suspiros de los apasionados jóvenes locales, siempre esperando que el expreso trajera un príncipe para desposarla. La linda y despreciativa Cora no podía dejar de compartir la indignación y el horror que tal acto provocara en el pueblo. ¿Qué podía tener ella en común con aquel grupo de antiguos esclavos y humildes campesinos? ¿Qué interés podían tener ante sus lindos ojos el destino de tan humildes huesos? ¿Acaso aquel robo podría afectar el sueño de hacer radiar la belleza de su boca, de sus ojos y de su busto en las calles de Río? Seguramente, no, pero se trataba de la Muerte, la Muerte implacable y omnipotente, de quien también se sentía esclava, y que un día no dejaría de llevar su linda calaverita hacia la paz eterna del cementerio. Es allí donde Cora quería sus huesos tranquilos, quietos y cómodamente descansando en un ataúd bien hecho y en un túmulo seguro, después de haber sido su carne encanto y placer de los gusanos.
El más indignado, sin embargo, era Pelino. El profesor dedicó un artículo de fondo, exclamando, bramando, gritando: "En la historia del crimen, decía él, ya bastante rica en hechos repugnantes, como por ejemplo: el descuartizamiento de María de Macedo, o el estrangulamiento de los hermanos Fuoco, no se registra uno que sea tan grave como el saqueo de las sepulturas de 'El Sosiego'."
Y el pueblo vivía en sobresalto. En los rostros no se leía más la paz; los negocios estaban paralizados; los romances suspendidos. Días y días sobre las casas cruzaban lentamente gruesas nubes negras y en la noche todos oían ruidos, gemidos, murmullos sobrenaturales... Parecía que los muertos pedían venganza...
El saqueo continuaba. Todas las noches dos o tres sepulturas eran abiertas y vaciadas de su fúnebre contenido. Toda la población decidió ir en masa a guardar los huesos de sus antepasados. Llegaron temprano, pero pronto, la fatiga y el sueño los fue venciendo, se retiró uno, después otro y en la madrugada ya no había ningún vigilante. Incluso, ese mismo día, el sepulturero verificó que dos tumbas habían sido abiertas y los huesos llevados hacia un destino misterioso.
Organizaron entonces una guardia. Diez hombres decididos juraron delante del comisario vigilar durante la noche la mansión de los muertos.
Nada hubo de anormal la primera noche, ni la segunda ni la tercera, pero, en la cuarta, cuando los vigilantes se disponían a descansar un rato, uno de ellos creyó distinguir un bulto escurriéndose entre las cuadras de las tumbas. Corrieron y consiguieron atrapar a dos vampiros. La rabia y la indignación hasta entonces represada en sus ánimos, no se contuvo más y le dieron tal paliza a los macabros ladrones, que los dejaron tendidos como muertos.
La noticia corrió rápidamente de casa en casa y cuando en la mañana se trató de establecer la identidad de los dos malhechores, delante de toda la población fueron reconocidos el contralor Carvalhais y el Coronel Bentes, rico hacendado y presidente de la Cámara. Este último todavía vivía; a las continuas preguntas que le hicieron, pudo responder que juntaba los huesos para hacer oro y que el otro compañero había huido la noche anterior; se trataba del farmacéutico.
Hubo espanto y hubo esperanzas. ¿Cómo hacer oro con huesos? ¿Sería eso posible? Pero aquel hombre rico, respetado, ¿cómo descendería al papel de ladrón de muertos si el asunto no fuera verdad?
Si fuera posible, si de aquellos míseros despojos fúnebres se pudieran hacer algunas cuantas monedas de oro,... ¡eso sí sería maravilloso!
El cartero, cuyo antiguo y preciado sueño era la graduación de su hijo, vio allí medios para hacer este sueño realidad. Castrioto, el escribano del juez de paz, que el año pasado había logrado comprar una casa, pero todavía no la había podido cercar, pensó en el muro que protegería su huerta y su corral. Marques, el pequeño hacendado, que desde hacía años andaba en la búsqueda de un pastizal, pensó enseguida en el prado verde de Costa, donde sus bueyes engordarían y ganarían fuerzas...
Las necesidades de cada uno. Aquellos huesos eran oro, vendrían a atender, satisfacer y hacerlos felices y aquellos dos o tres mil personas, hombres, niños, mujeres, jóvenes y viejos, como si fueran una sola persona, fueron a casa del farmacéutico.
Con gran dificultad, el comisario pudo impedir que saquearan la botica y logró que se quedaran en la plaza a la espera del hombre que tenía el secreto de todo un Potosí. El no tardó en aparecer. Subido a una silla, llevando en la mano una pequeña barra de oro que relucía ante el fuerte sol de la mañana, Bastos pidió una oportunidad, prometiendo que enseñaría el secreto si le perdonaban la vida. "¡Queremos saberlo ya!", gritaron. Entonces él explicó que era necesario reescribir la receta, indicar la marcha del proceso, los reactivos -trabajo largo que sólo podría ser entregado al día siguiente. Hubo un murmullo, algunos llegaron a gritar pero el comisario habló y se responsabilizó por el resultado.
Dócilmente, con aquella docilidad particular de las multitudes furiosas, cada cual se fue a una casa, llevando en la cabeza un único pensamiento: recoger inmediatamente la mayor cantidad de huesos de difunto que fuera posible.
La narración de todos estos hechos llegó a casa del ingeniero residente de la vía férrea. En la cena no se habló de otra cosa. El doctor hizo una compilación de lo que todavía recordaba de su curso, y afirmó que era imposible. Esto era alquimia, cosa muerta: el oro es oro, cuerpo simple, y hueso es hueso, un compuesto, fosfato de cal. Pensar que se podía hacer una cosa de la otra era una "estupidez". Cora aprovechó la ocasión para reírse con urbana ironía de la crueldad de aquellos montunos, pero su madre, Doña Emilia, tenía fe en que la cosa era posible.
En la noche, sin embargo, el doctor sintiendo que su mujer dormía, saltó por la ventana y corrió directo al cementerio; Cora con los pies desnudos y pantuflas en mano, buscó a la criada para ir juntas a la colecta de huesos. No la encontró así que fue sin compañía; y Doña Emilia, viéndose sola, adivinó dónde era el paseo y fue allá también.
Y así ocurrió en todo el pueblo. El padre sin decir nada al hijo, salía; la mujer, juzgando engañar al marido salía; los hijos, las hijas, los criados -toda la población, bajo la luz de las estrellas asombradas corrió al encuentro de aquella fiesta satánica en "El Sosiego". Nadie faltó. Desde los más ricos hasta los más pobres se dieron cita en aquel lugar. Estaban el turco Miguel, el profesor Pelino, el doctor Jerónimo, el Mayor Camanho, Cora, la linda y deslumbrante Cora, con sus lindos dedos de alabastro, revolvía las entrañas de las sepulturas, arrancaba las carnes aún podridas aferradas tenazmente a los huesos y con ellos llenaba su regazo hasta entonces inútil. Era la dote que conseguía y su nariz se abría como asas rosadas y casi transparentes, no sentía el fétido olor de los tejidos ya putrefactos en un lodo hediondo...
La falta de inteligencia no tardó en surgir; los muertos eran pocos y no bastaban para satisfacer el hambre de los vivos. Hubo cuchillos y golpes. Pelino hirió con su navaja al turco a causa de un fémur y situaciones similares surgieron incluso entre las familias. Los únicos que no pelearon fueron el cartero y su hijo. Estuvieron juntos y en armonía, hubo un momento en que el pequeño, un niño precoz de once años, aconsejó al padre: "Papá, vamos donde está mamá, ella era tan gorda..."
En la mañana, el cementerio tenía más muertos que aquellos que recibiera en treinta años de existencia. La única persona del pueblo que no asistió, que no mató ni profanó sepulturas fue el borracho Belmiro, el cual al entrar en un botiquín medio abierto y no encontrar a nadie, llenó una garrafa de aguardiente y se dedicó a beber en las márgenes del río Tubiacanga, viendo correr mansamente sus aguas sobre el áspero lecho de granito; ambos, él y el río, indiferentes a lo que habían visto, a lo que veían, incluso indiferentes ante la fuga del farmacéutico, con su Potosí y su secreto, bajo la alfombra eterna de las estrellas.

Otro cuento




El doble
Todas las mañanas, al afeitarme, me examino en el espejo para encontrarme un poco más viejo que el día anterior; no sé bien, una hebra, un diminuto tejido desesperado que cruje, un pelo ayer oscuro y hoy canoso. Es una operación melancólica que llevo a cabo como un rito que celebrara mi destrucción. A veces, contemplándome atentamente, llego a adivinar bajo la piel, contraída y tirante por la jabonadura, cierta forma de calavera inmóvil y anónima como permanecerá desde un día para siempre. La historia es cotidiana, semejante y repetida. Acerco el rostro al cristal aún grisáceo y saliendo de entre las nieblas matinales; paso los dedos por las mejillas arrugadas donde germinan los cañones de la barba; guiño los ojos soñolientos, entreabro los labios y contemplo mis dientes y encías. La nariz, vista de cerca, parece demasiado grande; no parece, lo es. Unas ojeras curvas como dos arcos de arada, redondean y agrandan las órbitas. El pelo, escaso y alborotado; las orejas con pelusa en sus alvéolos. Un poco más viejo, una partícula de mi tiempo deslizándose hacia atrás con el arte ladino y furtivo del hipócrita que trata de engañar.
Esta mañana el nuevo huésped ha entrado en el cuarto de baño casi al mismo tiempo que yo. -Perdón -he murmurado apenas, y empujándole sin cortesía, he podido llegar antes que él al lavabo, de modo que al reflejarse en el espejo dos rostros, el suyo y el mío, la luz parda y soñolienta y dos pijamas de análogo rayado, dieron lugar a comprensibles analogías. Su rostro me pareció el mío, un poco más viejo quizás; sí, quizás más viejo indudablemente, con la diferencia de que yo siempre estoy serio y él se sonrió.
Llegó anoche bastante tarde. El criado arrastró una pesada maleta por el suelo de la habitación que está junto a la mía; más bien se trata de una sola habitación partida en dos por un endeble tabique de madera; un cuarto doble para familias que la patrona aprovecha de este modo. Por debajo de la puerta se filtró un rayo de luz. Escuché un murmullo apagado, el mover de una silla y las buenas noches del fámulo. Ya estaba acostado desde hacía rato, pero aquello me desveló. Escuché el ajetreo de la llegada y una fatigosa respiración. -Tiene pólipos nasales como yo -deduje. Anduvo algo por la habitación, sin duda colocando sus ropas en el armario, prendió un cigarrillo como deduje del frotar del fósforo, se quitó los zapatos, se tendió a fumar en la cama (sonaron los muelles), volvió a respirar afanosamente, oí más tarde el inconfundible crujido del papel: estaba leyendo un periódico. Después, un largo silencio. ¿Se habría dormido ya? Me removí en la cama fatigado por la postura a que me obligaba el inmóvil acecho. Después debí quedarme dormido, pero unas punzadas en la vejiga me despertaron y me levanté a orinar. El cuarto de baño estaba ocupado. ¿Cómo se habría levantado sin oírle? Estos accidentes que perturban el insensible deslizamiento de la vida diaria, hacen incómoda la convivencia. Golpeé la puerta con los nudillos para advertir mi presencia y mi urgencia. Desde dentro me respondió el otro de idéntico modo, con idéntico número de golpes, y aquel telégrafo, por lo que parecía tener de valor convenido, me ofendió, así que regresé a mi habitación, sintiéndome a disgusto por la insolencia que suponía: introducirse en mi vida sin yo desearlo, vivir junto a mí, obrar como si estuviera en su casa, leer el periódico, ocupar el baño con tal impertinencia.
Tuve una noche de sueños violentos y entrecortados de los que no recuerdo la secuencia ni los temas, aunque sí estuvo presente en ellos el huésped, sin rostro, como sucede siempre en el ámbito onírico. De pronto me desperté, quizás amaneciendo, y me dije: -Tengo que verlo ahora mismo.
Llegué a oscuras a la puerta que separa ambas habitaciones y levanté el picaporte. No me fue posible contener la curiosidad, aun comprendiendo que iba a llevar a cabo un acto impropio, pero la habitación me atraía como un pecado. Es muy semejante a la mía, diríamos igual, amueblada como todos los cuartos de casas de huéspedes en todo el mundo; una mesa pequeña, un armario, unas sillas y la cama del fondo. Allí estaba él y su cuerpo se hundía en la oscuridad, mejor dicho, se hundía todo en la oscuridad más completa, porque ambas habitaciones no tienen otra luz que la proveniente de un tragaluz al corredor, cerrado de noche. Anduve a tientas y reconocí familiarmente el lugar, sus obstáculos y sus accesos. Quise examinarle de cerca, ver su cara un momento, sorprender su sueño, no sé bien por qué urgente razón que en el insomnio de la madrugada, fluido y turbio, se me mostraba confusa. Así me fui acercando con cuidado. Es probable que tampoco tratara de verle, sino de sentir su presencia, ya que mis ojos no acertaban a distinguir los perfiles de las cosas. Sin embargo, llegué hasta la cabecera de su cama y me incliné con cuidado en busca de su respiración y olor. Mi mano, apoyada en la mesita de noche, tropezó con la caja de fósforos. La abrí y encendí uno.
La cama estaba vacía y el descubrimiento me asustó. Comprendí la inexplicable insensatez de permanecer en una habitación que no era la mía, mientras el otro, acaso, me observaba desde la oscuridad, silencioso y burlón, amparado en el hueco de la puerta y dispuesto a golpearme sencillamente y sin más, con el puño cerrado, en la nuca, como a un ladrón, mientras la mortecina llama del fósforo me quemaba los dedos. Así que soplé la llamita hundiéndome de nuevo en la sombra y escuché en ese momento su peculiar respiración producida por los pólipos nasales. El  breve momento de claridad producida por el fósforo había espesado más la tiniebla y a tientas traté de volver a mi habitación, tropecé con una silla, tanteé la pared, anduve entre los muebles guiado por el pánico y después de considerables esfuerzos, medio paralizado por el miedo, conseguí dar con la puerta que comunica con mi habitación y acercarme, también a tientas, a mi cama.
Allí estaba. Oí su respiración y obtuve, de este modo, la constatación de su presencia en las tinieblas. Estaba en mi cuarto, acostado en mi cama, durmiendo tranquilamente. ¿Durmiendo? Yo diría que por un instante, en la densa oscuridad, noté el brillo alegre de una pupila que me contemplaba; una sola, con maligno mirar de tuerto. Y, además, la respiración me pareció demasiado ruidosa para no ser fingida. ¿Qué hacer? Si le golpeaba aprovechando la ventaja que suponía estar de pie, junto a él, corría el riesgo de que gritara, alarmando a los demás huéspedes. Y, ¿cómo justificar el absurdo? ¿No debería ser yo, sin duda, quien gritase? También pudiera suceder que en vez de gritar me golpeara. Hasta quién sabe: podría acusarme de ladrón. ¿Cuándo se agotan las probabilidades y soluciones de los sucesos que acaecen en el mundo de lo oscuro? Me sentí asustado y cansado, con una fatiga que me pareció de años. Calculé que también podía salir al pasillo, llamar a otros huéspedes, abrumar de vergüenza al intruso y con ello conseguir, quizás, su expulsión inmediata. Pero la satisfacción que me produjo esta idea se desvaneció al darme cuenta de que resultaría difícil y hasta equívoco explicar las razones de su estancia en mi habitación y en mi cama, salvo que explicase la previa y culpable exploración por la suya, lo que sin duda aquel malvado sujeto estaba deseando. ¡Qué astuto era! En vez de caer a golpes sobre mí, al descubrirme en su cuarto, prefirió trasladarse sigilosamente al mío y esperar agazapado el inevitable regreso del curioso, a fin de darme entonces una lección. Quizás trataba de que me fuera del hospedaje para disfrutar él solo de ambas habitaciones. Sí, ¡esto era! El descubrimiento me descompuso. También podía molerme a golpes, sin compasión. Estaba, ahora, bien seguro de su innata maldad. Y obraría así de un momento a otro. ¡Iba a hacerlo ya! Me cubrí la cabeza con el brazo y retrocedí en la oscuridad.
Entonces cesó la respiración y me pareció que se removía en la cama para levantarse. Como pude, pensando a la vez en escapar y rehuir los golpes que sobrevendrían, traté de buscar a tientas la puerta. Así, durante un tiempo incalculable, volví sobre mis pasos desandando el oscuro círculo de ambas habitaciones, quizás entrando y saliendo en ellas diversas veces sin apercibirlo, hasta que encontré un lecho vacío, el mío o el suyo, de uno u otro lado, puesto que él podía estar acostado, de pie, dando vueltas por las dos habitaciones detrás de mí. Al escurrirme entre las sábanas y cubrir mi cabeza, conseguí un poco de tranquilidad, pero la reflexión que sobrevino a esta calma fue mas angustiosa que el miedo. Él, sabiéndome en seguridad, había decidido permanecer en el otro lecho y hasta dormir, acaso, dada su respiración pesada, pero estaba burlándose y disimulando tras los falsos ronquidos, el plan artero con que me sorprendería cuando amaneciese del todo, entrando de pronto y preguntándome: -¿Qué hace en mi cama? (porque no tenía dudas ahora: era su cama aquélla) para cogerme en vilo por el cuello y arrastrarme, sin más, hasta el comedor a la vista de todos. Un individuo así, capaz de fingir de tal modo; que tan tranquilamente se encontraba en medio de la oscuridad; apto para continuar semejante burla en frío, debía confiar demasiado en su fuerza física, tanto como en su inteligencia y equilibrio interior. La certeza de tanto aplomo me obligó de nuevo a saltar de la cama y correr a oscuras la aventura de encontrar la puerta para cerrarla con llave, consiguiendo con ello un mínimo de seguridad.
Pero la puerta estaba ya cerrada. ¡Artero -pensé- hasta esa ventaja quieres quitarme! Se había levantado antes que yo, pensando acaso de igual modo, había cerrado silenciosamente la puerta y estaría ahora, tras ella, oyéndome temblar del susto y riéndose de mis precauciones. De modo que me volví a la cama tiritando de frío para cubrir mi cabeza con las sábanas y no pensar más, aturdido por los acontecimientos; esperando que la mañana, y su dulce luz familiar me sacasen del extraño mundo del miedo. Así fue. Cuando amaneció del todo, destapé la cabeza sudorosa: nada sucedía alrededor. Una habitación tranquila como siempre: una mesa, un armario, una silla con mis pantalones caídos sobre el respaldo.
Todavía no sé. Quizás aceptó para siempre el cambio de habitación, lo que acaso justifique la sonrisa de suficiencia y picardía con que me ha recibido esta mañana. He pensado también en otra posibilidad: que todo sucedió exactamente, pero a la inversa, comenzando por la inspección de mi propia cama vacía. La oscuridad genera tales confusiones y muchas otras. Como sea, he tenido un gesto de valor al empujarle, entrando hoy juntos en el baño, y demostrando con ello al apoderarme antes que él del lavabo que estoy dispuesto a mantenerme en el lugar que por tradición y costumbre se me concede en esta casa. Mientras me afeitaba he oído a la patrona ordenar a uno de los sirvientes: -¿Prepara ese cuarto vacío!, refiriéndose a la habitación contigua a la mía. ¿Vacío? He sonreído. Sonrío aún con suficiencia. Ella no sabe. ¿No sabe? Me miro en el espejo y me encuentro más viejo que el día anterior; no sé bien, una hebra, un diminuto tejido desesperado que cruje, un pelo ayer invisible y hoy canoso.
Sí, más viejo, indudablemente.

jueves, 16 de enero de 2014

Cuento alemán

Strange Wanderings By Andy Kehoe

La ciudad de los extranjeros en el Mediodía
Esta ciudad es una de las empresas más ingeniosas y lucrativas del genio moderno. Su surgimiento e instalación se basan en una síntesis genial que sólo pudo ser ideada por conocedores muy profundos de la psicología de los habitantes de las grandes ciudades, si no se la quiere definir tan luego como una irradiación directa del alma metropolitana, como su sueño hecho realidad, pues esta fundación materializa con perfección ideal las aspiraciones vacacionales y de contacto con la naturaleza de toda alma metropolitana mediocre. Como es sabido, el habitante de las grandes urbes no sueña sino con la naturaleza, el idilio, la paz y la belleza, pero como es sabido, todas estas cosas bellas que tanto ansia y de las que la Tierra estaba colmada hasta hace poco tiempo le resultan del todo indigestas, no las puede tolerar. Sin embargo, como a pesar de todo las quiere tener porque se le metió en la cabeza la naturaleza, le han construido aquí una naturaleza desnaturalizada, así como existe el café descafeinado y los cigarros sin nicotina, una naturaleza anodina e higiénica. Para ello, hubo que observar el principio máximo del moderno arte industrial, a saber, el requisito de absoluta "autenticidad". Con derecho, la industria moderna destaca este requisito que en otros tiempos no se conocía porque en aquel entonces toda oveja era en verdad una oveja auténtica que daba lana auténtica y toda vaca era en verdad auténtica y daba leche auténtica. Todavía no se habían inventado las ovejas y las vacas artificiales. Pero una vez que las inventaron y estuvieron a punto de desplazar a las auténticas, no tardó en inventarse el ideal de la autenticidad. Ya pasó la época en que ingenuos príncipes mandaban construir en algún vallecito alemán ruinas artificiales, la imitación de una ermita, una pequeña réplica de Suiza o de Posilipo. Lejos está de los empresarios actuales la absurda idea de engañar al conocedor metropolitano con una Italia en las proximidades de Londres, una Suiza cerca de Chemnitz, una Sicilia junto al lago de Constanza. El sucedáneo de la naturaleza que exige el citadino actual debe ser necesariamente genuino, genuino como la plata que luce en su mesa, genuino como las perlas que adornan a su mujer y genuino como el amor que alimenta en su pecho por el pueblo y por la República.
No fue fácil materializar todo esto. El acomodado habitante de las grandes urbes exige para la primavera y el otoño un Mediodía que responda a sus expectativas y necesidades, un auténtico Mediodía con palmeras y limoneros, lagos azules y pintorescas villas y, por cierto, todo eso es fácil de conseguir, pero además exige vida social, exige higiene y limpieza, exige atmósfera urbana, exige música, tecnología y elegancia, espera una naturaleza rendida incondicionalmente al hombre y transformada por él, una naturaleza que le garantice encantos e ilusiones, pero que sea gobernable y no le exija nada a él, una naturaleza en la que pueda instalarse cómodamente con todas sus costumbres, usos y pretensiones de habitante de una gran ciudad. Ahora bien, como la naturaleza es lo más inexorable que conocemos, satisfacer esas exigencias parecería casi imposible, pero es sabido que para la iniciativa humana no hay nada imposible y el sueño se cumplió.
Naturalmente, la ciudad de los extranjeros en el Mediodía no podía fabricarse en un solo ejemplar. Se erigieron treinta o cuarenta de estas ciudades ideales. Las vemos alzarse en cualquier lugar apropiado y cuando intento describir una de ellas, por supuesto no es ésta o aquélla, no tiene nombre propio, al igual que un automóvil Ford. Es un ejemplar, una de muchas.
Entre largos malecones de suaves curvas está encerrado un mar de aguas azules, rizadas por pequeñas olas cortas y en su orilla se celebra el goce de la naturaleza. En la costa flotan incontables botes de remo con toldos rayados de vivos colores y banderitas polícromas, bonitas y elegantes embarcaciones con graciosos almohadones y más limpias que una mesa de operaciones. Sus dueños se pasean por el muelle y ofrecen incesantemente a los transeúntes sus botecitos en alquiler. Esos hombres van vestidos a la usanza de los marineros, con el torso y los curtidos brazos desnudos, hablan genuino italiano, pero están en condiciones de proporcionar información en cualquier otra lengua. Tienen los brillantes ojos de los meridionales, fuman largos y finos cigarros y se ven pintorescos.
A lo largo de la costa flotan los botes; a lo largo de la orilla del mar se extiende la costanera, una calle doble: la calzada más cercana al mar, sombreada por árboles podados con prolijidad, está reservada a los peatones, mientras que la calzada interior, cegadora y caliente, destinada al tránsito vehicular, está colmada de transportes pertenecientes a los hoteles, automóviles, tranvías y camiones. A la vera de esa calle se levanta la ciudad de los extranjeros, que tiene menor dimensión que las demás ciudades. Se extiende sólo en longitud y altura, no en profundidad. Consiste en un denso y orgulloso cinturón de hoteles, pero detrás de ese cinturón, una atracción imposible de pasar por alto, se encuentra el verdadero Mediodía. Allí se levanta realmente una antigua villa italiana, en cuyo estrecho y maloliente mercado se venden hortalizas, aves y pescados, donde niños descalzos juegan al fútbol con latas de conserva y mujeres con el cabello suelto y voces estridentes gritan los armoniosos nombres clásicos de sus hijos. Allí huele a salame, a vino, a retretes, a tabaco y artesanías. Allí, hombres joviales en mangas de camisa se muestran a las puertas de sus tiendas y los zapateros remendones trabajan en la calle batiendo el cuero a cielo abierto. Todo es auténtico, muy colorido y original. Con esta escena podría iniciarse el primer acto de una ópera. Allí se ve a los forasteros hacer descubrimientos con gran curiosidad y a menudo se escuchan los razonables comentarios de los instruidos sobre el extraño pueblo. Los vendedores de helados recorren las angostas callejas con sus carritos traqueteantes voceando sus golosinas. En algún patio o alguna plazoleta empieza a sonar un organito. Todos los días, el extranjero pasa una o dos horas en esta pequeña ciudad sucia e interesante, compra artesanías de paja y tarjetas postales, intenta hablar italiano y recoge impresiones del Mediodía. Allí se fotografía mucho también.
Un poco más lejos, detrás de la antigua villa, se extiende la campiña. Allí hay aldeas y prados, viñas y bosques. La naturaleza se conserva como siempre fue, agreste y sin pulimento, pero los extranjeros ven poco de ella, porque si de tanto en tanto recorren esa naturaleza en sus automóviles, ven al borde de las rutas las aldeas y los prados tan polvorientos y hostiles como en cualquier otra parte.
Por consiguiente, el extranjero retorna pronto de esas excursiones a la ciudad ideal, donde lo esperan los grandes hoteles de muchos pisos, administrados por directores inteligentes y dotados de personal servicial y bien educado. Primorosos vapores surcan el mar y coches elegantes, las calles. En todas partes el pie pisa asfalto y cemento, en todas partes se ha acabado de barrer y rociar con agua. En todas partes se ofrecen artículos de fantasía y refrescos. En el hotel Bristol se aloja el ex presidente de Francia y en el Parkhotel el canciller del Reich. Uno frecuenta elegantes cafés y se encuentra allí con conocidos de Berlín, Francfort y Munich, uno lee los periódicos de su país y de la Italia de las operetas, de la ciudad antigua vuelve a entrar en la buena y sólida atmósfera del lugar natal, la metrópoli, estrecha manos recién lavadas, intercambia invitaciones para disfrutar de un refrigerio y de paso se comunica por teléfono con la firma en la cual trabaja. Uno se mueve graciosamente y de manera amena entre personas agradables, bien vestidas y divertidas. En las terrazas de los hoteles, detrás de balaustradas y árboles de laurel rosa, se sientan escritores famosos para contemplar meditabundos el espejo del mar, a veces reciben a representantes de la prensa, y pronto se entera uno en qué obra está trabajando a la sazón tal o cual maestro. En un pequeño y fino restaurante uno descubre a la actriz predilecta de su gran ciudad, ataviada con un traje que la muestra como una visión. Le da de comer postre a un perrito pequinés. También la fascina la naturaleza, a menudo la mueve a recogimiento cuando al atardecer abre la ventana de la habitación 178 del hotel Palace y observa la interminable hilera de luces centelleantes que se extiende a lo largo de la costa y se pierde soñadora más allá de la bahía.
Uno se pasea tranquilo y contento por la costanera. También están allí los Müller de Darmstadt y uno se entera de que al día siguiente un tenor italiano se presentará en el casino, el único al que vale la pena escuchar después de Caruso. Al atardecer, ve regresar los vaporcitos, pasa revista a los que desembarcan, vuelve a encontrar conocidos, se detiene un rato frente a un escaparate lleno de muebles viejos y bordados y cuando refresca vuelve al hotel, se refugia detrás de las paredes de hormigón y vidrio, donde el comedor resplandece de porcelana, cristal y plata, y donde más tarde habrá un pequeño baile. La música ya está presente de todos modos. Apenas concluido el acicalamiento para ir a cenar, uno es recibido por dulces y mecedoras melodías.
Frente al hotel, el crepúsculo va apagando poco a poco la magnificencia de las flores.
En los arriates encerrados entre parapetos de hormigón crecen tupidos y llenos de color los arbustos florales más pródigos: camelias y rododendros, y alguna que otra palmera auténtica y las frondosas hortensias, llenas de bolas de tenue tinte liláceo. Al día siguiente, se organizará un gran crucero hasta -aggio, noticia recibida con beneplácito. Y, si por inadvertencia, al día siguiente no se llega a -aggio, sino a otro lugar, a -iggio o -ino, no habrá que lamentarse porque allí uno encontrará la misma ciudad ideal, el mismo mar, el mismo muelle, la misma ciudad antigua ideal, pintoresca y graciosa, los mismos buenos hoteles con sus altas paredes de vidrio, detrás de las cuales las palmeras nos mirarán mientras cenamos y habrá la buena música suave y todo eso que forma parte de la vida del citadino que quiere pasarla bien.