domingo, 21 de diciembre de 2014

Paseito por Bahía






Mañana igual a un cuadro

Mientras sube la ladera de la montaña, Pedro Bala piensa que no hay nada mejor en el mundo que andar así, al azar, por las calles de Bahía. Algunas están asfaltadas, pero la mayoría son empedradas con piedras negras. Las muchachas se asoman a las ventanas de los viejos caserones y nadie puede saber si es una costurera que románticamente espera encontrar un novio rico o si es una prostituta que se asoma desde un antiquísimo balcón adornado sólo con flores. En las iglesias entran mujeres de velos negros. El sol golpea en las piedras o en el asfalto e ilumina los tejados de las casas. En un primer piso aparecen pobres latas con plantas. Son de diferentes colores y el sol les da su diario alimento de luz. Las campanas de la iglesia de la Concepción llaman a las mujeres con velos que pasan apresuradas. En medio de la ladera un negro y un mulato están inclinados sobre unos naipes que el negro acaba de tirar. Al pasar, Pedro Bala saluda al negro:
-¿Qué tal, Coruja Branca?
-¿Qué tal, Bala? ¿Cómo andás?
Pero el mulato ya tiró los dados y el negro sigue el juego. Pedro Bala continúa su camino. El Profesor lo acompaña. Su flaca figura se echa hacia adelante como si le resultara difícil vencer la ladera. Pero la fiesta del día lo hace sonreír. Pedro Bala lo mira y descubre su sonrisa. La ciudad está alegre, llena de sol. "Los días de Bahía parecen días de fiesta", piensa Pedro Bala, que también se siente invadido de alegría. Silba con fuerza, palmea risueñamente el hombro del Profesor. Y los dos se ríen y en seguida la risa  se convierte en carcajada. Mientras tanto no tienen más que unos pocos níqueles en los bolsillos, están vestidos de harapos y no saben si comerán. Pero están llenos de la belleza del día y de la libertad de andar por las calles de la ciudad. Y van riéndose sin tener de qué, Pedro Bala con un brazo pasado por los hombros del Profesor. Desde allí pueden ver el mercado y el dique de los saveiros e incluso el viejo depósito donde duermen. Pedro Bala se recuesta en el muro de la ladera y le dice al Profesor:
-Deberías hacer un cuadro de esto...
La fisonomía del Profesor se pone seria:
-Creo que nunca voy a poder...
-¿Por qué?
-A veces me quedo pensando... -y el Profesor mira el dique allá abajo, los barquitos parecen de juguete, los hombres chiquitos cargando las bolsas.
Sigue con voz áspera, como si alguien lo hubiese golpeado:
-Yo pienso pintar cosas de aquí...
-Tenés mano. Si hubieras ido a aprender...
-... pero nunca va a ser una cosa alegre. No... (el Profesor no parece haber oído la interrupción de Pedro Bala. Ahora tiene los ojos lejos y parece todavía más flaco).
-¿Por qué? -Pedro Bala está asombrado-. ¿Acaso no ves que todo es tan lindo? Todo tan alegre...
Pedro Bala señaló los tejados de la ciudad baja:
-Tiene más colores que el arco iris...
-Sí... pero cuando mirás a los hombres todo es triste. No hablo de los ricos. Vos sabés. Hablo de los otros, de los que están en tos diques, en el mercado. Vos sabés... Andan todos hambrientos, yo qué sé. Pero lo siento...
Pedro Bala ya no estaba asombrado:
-Por eso João de Adão hizo la huelga en los diques. Él dice que un día las cosas van a cambiar, que todo va a ser diferente...
-Yo leí un libro... Un libro de João de Adão. Si yo hubiera ido a la escuela seria de los buenos. Y un día
podría hacer dibujos lindos. Con días lindos, con gente alegre que anda por ahí, riéndose, enamorándose, como la gente de Nazareth, ¿sabés? Yo quisiera hacer un dibujo alegre, con un día lindo, todo lindo, pero los hombres me salen tristes, no sé cómo... Yo quisiera hacer un dibujo alegre.
-A lo mejor es mejor hacer cosas como las que haces vos. A lo mejor es más vistoso.
-¿Vos qué sabes? ¿Y yo qué sé? Nunca fuimos a aprender nada... Yo tengo ganas de hacer caras de hombres, de dibujar las calles, pero como nunca fui a la escuela, hay un montón de cosas que no sé...
Hizo una pausa, miró a Pedro Bala que lo escuchaba, siguió:
-¿Conocés la escuela de Bellas Artes? ¡Es una locura! Un día fui y entré. Me metí en una sala. Todos estaban con guardapolvos y ni me vieron. Estaban pintando a una mujer desnuda... Si yo pudiera...
Pedro Bala se quedó pensativo. Pensaba y miraba al Profesor. Luego habló muy seriamente:
-¿Sabés el precio?
-¿Qué precio?
-Para pagar la escuela, el profesor...
-¿De qué historias hablás?
-Juntamos la plata, te la pagamos...
El Profesor se rió:
-Vos no sabés... Hay tantas complicaciones... No se puede, no digas pavadas.
- João de Adão dijo que algún día vamos a poder ir a la escuela...
Siguieron andando. El Profesor parecía haber perdido la alegría del día. Como si se le hubiera ido lejos. Entonces Pedro Bala le dio un golpe suave:
-Un día vas y te hacés una pintura en un salón de la calle Chile, hermano. Sin escuela ni nada. Ninguno de esos bananas que van a la escuela dibuja una cara como vos... Vos sabés cómo se hace...
El Profesor se rió y Pedro Bala lo acompañó:
-¿Y haces mi retrato, eh? ¿Y le pones el nombre abajo, eh? Capitán Pedro Bala, macho corajudo.
Adopta una posición de luchador, con un brazo extendido. El Profesor se ríe, Bala también se ríe y la risa termina en carcajada. Sólo dejaron de reírse para seguir a un grupo de desocupados que rodeaba a un guitarrista, quien cantaba una canción de moda en Bahía:
"Cuando ela disse adeus.
meu peito em cruz transformou...
"

Después se pusieron a cantar con el guitarrista. Y con ellos cantaron todos y eran estibadores, portuarios, compadritos y hasta una prostituta. El hombre de la guitarra estaba completamente entregado a su música sin ver a nadie. 
Si el guitarrista no se hubiera levantado para irse, siempre tocando y cantando, hubieran seguido con él, totalmente olvidados de su caminata hacia la ciudad alta. Pero el hombre se había ido llevándose la alegría de su música. El grupo se dispersó, un vendedor de diarios pasó pregonando los diarios de la mañana. El Profesor y Pedro Bala siguieron subiendo la ladera. Del Largo do Teatro hacia la calle Chile. El Profesor sacó una carbonilla del bolsillo y se sentó en el paseo. Pedro Bala se sentó a su lado. Apareció una pareja y el Profesor se puso a dibujarla. Lo hizo lo más rápidamente que pudo. La pareja se iba acercando y el Profesor empezó a hacerle las caras. La muchacha sonreía, sin duda eran novios. Pero estaban tan entretenidos en su conversación que no se dieron cuenta de que los dibujaban. Fue necesario que Pedro Bala les avisara: 
-No tape la cara de la joven, señor... El hombre lo miró y ya iba a insultarlo cuando la muchacha descubrió el dibujo del Profesor: 
-¡Oh! qué lindo... -y palmoteaba como una niña a quien le hubieran regalado una muñeca. 
El joven lo observó y se sonrió. Se volvió a Pedro Bala: 
-¿Usted lo dibujó? 
-No, fue mi compañero, el Profesor... 
El Profesor le daba los últimos toques al elegantísimo bigote del hombre. Después se puso a mejorar la silueta de la muchacha. Ella entonces adoptó la actitud de quien posa. Los dos sonrientes, ella apoyada en el brazo de su amado. El hombre sacó su monedero y tiró una moneda de dos mil reales que Pedro Bala recogió en el aire. Siguieron. El dibujo quedó en medio del paseo. Unas señoritas que andaban de compras, al verlo de lejos dijeron: 
-Apurémonos, que aquello parece un afiche de la última película de Barrymore.. . Dicen que es un amor... Y él está bárbaro... 
Pedro Bala y el Profesor las oyeron y largaron una carcajada. Y abrazados siguieron andando en la libertad de las calles. 
Casi al lado del palacio de gobierno se pararon de nuevo. El Profesor se quedó con la carbonilla en la mano esperando que saliera algún candidato. Juntarían la plata necesaria para un buen almuerzo y hasta para llevarle un regalo a Clara, la amante del Querido-de-Deus que cumplía años. 
Una vieja les dio diez tostones2 por su dibujo. La vieja era fea y el Profesor la hizo tal cual. Pedro Bala le dijo: 
-Si la hubieras dibujado más joven y linda te habría dado más. 
El Profesor se rió. Pasaron así la mañana. El Profesor dibujando a los que andaban por la calle, Pedro Bala recogiendo el dinero que le tiraban. Casi al mediodía apareció un hombre que fumaba con boquilla. Pedro Bala corrió para avisarle al Profesor: 
-Dibújalo a ése que parece que tiene plata de todos los colores.... 
El Profesor se puso a delinear la figura delgada del hombre. La boquilla larga, la cabellera enrulada, que aparecía debajo del sombrero. El hombre llevaba un libro en  la mano y al Profesor le gustó la idea de dibujarlo leyendo. El hombre pasaba y Pedro Bala le reclamó atención: 
-Mire su retrato, señor. 
El hombre se sacó la boquilla de la boca y le preguntó: 
-¿Qué, hijo? 
Pedro Bala le señaló el dibujo que hacía el Profesor. El hombre aparecía sentado (aunque no había ninguna silla, el hombre aparecía sentado en el aire), fumando su larga boquilla y leyendo su libro. La cabellera enrulada volaba bajo el sombrero. El hombre examinó atentamente el dibujo, lo observó desde diferentes ángulos sin decir nada. Cuando el Profesor concluyó su trabajo, le preguntó: 
-¿Dónde estudió dibujo, joven? 
-En ninguna parte... 
-¿En ninguna parte? ¿Cómo? 
-Y sí, señor... 
-¿Y cómo dibuja? 
-Como se me da, como me sale. 
El hombre permanecía algo incrédulo, pero sin duda recordó otros ejemplos que tenía en el fondo de su memoria: 
-¿Quiere decir que nunca estudió dibujo? 
-Nunca, no señor. 
-Se lo puedo garantir -dijo Pedro Bala-, nosotros vivimos juntos, así que yo sé. 
Volvió a examinar el dibujo. Echó una larga humareda de su boquilla. Los dos chicos miraban la boquilla encantados. El hombre le preguntó al Profesor: 
-¿Por qué me hizo sentado y leyendo el libro? 
El Profesor se rascó la cabeza como si fuera una pregunta difícil de contestar. Pedro Bala quiso decir algo pero no pudo, estaba confundido. Por fin, el Profesor explicó: 
-Pensé que le quedaba mejor... -volvió a rascarse la cabeza-. No sé por qué... 
-Es una verdadera vocación... -murmuró el hombre en voz más baja, como quien está haciendo un descubrimiento. 
Pedro Bala esperaba una moneda, algo apurado porque 
el vigilante los estaba observando de modo desconfiado desde la esquina. El Profesor miraba la boquilla del hombre, larga, diseñada a fuego, una maravilla. Pero el hombre continuó: 
-¿Dónde vive? 
Pedro Bala no le dejó tiempo para la respuesta al Profesor, habló él: 
-Vivimos en la Cidade de Palha...
El hombre metió la mano en el bolsillo y sacó una tarjeta: 
-¿Sabe leer? 
-Sí, señor, sabemos -contestó el Profesor. 
-Aquí está mi dirección. Venga a verme. Tal vez pueda hacer algo por usted. 
El Profesor agarró la tarjeta. El policía ya se les acercaba. Pedro Bala se despidió: 
-Hasta luego, doctor. 
El hombre iba a sacar su billetera, pero notó cómo miraba su boquilla el Profesor. Le sacó el cigarrillo y se la entregó al muchacho. 
-Es por el retrato. Vaya a mi casa... 
Los dos chicos se largaron por la calle Chile cuando ya tenían casi encima al vigilante. El hombre los miró sin comprender hasta que oyó la voz del agente: 
-¿Le robaron algo, señor? 
-No. ¿Por qué? 
-Porque vi que esos sinvergüenzas estaban con usted... 
-Eran unos muchachitos... Y uno tenía una maravillosa inclinación por la pintura. 
-Son unos ladrones -le contestó el vigilante-. Son de los Capitanes de la arena. 
-¿Capitanes de la arena? -puso cara memoriosa-. Leí algo, sí... ¿No son chicos abandonados? 
-Ladrones son, eso son... Tenga cuidado, señor, cuando se le acerquen. Vea si no le falta nada... 
El hombre hizo que no con la cabeza y observó la calle. Ya no había rastro de los dos muchachos. El hombre dio 
las gracias al vigilante, volviendo a asegurarle que no le habían robado nada y bajó por la calle murmurando: 
-Así se pierden los grandes artistas. ¡Qué pintor sería! 
El agente lo observaba. Después comentó a los botones de su chaqueta: 
-Tienen razón los que dicen que estos poetas son locos... 

El Profesor exhibía la boquilla. Estaba en los fondos de un rascacielos donde había un restaurante fino. Pedro Bala sabía cómo hacer para que los cocineros le dieran los restos del menú. Esperaban el almuerzo en la calle desierta. Después que comieron, Pedro Bala le ofreció cigarrillos y el Profesor se disponía a fumar en la boquilla que el hombre le había dado. Trató de limpiarla: 
-Ese bicho era flaco como una espina. Capaz que estaba enfermo... 
Como no encontró nada mejor con que limpiarla, con la tarjeta del hombre hizo un palito y lo metió dentro de la boquilla. Cuando terminó, tiró la tarjeta a la calle. Pedro Bala le preguntó: 
-¿Por qué no la guardás? 
-¿Para qué la quiero? -y el Profesor se rió. Pedro Bala se rió también y por un instante las carcajadas llenaron la calle. Se reían sin motivo, sólo por las ganas de reír. 
Pedro se puso serio: 
-El hombre te podía ayudar a ser un pintor... -agarró la tarjeta y leyó el nombre-. Deberías guardarla. ¿A lo mejor? 
El Profesor bajó la cabeza: 
-¡No seas animal, Bala! Sabés que de nosotros sólo se pueden sacar ladrones... ¿Quién nos puede querer? ¿Quién? Ladrones, sólo ladrones... -y su voz se elevaba, ahora gritando con odio. 
Pedro Bala hizo que sí con la cabeza, su mano soltó la tarjeta que cayó en el agua sucia de la calle. Ya no se reían 
y estaban tristes en la alegría de la mañana llena de sol, de la mañana igual a un cuadro de cualquier pintor salido de la escuela de Bellas Artes. 
Los obreros iban hacia el trabajo después del pobre almuerzo y era todo lo que veían, todo lo que podían ver en la mañana.

1 "Cuando ella dijo adiós mi pecho en cruz convirtió."
2 Tostón (tostão): antigua moneda portuguesa y brasileña equivalente a diez centavos. 


Desierto


1950: A Bedouin sitting on a stationary camel in the Trans-Jordanian desert


A Bedouin sitting on a stationary camel in the Trans-Jordanian desert. (Photo by Three Lions/Getty Images). Circa 1950

Yllia

Tenía en el planeta Marte, a orillas de un mar seco, una casa de columnas de cristal, y todas las mañanas se podía ver a la señora K mientras comía la fruta dorada que brotaba de las paredes de cristal, o mientras limpiaba la casa con puñados de un polvo magnético que recogía la suciedad y luego se dispersaba en el viento cálido. A la tarde, cuando el mar fósil yacía inmóvil y tibio, y las viñas se erguían tiesamente en los patios, y en el distante y recogido pueblito marciano nadie salía a la calle, se podía ver al señor K en su cuarto, que leía un libro de metal con jeroglíficos en relieve, sobre los que pasaba suavemente la mano como quien toca el arpa. Y del libro, al contacto de los dedos, surgía un canto, una voz antigua y suave que hablaba del tiempo en que el mar bañaba las costas con vapores rojos y los hombres lanzaban al combate nubes de insectos metálicos y arañas eléctricas. El señor K y su mujer vivían desde hacía ya veinte años a orillas del mar muerto, en la misma casa en que habían vivido sus antepasados, y que giraba y seguía el curso del sol, como una flor, desde hacía diez siglos.
El señor K y su mujer no eran viejos. Tenían la tez clara, un poco parda, de casi todos los marcianos; los ojos amarillos y rasgados, las voces suaves y musicales.
En otro tiempo habían pintado cuadros con fuego químico, habían nadado en los canales, cuando corría por ellos el licor verde de las viñas y habían hablado hasta el amanecer, bajo los azules retratos fosforescentes, en la sala de las conversaciones.
Ahora no eran felices.
Aquella mañana, la señora K, de pie entre las columnas, escuchaba el hervor de las arenas del desierto, que se fundían en una cera amarilla, y parecían fluir hacia el horizonte.
Algo iba a suceder.
La señora K esperaba.
Miraba el cielo azul de Marte, como si en cualquier momento pudiera encogerse, contraerse, y arrojar sobre la arena algo resplandeciente y maravilloso.
Nada ocurría.
Cansada de esperar, avanzó entre las húmedas columnas. Una lluvia suave brotaba de los acanalados capiteles, caía suavemente sobre ella y refrescaba el aire abrasador. En estos días calurosos, pasear entre las columnas era como pasear por un arroyo. Unos frescos hilos de agua brillaban sobre los pisos de la casa. A lo lejos oía a su marido que tocaba el libro, incesantemente, sin que los dedos se le cansaran jamás de las antiguas canciones. Y deseó en silencio que él volviera a abrazarla y a tocarla, como a una arpa pequeña, pasando tanto tiempo junto a ella como el que ahora dedicaba a sus increíbles libros.
Pero no. Meneó la cabeza y se encogió imperceptiblemente de hombros. Los párpados se le cerraron suavemente sobre los ojos amarillos. El matrimonio nos avejenta, nos hace rutinarios, pensó.
Se dejó caer en una silla, que se curvó para recibirla, y cerró fuerte y nerviosamente los ojos.
Y tuvo el sueño.
Los dedos morenos temblaron y se alzaron, crispándose en el aire.
Un momento después se incorporó, sobresaltada, en su silla. Miró vivamente a su alrededor, como si esperara ver a alguien, y pareció decepcionada. No había nadie entre las columnas.
El señor K apareció en una puerta triangular.
-¿Llamaste? -preguntó, irritado.
-No -dijo la señora K.
-Creí oírte gritar.
-¿Grité? Descansaba y tuve un sueño.
-¿Descansabas a esta hora? No es tu costumbre.
La señora K seguía sentada, inmóvil, como si el sueño, le hubiese golpeado el rostro.
-Un sueño extraño, muy extraño -murmuró.
-Ah.
Evidentemente, el señor K quería volver a su libro.
-Soñé con un hombre -dijo su mujer
-¿Con un hombre?
-Un hombre alto, de un metro ochenta de estatura
-Qué absurdo. Un gigante, un gigante deforme.
-Sin embargo... -replicó la señora K buscando las palabras-. Y... ya sé que creerás que soy una tonta, pero... ¡tenía los ojos azules!
-¿Ojos azules? ¡Dioses! -exclamó el señor K- ¿Qué soñarás la próxima vez? Supongo que los cabellos eran negros.
-¿Cómo lo adivinaste? -preguntó la señora K excitada.
El señor K respondió fríamente:
-Elegí el color más inverosímil.
-¡Pues eran negros! -exclamó su mujer-. Y la piel, ¡blanquísima! Era muy extraño. Vestía un uniforme raro. Bajó del cielo y me habló amablemente.
-¿Bajó del cielo? ¡Qué disparate!
-Vino en una cosa de metal que relucía a la luz del sol -recordó la señora K, y cerró los ojos evocando la escena-. Yo miraba el cielo y algo brilló como una moneda que se tira al aire y de pronto creció y descendió lentamente. Era un aparato plateado, largo y extraño. Y en un costado de ese objeto de plata se abrió una puerta y apareció el hombre alto.
-Si trabajaras un poco más no tendrías esos sueños tan tontos.
-Pues a mí me gustó -dijo la señora K reclinándose en su silla-. Nunca creí tener tanta imaginación. ¡Cabello negro, ojos azules y tez blanca! Un hombre extraño, pero muy hermoso.
-Seguramente tú ideal.
-Eres antipático. No me lo imaginé deliberadamente, se me apareció mientras dormitaba. Pero no fue un sueño, fue algo tan inesperado, tan distinto...
El hombre me miró y me dijo: "Vengo del tercer planeta. Me llamo Nathaniel York..."
-Un nombre estúpido. No es un nombre.
-Naturalmente, es estúpido porque es un sueño -explicó la mujer suavemente-. Además me dijo: "Este es el primer viaje por el espacio. Somos dos en mi nave; yo y mi amigo Bart."
-Otro nombre estúpido.
-Y luego dijo: "Venimos de una ciudad de la Tierra; así se llama nuestro planeta." Eso dijo, la Tierra. Y hablaba en otro idioma. Sin embargo yo lo entendía con la mente. Telepatía, supongo.
El señor K se volvió para alejarse; pero su mujer lo detuvo, llamándolo con una voz muy suave.
-¿Yll? ¿Te has preguntado alguna vez... bueno, si vivirá alguien en el tercer planeta?
-En el tercer planeta no puede haber vida -explicó pacientemente el señor K-. Nuestros hombres de ciencia han descubierto que en su atmósfera hay demasiado oxígeno.
-Pero, ¿no sería fascinante que estuviera habitado? ¿Y que sus gentes viajaran por el espacio en algo similar a una nave?
-Bueno, Ylla, ya sabes que detesto los desvaríos sentimentales. Sigamos trabajando.
Caía la tarde, y mientras se paseaba por entre las susurrantes columnas de lluvia, la señora K se puso a cantar. Repitió la canción, una y otra vez.
-¿Qué canción es ésa? -le preguntó su marido, interrumpiéndola, mientras se acercaba para sentarse a la mesa de fuego.
La mujer alzó los ojos y sorprendida se llevó una mano a la boca.
-No sé.
El sol se ponía. La casa se cerraba, como una flor gigantesca. Un viento sopló entre las columnas de cristal. En la mesa de fuego, el radiante pozo de lava plateada se cubrió de burbujas. El viento movió el pelo rojizo de la señora K y le murmuró suavemente en los oídos. La señora K se quedó mirando en silencio, con ojos amarillos, húmedos y dulces al lejano y pálido fondo del mar, como si recordara algo.
-Brinda por mí con tus ojos y yo te prometeré con los míos -cantó lenta y suavemente, en voz baja y en otro idioma-. O deja un beso en tu copa y no pediré vino.
Cerró los ojos y susurró moviendo muy levemente las manos. Era una canción muy hermosa.
-Nunca oí esa canción. ¿Es tuya? -le preguntó el señor K mirándola fijamente.
-No. Sí... No sé -titubeó la mujer-. Ni siquiera comprendo las palabras. Son de otro idioma.
-¿Qué idioma?
La señora K dejó caer, distraídamente, unos trozos de carne en el pozo de lava.
-No lo sé.
Un momento después sacó la carne, ya cocida, y se la sirvió a su marido.
-Es una tontería que he inventado, supongo. No sé por qué.
El señor K no replicó. Observó cómo su mujer echaba unos trozos de carne en el pozo de fuego siseante. El sol se había ido. Lenta, muy lentamente, llegó la noche y llenó la habitación, inundando a la pareja y las columnas, como un vino oscuro que subiera hasta el techo. Sólo la encendida lava de plata iluminaba los rostros.
La señora K tarareó otra vez aquella canción extraña.
El señor K se incorporó bruscamente y salió irritado de la habitación.
Más tarde, solo, el señor K terminó de cenar.
Se levantó de la mesa, se desperezó, miró a su mujer y dijo bostezando:
-Tomemos los pájaros de fuego y vayamos a entretenernos a la ciudad.
-¿Hablas seriamente? -le preguntó su mujer-. ¿Te sientes bien?
-¿Por qué te sorprendes?
-No vamos a ninguna parte desde hace seis meses.
-Creo que es una buena idea.
-De pronto eres muy atento.
-No digas esas cosas -replicó el señor K disgustado-. ¿Quieres ir o no?
La señora K miró el pálido desierto; las melliza lunas blancas subían en la noche; el agua fresca y silenciosa le corría alrededor de los pies. Se estremeció levemente. Quería quedarse sentada, en silencio, sin moverse, hasta que ocurriera lo que había estado esperando todo el día, lo que no podía ocurrir, pero tal vez ocurriera. La canción le rozó la mente, como una ráfaga.
-Yo...
-Te hará bien -insistió su marido. Vamos.
-Estoy cansada. Otra noche.
-Aquí tienes tu bufanda -insistió el señor K alcanzándole un frasco-. No salimos desde hace meses.
Su mujer no lo miraba.
-Tú has ido dos veces por semana a la ciudad de Xi -afirmó.
-Negocios.
-Ah -murmuró la señora K para sí misma.
Del frasco brotó un líquido que se convirtió en un neblina azul y envolvió en sus ondas el cuello de señora K.
Los pájaros de fuego esperaban, como brillantes brasas de carbón, sobre la fresca y tersa arena. La flotante barquilla blanca, unida a los pájaros por mil cintas verdes, se movía suavemente en el viento de la noche.
Ylla se tendió de espaldas en la barquilla, y a una palabra de su marido, los pájaros de fuego se lanzaron ardiendo, hacia el cielo oscuro. Las cintas se estiraron, la barquilla se elevó deslizándose sobre las arenas, que crujieron suavemente. Las colinas azules desfilaron, desfilaron, y la casa, las húmedas columnas, las flores enjauladas, los libros sonoros y los susurrantes arroyuelos del piso quedaron atrás. Ylla no miraba a su marido. Oía sus órdenes mientras los pájaros en llamas ascendían ardiendo en el viento, como diez mil chispas calientes, como fuegos artificiales en el cielo, amarillos y rojos, que arrastraban el pétalo de flor de la barquilla.
Ylla no miraba las antiguas y ajedrezadas ciudades muertas, ni los viejos canales de sueño y soledad. Como una sombra de luna, como una antorcha encendida, volaban sobre ríos secos y lagos secos.
Ylla sólo miraba el cielo.
Su marido le habló.
Ylla miraba el cielo.
-¿No me oíste?
-¿Qué?
El señor K suspiró.
-Podías prestar atención.
-Estaba pensando.
-No sabía que fueras amante de la naturaleza, pero indudablemente el cielo te interesa mucho esta noche.
-Es hermosísimo.
-Me gustaría llamar a Hulle -dijo el marido lentamente-. Quisiera preguntarle si podemos pasar unos días, una semana, no más, en las montañas Azules. Es sólo una idea...
-¡En las montañas Azules! Gritó Ylla tomándose con una mano del borde de la barquilla y volviéndose rápidamente hacia él.
-Oh, es sólo una idea...
Ylla se estremeció.
-¿Cuándo quieres ir?
-He pensado que podríamos salir mañana por la mañana -respondió el señor K negligentemente-. Nos levantaríamos temprano...
-¡Pero nunca hemos salido en esta época!
-Sólo por esta vez. -El señor K sonrió-. Nos hará bien. Tendremos paz y tranquilidad. ¿Acaso has proyectado alguna otra cosa? Iremos, ¿no es cierto?
Ylla tomó aliento, esperó, y dijo:
-No.
-¿Qué?
El grito sobresaltó a los pájaros; la barquilla se sacudió.
-No -dijo Ylla firmemente-. Está decidido. No iré.
El señor K la miró y no hablaron más. Ylla le volvió la espalda.
Los pájaros volaban, como diez mil teas al viento.
Al amanecer, el sol que atravesaba las columnas de cristal disolvió la niebla que había sostenido a Ylla mientras dormía. Ylla había pasado la noche suspendida entre el techo y el piso, flotando suavemente en la blanda alfombra de bruma que brotaba de las paredes cuando ella se abandonaba al sueño. Había dormido toda la noche en ese río callado, como un bote en una corriente silenciosa. Ahora el calor disipaba la niebla, y la bruma descendió hasta depositar a Ylla en la costa del despertar.
Abrió los ojos.
El señor K, de pie, la observaba como si hubiera estado junto a ella, inmóvil, durante horas y horas. Sin saber por qué, Ylla apartó los ojos.
-Has soñado otra vez -dijo el señor K-. Hablabas en voz alta y me desvelaste. Creo realmente que debes ver a un médico.
-No será nada.
-Hablaste mucho mientras dormías.
-¿Sí? -dijo Ylla, incorporándose.
Una luz gris le bañaba el cuerpo. El frío del amanecer entraba en la habitación.
-¿Qué soñaste?
Ylla reflexionó unos instantes y luego recordó.
-La nave. Descendía otra vez, se posaba en el suelo y el hombre salía y me hablaba, bromeando, riéndose, y yo estaba contenta.
El señor K, impasible, tocó una columna. Fuentes de vapor y agua caliente brotaron del cristal. El frío desapareció de la habitación.
-Luego -dijo Ylla-, ese hombre de nombre tan raro, Nathaniel York, me dijo que yo era hermosa y... y me besó.
-¡Ah! -exclamó su marido, dándole la espalda.
-Sólo fue un sueño -dijo Ylla, divertida.
-¡Guárdate entonces esos estúpidos sueños de mujer!
-No seas niño -replicó Ylla reclinándose en los últimos restos de bruma química.
Un momento después se echó a reír.
-Recuerdo algo más -confesó.
-Bueno, ¿qué es, qué es?
-Tienes muy mal carácter.
-¡Dímelo! -exigió el señor K inclinándose hacia ella con una expresión sombría y dura-. ¡No debes ocultarme nada!
-Nunca te vi así -dijo Ylla, sorprendida e interesada a la vez-. Ese Nathaniel York me dijo... Bueno, me dijo que me llevaría en la nave, de vuelta a su planeta. Realmente es ridículo.
-¡Sí! ¡Ridículo! -gritó el señor K-. ¡Oh, dioses! ¡Si te hubieras oído, hablándole, halagándolo, cantando con él toda la noche! ¡Si te hubieras oído!
-¡Yll!
-¿Cuándo va a venir? ¿Dónde va a descender su maldita nave?
-Yll, no alces la voz.
-¡Qué importa la voz! ¿No soñaste -dijo el señor K inclinándose rígidamente hacia ella y tomándola de un brazo- que la nave descendía en el valle Verde? ¡Contesta!
-Pero, si...
-Y descendía esta tarde, ¿no es cierto?
-Sí, creo que sí, pero fue sólo un sueño.
-Bueno -dijo el señor K soltándola-, por lo menos eres sincera. Oí todo lo que dijiste mientras dormías. Mencionaste el valle y la hora.
Jadeante, dio unos pasos entre las columnas, como cegado por un rayo. Poco a poco recuperó el aliento. Su mujer lo observaba como si se hubiera vuelto loco. Al fin se levantó y se acercó a él.
-Ylla -susurró:
-No me pasa nada.
-Estás enfermo.
-No -dijo el señor K con una sonrisa débil y forzada-. Soy un niño, nada más. Perdóname, querida. -La acarició torpemente.- He trabajado demasiado en estos días. Lo lamento. Voy a acostarme un rato.
-¡Te excitaste de una manera!
-Ahora me siento bien, muy bien -suspiró-. Olvidemos esto. Ayer me dijeron algo de Uel que quiero contarte. Si te parece, preparas el desayuno, te cuento lo de Uel y olvidamos este asunto.
-No fue más que un sueño.
-Por supuesto -dijo el señor K, y la besó mecánicamente en la mejilla-. Nada más que un sueño.
Al mediodía, las colinas resplandecían bajo el sol abrasador.
-¿No vas al pueblo? -preguntó Ylla.
El señor K arqueó ligeramente las cejas.
-¿Al pueblo?
-Pensé que irías hoy.
Ylla acomodó una jaula de flores en su pedestal. Las flores se agitaron abriendo las hambrientas bocas amarillas. El señor K cerró su libro.
-No -dijo-. Hace demasiado calor, y además es tarde.
-Ah -exclamó Ylla. Terminó de acomodar las flores y fue hacia la puerta-. En seguida vuelvo -añadió.
-Espera un momento. ¿A dónde vas?
-A casa de Pao. Me ha invitado -contestó Ylla, ya casi fuera de la habitación.
-¿Hoy?
-Hace mucho que no la veo. No vive lejos.
-¿En el valle Verde, no es así?
-Sí, es sólo un paseo -respondió Ylla alejándose de prisa.
-Lo siento, lo siento mucho. -El señor K corrió detrás de su mujer, como preocupado por un olvido.- No sé cómo he podido olvidarlo. Le dije al doctor Nlle que viniera esta tarde.
-¿Al doctor Nlle? -dijo Ylla volviéndose.
-Sí -respondió su marido, y tomándola de un brazo la arrastró hacia adentro.
-Pero Pao...
-Pao puede esperar. Tenemos que obsequiar al doctor Nlle.
-Un momento nada más.
-No, Ylla.
-¿No?
El señor K sacudió la cabeza.
-No. Además la casa de Pao está muy lejos. Hay que cruzar el valle Verde, y después el canal y descender una colina, ¿no es así? Además hará mucho, mucho calor, y el doctor Nlle estará encantado de verte. Bueno, ¿qué dices?
Ylla no contestó. Quería escaparse, correr. Quería gritar. Pero se sentó, volvió lentamente las manos, y se las miró inexpresivamente.
-Ylla -dijo el señor K en voz baja-. ¿Te quedarás aquí, no es cierto?
-Sí -dijo Ylla al cabo de un momento-. Me quedaré aquí.
-¿Toda la tarde?
-Toda la tarde.
Pasaba el tiempo y el doctor Nlle no había aparecido aún. El marido de Ylla no parecía muy sorprendido. Cuando ya caía el sol, murmuró algo, fue hacia un armario y sacó de él un arma de aspecto siniestro, un tubo largo y amarillento que terminaba en un gatillo y unos fuelles. Luego se puso una máscara, una máscara de plata, inexpresiva, la máscara con que ocultaba sus sentimientos, la máscara flexible que se ceñía de un modo tan perfecto a las delgadas mejillas, la barbilla y la frente. Examinó el arma amenazadora que tenía en las manos. Los fuelles zumbaban constantemente con un zumbido de insecto. El arma disparaba hordas de chillonas abejas doradas. Doradas, horribles abejas que clavaban su aguijón envenenado, y caían sin vida, como semillas en la arena.
-¿A dónde vas?-preguntó Ylla.
-¿Qué dices?- el señor K escuchaba el terrible zumbido del fuelle-. El doctor Nlle se ha retrasado y no tengo ganas de seguir esperándolo. Voy a cazar un rato. En seguida vuelvo. Tú no saldrás, ¿no es cierto?
La máscara de plata brillaba intensamente.
-No.
-Dile al doctor Nlle que volveré pronto, que sólo he ido a cazar.
La puerta triangular se cerró. Los pasos de Yll se apagaron en la colina. Ylla observó cómo se alejaba bajo la luz del sol y luego volvió a sus tareas. Limpió las habitaciones con el polvo magnético y arrancó los nuevos frutos de las paredes de cristal. Estaba trabajando, con energía y rapidez, cuando de pronto una especie de sopor se apoderó de ella y se encontró otra vez cantando la rara y memorable canción, con los ojos fijos en el cielo, más allá de las columnas de cristal.
Contuvo el aliento, inmóvil, esperando.
Se acercaba.
Ocurriría en cualquier momento.
Era como esos días en que se espera en silencio la llegada de una tormenta, y la presión de la atmósfera cambia imperceptiblemente, y el cielo se transforma en ráfagas, sombras y vapores. Los oídos zumban, empieza uno a temblar. El cielo se cubre de manchas y cambia de color, las nubes se oscurecen, las montañas parecen de hierro. Las flores enjauladas emiten débiles suspiros de advertencia. Uno siente un leve estremecimiento en los cabellos. En algún lugar de la casa el reloj parlante dice: "Atención, atención, atención, atención...", con una voz muy débil, como gotas que caen sobre terciopelo.
Y luego, la tormenta. Resplandores eléctricos, cascadas de agua oscura y truenos negros, cerrándose, para siempre.
Así era ahora. Amenazaba, pero el cielo estaba claro. Se esperaban rayos, pero no había una nube.
Ylla caminó por la casa silenciosa y sofocante. El rayo caería en cualquier instante; habría un trueno, un poco de humo, y luego silencio, pasos en el sendero, un golpe en los cristales, y ella correría a la puerta...
-Loca Ylla -dijo, burlándose de sí misma-. ¿Por qué te permites estos desvaríos?
Y entonces ocurrió.
Calor, como si un incendio atravesara el aire. Un zumbido penetrante, un resplandor metálico en el cielo.
Ylla dio un grito. Corrió entre las columnas y abriendo las puertas de par en par, miró hacia las montañas. Todo había pasado. Iba ya a correr colina abajo cuando se contuvo. Debía quedarse allí, sin moverse. No podía salir. Su marido se enojaría muchísimo si se iba mientras aguardaban al doctor.
Esperó en el umbral, anhelante, con la mano extendida. Trató inútilmente de alcanzar con la vista el valle Verde.
Qué tonta soy, pensó mientras se volvía hacia la puerta. No ha sido más que un pájaro, una hoja, el viento o un pez en el canal. Siéntate. Descansa.
Se sentó.
Se oyó un disparo.
Claro, intenso, el ruido de la terrible arma de insectos.
Ylla se estremeció. Un disparo. Venía de muy lejos. El zumbido de las abejas distantes. Un disparo. Luego un segundo disparo, preciso y frío, y lejano.
Se estremeció nuevamente y sin haber por qué se incorporó gritando, gritando, como si no fuera a callarse nunca. Corrió apresuradamente por la casa y abrió otra vez la puerta.
Ylla esperó en el jardín, muy pálida, cinco minutos.
Los ecos morían a los lejos.
Se apagaron.
Luego, lentamente, cabizbaja, con los labios temblorosos, vagó por las habitaciones adornadas de columnas, acariciando los objetos, y se sentó a esperar en el ya oscuro cuarto del vino. Con un borde de su chal se puso a frotar un vaso de ámbar.
Y entonces, a lo lejos, se oyó un ruido de pasos en la grava. Se incorporó y aguardó, inmóvil, en el centro de la habitación silenciosa. El vaso se le cayó de los dedos y se hizo trizas contra el piso.
Los pasos titubearon ante la puerta.
¿Hablaría? ¿Gritaría: "¡Entre, entre!"?, se preguntó.
Se adelantó. Alguien subía por la rampa. Una mano hizo girar el picaporte.
Sonrió a la puerta. La puerta se abrió. Ylla dejó de sonreír. Era su marido. La máscara de plata tenía un brillo opaco.
El señor K entró y miró a su mujer sólo un instante. Sacó luego del arma dos fuelles vacíos y los puso en un rincón. Mientras, en cuclillas, Ylla trataba inútilmente de recoger los trozos del vaso.
-¿Qué estuviste haciendo? -preguntó.
-Nada -respondió él, de espaldas, quitándose la máscara.
-Pero... el arma. Oí dos disparos.
-Estaba cazando, eso es todo. De vez en cuando me gusta cazar. ¿Vino el doctor Nlle?
-No.
-Déjame pensar -el señor K castañeteó fastidiado los dedos-. Claro, ahora recuerdo. No iba a venir hoy, sino mañana. Qué tonto soy.
Se sentaron a la mesa. Ylla miraba la comida, con las manos inmóviles.
-¿Qué te pasa? -le preguntó su marido sin mirarla, mientras sumergía en la lava unos trozos de carne.
-No sé. No tengo apetito.
-¿Por qué?
-No sé. No sé por qué.
El viento se levantó en las alturas. El sol se puso, y la habitación pareció de pronto más fría y pequeña.
-Quisiera recordar -dijo Ylla rompiendo el silencio y mirando a lo lejos, más allá de la figura de su marido, frío, erguido, de mirada amarilla.
-¿Qué quisieras recordar? -preguntó el señor K bebiendo un poco de vino.
-Aquella canción -respondió Ylla-, aquella dulce y hermosa canción. Cerró los ojos y tarareó algo, pero no la canción. -La he olvidado y no sé por qué. No quisiera olvidarla. Quisiera recordarla siempre.
Movió las manos, como si el ritmo pudiera ayudarle a recordar la canción. Luego se recostó en su silla.
-No puedo acordarme -dijo, y se echó a llorar.
-¿Por qué lloras? -le preguntó su marido.
-No sé, no sé, no puedo contenerme. Estoy triste y no sé por qué. Lloro y no sé por qué.
Lloraba con el rostro entre las manos; los hombros sacudidos por los sollozos.
-Mañana te sentirás mejor -le dijo su marido.
Ylla no lo miró. Miró únicamente el desierto vacío y las brillantísimas estrellas que aparecían ahora en el cielo negro, y a lo lejos se oyó el ruido creciente del viento y de las aguas frías que se agitaban en los largos canales. Cerró los ojos, estremeciéndose.
-Sí -dijo-, mañana me sentiré mejor.

Cañoncito







De balística

Esas que allí se ven, vagas cicatrices entre los campos de labor, son las ruinas del campamento de Nobílior. Más allá se alzan los emplazamientos militares de Castillejo, de  Renieblas y de Peña Redonda. De la remota ciudad sólo ha quedado una colina cargada de silencio...
-¡Por favor! No olvide usted que yo he venido desde Minnesota. Déjese ya de frases y dígame qué, cómo y a cuál distancia disparaban las balistas.
-Pide usted un imposible.
-Pero usted es reconocido como una autoridad universal en antiguas máquinas de guerra. Mi profesor Burns, de Minnesota, no vaciló en darme su nombre y su dirección como un norte seguro.
-Dé usted al profesor, a quien estimo mucho por carta, las gracias de mi parte y un sincero pésame por su optimismo. A propósito, ¿qué ha pasado con sus experimentos en materia de balística romana?
-Un completo fracaso. Ante un público numeroso, el profesor Burns prometió volarse la barda del estadio de Minnesota, y le falló el jonrón. Es la quinta vez que le hacen quedar mal sus catapultas, y se halla bastante decaído. Espera que yo le lleve algunos datos que lo pongan en el buen camino, pero usted...
-Dígale que no se desanime. El malogrado Ottokar von Soden consumió los mejores años de su vida frente al rompecabezas de una ctesibia machina que funcionaba a base de aire comprimido. Y Gatteloni, que sabía más que el profesor Burns, y probablemente que yo, fracaso en 1915 con una máquina estupenda, basada en las descripciones de Ammiano Marcelino. Unos cuatro siglos antes, otro mecánico florentino, llamado Leonardo da Vinci, perdió el tiempo, construyendo unas ballestas enormes, según las extraviadas indicaciones del célebre amateur Marco Vitruvio Polión.
-Me extraña y ofende, en cuanto devoto de la mecánica, el lenguaje que usted emplea para referirse a Vitruvio, uno de los genios primordiales de nuestra ciencia.
-Ignoro la opinión que usted y su profesor Burns tengan de este hombre nocivo. Para mí, Vitruvio es un simple aficionado. Lea usted por favor sus libri decem con algún detenimiento: a cada paso se dará cuenta de que Vitruvio está hablando de cosas que no entiende. Lo que hace es trasmitirnos valiosísimos textos griegos que van de Eneas el Táctico a Herón de Alejandría, sin orden ni concierto.
-Es la primera vez que oigo tal desacato. ¿En quién puede uno entonces depositar sus esperanzas? ¿Acaso en Sexto Julio Frontino?
-Lea usted su Stratagematon con la mayor cautela. A primera vista se tiene la impresión de haber dado en el clavo. Pero el desencanto no tarda en abrirse paso a través de sus intransitables descripciones y errores. Frontino sabía mucho de acueductos, atarjeas y cloacas, pero en materia de balística es incapaz de calcular una parábola sencilla.
-No olvide usted, por favor, que a mi regreso debo preparar una tesis doctoral de doscientas cuartillas sobre balística romana, y redactar algunas conferencias. Yo no quiero sufrir una vergüenza como la de mi maestro en el estadio de Minnesota. Cíteme usted, por favor, algunas autoridades antiguas sobre el tema. El profesor Burns ha llenado mi mente de confusión con sus relatos, llenos de repeticiones y de salidas por la tangente.
-Permítame felicitar desde aquí al profesor Burns por su gran fidelidad. Veo que no ha hecho otra cosa sino transmitir a usted la visión caótica que de la balística antigua nos dan hombres como Marcelino, Arriano, Diodoro, Josefo, Polibio, Vegecio y Procopio. Le voy a hablar claro. No poseemos ni un dibujo contemporáneo, ni un solo dato concreto. Las pseudobalistas de Justo Lipsio y de Andrea Palladio son puras invenciones sobre papel, carentes en absoluto de realidad.
-Entonces ¿qué hacer? Piense usted, se lo ruego, en las doscientas cuartillas de mi tesis. En las dos mil palabras de cada conferencia en Minnesota.
-Le voy a contar una anécdota que lo pondrá en vías de comprensión.
-Empiece usted.
-Se refiere a la toma de Segida. Usted recuerda naturalmente que esta ciudad fue ocupada por el cónsul Nobílior en 153.
-¿Antes de Cristo?
-Me parece innecesario, más bien dicho, me parecía innecesario hacer a usted semejantes precisiones...
-Usted perdone.
-Bueno. Nobílior tomó Segida en 153. Lo que usted ignora con toda seguridad es que la pérdida de la ciudad, punto clave en la marcha sobre Numancia, se debió a una balista.
-¡Qué respiro! Una balista eficaz.
-Permítame. Sólo en sentido figurado.
-Concluya usted su anécdota. Estoy seguro de que volveré a Minnesota sin poder decir nada positivo.
-El cónsul Nobílior, que era un hombre espectacular, quiso abrir el ataque con un gran disparo de catapulta...
-Dispénseme, pero estamos hablando de balistas...
-Y usted, y su famoso profesor de Minnesota, ¿pueden decirme acaso cuál es la diferencia que hay entre una balista y una catapulta? ¿Y entre una fundibula, unadoríbola y una palintona? En materia de máquinas antiguas, ya lo ha dicho don José Almirante, ni la ortografía es fija ni la explicación satisfactoria. Aquí tiene usted estos títulos para un mismo aparato: petróbolalitóbolapedrera o petraria. Y también puede llamar usted onagro, monanconapolíbolaacrobalista,
quirobalistatoxobalista neurobalista a cualquier máquina que funcione por tensión, torsión o
contrapesación. Y como todos estos aparatos eran desde el siglo IV a. C. generalmente locomóviles, les corresponde con justicia el título general de carrobalistas.
-...
-Lo cierto es que el secreto que animaba a estos iguanodontes de la guerra se ha perdido. Nadie sabe cómo se templaba la madera, cómo se adobaban las cuerdas de esparto, de crin o de tripa, cómo funcionaba el sistema de contrapesos.
-Siga usted con su anécdota, antes de que yo decida cambiar el asunto de mi tesis doctoral, y expulse a mis imaginarios oyentes de la sala de conferencias.
-Nobílior, que era un hombre espectacular, quiso abrir el ataque con un gran disparo de balista...
-Veo que tiene usted sus anécdotas perfectamente memorizadas. La repetición ha sido literal.
-A usted, en cambio, le falla la memoria. Acabo de hacer una variante significativa.
-¿De veras?
-He dicho balista en vez de catapulta, para evitar una nueva interrupción por parte de usted. Veo que el tiro me ha salido por la culata.
-Lo que yo quiero que salga, por donde sea, es el disparo de Nobílior.
-No saldrá.
-Qué, ¿no acabará usted de contarme su anécdota?
-Sí, pero no hay disparo. Los habitantes de Segida se rindieron en el preciso instante en que la balista, plegadas todas sus palancas, retorcidas las cuerdas elásticas y colmadas las plataformas de contrapeso, se aprestaba a lanzarles un bloque de granito. Hicieron señales desde las murallas, enviaron mensajeros y pactaron. Se les perdonó la vida, pero a condición de que evacuaran la ciudad para que Nobílior se diera el imperial capricho de incendiarla.
-¿Y la balista?
-Se estropeó por completo. Todos se olvidaron de ella, incluso los artilleros, ante el regocijo de tan módica victoria. Mientras los habitantes de Segida firmaban su derrota, las cuerdas se rompieron, estallaron los arcos de madera, y el brazo poderoso que debía lanzar la descomunal pedrada, quedó en tierra exánime, desgajado, soltando el canto de su puño...
-¿Cómo así?
-¿Pero no sabe usted acaso que una catapulta que no dispara inmediatamente se echa a perder? Si no le enseñó esto el profesor Burns, permítame que dude mucho de su competencia. Pero volvamos a Segida. Nobílior recibió además mil ochocientas libras de plata como rescate de la gente principal, que inmediatamente hizo moneda para conjurar el inminente motín de los soldados sin paga. Se conservan algunas de esas monedas. Mañana podrá usted verlas en el Museo de Numancia.
-¿No podría usted conseguirme una de ellas como recuerdo?
-No me haga reír. El único particular que posee monedas de la época es el profesor Adolfo Schulten, que se pasó la vida escarbando en los escombros de Numancia, levantando planos, adivinando bajo los surcos del sembrado la huella de los emplazamientos militares. Lo que sí puedo conseguirle es una tarjeta postal con el anverso y reverso de la susodicha moneda.
-Sigamos adelante.
-Nobílior supo sacarle mucho partido a la toma de Segida, y las monedas que acuñó llevan por un lado su perfil, y por el otro la silueta de una balista y esta palabra: Segisa.
-¿Y por qué Segisa y no Segida?
-Averígüelo usted. Una errata del que hizo los cuños. Esas monedas sonaron muchísimo en
Roma. Y todavía más, la fama de la balista. Los talleres del imperio no se daban abasto para satisfacer las demandas de los jefes militares, que pedían catapultas por docenas, y cada vez más grandes. Y mientras más complicadas, mejor.
-Pero dígame algo positivo. Según usted, ¿a qué se debe la diferencia de los nombres si se alude siempre al mismo aparato?
-Tal vez se trata de diferencias de tamaño, tal vez se debe al tipo de proyectiles que los artilleros tenían a la mano. Vea usted, las litóbolas o petrarias, como su nombre lo indica, bueno, pues arrojaban piedras. Piedras de todos tamaños. Los comentaristas van desde las veinte o treinta libras hasta los ocho o doce quintales. Las políbolas, parece que también arrojaban piedras, pero en forma de metralla, esto es, nubes de guijarros. Las doríbolas enviaban, etimológicamente, dardos enormes, pero también haces de flechas. Y las neurobalistas, pues vaya usted a saberlo... barriles con mixtos incendiarios, haces de leña ardiendo, cadáveres y grandes sacos de inmundicias para hacer más grueso el aire inficionado que respiraban los infelices sitiados. En fin, yo sé de una balista que arrojaba grajos.
-¿Grajos?
-Déjeme contarle otra anécdota.
-Veo que me he equivocado de arqueólogo y de guía.
-Por favor, es muy bonita. Casi poética. Seré breve. Se lo prometo.
-Cuente usted y vámonos. El sol cae ya sobre Numancia.
-Un cuerpo de artillería abandonó una noche la balista más grande de su legión, sobre una eminencia del terreno que resguardaba la aldehuela de Bures, en la ruta de Centóbriga. Como usted comprende, me remonto otra vez al siglo II a. C., pero sin salirme de la región. A la mañana siguiente, los habitantes de Bures, un centenar de pastores inocentes, se encontraron frente a aquella amenaza que había brotado del suelo. No sabían nada de catapultas, pero husmearon el peligro. Se encerraron a piedra y cal en sus cabañas, durante tres días. Como no podían seguir así indefinidamente, echaron suertes para saber quién iría en la mañana siguiente a inspeccionar el misterioso armatoste. Tocó la suerte a un jovenzuelo tímido y apocado, que se dio por condenado a muerte.
La población pasó la noche despidiéndolo y dándole fortaleza, pero el muchacho temblaba de miedo. Antes de salir el sol en la mañana invernal, la balista debió de tener un tenebroso aspecto de patíbulo.
-¿Volvió con vida el jovenzuelo?
-No. Cayó muerto al pie de la balista, bajo una descarga de grajos que habían pernoctado sobre la máquina de guerra y que se fueron volando asustados...
-¡Santo Dios! Una balista que rinde la ciudad de Segida sin arrojar un solo disparo. Otra que mata un pastorcillo con un puñado de volátiles. ¿Esto es lo que yo voy a contar en Minnesota?
-Diga usted que las catapultas se empleaban para la guerra de nervios. Añada que todo el
Imperio Romano no era más que eso, una enorme máquina de guerra complicada y estorbosa, llena de palancas antagónicas, que se quitaban fuerza unas a otras. Discúlpese usted diciendo que fue un arma de la decadencia.
-¿Tendré éxito con eso?
-Describa usted con amplitud el fatal apogeo de las balistas. Sea pintoresco. Cuente que el oficio de magíster llegó a ser en las ciudades romanas sumamente peligroso. Los chicos de la escuela infligían a sus maestros verdaderas lapidaciones, atacándolos con aparatos de bolsillo que eran una derivación infantil de las manubalistasguerreras.
-¿Tendré éxito con eso?
-Sea poético. Refiera el conmovedor episodio del sitio de Cartago en 146 a.C, con las doncellas que ceden sus cabelleras para suplir las crines en la elaboración de cuerdas balísticas.
-¿Tendré éxito con eso?
-Sea imponente. Hable con detalle acerca de la formación de un tren legionario. Deténgase a considerar sus dos mil carruajes y bestias de carga, las municiones, utensilios de fortificación y de asedio. Hable de los innumerables mozos y esclavos; critique el auge de comerciantes y  cantineros, haga hincapié en las prostitutas. La corrupción moral, el peculado y el venéreo ofrecerán a usted sus generosos temas. Describa también el gran horno portátil de piedra hasta las ruedas, debido al talento del ingeniero Cayo Licinio Lícito, que iba cociendo el pan por el camino, a razón de mil piezas por kilómetro.
-¡Qué portento!
-Tome usted en cuenta que el horno pesaba dieciocho toneladas, y que no hacía más de tres kilómetros diarios...
-¡Qué atrocidad!
-Sea pertinaz. Hable sin cesar de las grandes concentraciones de balistas. Sea generoso en las cifras, yo le proporciono las fuentes. Diga que en tiempos de Demetrio Poliorcetes llegaron a acumularse ochocientas máquinas contra una sola ciudad. El ejército romano, incapaz de evolucionar, sufría retardos desastrosos, copado entre el denso maderamen de sus agobiantes máquinas guerreras.
-¿Tendré éxito con eso?
-Concluya usted diciendo que la balista era un arma psicológica, una idea de fuerza, una metáfora aplastante.
-¿Tendré éxito con eso?
(En este momento, el arqueólogo vio en el suelo una piedra que le pareció muy apropiada para poner punto final a su enseñanza. Era un guijarro basáltico, grueso y redondeado, de unos veinte kilos de peso. Desenterrándolo con grandes muestras de entusiasmo, lo puso en brazos del alumno.)
-¡Tiene usted suerte! Quería llevarse una moneda de recuerdo, y he aquí lo que el destino le ofrece.
-¿Pero qué es esto?
-Un valioso proyectil de la época romana, disparado sin duda alguna por una de esas máquinas que tanto le preocupan.
(El estudiante recibió el regalo, un tanto confuso.)
-¿Pero... está usted seguro?
-Llévese esta piedra a Minnesota, y póngala sobre su mesa de conferenciante. Causará una fuerte impresión en el auditorio.
-¿Usted cree?
-Yo mismo le obsequiaré una documentación en regla, para que las autoridades le permitan sacarla de España.
-¿Pero está usted seguro de que esta piedra es un proyectil romano?
(La voz del arqueólogo tuvo un exasperado acento sombrío.)
-Tan seguro estoy de que lo es, que si usted, en vez de venir ahora, anticipa unos dos mil años su viaje a Numancia, esta piedra, disparada por uno de los artilleros de Escipión, le habría aplastado la cabeza.
(Ante aquella respuesta contundente, el estudiante de Minnesota se quedó pensativo, y estrechó afectuosamente la piedra contra su pecho. Soltando por un momento uno de sus brazos, se pasó la mano por la frente, como queriendo borrar, de una vez por todas, el fantasma de la balística romana.)
El sol se había puesto ya sobre el árido paisaje numantino. En el cauce seco del Merdancho brillaba una nostalgia de río. Los serafines del Ángelus volaban a lo lejos, sobre invisibles aldeas. Y maestro y discípulo se quedaron inmóviles, eternizados por un instantáneo recogimiento, como dos bloques erráticos bajo el crepúsculo grisáceo.



miércoles, 10 de diciembre de 2014

Cuento sanitario



In this photograph taken on April 16, 2014, a veterinary staff member of the Sumatran Orangutan Conservation Programme center conducts medical examinations on a 14-year-old male orangutan found with air gun metal pellets embedded in his body in Sibolangit district in northern Sumatra island. (Photo by Sutanta Aditya/AFP Photo)

El médico nocturno

Para LB, en el presente, y DC, en el pasado

Ahora que sé que mi amiga Claudia ha enviudado de muerte natural del marido, no he podido evitar acordarme de una noche en París hace seis meses: había salido después de la cena de siete personas para acompañar hasta su casa a una de las invitadas, que no tenía coche pero vivía cerca, quince minutos andando a la ida y quince a la vuelta. Me había parecido una joven algo alocada y bastante simpática, una italiana amiga de mi anfitriona Claudia, también italiana, en cuyo piso de París me alojaba durante unos días, como en otras ocasiones. Era mi última noche de aquel viaje. La joven, cuyo nombre ya no recuerdo, había sido invitada para complacerme y para diversificar un poco la mesa, o mejor dicho, para que las dos lenguas habladas estuvieran más repartidas.
Todavía durante el paseo tuve que chapurrear italiano, como había hecho durante media cena. Durante la otra media era francés lo que había chapurreado aún peor, y a decir verdad estaba ya harto de no poder expresarme correctamente con nadie. Tenía ganas de resarcirme, pero esa noche ya no habría posibilidad, pensaba, pues para cuando regresara a la casa mi amiga Claudia que habla un español convincente, ya se habría acostado con su maduro y gigantesco marido y hasta la mañana siguiente no habría ocasión de cruzar unas palabras bien armadas y pronunciadas. Sentía impulsos verbales, pero debía reprimirlos. Desconecté durante el paseo: dejé que fuera la amiga italiana de mi amiga italiana quien hablara con propiedad en su lengua, y yo, contra mi voluntad y deseo, me limitaba a asentir y a comentar de vez en cuando: 'Certo, certo', sin prestar atención, cansado como estaba por el vino y hastiado por el esfuerzo lingüístico. Mientras caminábamos echando vaho sólo me percataba de que decía cosas sobre nuestra común amiga, como era por lo demás natural, ya que fuera de la reunión de siete de la que procedíamos no teníamos nada de lo que ponernos al tanto. Al menos eso creía. 'Ma certo', seguía comentando yo sin ningún sentido, mientras ella, que se daría cuenta de mis omisiones, continuaba un poco para sí sola o quizá por cortesía. Hasta que de pronto, siempre hablando de Claudia, hubo una frase que comprendí muy bien como frase y en absoluto como significado, ya que la comprendí sin querer y aislada de todo contexto. 'Claudia sarà ancora con il dottore', fue lo que dijo su amiga a mi entendimiento. No hice mucho caso, porque estábamos llegando ya a su portal y yo tenía prisa por hablar mi lengua o al menos quedarme a solas pensando en ella. 
En aquel portal había una figura esperando, y ella añadió: 'Ah no, ecco il dottore', o algo por el estilo. Entendí que aquel doctor venía a visitar a su marido, quien por hallarse indispuesto no la había acompañado a la cena. El doctor era un hombre de mi edad o casi joven y que resultó ser español. Quizá fue sólo por eso por lo que fuimos presentados, aunque muy brevemente (ellos dos hablaron entre sí en francés, el de mi compatriota inconfundible acento), y aunque de buen grado me habría quedado un rato charlando con él para satisfacer mis ansias de verbalidad correcta, la amiga de mi amiga no me invitó a subir, sino que apresuró la despedida, dando a entender o diciendo que el doctor Noguera llevaba ya allí minutos, esperándola. Este médico compatriota portaba maletín negro, como los de otra época, y tenía un rostro anticuado, como salido de los años treinta: un hombre bien parecido pero huesudo y pálido, con pelo rubio de piloto de caza, peinado hacia atrás. Como él, pensé un momento, debió haber muchos en París después de la guerra, médicos exiliados republicanos. Al regresar a la casa me sorprendió ver aún encendida la luz del estudio, por delante de cuya puerta yo debía pasar camino de la habitación de invitados. Me asomé, suponiendo un olvido y dispuesto a apagarla, y entonces vi que mi amiga estaba aún levantada, acurrucada en un sillón, en camisón y bata. Nunca la había visto en camisón y bata pese a llevar tantos años hospedándome en sus diferentes casas cada vez que iba a París unos días: eran ambas prendas de color salmón, un lujo. Aunque el marido gigantesco que tenía desde hacía seis años era muy adinerado, también era muy tacaño debido a su carácter, a su nacionalidad o a su edad, comparativamente avanzada respecto a la de Claudia, y mi amiga se había quejado muchas veces de no poder comprar nunca nada que no fuera para embellecer la casa, grande y cómoda y, según ella, la única manifestación visible de su riqueza. Por lo demás, vivían más modestamente de lo que podían permitirse, es decir, por debajo de sus posibilidades. 
Yo no había tenido casi trato con él, fuera de alguna que otra cena como la de aquella velada, que son perfectas para no tratar ni conocer a nadie que no se conozca ya de antemano. Ese marido, que respondía por el extravagante y ambiguo nombre de Hélie (algo femenino a mis oídos), lo veía yo como un apéndice, ese tipo de apéndice tolerable que muchas mujeres todavía atractivas, solteras o divorciadas, son proclives a injertarse cuando rozan los cuarenta años, o quizá los cuarenta y cinco: un hombre responsable y bastante mayor, con cuyos intereses no tienen nada que ver y con el que jamás se ríen, que sin embargo les sirve para seguir vigentes en la vida social y organizar cenas de siete como la de aquella noche. Hélie era llamativo por su tamaño: medía casi dos metros y estaba gordo, sobre todo en el pecho, una especie de peonza ciclópea rematada por dos piernas tan flacas que parecían sólo una; cuando me lo cruzaba por el pasillo, siempre se bamboleaba y llevaba las manos muy extendidas, cerca de las paredes, para tener un punto de apoyo si se resbalaba; en las cenas debía ocupar por fuerza una cabecera, porque de otro modo el lateral en que se hubiera instalado habría quedado copado por su desmedida figura y descompensado, él a solas frente a cuatro comensales pasando apreturas. No hablaba más que francés, y según Claudia era una lumbrera en su campo, que era el de la abogacía. Al cabo de seis años de matrimonio, no es que viera a mi amiga decepcionada, pues nunca había mostrado entusiasmo, sino incapaz de disimular, ni ante extraños, la irritación que nos causan siempre quienes nos están sobrando.
-¿Qué sucede? ¿Aún despierta? -le dije con el alivio de poder expresarme por fin en mi lengua.
-Sí. Es que me encuentro muy mal. Va a venir un médico.
-¿A estas horas?
-Un médico nocturno, uno de guardia. Muchas noches debo llamarlo.
-¿Pero qué tienes? No me habías dicho nada.
Claudia bajó la luz graduable que tenía encendida junto al sillón, como si antes de responder quisiera estar en penumbra, o que yo no distinguiera sus expresiones involuntarias, nuestros rostros, cuando hablan, se llenan de expresiones involuntarias. 
-Nada, cosas de mujeres. Pero me duele mucho cuando me da. El médico me pone una inyección que me calma el dolor.
-Ya. ¿Y Hélie no podría aprender a ponértela?
Claudia me miró con exagerada reserva y lo que ahora bajó fue la voz para contestar a esta pregunta, no la había bajado para contestar a las otras.
-No, no puede. Le tiembla demasiado el pulso, no me fío. Si me la pusiera él no me haría efecto, estoy segura, o a lo mejor se confundía y me inyectaba otra cosa, cualquier veneno. El médico que suelen mandar es un médico muy amable, y además, para eso están los de guardia, para venir a las casas a altas horas de la noche. Es español, por cierto. Llegará de un momento a otro.
-¿Un médico español?
-Sí, creo que de Barcelona. Bueno, no sé si tendrá la nacionalidad francesa, debe tenerla para ejercer. Lleva aquí muchos años.
Claudia se había cambiado de peinado desde que yo había salido de la casa para acompañar a su amiga. Quizá se había limitado a deshacerse el moño para acostarse, pero lo que ahora llevaba me parecía un peinado, no un despeinado de final del día.
-¿Quieres que te haga compañía mientras esperas o prefieres estar sola si te duele? -pregunté retóricamente, ya que, teniéndola levantada, no estaba dispuesto a irme finalmente a la cama sin cumplir mi deseo de cruzar unas palabras y descansar de las abominables lenguas y el vino de la velada. Y antes de que contestara añadí, para que no pudiera contestarme:- Muy agradable tu amiga. Me ha dicho que tenía al marido enfermo, noche ajetreada para los médicos de este barrio.
Claudia dudó unos segundos y me pareció que me miraba otra vez con reserva mientras no decía nada. Luego dijo, ya sin mirarme:
-Sí, tiene un marido, aún más insoportable que el mío. El suyo es joven, un poco mayor que ella, pero lo tiene desde hace diez años y es igual de tacaño. Ella no gana bastante con su trabajo, como me pasa a mí, y él le raciona hasta el agua caliente. Una vez utilizó la ya usada de la bañera para regar las plantas, que se murieron al poco tiempo. Cuando salen juntos no la invita ni a un café, cada uno debe pagar lo suyo, por lo que a veces ella no toma nada mientras él se da una merienda. Puesto que ella gana poco, es uno de esos hombres que piensan que quien gana menos en un matrimonio se aprovecha necesariamente del otro. Está obsesionado con eso. Le vigila las llamadas, en el aparato ha colocado un dispositivo que impide llamar fuera de la ciudad, así que para hablar con su familia en Italia debe irse a una cabina con monedas o la tarjeta.
-¿Por qué no se separa?
Claudia tardó en contestar:
-No lo sé, por lo mismo que yo no me separo, aunque mi situación no es tan grave. Supongo que es verdad que gana menos, supongo que es cierto que se aprovecha; supongo que tienen razón los hombres que andan obsesionados con el dinero que gastan o logran ahorrarse con sus mujeres que ganan menos; pero para eso es el matrimonio, todo tiene sus compensaciones y viene pagado. - Claudia bajó aún más la luz de la lámpara y quedamos casi a oscuras. Su camisón y su bata parecían rojos ahora, por efecto de la oscuridad en aumento. También bajó aún más la voz, hasta convertirla en un susurro colérico.- ¿Por qué crees que tengo estos dolores, que tengo que llamar a un médico para que me inyecte un sedante? Menos mal que sólo ocurre en noches de cenas o fiestas, cuando come y bebe y está animado. Cuando ha visto que otros me han visto. Piensa en los otros y en sus ojos, en lo que los otros ignoran pero dan por descontado o suponen, y entonces quiere hacerlo efectivo, no descontado ni supuesto ni ignorado. No imaginario. Entonces no le basta con imaginarlo. -Calló un momento y añadió:- Esa mole es un suplicio.
Aunque nuestra amistad venía de muchos años, nunca habíamos incurrido en esta clase de confidencias. No es que me molestara, al contrario, nada me gusta tanto como llegar a este tipo de revelaciones. Pero no estaba acostumbrado con ella, así que puede que me sonrojara un poco (pero ella no me vería) y sólo contesté torpemente, esto es, quizá disuadiéndola de seguir, lo contrario de lo que quería:
-Comprendo.
Sonó el timbre de la puerta, una llamada débil, lo imprescindible, como se llama a una casa en la que ya se está alerta o se espera al que llama.
-Es el médico nocturno -dijo Claudia.
-Te dejo. Buenas noches y que se te pase.
Salimos juntos del estudio, ella se dirigió hacia la entrada y yo en la dirección opuesta, hacia la cocina, donde pensaba leer el periódico un rato antes de acostarme, de noche era la habitación menos fría de la casa. Pero antes de doblar el recodo del pasillo que me llevaría hasta allí, me detuve un momento y me di la vuelta y miré hacia la puerta de entrada, que Claudia abría en aquel instante, tapando con su espalda de color salmón la figura del médico que llegaba. Oí que le decía en español: 'Buenas noches', y sólo logré ver, en la mano izquierda del doctor, que sobresalía del cuerpo vuelto de mi amiga italiana, un maletín idéntico al del otro médico que me había sido presentado en el portal de su amiga también italiana cuyo nombre no recuerdo. Habrá venido en coche, pensé del médico.
Cerraron la puerta y avanzaron por el pasillo sin verme, Claudia delante, y entonces me encaminé hacia la cocina. Allí tomé asiento y me serví ginebra (un disparate la mezcla), y desplegué el periódico español que había comprado por la tarde. Era del día anterior, pero para mí las noticias eran nuevas. 
Oí cómo mi amiga y el médico entraban en la habitación de los niños, que estaban pasando el fin de semana con otros niños, en otra casa. Ese cuarto, con un largo tramo de pasillo por medio, quedaba justo enfrente de la cocina, así que al cabo de unos minutos desplacé la silla en la que había tomado asiento hasta poder captar, con el rabillo del ojo, el marco de su puerta. Había quedado entornada, habían encendido una luz muy tenue, tan tenue, me dije, como la que había iluminado el estudio mientras ella y yo conversábamos y ella esperaba. No los veía, no oía nada tampoco. Volví a mi periódico y leí, pero al cabo de un rato desvié la mirada otra vez porque sentí que ahora había una presencia en el marco de su puerta, la de ellos entornada. Y entonces vi al médico, de perfil, con una inyección en su mano izquierda, alzada. Sólo vi la figura un instante, ya que estaba a contraluz, no pude verle la cara. Vi que era zurdo: era el momento en que los médicos y practicantes elevan su inyección en el aire y la aprietan un poco, para comprobar que sale líquido y que no hay peligro de obturación o, lo que es más grave, peligro de inyectar aire. Así lo hacía Cayetano, el practicante, en mi casa cuando yo era niño. Después de hacer este gesto dio un paso adelante y desapareció de mi campo visual de nuevo. Claudia debía de haberse echado en la cama de uno de los niños, de donde seguramente venía la luz, para mí tan tenue y para el médico suficiente. Supuse que la inyección sería en las nalgas.
Volví a mi periódico, y pasó demasiado tiempo antes de que se enmarcaran de nuevo en la puerta, ella o el médico republicano, ninguno. 
Tuve entonces una sensación vaga de entrometimiento, se me ocurrió que tal vez esperaran justamente a que yo me retirara a mi cuarto para salir y separarse. También pensé si, enfrascado como había estado en la lectura de una noticia deportiva polémica, habrían salido en silencio y yo no me habría dado cuenta. Procurando no hacer ruido para en todo caso no despertar al viejo Hélie, que dormiría desde hacía rato, me dispuse a retirarme. Antes de salir de la cocina con mi periódico bajo el brazo apagué la luz, y la luz apagada y mi quietud de un instante (el instante previo a dar un primer paso por el pasillo) coincidieron con la reaparición en su marco de las dos figuras, la de mi amiga Claudia y la del doctor nocturno. Se pararon en el umbral, y desde mi oscuridad vi cómo escrutaban en mi dirección, o eso creí. En aquel momento, en que lo que vieron fue la luz de la cocina apagada y yo aún no hice el menor movimiento, sin duda pensaron que, sin advertirlo ellos, yo ya me había marchado a mi cuarto. Si les dejé creer semejante cosa, si de hecho seguí sin hacer el menor movimiento después de verlos, fue porque el médico, a contraluz siempre, volvía a enarbolar una inyección en su mano izquierda, y Claudia, con su camisón y su bata, estaba cogida de su otro brazo como si le infundiera valor con su tacto, o con su respiración aplomo. Así cogidos de su inminencia dieron unos pasos fuera de la habitación de los niños y dejé de verlos, pero oí cómo se abría la puerta de la alcoba matrimonial, en la que Hélie estaría durmiendo, y oí cómo se cerraba. Pensé que quizá escucharía a continuación los pasos del médico prosiguiendo su marcha tras dejar a Claudia en su cuarto, para abandonar la casa una vez cumplida su misión sanitaria. Pero no fue así, lo penúltimo que oí aquella noche fue cómo se cerraba la puerta del matrimonio, en el que también se había introducido un médico nocturno con paso quedo y una inyección en la mano izquierda.
Con mucho cuidado (me descalcé), recorrí todo el pasillo hasta llegar a mi habitación. Me desvestí, me metí en la cama y acabé el periódico. Antes de apagar la luz esperé unos segundos, y fue en esos breves segundos de espera cuando por fin oí la puerta de la calle y la voz de Claudia, que despedía al médico con estas españolas palabras: 'Hasta dentro de quince días, entonces. Buenas noches y gracias.' La verdad es que me quedé con ganas de hablar un poco más en mi lengua aquella noche, en que perdí por dos veces la ocasión de hacerlo con un médico compatriota.
A la mañana siguiente yo regresaba a Madrid. Antes de salir pude preguntarle a Claudia cómo estaba y me dijo que bien, los dolores habían pasado. Hélie, en cambio, se encontraba indispuesto por los varios excesos de la noche anterior y se disculpaba por no poder despedirme. 
Hablé con él por teléfono con posterioridad (esto es, cogió él el teléfono alguna vez que llamé desde Madrid a Claudia en los siguientes meses), pero la última vez que lo vi fue cuando salí de su casa aquella noche, tras la cena de siete personas, para acompañar a la amiga italiana cuyo nombre no recuerdo ahora. Precisamente porque no lo recuerdo no sé si la próxima vez que vaya a París me atreveré a preguntarle a Claudia por ella, pues ahora que Hélie ha muerto, no quisiera correr el riesgo de enterarme acaso de que también ella ha quedado viuda desde mi marcha.



Pez volador

En casa teníamos siempre una pecera con peces de colores, dos o tres, no era gran cosa pero contribuía al ambiente; en mi familia sentíamos debilidad hacia los peces modestos, grises y maltratados del fondo de los escaparates, y así se lo hacíamos saber a todo el mundo y en casa estaban los peces. A veces de los peces procedía una tira sospechosa, como una cinta métrica amarilla interminable que les salía del vientre, y ésa era la señal convenida para cambiarles el agua. Algunas mañanas, antes de ir al colegio, mis hermanas o yo notábamos de repente que faltaba un pez, dónde está el pez, cuál pez, cuál va a ser, el pez gordo con las escamas verdosas, y al llegar por la noche nuestro padre del trabajo nos reunía a todos en el salón y nos explicaba muy solícito que esa mañana al levantarse había notado al pez triste y con mala cara, enfermo en una palabra, y que lo había arrojado al río Manzanares camino de la oficina, para que el pez reviviera.
No sabíamos si creerle. A mis hermanas y a mí nos resultaba extraña la historia pero por mi parte preferí por sistema no remover el asunto, lo dejaba correr, nunca quise hacer preguntas y sigo sin querer hacerlas. Había algo lúgubre en la idea de nuestro padre en el tren camino de la oficina, de madrugada, con el pez triste metido en el bolsillo del chaleco o Dios sabía dónde, imaginar que los otros pasajeros le veían levantarse, a nuestro padre, dirigirse hacia el pasillo del vagón con una determinación tremenda, forcejear con la ventanilla cerrada hasta que ésta dejaba entrever una rendija de frío y oscuridad y nieve, y sacar del bolsillo o la cartera al palpitante pescado gordo y triste para arrojarlo desde el puente a las aguas ventosas del Manzanares.
Dudábamos si creerle. Nos parecía increíble el destino acróbata del pez, y que luego era difícil congeniar la imagen de nuestro padre tan correcto y eficiente en su despacho realizando a escondidas aquella maniobra humillante, indigna de una persona. Sin saber por qué, nos dolía pensar en nuestro padre más tarde, ya en la oficina, en pleno caos de trabajo, atareado como un orfebre encima del escritorio con su pipa y sus balances y con su olor a intemperie para sacar la casa adelante, un poco más, un esfuerzo, las mañanas de los días en que arrojaba a los peces. Sin ningún motivo concreto nos parecía más solo, sin pez, sin río, sin ocio, en mangas de camisa, y tendíamos a considerarle más vulnerable las veces que arrojaba los peces que cuando no los tocaba.
Ya no sé cuántos fueron, debieron de ser diez o doce, los peces que volaron, y a la noche siguiente nunca fallaba, aparecía en la pecera un nuevo ejemplar por sorpresa, mira qué aletas, pero qué hermosura de branquias, era casi transparente contra la luz jabonosa y flotaba como música en las paredes convexas, veremos cuánto nos dura.
Era así, un pez borraba a otro pez y una larga cadena de ensayos malogrados unía al primero y al último. Toda una melancólica colección de crías raras y enfermas fue a parar a la corriente rota del Manzanares, durante meses, nosotros solos estamos repoblando el océano, decía entonces mi padre, y luego se echaba a reír con esa risa suya que no era alegre ni triste.
Verle salir tan temprano con el pez defectuoso y verle regresar ya de noche con el pez nuevo en el portafolios, eran mitades de un mismo y único movimiento. A mis hermanas y a mí nos parecía que parte de la responsabilidad de ser padre estribaba en esa búsqueda de peces y en ese examen de peces, son débiles, no resisten, basta un cambio de temperatura para que el pez más prudente se constipe y pase las horas aletargado dando boqueadas de auxilio, es deprimente mirarlo, no hay cosa que parta más el corazón que vivir en el mismo piso con un pez hecho puré.
Cuánto debió de odiar nuestro padre aquellos amaneceres de invierno, crujientes de tanto frío, la casa a oscuras, la cocina aterida, cuando no le quedaba más remedio que ser padre y hundir la mano en el agua y palpar con insistencia hasta encontrar la silueta escurridiza y viscosa, los dedos de mi padre en la pecera, la sombra lenta y tibia de las algas artificiales rozándole los nudillos, y de qué modo debió de odiar la irracionalidad del instante en que debía continuar siendo padre sin descanso todos los días y todas las horas del día, del año, a golpes de escritorio, de alga, de agalla.
Grises. Las aguas del Manzanares son grises. Y en los meses de enero y febrero de sus orillas asciende, cuando amanece, una pálida humedad como un incienso de escarcha. Las aguas del río son turbias y las ventanas de los trenes son difíciles de abrir, está prohibido abrirlas, y nuestro padre tuvo que hacer todo eso e ir en contra de la ley sólo para ser consecuente con su familia y devolver la salud al pescado y el pescado al río, convertido en un pescador al revés.
Un día quise animarle. Me levanté aún más temprano que tú, te coloqué el maletín junto al abrigo, me escuchas, papá, me caía de sueño, de amor, para hacer tiempo entré en el lavabo.
Fui a tirar de la cadena y entonces di un sobresalto: en el fondo del inodoro yacía el último pez indispuesto, plano y arqueado y muerto, con una sonrisa siniestra. En un segundo se resolvió por sí mismo el misterio del Manzanares. Preferí no decir nada, la catarata arrastró el cuerpo malogrado hacia un laberinto terroso de cloacas y desagües al término del cual quizá desembocaría un fragante caladero, vi el cuerpo muerto del pez y me despedí de mis años, un niño al borde de un váter.
Ese día por la noche nuestro padre volvió a casa de buen humor, oliendo a intemperie, con una pareja increíble, nada menos que dos capturas del trópico, no seas tonto, ven a ver qué maravilla, pero yo ya no quise ver peces, tomé ojeriza a los peces, me desquiciaban los nervios, y cada vez que se acercaba una fiesta y alguien
me preguntaba qué clase de mascota prefería en esta ocasión de regalo, desde entonces contesté que gracias, que mejor un tiralíneas.