sábado, 1 de marzo de 2014

Cuento ferroviario

Peacock Spider Maratus Speciosus by Jurgen Otto


El compartimiento
Myers recorría Francia en vagón de primera clase para visitar a su hijo, que estudiaba en la universidad de Estrasburgo. Hacía ocho años que no le veía. No se habían llamado por teléfono durante todo ese tiempo y ni siquiera se habían enviado una postal desde que Myers y la madre del chico se separaron y el muchacho se fuera a vivir con ella. Myers siempre había pensado que la perniciosa intromisión del muchacho en sus asuntos personales había precipitado la ruptura final.
La última vez que Myers vio a su hijo, el chico se abalanzó sobre él durante una violenta disputa. La mujer de Myers estaba de pie junto al aparador, rompiendo platos de porcelana, uno tras otro, contra el suelo del comedor. Luego se había dedicado a las tazas.
-Basta ya -dijo Myers.
En ese momento, el muchacho se lanzó contra él. Myers le esquivó y le inmovilizó con una llave de cuello, mientras el chico lloraba, dándole puñetazos en la espalda y los riñones. Myers le tenía a raya y se aprovechó a fondo. Le golpeó contra la pared y amenazó con matarle. Lo dijo en serio.
-¡Yo te he dado la vida -recordaba haber gritado-, y puedo quitártela!
Pensando ahora en aquella escena horrible, Myers meneó la cabeza como si le hubiera sucedido a otro, Y así era. El ya no era el mismo, sencillamente. Ahora vivía solo y apenas se relacionaba con nadie fuera del trabajo. Por la noche escuchaba música clásica y leía libros sobre señuelos para cazar patos.
Encendió un cigarrillo y siguió mirando por la ventanilla, sin prestar atención al hombre que se sentaba en el asiento junto a la puerta y que dormía con el sombrero sobre los ojos. Acababa de amanecer y había niebla sobre los campos verdes que desfilaban ante sus ojos. De vez en cuando Myers veía una granja y sus dependencias, todo ello cercado por una tapia. Pensó que tal vez fuese una buena manera de vivir: en una casa vieja rodeada de muros.
Eran las seis un poco pasadas. Myers no había dormido desde que abordó el tren en Milán, a las once de la noche anterior. Cuando el tren salió de la ciudad italiana, consideró que era una suerte tener el compartimiento para él solo. Dejó la luz encendida y hojeó las guías. Leyó cosas que lamentaba no haber leído antes de visitar los lugares de que hablaban. Descubrió muchas cosas que debería haber visto y hecho. En cierto modo, sentía averiguar datos sobre Italia, ahora que dejaba aquel país después de su primera y, sin duda, última visita.
Guardó las guías en la maleta, colocó el equipaje en el estante superior y se quitó el abrigo para cubrirse con él. Apagó la luz y se quedó a oscuras con los ojos cerrados, deseando que le viniera el sueño.
Al cabo de un rato, que le pareció mucho tiempo, y cuando tenía la impresión de quedarse dormido, el tren empezó a aminorar la marcha. Se detuvo en una estación pequeña, cerca de Basilea. Allí, un hombre de mediana edad con sombrero y traje oscuro entró en el compartimiento. Dijo algo en una lengua que Myers no entendía, y luego colocó su bolsa de cuero en el estante. Se sentó al otro extremo del compartimiento e irguió los hombros. Luego se echó el sombrero sobre los ojos. Cuando el tren se puso de nuevo en movimiento, el hombre dormía con un ronquido suave. Myers le envidió. Al cabo de pocos minutos, un aduanero suizo abrió la puerta del compartimiento y encendió la luz. En inglés y en otra lengua -en alemán, supuso Myers-, el aduanero pidió ver sus pasaportes. El hombre que estaba en el compartimiento con Myers se echó hacia atrás el sombrero, parpadeó y metió la mano en el bolsillo del abrigo. El aduanero examinó el pasaporte, miró atentamente al viajero y le devolvió la documentación, Myers le tendió su pasaporte. El aduanero leyó los datos, miró la fotografía y observó a Myers antes de asentir con la cabeza y devolvérselo. Al salir apagó la luz. El hombre que viajaba con Myers se echó el sombrero sobre los ojos y estiró las piernas. Myers supuso que volvería a dormirse en seguida y de nuevo sintió envidia.                                                          
Después se quedó despierto y se puso a pensar en la entrevista con su hijo, para la que sólo faltaban unas horas. ¿Cómo reaccionaría cuando viese a su hijo en la estación? ¿Debería darle un abrazo? Se sintió incómodo ante esa perspectiva. ¿O simplemente debería tenderle la mano, sonreírle como si aquellos ocho años no hubiesen transcurrido y luego darle una palmadita en la espalda? A lo mejor su hijo le decía algunas palabras: Me alegro de verte; ¿has tenido buen viaje? Y Myers contestaría... cualquier cosa. No sabía exactamente lo que diría.
El contróleur francés apareció por el pasillo. Miró a Myers y al hombre que dormía enfrente de él. Era el mismo que ya les había picado los billetes, así que Myers volvió la cabeza y se puso a mirar otra vez por la ventanilla. Aparecieron más casas. Pero ahora ya no tenían tapia, eran más pequeñas y estaban más próximas. Pronto, estaba seguro de ello, vería un pueblo francés. La bruma se levantaba. El tren pitó y atravesó a toda velocidad un paso a nivel con la barrera bajada. Vio a una mujer joven, con un jersey y el pelo recogido sobre la cabeza, que esperaba en bicicleta y miraba pasar los vagones.
¿Cómo está tu madre?, le preguntaría al muchacho cuando estuvieran a cierta distancia de la estación. ¿Qué noticias tienes de tu madre? Durante un momento de intensa emoción, se le ocurrió a Myers que quizá hubiese muerto. Pero luego comprendió que no podía ser, que habría oído algo, que de una u otra forma se habría enterado. Sabía que si se dejaba llevar por esos pensamientos, se le partiría el corazón. Se abrochó el botón del cuello de la camisa y se ajustó la corbata. Dejó el abrigo en el asiento de al lado. Se anudó los cordones de los zapatos, se levantó y pasó por encima de las piernas del hombre que dormía. Salió del compartimiento.
Mientras se dirigía al otro extremo del vagón, Myers tenía que ir sujetándose contra las ventanillas. Cerró la puerta del pequeño aseo. Luego abrió el grifo y se echó agua en la cara. El tren pasó por una curva sin reducir la marcha y Myers tuvo que sujetarse en el lavabo para no perder el equilibrio.
Dos meses antes había recibido la carta de su hijo. Era breve. Decía que vivía en Francia y que, desde el año anterior, estudiaba en la universidad de Estrasburgo. No daba explicaciones de por qué había ido a Francia ni de qué había hecho durante los ocho años anteriores. Como era debido, pensó Myers, el muchacho no mencionaba a su madre en la carta: ni un solo indicio sobre su situación o su paradero. Pero, inexplicablemente, la carta terminaba con «un abrazo», palabras que Myers rumió durante mucho tiempo. Finalmente, contestó. Después de pensarlo bien, le escribió que desde hacía algún tiempo pensaba hacer un pequeño viaje por Europa. ¿Iría a buscarle a la estación de Estrasburgo? Firmó la carta con: «Un beso, papá.» Su hijo le contestó y Myers hizo sus preparativos. Le sorprendió que, aparte de su secretaria y de algunos colegas, no hubiese nadie a quien fuese preciso advertir de su marcha. Había acumulado seis semanas de vacaciones en la empresa de ingeniería donde trabajaba, y decidió tomárselas de una vez para aquel viaje. Se alegraba de haberlo hecho, aun cuando ahora no tuviese intención de pasar todo el tiempo en Europa.
Primero había ido a Roma. Pero después de las primeras horas que anduvo paseando solo por las calles, lamentó no haber ido en grupo. Se sentía solo. Fue a Venecia, ciudad que su mujer y él siempre habían pensado visitar. Pero Venecia fue una decepción. Vio a un manco comer calamares fritos, y por todas partes había edificios mugrientos y atacados por la humedad. Tomó el tren para Milán, donde se hospedó en un hotel de cuatro estrellas y pasó la velada viendo un partido de fútbol en un televisor Sony en color hasta que se acabó la emisión. Se levantó a la mañana siguiente y callejeó por la ciudad hasta la hora de ir a la estación. Había previsto que la escala en Estrasburgo fuese el punto culminante del viaje. Al cabo de dos o tres días -ya vería cómo se presentaban las cosas- iría a París y tomaría el avión hacia casa. Estaba cansado de tratar de hacerse entender por los extranjeros y se sentiría contento de volver.
Alguien intentó abrir la puerta del lavabo. Myers terminó de remeterse la camisa. Se abrochó el cinturón. Luego abrió y, balanceándose con el movimiento del tren, volvió a su compartimiento. Al abrir la puerta, se dio cuenta en seguida de que le habían tocado el abrigo. Estaba en un asiento distinto. Tuvo la impresión de encontrarse en una situación ridícula, pero posiblemente seria. Al cogerlo, el corazón empezó a latirle deprisa. Metió la mano en el bolsillo interior y sacó el pasaporte. Se guardó la billetera en el bolsillo trasero del pantalón. De modo que seguía teniendo la cartera y el pasaporte. Pasó revista a los demás bolsillos del abrigo. Lo que le faltaba era el regalo que llevaba para el chico: un caro reloj de pulsera japonés que había comprado en una tienda de Roma. Lo tenía en el bolsillo interior del abrigo para mayor seguridad. Y ahora había desaparecido.
-Perdone -dijo al hombre repantigado en el asiento, con las piernas estiradas y el sombrero sobre los ojos-. Disculpe.
El hombre se echó el sombrero hacia atrás y abrió los ojos. Se enderezó y miró a Myers. Tenía los ojos dilatados. Quizá hubiese estado soñando. O quizá no.
-¿Ha visto entrar a alguien?
Pero estaba claro que el hombre no entendía lo que Myers quería decir. Siguió mirándole fijamente con lo que a Myers le pareció un aire de incomprensión total. Pero a lo mejor era otra cosa, pensó. Tal vez aquella expresión disimulaba la falsedad y el engaño. Myers agitó el abrigo para llamar la atención del hombre. Luego metió la mano en el bolsillo y hurgó. Se subió la manga de la camisa y le enseñó su reloj. El hombre miró a Myers y luego al reloj. Parecía confuso. Myers dio unos golpecitos en la esfera del reloj. Volvió a meter la otra mano en el bolsillo del abrigo e hizo el gesto de buscar algo. Myers señaló al reloj una vez más y movió los dedos, queriendo dar a entender que el reloj se había marchado volando por la puerta.
El hombre se encogió de hombros y meneó la cabeza.
-¡Maldita sea! -exclamó Myers, frustrado.
Se puso el abrigo y salió al pasillo. No podía quedarse un momento más en el compartimiento. Tenía miedo de golpear a aquel hombre. Miró a un lado y a otro del pasillo, como si esperase ver y reconocer al ladrón. Pero no había nadie. Quizá el hombre del compartimiento no había robado el reloj. A lo mejor había sido otra persona, la que intentó abrir la puerta del lavabo, que se había fijado en el abrigo y en el hombre dormido al pasar por el pasillo, y simplemente había abierto la puerta y rebuscado en los bolsillos, marchándose de nuevo y cerrando al salir.
Myers anduvo despacio hacia el fondo del vagón, atisbando por las demás puertas. Había poca gente en primera clase, una o dos personas en cada compartimiento. La mayoría estaban dormidas, o lo parecían. Tenían los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el respaldo del asiento. En un compartimiento, un hombre de alrededor de su misma edad estaba sentado a la ventanilla mirando el paisaje. Cuando Myers se detuvo a mirarle tras el cristal de la puerta, el hombre se volvió con una expresión de furia.
Myers pasó al vagón de segunda. Allí, los compartimientos iban atestados, cinco o seis viajeros en cada uno, y la gente, se veía en seguida, estaba más abatida. Muchos se mantenían despiertos -iban demasiado incómodos para dormir-, y le miraban al pasar. Extranjeros, pensó. Era evidente que si el hombre de su compartimiento no había robado el reloj, el ladrón tenía que ser del vagón. Pero, ¿qué podía hacer? No había remedio. El reloj había desaparecido. Ahora estaba en el bolsillo de otro. Era imposible explicar al contróleur lo que había pasado. Y aunque pudiese, ¿qué más daría? Volvió a su compartimiento. Miró dentro y vio que el hombre se había vuelto a estirar con el sombrero sobre los ojos.
Myers pasó por encima de las piernas del hombre y se sentó en su asiento, junto a la ventanilla. Estaba ciego de ira. Llegaban a las afueras de una ciudad. Granjas y prados daban paso a fábricas con nombres impronunciables escritos en las fachadas de los edificios. El tren aminoró la marcha. Myers vio coches en las calles y en los pasos a nivel, detenidos en fila hasta que el tren pasara. Se levantó y bajó la maleta. La sostuvo sobre las piernas mientras miraba aquel sitio detestable.
Se le ocurrió que, después de todo, no tenía ganas de ver al chico. Se quedó pasmado ante la idea y por un momento se sintió rebajado ante su mezquindad. Meneó la cabeza. De todas las tonterías que había cometido en la vida, aquel viaje quizá fuese la peor. Pero el caso era que verdaderamente no tenía ganas de ver al muchacho, cuya conducta le había enajenado su cariño hacía ya mucho tiempo. De pronto, recordó con gran claridad el rostro de su hijo cuando se abalanzó sobre él aquella vez, y se sintió invadido por una oleada de rencor. Aquel chico había devorado la juventud de Myers, había convertido a la muchacha que cortejó y con la que se casó en una mujer neurótica y alcohólica a quien el muchacho consolaba y maltrataba de manera alternativa. ¿Por qué diantre, se preguntó Myers, había venido de tan lejos para ver a alguien que detestaba? No quería estrechar la mano de su hijo, la mano de su enemigo, ni darle una palmada en la espalda mientras charlaban de cosas sin importancia.
El tren entró en la estación y Myers se inclinó sobre el borde del asiento. Los altavoces del tren emitieron un anuncio en francés. El hombre que iba en el compartimiento de Myers empezó a removerse. El altavoz volvió a anunciar otra cosa en francés y el hombre se ajustó el sombrero y se enderezó en el asiento. Myers no entendía ni palabra. Su inquietud aumentaba a medida que el tren se detenía. Decidió no salir del compartimiento. Se quedaría sentado donde estaba hasta que el tren volviera a ponerse en marcha. Y cuando saliese, él iría hacia adentro, hasta París, y todo habría terminado. Miró con cautela por la ventanilla, temiendo ver el rostro de su hijo pegado al cristal. No sabía lo que haría en ese caso. Tenía miedo de enseñarle el puño. Vio a algunas personas en el andén, con abrigos y bufandas, de pie junto a las maletas, esperando subir al tren. Otras aguardaban, sin equipaje, con las manos en los bolsillos, y era evidente que habían ido a recibir a alguien. Su hijo no se encontraba entre ellas, pero naturalmente eso no quería decir que no estuviese por allí, en alguna parte. Myers dejó la maleta en el suelo y se recostó un poco en el asiento.
El hombre que se sentaba frente a él bostezaba y miraba por la ventanilla. Entonces volvió la cara hacia Myers. Se quitó el sombrero y se pasó la mano por el pelo. Luego volvió a cubrirse, se levantó y bajó su bolsa del estante de equipajes... Abrió la puerta del comportamiento. Pero, antes de salir, se dio la vuelta y señaló hacia la estación.
-Estrasburgo -dijo.
Myers le dio la espalda.
El hombre esperó un momento más, salió luego al pasillo con la bolsa y, Myers estaba seguro, con el reloj. Pero eso era ahora la menor de sus preocupaciones. Miró de nuevo por la ventanilla. Vio a un hombre con delantal, de pie a la entrada de la estación, fumando un cigarrillo. Observaba a dos empleados del tren que informaban de algo a una mujer con una falda larga y un niño en brazos. La mujer escuchó, asintió con la cabeza y siguió escuchando. Se cambió el niño de brazo. Los hombres continuaron hablando. Ella escuchaba. Uno de ellos acarició al niño bajo la barbilla. La mujer bajó la cabeza y sonrió. Volvió a pasarse el niño al otro brazo y siguió escuchando. Myers vio a una pareja de jóvenes besándose en el andén, no lejos de su vagón. Luego, el joven soltó a la muchacha. Dijo algo, cogió la maleta y se dispuso a subir al tren. La chica le vio marchar. Se llevó una mano a la cara, pasándosela primero por un ojo y luego por el otro. Al cabo de un momento, Myers la vio avanzar por el andén con la vista fija en su vagón, como si siguiera a alguien. Apartó la vista de la muchacha y miró al enorme reloj de encima de la sala de espera. Inspeccionó el andén de un extremo al otro. No había ni rastro de su hijo. Tal vez se hubiese quedado dormido o, a lo mejor, también él había cambiado de opinión. En cualquier caso, Myers sintió alivio. Miró de nuevo al reloj, luego a la joven que se dirigía apresuradamente a la ventanilla donde él estaba. Myers se retiró como si la muchacha fuese a romper el cristal.
Se abrió la puerta del compartimiento. El joven que había visto fuera la cerró al entrar y dijo:
-Bonjour.
Sin esperar respuesta, arrojó la maleta al estante superior de equipajes y se acercó a la ventana.
-Pardonnez-moi.
Bajó el cristal.
-Marie -dijo.
La joven empezó a sonreír y a llorar al mismo tiempo. El muchacho le tomó las manos y se puso a besarle los dedos.
Myers apartó la vista y apretó los dientes. Oyó los últimos gritos de los empleados. Tocaron el pito. En seguida, el tren empezó a alejarse del andén. El joven había soltado las manos de la chica, pero siguió agitando el brazo mientras el tren cobraba velocidad.
Pero no recorrió mucha distancia, únicamente salió de la estación y entonces sintió Myers una parada brusca. El joven cerró la ventanilla y se acomodó en el asiento de al lado de la puerta. Sacó un periódico del abrigo y se puso a leer. Myers se levantó y abrió la puerta. Fue al final del pasillo, hasta el entronque de los vagones. No sabía por qué se habían parado. Tal vez se hubiera estropeado algo. Se dirigió a la ventana. Pero no vio más que una intrincada red de vías donde se formaban los trenes, quitando o cambiando vagones de un tren a otro. Se apartó de la ventana. En la puerta del coche siguiente leyó un letrero: POUSSEZ. Myers dio un puñetazo al cartel y la puerta se abrió con suavidad. De nuevo se encontraba en el vagón de segunda. Pasó por una fila de compartimientos llenos de gente que se estaba acomodando como para un largo viaje. Necesitaba preguntar a alguien adonde iba el tren. Cuando sacó el billete, entendió que el   tren   de   Estrasburgo  seguía   a   París.  Pero consideró  humillante meter la cabeza en un compartimiento y decir; «¿Paguí?», o algo parecido, como si preguntara si habían llegado a destino. Oyó un estrépito de hierro viejo, y el tren retrocedió un poco. Vio la estación otra vez y pensó de nuevo en su hijo. Quizá estuviese allí, sofocado por haber corrido hasta la estación, preguntándose qué le habría pasado a su padre. Myers meneó la cabeza.
El vagón chirrió y gimió a sus pies, luego se enganchó ajustándose pesadamente. Myers observó el laberinto de vías y comprendió que el tren estaba de nuevo en marcha. Volvió apresurado hacia el fondo del pasillo y entró de nuevo en su vagón. Se dirigió a su compartimiento. Pero el joven del periódico había desaparecido. Y también la maleta de Myers. No era su compartimiento. Se sobresaltó al comprender que debían haber desenganchado su vagón y añadido otro de segunda clase. Aquel estaba casi lleno de hombrecillos morenos que hablaban velozmente en una lengua que Myers no había oído jamás. Uno de ellos le hizo señas de que pasara. Myers entró y los hombres le hicieron sitio. Parecía haber un ambiente alegre. El hombre que le hizo señas se rió y dio unas palmadas en el asiento que había a su lado. Myers se sentó en sentido contrario a la marcha. Por la ventanilla el paisaje pasaba cada vez más deprisa. Por un instante, Myers tuvo la sensación de que el panorama se precipitaba lejos de él. Iba a alguna parte, eso lo sabía. Y si era en dirección contraria, tarde o temprano lo descubriría.
Se recostó en el asiento y cerró los ojos. Los hombres siguieron charlando y riendo. Las voces parecían venir de muy lejos; pronto se fundieron con los ruidos del tren. Y poco a poco Myers se sintió llevado, y luego traído, por el sueño.

Cuento polaco



Un rebelde
Se sentó delante de mí, aunque no le está permitido sentarse en mi presencia, y dijo, aunque no le está permitido hablar de sus propios asuntos:
-Desde que llegaste al mundo cuido de ti. No tendría nada en contra, puesto que éste es mi destino, si no fuera porque sólo me está permitido aconsejar y en cambio no puedo ordenarte ni prohibirte nada. Haces lo que quieres, y lo que quieres, por lo general, es todo lo contrario de lo que yo te aconsejo.
Dio un profundo suspiro, con lo que se levantó un fuerte viento, ya que su pecho era poderoso. Los papeles de mi mesa se arremolinaron y cayeron al suelo. Me arrodillé para recogerlos contento por esa interrupción, porque él tenía razón y yo no podía objetarle nada. De modo que preferí no mirarle a la cara.
-Por si fuera poco, no sólo tengo que ser tu consejero, sino también tu sirviente. Por ti mismo no sabes nada, porque eres pequeño, inútil e indefenso. Todo lo que consigues es gracias a mí. Con esto podría incluso conformarme. Pero tú, aunque no eres más que un puntito en el universo, me vienes siempre con exigencias, ya que tus deseos y tus ambiciones son mayores que el Universo. Nunca estás contento, por mucho que haga por ti, y tomo a Dios por testigo de que he hecho no pocas cosas. No eres más que un parásito de mi poder, un gusano, un reflejo de mi fuego, es decir, eres un resultado mío y no tu propia causa. Y sin embargo, te comportas como si fuera yo quien no puede existir sin ti y no al revés.
Se tapó los ojos con una mano y se hizo de noche. Me levanté porque me había quedado ciego y no podía seguir recogiendo los papeles desparramados por el suelo. Sólo al cabo de un rato recobré la vista, lo cual quería decir que durante ese rato él había permanecido meditando tapándose los ojos con la mano antes de que los destapara y se hiciera de nuevo la luz.
-Por qué un ser superior ha de servir a un ser inferior es para mí un misterio. Va en contra del principio de la jerarquía, que es el principio fundamental del Universo, y la relación entre nosotros es la única excepción a este principio. Si me atreviera a discutir los juicios del Ser Supremo, diría que sólo gracias a una perversión suya es posible semejante aberración. Te he servido con fidelidad pese a que te supero. He procurado satisfacer tus antojos, aunque por lo general no eran dignos ni siquiera de ti, de mí ya ni hablemos. He hecho realidad tus sueños y tus deseos, aunque sabía de antemano que aparte de la desgracia, sinrazón y fealdad nada más surgiría de ellos. He puesto a tu disposición unos medios que valían más que tus objetivos. Y todo porque soy tu siervo.
Se levantó y atravesó el techo con la cabeza. Ahora su voz me llegaba desde arriba, desde más arriba del tejado, desde más arriba de las nubes:
-Estoy harto de esta humillación, me marcho de aquí, pues no es éste mi sitio, y me voy adonde pertenezco. Llámalo la rebelión de los ángeles, pero cuídate de compararla con aquella primera rebelión. Entonces una fuerza alta se rebeló contra la más alta, y ahora no puede soportar servir a la más baja.
Dicho lo cual desapareció. Sin prisas fui a la cocina y me hice un huevo duro. Comí. Cogí un diario, leí la sección de anuncios breves, lo dejé. Bostecé una y otra vez. Por fin me acerqué a la ventana. No me equivoqué, estaba al otro lado de la calle mirando hacia mi ventana. Me tumbé en el sofá para dormir un poco antes de que volviera y todo comenzara de nuevo. No era la primera vez que me abandonaba para siempre mi ángel de la guarda, mi daimón.
Con todo, me da pena. No me gustaría estar en su piel.

© Slawomir Mrozek (Polonia), trad. B. Zaboklicka y F. Miravitlles.
© El Acantilado

Cuento de coleccionista





Osteria La Fontanina 4


Venganza
Todas las noches, antes de acostarse, ordena su colección de objetos preciosos: una araña pollito sumergida en formol, un talismán de hueso que tiene la virtud de curar los orzuelos, un mono de chocolate, recuerdo de su último cumpleaños, y la famosa medalla de su tío, que los chicos del barrio envidian: Alfonso XII al Ejército de Filipinas. Valor, Disciplina, Lealtad.
Su tío la llevaba de adorno, colgada del llavero, pero él insistió tanto que acabó por regalársela. Con su abuela las cosas son más complicadas. En vano le ha pedido aquella piedra que trajo de la Gruta de la Virgen del Valle, el año de su peregrinación a Catamarca. Durante un tiempo agotó sus recursos de nieto predilecto para conseguirla: se hizo cortar el pelo, aprendió las lecciones de solfeo. Su abuela persistió en la negativa. Ni siquiera pudo conmoverla cuando estuvo enfermo de sarampión y ella se quedaba junto a la cama, leyéndole.
Una tarde, mientras bebía jugo de naranja, interrumpió la lectura y volvió a pedirle la piedra de la Virgen. Su abuela le dijo que no fuera cargoso, que se trataba de una piedra bendita y que con reliquias no se juega. El chico, enfurecido, derramó el jugo de naranja sobre la cama. La abuela pensó que lo había hecho sin querer.
Unos días después de este incidente, el chico abandonó la cama y cruzó a la casa de enfrente, donde vive la abuela. Tiene el propósito de sentarse en la silla de hamaca, cerca de la pajarera principal, y terminar Robinson Crusoe. Se siente débil y el médico ha recomendado que lo hagan tomar un poco de sol, por las mañanas. La casa de la abuela está llena de pájaros y plantas.
En los patios hay jaulas de alambre tejido con cardenales y canarios; a lo largo de las paredes, casales de pájaros finos seleccionados para cría; en el jardín del fondo, pajareras de mimbre con reinamoras. Tupidos helechos desbordan los macetones de barro cocido, y toda la casa es fresca, manchada y luminosa, como con luz cambiante de tormenta. Dentro de las habitaciones, la abuela, dos veces viuda, se consagra al recuerdo de sus maridos y a sus santos de siempre. San Roque y su perro, amparado por un fanal de vidrio, goza de la mayor devoción. Lamparitas de aceite arden todo el tiempo sobre la mesa que sirve de altar; flores de papel y un escapulario bordado en oro, con un corazón en llamas, completan la sencilla decoración.
Allí también está la piedra de la Virgen, brillante de mica y de prestigio.
Sentado en la silla de hamaca, el chico mira a su abuela, que ayudada por la criada riega las plantas, corta brotes malsanos y cambia el agua de las pajareras.
Tiene entre las manos Robinson Crusoe, pero no lee. Piensa en la piedra que nunca será suya, en la negativa odiosa de la abuela. No ha vuelto a hablarle del asunto desde la tarde en que derramó el jugo de naranja sobre la cama. Imposible robársela. Es una piedra bendita. Y quién sabe si al intentar hacerlo no cae fulminado por un rayo como se cuenta de Uzza, en la Historia Sagrada, que tocó el Arca de Dios. El chico quiere leer y no puede. Observa la pajarera principal cuyo techo, de lata verde, imita el de una pagoda china. La abuela y la criada están distraídas regando las hortensias del jardín del fondo. Entonces se incorpora sin hacer ruido y abre una puerta de la pajarera. El primer canario vacila, desconfía, trina, y de pronto echa a volar. Los demás, siguiendo el ejemplo, huyen alborotados hacia los árboles del vecino.

lunes, 17 de febrero de 2014

Cuento médico


“Raining! No problem. I'v my Umbrella”. (Photo by Kutub Uddin)

Alumbramiento
Y era cierto que la luz entraba deshecha, cálida por los ventanales, o seamos sinceros, digamos ventanucos, y había algo más urgente que la belleza, una nueva belleza, en esa fuerza simple con que la luz colmaba la habitación del sanatorio, en cómo nos gratificaba, bienvenidos, anunciaba, toda esta claridad es porque sí, y había una violenta dulzura en aquella otra manera de sentirme hombre, yo gritaba, mi mujer me apretaba las muñecas, me iba orientando igual que a una bicicleta y yo corría, notaba que pedirle ayuda era posible, por qué no compartir también este dolor, pensaba, y aquellas enfermeras de pechos temblorosos, la cara blanca y seria del doctor Riquelme, las sábanas ásperas de tiempo, la almohada perfumada varias veces e impregnada de sudor, mi mujer hablándome al oído, todos me ayudaban a ser fuerte pidiéndoles auxilio porque un túnel corría dentro de mí, una prisa milagrosa me arrancaba la respiración para entregarme otra, dos respiraciones, así, mi amor, así, suelta despacio el aire, me llamaban los labios contraídos de mi mujer, así, así, gritaba aquella noche en la oscuridad mojada de ese hotel de no sé dónde que nos salvó de pronto, hemos recuperado la inocencia, me susurró ella después, unidos por los hombros como dos siameses, así, invádeme gritaba, y yo ya no sabía quién estaba dentro de quién es difícil amar para los hombres, es un riesgo ser el primero en conmoverse, en lanzarse al vacío sin saber cuál será la respuesta o hacia dónde irá la bicicleta, ser amado es distinto, nos contemplan, tan cómodo y helado, en tercera persona, ella me ama, y una tercera persona era precisamente lo que desde aquella noche iba a gestarse como una telaraña microscópica, así, vamos, invádeme, y yo pude decir al fin, por una vez en esta puta vida, que la quería sin contemplaciones y daba igual el resto, incluso la respuesta, y tan extraño darse, tómame, le dije, y ella me dio el espejo de su vientre y el ancla de su lengua y sus muslos izados pero no, había sido yo quien pronunciaba tómame, dejándome mezclar también por el remo de la noche, hemos recuperado la inocencia, me decía, con su hombro hundido en mi hombro, y era cierto que la luz entraba tímida,  deshecha por debajo de la puerta como un intruso leve y un poco anaranjado, tal vez amanecía, y entonces resultó que era la hora, me vistieron despacio, me observaban en silencio, las enfermeras se ceñían unos guantes de goma como para oficiar un sacrificio, es la hora, señor, nos anunció una de las enfermeras, y la palabra hora se le colgó juguetona de un pezón por el canal inesperado de su bata, y aquel pezón era una o, la aureola de la hora de la vida, hemos recuperado la inocencia, había dicho, y su gesto de placer consagrado era el gesto de una mujer posterior, como si ya supiera, y me abrazó despacio como nunca antes nadie, soy tan feliz, le dije, y sentí un poco de vergüenza, y luego me sentí feliz de esa vergüenza, de aquel escalofrío hasta la punta de los pies, y me besaba, me besaba los pies y era yo muy pequeño y aprendía a caminar, como cuando ella intentó enseñarme a bailar y no quise, te mueves como un pato, me decía riéndose, vamos, ven a bailar, moverse así es ridículo, le contesté, o no le contesté pero me lo dije a mí mismo y la dejé sola con el baile, así beben los hombres que no van en bicicleta, mírame, aferrado a la barra con mi cara de examen y el corazón desparramado, señor, ya es la hora, y en ese momento pensé que lo que más deseaba era enseñarle a mi hijo a caminar, no tengas miedo, le diría, esta es nuestra música y este es tu cuerpo, muévelo, tendrás que explicarle a tu madre que bailarás conmigo porque no va a creerte, vamos, mi vida, muévete, haz más fuerza, al principio todo había ido tan lento, la telaraña se gestaba minuciosa y parecía alimentarse de mí a cambio de la alegría de todas las promesas, todo tan lento entonces y ahora de pronto vamos, empuja fuerte, amor, empuja, me decía también aquella noche de oscuridad tangible en el hotel de no sé dónde que nos salvó de pronto, y yo encontré un canal que le ascendía por el vientre y nos colmaba de una luz blanca y espesa, ella gritaba mi nombre, gritábamos los dos, ¿qué nombre le pondrán?, quiso distraernos el doctor Riquelme al ver cómo sufríamos o cómo me asustaba, no lo hemos pensado, respondió mi mujer, ni siquiera estábamos seguros de si iba a ser un niño o una niña, añadió, aunque antes ella había sabido sin dudarlo qué nombre pronunciar al final del túnel que se abría ante nosotros esa noche, dijo el mío, como si me bautizase, como si hasta aquel momento yo me hubiese llamado de prestado, como si no me hubiera merecido un nombre hasta que esa mujer lo pronunció de otra manera, hemos recuperado la inocencia, dijo encendiendo el cigarrillo que encendía también la noche blanda y mi corazón a oscuras, pero no por el placer, que por supuesto redime, no ya por el placer sino por la verdad, ese canal, lo supe, había tocado fondo y se había doblado para regresar entero, rebosante de dos, pleno de luz, hasta mi propio vientre, hasta el pecho asombrado, alguien me había dado aire, no era el mío de siempre, era un aire compartido, una respiración dentro de otra, vamos, mi vida, empuja que ya viene, y respiraban alto también las enfermeras sosteniéndome los muslos, y se agitaba la nariz pigmentada del doctor Riquelme, una nariz, seamos sinceros, fea, adelante, señor, levante la cabeza y le será más fácil, dijo, y mi abdomen con surcos, germinado, y un rastrillo de sol arañándome la piel ahí muy al centro, igual que me arañaban sus uñas sin pintar, hasta el fondo, amor, me gritó aquella noche y me gritaba ahora en la habitación despintada, perfumada con ese disimulo un poco culpable de los hospitales, falta poco, señor, clavándome las uñas, y nuestras voces se unían, y uno entendía que la vida es más o menos un amor en equipo, que no existe por sí sola, qué es la vida si no hay dos voluntades enredadas y un dolor compartido, me desgarraba, la luz me desgarraba y también aquella noche las sábanas se abrían y era otro el perfume, menos disimulado, orgulloso, sin culpas, estos somos nosotros y estos son nuestros olores, ¿cómo será el olor de mi hijo?, ¿olerá sobre todo a la crema aturdida y pegajosa con que la primera vida nos entrega?, ¿resbalará contento o más bien desconcertado por el tobogán del tiempo?, ¿me aceptará?, ¿seré digno de su comienzo?, ¿y qué hacer con estas mezquindades y toda la crueldad que uno arrastra cuando un hijo nos nace, cuando un hijo nos hace, qué hacer para sentir que pese a todo nos merecemos otro principio?, pero eso también, la crueldad, las mezquindades, tendremos que ofrecérselas, son nuestras, serán suyas, hemos recuperado la inocencia, dijo ella ofreciéndome el cigarrillo a medio consumir para que yo también participara de ese humo secreto que iba tomando forma en nuestros vientres, al principio en el suyo, colmado por mi ingreso, y después ya en el mío, abriéndome canales, así es como serás, hijo, escucha, limpio como esta luz y sucio como estos ventanales, digamos ventanucos, y me darás salud y aprenderemos juntos a hablar en este idioma que no alcanza, menos que nunca alcanza ahora para decirte ven, bailemos, ponte en pie y camíname, vamos en bicicleta, aquí tienes el mundo, hijo, limpio y mezquino, fragante y pútrido, sincero y engañoso, dámelo a cambio nuevo, vamos, corre, vamos, rápido, chillaba mi mujer corno si hasta aquel momento hubiéramos vivido mudos, repitiendo mi nombre como un descubrimiento, vamos, rápido, amor, un poco más, respira, abre bien las piernas, no te asustes, un poco más, señor, insistía la enfermera, y el esfuerzo de dar empezaba a quebrarme, a pedirme tanto que admito que dudé, que creí no poder, que me vencían, y todos los caminos apuntaron a ese instante, los recuerdos deshechos, las palabras no dichas, las coincidencias, las armas empuñadas, los lugares, las mentiras, unas pocas franquezas, todos los ángulos del tiempo convergieron en el pequeño eje de mi barriga tensa, raramente redonda, y después descendieron a mi miembro enrojecido que vibraba apuntado hacia el techo de la habitación del sanatorio como había apuntado al ventilador antiguo de aquel hotel de no sé dónde en el que nos reencontramos, yo entrando en ella, ella entrando en mí, ya viene, amor, no pares, y era mi cuerpo entero y un globo de luz oprimida los que iban a estallar, un abismo dual que deseaba cruzar cuanto antes y a la vez quedarme contemplando durante la caída, contemplando el río blanco y espeso que corría por debajo, debajo de mi cuerpo ella corría buscando la salida, no me sostengo más, termíname, mi amor, acabemos con esto, me desplomo, no lo soporto más, grité pidiéndole auxilio y contrayendo así una nueva fortaleza, ¿tienes miedo?, me preguntó de pronto durante una pausa mientras recuperábamos el resuello, sí, tengo mucho miedo, tengo tanto miedo que incluso tengo miedo de perder el habla y todo lo que tengo, lo entiendes, sí, mi vida, el doctor Riquelme dijo empuje, sí, te entiendo, por eso estamos vivos, porque tememos, y el hombre temeroso que yo era pudo empujar de nuevo en contra del dolor que tiraba hacia adentro, que escondía la cabeza, y el doctor Riquelme apartó a mi mujer y me miró a los ojos y me dijo no podemos demorarlo demasiado, empuje más, no ceda, y con su mano enguantada tomó mi miembro hinchado y presionó el contorno, distribuyó los dedos y apretó hasta el fondo con una facilidad inesperada, como si nada hubiera en medio excepto aire, yo grité, grité el nombre del doctor y mi nombre y el nombre de mi esposa y otro nombre cualquiera, y entonces comprendí que aquel sería el nombre de mi hijo, que acababa de llamarlo, ven, ven, hijo, me llamaba mi padre intentando enseñarme a disparar las tardes de verano, toma esta escopeta, ven, voy a enseñarte bien para que nunca nadie te haga daño, ¿ves aquella lata?, ¿sí?, vamos,  dispárale, vamos, mi vida, empuja un poco más que ya aparece, y yo cerré los ojos, no quería ver cómo salía aquella bala camino del destino y perforaba la lata de cerveza que habíamos colocado entre las ramas, mi padre sonreía, soy muy feliz, gritaba yo con la voz de mi mujer que repetía soy feliz con mi voz raptada, un momento, le indicó el doctor a una de las enfermeras, un momento, dije mirando el rostro risueño de mi padre con su escopeta al hombro, un momento, y entonces vi que humeaba, que su escopeta grande humeaba junto con la mía y vi la lata de cerveza con su impecable agujero en el centro y no estuve seguro, yo apenas podía sostener el arma pero la bala había volado exactamente hasta la lata y mi padre sonreía travieso, me acariciaba la cabeza y la enfermera forzó un poco la abertura del glande, un agujero perfecto, cálido, en el centro de la lata, casi como un ombligo, mi miembro se erguía a ratos y se desmayaba debajo del ombligo y entendí que el dolor era otra costumbre, que en el dolor también late un esbozo de placer al abrirse en dos mitades para que brote un amor sin nombre, ahí, ahí llega, y era una bendición la herida de sus uñas sin pintar en mis muñecas, y la noche envolvía la boca desdibujada de mi mujer aullando vamos, y la cama se aguaba y nos hundíamos, te quiero tanto, tan mezquinamente, y en medio del desmayo sentí cómo uno de los pechos triangulares de la enfermera joven me rozaba una pierna dejándome un surco de luz blanca y nutritiva sobre el muslo, y mi entrepierna dio un respingo y se rehizo en otra flor más roja, en una flor de pétalos arrancados, y aquello fue lo último que vi porque enseguida me atropello el torrente, había sido tan hermoso, tan mezquino llevarlo dentro de mí como se esconde un secreto que poco a poco habrá que compartir, sale, sale, tenerlo haciendo tramas en las paredes interiores, rozar tal vez sus dedos a través de la membrana, escuchar sus quejas submarinas, su bucear impaciente, sus patadas al mundo, así es como te tratan, hijo, ya lo ves, dijo mi padre el día de mi primera pelea, a patadas siempre, y mi madre le decía calla, déjalo, y mi padre le contestaba tú qué sabes, que el niño sepa cómo es el mundo, así van a tratarte siempre, pero tal vez esas patadas en el vientre, pienso, eran los primeros pasos de un futuro hombre tímido al que le gustaría aprender a bailar, ser fuerte de otro modo como esa belleza urgente que entraba por los ventanales, digamos ventanucos del sanatorio, muévase señor, muévete, hijo, verás qué buen lugar para bailar, por supuesto que también hay escopetas y patadas, eso ya lo verás más tarde, pero ahora entrégate, ofrécele tu boca al aire, siente a tu madre apretándonos la muñeca para acompañarnos a ver el miedo, el dulce acantilado, ella ha trabajado tanto, sabes, hijo, mientras tú te tejías, mientras me hacías hombre girando entre mi corazón y mis pulmones, ahora sí que sí, respire hondo, y algo se deslizó también por mis esfínteres, algo como una tersa serpentina, ya no tenía nada, me estaba vaciando, y estuve un rato quieto, muerto, enorme, con todas las entrañas y la vida al aire hasta que sí, estalló mi miembro entre los nudos de las sábanas, incluso más que cuando abrimos el canal aquella noche, más de lo que estallaba la mañana en la ventana o de lo que explota una escopeta que pretende defenderse disparando primero, el doctor Riquelme retiraba la mano deslumbrado por el chorro de luz y el festival de gritos y el concierto de sangre que resonaba como un órgano en toda la habitación hasta donde esperaba mi mujer diciéndonos: hemos abandonado la inocencia, y un llanto que no era nuestro alborotó las sábanas, el dolor, las membranas, las paredes, todo lo atravesó para surgir desde el canal de mis venas dilatadas como cordeles, para rozar los bultos expectantes de los testículos y derramarse entre las manos del doctor Riquelme, que lo mira y me mira y comprende que aquel niño es el mismo que seré, el que aún no he sido, el que no pude ser, y que aquella es mi cara y es idéntica y es otra y que acabo de engendrarme, y por eso la mujer que amé y me amó hasta el fondo de una noche veloz llora conmigo, hoy o mañana, abrazando a las enfermeras.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Cuento italiano

A “supermoon” rises behind roadside plants growing in Prattville, Ala., Saturday, June 22, 2013. The biggest and brightest full moon of the year graces the sky early Sunday as our celestial neighbor swings closer to Earth than usual. While the moon will appear 14 percent larger than normal, sky watchers won't be able to notice the difference with the naked eye. Still, astronomers say it's worth looking up and appreciating the cosmos. (Photo by Dave Martin/AP Photo)




Yo me enamoré del aire
El taxi se detuvo ante una verja de hierro forjado pintada de verde. Éste es el jardín botánico, dijo el conductor. Él pagó y se bajó del coche. ¿Sabe desde qué lado se ve un edificio de los años veinte?, le preguntó al taxista. El hombre no conseguía entenderle. Tiene unos frisos modernistas en la fachada, especificó, debe de ser un edificio de cierto valor arquitectónico, no creo que lo hayan derribado. El taxista meneó la cabeza y arrancó. Debían de ser casi las once y empezaba a notar el cansancio, el viaje había sido largo. El portal estaba abierto de par en par y un letrero informaba a los visitantes de que los domingos la entrada era gratuita y el cierre a las catorce horas. No le quedaba mucho tiempo, a fin de cuentas. Entró en un paseo orlado de palmeras de tronco altísimo y grácil, con un exiguo penacho de verde. Pensó: ¿serán éstas las burití?, en casa se hablaba siempre de las palmeras burití. Al final del paseo empezaba el jardín con una explanada empedrada de la que arrancaban pequeños senderos en dirección a los cuatro puntos cardinales. Sobre las losas del empedrado estaba dibujada una rosa de los vientos. Perplejo, se detuvo sin saber qué dirección tomar: el jardín botánico era grande y no le iba a resultar posible encontrar lo que buscaba antes de la hora de cierre. Escogió el Mediodía. Nunca había dejado de buscar el Mediodía durante toda su vida, y ahora que había llegado a esa ciudad del sur le parecía justo proseguir en la misma dirección. Sin embargo, por dentro, sentía una brisa de tramontana. Pensó en los vientos de la vida, porque hay vientos que acompañan la vida: el céfiro suave, el viento cálido de la juventud que más tarde el maestral se encarga de refrescar, ciertos ábregos, el siroco que te abate, el viento gélido de tramontana. Aire, pensó, la vida está hecha de aire, un soplo y ya está, y por lo demás tampoco nosotros dejamos de ser soplo, aliento, nada más; después, un día, la máquina se detiene y el aliento se termina. Se detuvo él también porque estaba jadeando. Menudo resuello el tuyo, se dijo. El sendero se empinaba rápidamente, en dirección a unas terrazas que se divisaban por detrás de las sombras de magnolias gigantes. Se sentó en un banco y sacó del bolsillo una libreta. Iba apuntando en ella los nombres de los lugares de proveniencia de las plantas que lo rodeaban: Azores, Canarias, Brasil, Angola. Dibujó con el lápiz algunas hojas y algunas flores, después, utilizando las dos páginas centrales de la libreta, dibujó la flor de un árbol que tenía un nombre muy extraño, que provenía de las Canarias-Azores. Era un gigante majestuoso con largas hojas lanceoladas y unas enormes flores túrgidas en forma de panocha que parecían frutos. La edad de aquel gigante era realmente respetable, echó cuentas: en tiempos de la Comuna de París ya debía de ser adulto.
Sintió que había recobrado el aliento y se encaminó a paso ligero hacia el final del sendero. El sol lo embistió de lleno, deslumbrándolo. Hacía mucho calor, y sin embargo, la brisa que venía del océano era fresca. La zona sur del jardín botánico terminaba en aquella enorme terraza cortada a pico sobre la ciudad, desde donde se veía una panorámica completa, el valle ocupado por los barrios más antiguos en una densa cuadrícula de calles y callejuelas, con la mayoría de casas blancas, amarillas y azules. Desde allí arriba podía abrazarse todo el horizonte, y al fondo, a la derecha, más allá de las grúas del puerto, el mar abierto. La terraza estaba delimitada por un muro que le llegaba hasta el pecho, sobre el que estaba representada la ciudad con un mosaico de azulejos1 amarillos y azules. Se puso a descifrar la topografía intentando orientarse en aquel dibujo de trazo ingenuo: el arco de triunfo de la ciudad baja desde donde arrancaban las tres arterias principales, con aquella arquitectura ilustrada debida a la reconstrucción que siguió al terremoto; el centro, con las dos grandes plazas una pegada a la otra, a la izquierda la rotonda con el enorme monumento de bronce, la zona nueva más hacia el norte, con una arquitectura tipo años cincuenta y sesenta. ¿Para qué has venido aquí, se dijo, qué estás buscando?, todo ha desaparecido, todo se ha evaporado, ¡te chinchas! Se dio cuenta de que había hablado en voz alta y se rió de sí mismo. Hizo un gesto hacia la ciudad, como si saludara a alguien. Una campana, a lo lejos, dio tres tañidos. Miró el reloj, faltaba un cuarto de hora para el mediodía, decidió visitar otra zona del jardín botánico y giró sobre sí mismo para encaminarse hacia el otro sendero. En aquel momento llegó hasta él una voz. Era la voz de una mujer que cantaba, pero no conseguía saber dónde. Se detuvo e intentó localizarla. Retrocedió, se asomó al muro y miró hacia abajo. Sólo entonces se dio cuenta de que a su izquierda, casi al abrigo de la escarpada pendiente del jardín botánico, se erguía una casa. Era un edificio viejo cuyo lateral daba al jardín botánico, pero la fachada, bien visible, daba a entender que se trataba de un edificio de principios de siglo, al menos a juzgar por sus grandes cornisas de piedra y por los frisos de estuco que representaban máscaras teatrales enlazadas por coronas de laurel. Estaba coronado por una terraza, una enorme terraza sobre la que se asomaban las chimeneas y por donde corrían las cuerdas para tender la ropa. La mujer le daba la espalda, vista por detrás parecía una muchacha, estaba tendiendo unas sábanas y para llegar a las cuerdas se ponía de puntillas, con los brazos levantados hacia lo alto, como una bailarina. Llevaba un vestido de algodón estampado que dibujaba su cuerpo delgado, y estaba descalza. La brisa hinchaba la sábana contra ella como una vela y parecía como si ella la estuviera abrazando. Ahora había dejado de cantar, se había inclinado sobre una cesta de mimbre, colocada sobre un taburete, de la que sacaba ropa de color, camisetas, le parecía, como si escogiera la que debía tender primero. Se dio cuenta de que estaba ligeramente sudado. La voz que había oído y que ahora ya no oía no se había apagado, aún la sentía por dentro, como si hubiera dejado un eco que continuaba, y al mismo tiempo sentía una especie de extraña conmoción, una sensación realmente curiosa, como si su cuerpo hubiera perdido peso y estuviera huyendo hacia una lejanía que no sabía dónde estaba. Sigue cantando, murmuró, por favor, sigue cantando. La muchacha se había puesto un pañuelo en la cabeza, había retirado la cesta de la ropa del taburete y se había sentado en él, intentando protegerse del sol bajo la escasa sombra que formaban las sábanas. Le daba la espalda y no podía verlo, pero él, como magnetizado, la contemplaba fijamente sin ser capaz de aparrar la mirada. Sigue cantando, dijo a flor de labios. Encendió un cigarrillo y se percató de que la mano le temblaba ligeramente. Pensó que había tenido una alucinación sonora, a veces creemos oír aquello que querríamos oír, esa canción ya no la cantaba nadie, quienes la cantaban habían muerto todos, y, además, ¿qué canción era ésa, a que época se remontaba? Era muy antigua, del siglo dieciséis o más tardía, vaya usted a saber, ¿era una balada, una canción de caballería, una canción de amor, una canción de despedida? Él se la sabía en otros tiempos, pero esos tiempos ya habían dejado de ser suyos. Rebuscó en la memoria, y en un instante, como si un instante pudiera absorber los años, regresó al tiempo en el que alguien lo llamaba Migalha. Migalha quiere decir migaja, se dijo, tú eras entonces una migaja. De repente llegó una ráfaga de brisa más fuerte, las sábanas restañaron al viento, la mujer se levantó y empezó a tender unas diminutas camisetas de colores y un par de pantalones cortos. Sigue cantando, susurró él, por favor. En aquel momento las campanas de la iglesia cercana se pusieron a tocar sin pausa el mediodía y, como si hubiera sido evocado por ese sonido, de la pequeña garita donde estaban sin duda las escaleras que conducían a la terraza se asomó un niño y corrió a su encuentro. Tendría cuatro o cinco años, llevaba el pelo rizado, dos sandalias con dos ojos de luneta en las puntas y los pantalones cortos sujetos por los tirantes. La muchacha dejó la cesta en el suelo, se acuclilló, gritando: ¡Samuele!, y abrió los brazos y el niño se arrojó a ellos, la muchacha se levantó y empezó a dar vueltas sobre sí misma abrazada al niño, giraban ambos como un carrusel, las piernas del niño estaban extendidas en horizontal, y ella cantaba: Yo me enamoré del aire, del aire de una mujer, como la mujer era aire, con el aire me quedé.2
Él se dejó resbalar hasta el suelo con la espalda apoyada contra el muro y miró hacia lo alto. El azul del cielo era un color que pintaba un espacio abierto de par en par. Abrió la boca, para respirar aquel azul, para engullirlo, y después lo abrazó, estrechándolo contra su pecho. Decía: Aire que lleva el aire, aire que el aire la lleva, como tiene tanto rumbo no he podido hablar con ella, como lleva polisón el aire la bambolea.3
 
En portugués en el original. (N. del T.)
En español en el original. (N. del T.)
3 En español en el original. (N. del T.)

sábado, 25 de enero de 2014

Cuento inglés


Must See Places - Germany

El Lejano Oeste
En esa época yo tenía doce años: inmensurablemente mayor que Mimile, quien tan sólo tenía ocho. Aún después de veinte años puedo recordar esa pequeña figura robusta coronada con una enorme cabeza en forma de bala, el peso de la cual, cuando corría, provocaba que con frecuencia perdiera el equilibrio y se cayera, raspándose una vez más sus desnudas rodillas ya cubiertas de cicatrices y de las costras pardo-doradas de heridas a medio cicatrizar.
Entonces se ponía de pie con lentitud, el rostro se le contraía y se enrojecía y, mientras se incorporaba, se le escapaba un apesadumbrado bramido de dolor, apretaba los mugrientos puños con firmeza, las lágrimas formaban canales entre el polvo de las mejillas, que se inflaban del tamaño de globos cuando él gritaba; los ojos hinchados se convertían en dos ranuras.
Tenía una voz poderosa y su alarido, cuando se caía y se lastimaba, perturbaba la concentración de los chicos mayores que, después de la escuela, jugaban a las bolitas en la Place, yo uno de ellos.
-Ta gueule!-gritaba alguno de ellos, incorporándose a gatas, furioso al haber errado un tiro difícil a causa del inesperado estallido de la desgracia de Mimile cerca de su oído. "¡Cierra la bocaza, tarado! ¡Te daré algo por lo cual gritar en serio si no te callas al instante!"
Estas amenazas estaban a menudo acompañadas por un golpe que, debido a la dureza del cráneo de Mimile, provocaba que la mano de quien lo emitía se estremeciera. Pero un golpe de este tipo rara vez tenía el efecto deseado de que Mimile se callara. Por el contrario, su alarido redoblaba el volumen, con una nota añadida de absoluta desesperación que hacía que todos los jugadores se levantaran en grupo y lo dejaran (a menos que volviera a caerse) a una distancia desde la cual su voz se escuchaba apenas como un quejido.
Los padres de Mimile, ahora jubilados, habían sido dueños de un café y habían hecho dinero. Mimile era el único hijo, nacido a la edad avanzada de una mujer delgada, amarga y con ambiciones sociales, y de un tipo que alardeaba jovialidad y vestía de alpaca negra, con un sombrero de paja y una cadena de un reloj cruzándole la barriga. Le compraban a su pequeño hijo juguetes caros que los demás chicos le destrozaban y ropa de buenas telas que pronto se desgarraba y se convertía en jirones.
Su madre estaba en contra de que se le permitiera jugar en la Place, en donde podía trabar amistad con chicos de la escuela pública, pero el padre, que era menos esnob, no veía daño alguno en ello. Recordaba haber tenido ocho años, aunque eso había ocurrido hacía ya algún tiempo.
Los domingos por la mañana se podía ver a la pareja escoltando a Mimile de regreso a su casa después de asistir a un servicio religioso en la iglesia. Eran protestantes, originariamente de Lille; y eso, en una comunidad católica, era un punto más en contra de Mimile. Rara vez se mencionaba la religión pero, a pesar de todo, lo hacía diferente. ¡Incluso yo, el inglés, era católico como los demás!
A veces yo sentía compasión por Mimile. Mi nacimiento en el extranjero también podía haberme convertido con facilidad en un marginal. Y en realidad, es algo que no me habían dejado olvidar durante mucho tiempo. Luego, también, una inmoderada precocidad en el colegio había provocado que me colocaran en una clase con chicos dos años mayores que yo. A veces, el profesor me mostraba como ejemplo para avergonzar a los demás: "Que un extranjero, menor que ustedes, escriba en vuestro idioma con menos faltas que ustedes...", y así continuaba. Al principio esto no me acarreó popularidad, aunque me las ingenié para no darle importancia. Al mismo tiempo había recibido una buena cantidad de bravuconadas y, por lo tanto, rara vez me unía a los demás para pegarle a Mimile o para darle un savon (se sostenía la cabeza de la víctima sobre la rodilla de uno de los chicos mientras otro le frotaba sus nudillos por el cráneo en un feroz lavado seco). La mayoría de las veces yo me quedaba quieto y observaba. No intervenía en su favor. No yo. No quería que me rompieran la cara. Esperaba crecer para golpear a los otros chicos.
Fue Gaston Lagardere, cuyo padre era el dueño del anticuario de la esquina, el primero que le puso a Mimile el sobrenombre con el cual pronto sería conocido por todos. La cabeza de Mimile fue inicialmente la responsable.
Como ya he mencionado, su cabeza era enorme, gruesa y pesada; uno podía haber derribado una puerta con ella. También estaba afeitada por completo, como la de un general prusiano: al cabello no se le permitía formar más que un rubio rastrojo. La áspera sensación velluda bajo la mano apretada hacía que propinarle un savon fuera una peculiar delicia.
Un día, cuando no tenían nada mejor que hacer, los chicos formaron un círculo alrededor de Mimile y empezaron a preguntarle por qué tenía la cabeza afeitada de ese modo. Mimile no lo sabía. Pensó que un savon era inminente y abrió la boca para gritar por anticipado.
-¡Cállate! -gritó Gaston Lagardere-. No empieces con ese bochinche. Contesta de inmediato y no te pasará nada. Si no...
Mimile no podía responder. Sólo murmuró que su maman se lo había hecho hacer.
Yo dije: -En la escuela de curas a la que solía asistir también nos hacían llevar la cabeza rapada. Por si había bichos.
-¡Bichos! -repitió Gaston encantado-. ¡Bichos! ¡Eso es, por eso! La mamá de Mimile le afeita la cabeza todas las semanas, de otro modo tendría bichos. ¡Infestada de bichos!
-Les morpions!-rugió otro, que no sabía qué eran y se los imaginaba piojos.
Mimile empezó a llorar. Bañado en lágrimas, negó la existencia de bichos en su hogar. Algunos de los chicos empezaron a revisarle la cabeza para asegurarse de que dijera la verdad. Dijeron que mentía. Simularon y dijeron que su cabeza era una selva.
-¡Como las planicies! -gritó Marcel Sansault, mientras hundía los dedos en el cráneo cubierto de cerdas de Mimile.
-¡Como el Lejano Oeste! -gritó Gaston, que para colmo pronunciaba "Ueste". La escena se llenó de aplausos. Los chicos se doblaban de la risa, se palmeaban los desnudos muslos. Formaron un círculo alrededor del sollozante Mimile y bailaron encantados.
-¡El Lejano "Ueste"! -gritaban-. ¡Mimile es el Lejano "Ueste"!
Incluso inventaron una canción con esto, con la melodía de Je cherche aprés Titine. Mimile no sabía qué era el Lejano Oeste, pero se imaginó que era un insulto. Algo conectado con bichos. Comenzó a gritar desaforadamente. Los chicos estaban de tan buen humor que no les importó.
A partir de ese momento a Mimile se lo nombró sólo como el Lejano Oeste. Cada vez que aparecía se lanzaban vítores al estilo de los vaqueros. Los chicos corcoveaban montados en potros invisibles y al mismo tiempo se rascaban la cabeza de modo ostentoso. Fragmentos de la canción del Lejano Oeste lo perseguían durante el recorrido dominical con sus padres por la Place.
Los domingos, todos los chicos llevaban gorras de tela a cuadros. Le rogué a mi padre que me dejara llevar una también, pero se negó. Dijo que no permitiría que su hijo anduviera por ahí con el aspecto de un sinvergüenza.
Mimile tuvo más éxito. Un día apareció una gorra encasquetada sobre su enorme cabeza podada. Los chicos mayores se horrorizaron ante tal atrevimiento. Primero, le bajaron la gorra hasta los ojos, de modo que se tambaleó de un lado a otro sin poder ver y pegando alaridos, luego jugaron al fútbol con ella y le quitaron el forro. Cuando sucedía esto, apareció su madre, y todo el mundo salió disparando.
Para consolarlo por la pérdida de la gorra, le compraron a Mimile una gran pelota de goma, pintada de rojo, amarillo y azul, con un increíble rebote. Rebotó muy cerca de Marcel Sansault, que posó sus manos en ella, seguido por el lamento de Mimile. De una patada, Marcel la envió volando por encima de la verja hasta la calle. La aplastó un coche, y uno de sus flancos pintados se desinfló de modo irreparable. Los aullidos de pena que lanzó Mimile fueron los más fuertes que hasta el momento habíamos escuchado. Fueron tan fuertes que temimos que pudieran atraer nuevamente a su madre. Todos desaparecimos de la Place de inmediato.
Cosas de este tipo le sucedían siempre a él. No es necesario hablar de la locomotora a cuerda o de la réplica de un automóvil con una capota que se podía levantar y bajar. Después de que estas cosas dejaron de existir, él se interesó en nuestro juego de bolitas. No se le permitía participar, por supuesto, pero se quedaba dando vueltas y observando. Sus ojos redondos seguían, absorbían el trayecto de las bolitas: aquellas hechas de vidrio y ágata; aquellas de yeso: mientras los chicos que esperaban su turno observaban con esa misma expresión perspicaz de un juez con la que observarían, en los años venideros, las bolas de billar desplazándose por la mesa de tapete verde, apoyados sobre sus tacos en el café de la esquina.
Mimile estaba fascinado. Se dirigió a maman y la convenció de que le comprara bolitas. Por supuesto, le compró las del tipo equivocado. Enormes cosas desmesuradas como balas de cañón, hechas de piedra. Mimile apenas podía rodearlas con sus pequeñas manos. No las tuvo mucho tiempo. Gaston se deshizo de ellas, bajaron rechinando por la alcantarilla. Aun así, venía a vernos jugar. Intentamos alejarlo, pero no había caso. Siempre regresaba.
Entonces, un día, levantamos la vista y había otro observador junto a Mimile. Era Luc, un muchacho grandote de la escuela pública, no de la escuela a la que todos asistíamos. Era bien recio. Ni siquiera Gaston se atrevía a pelear con él.
Durante un rato se quedó allí con las manos en los bolsillos de sus pantalones cortos, mascando chicle Spearmint sin parar: una costumbre que había tomado de mirar películas americanas en el cine del barrio.
-¿Quieres participar? -le preguntamos, incómodos bajo su mirada despectiva.
-No -dijo, cambiando el chicle de una mejilla a la otra-. Es un juego de niños, eso es. Lo que ustedes quieren es algo así.
Sacó una mano del bolsillo. Sostenía algo que tenía un cordel a su alrededor. Lo lanzó al aire. Un trompo de madera cayó al suelo y comenzó a dar vueltas, libre de un extremo del cordel. Todos nos levantamos a gatas para observar: era como magia.
-Tengo otro aquí -dijo Luc sin la menor expresión, mientras mascaba chicle. Sacó un trompo aún más grande y lo arrojó despreocupadamente para que girara junto al otro. Estábamos subyugados.
-¿Cómo lo haces? -le preguntamos.
-Muy simple. -Nos mostró cómo enrollar el cordel, cómo sostener el trompo entre un dedo y el pulgar, cómo lanzarlo al aire. Nos dejó que lo hiciéramos nosotros mismos; hicimos un desastre.
-No, no así, así...
Mimile, el Lejano Oeste, también estaba subyugado. Estaba en cuclillas y observaba con los ojos salidos de las órbitas. Más tarde nos siguió hasta el bazar en donde todos compramos trompos. Lo dejamos que nos siguiera, estábamos demasiado entusiasmados como para preocuparnos por él. Una vez que nos vio comprar los trompos, salió trotando feliz a su casa, a ver a su maman; la enorme cabeza se meneaba de un lado a otro. Ni siquiera se cayó.
Al día siguiente estábamos todos en la Place. Lanzábamos los trompos al aire: ya nos habíamos hecho expertos en el asunto. Entonces Sansault se nos acercó corriendo.
-¿Vieron lo que tiene Lejano Oeste? Un trompo fantástico. No como los nuestros. ¡Esperen a verlo!
En ese instante Mimile se hizo visible, venía al trote. Llevaba con ambas manos un paquete envuelto en papel de seda. Le faltaba el aliento de tan excitado que estaba. Vino derecho a nosotros.
-¿Qué tienes ahí? -le preguntó Gaston con firmeza-. ¡Muéstralo rápido, Lejano Oeste!
Mimile estaba muy impaciente por hacerlo. Desgarró el papel de seda y dejó al descubierto un trompo lisa y llanamente gigantesco, hecho de hojalata y pintado de manera sensacional, como la pelota de goma que tenía antes. Debía de haberle costado un ojo de la cara a maman. Nos quedamos mirándolo atónitos, mientras Mimile acariciaba con ternura la superficie de hojalata.
-Pero ¿cómo funciona? -dijo Gaston por fin-. ¿Dónde está la cuerda?
Mimile colocó el enorme trompo pintado sobre el suelo. Sus ojos resplandecían de orgullo. Entonces emitió una sola palabra:
-¡Mecánicamente! Miren -dijo-. Les mostraré.
Primero dio cuerda al trompo con una llave de hojalata, luego apretó un botón de bronce. El trompo salió de su mano con un fuerte zumbido y comenzó a girar sin parar justo delante de nuestros pies. Giró incluso el doble que el trompo de madera más grande de Luc, con cuerda y todo. Parecía que podía zumbar y girar por toda la eternidad. Pero Marcel Sansault detuvo esto. Se adelantó y le dio una sonora patada que levantó el trompo del suelo y lo hizo volar a través de la Place. Cuando aterrizó, no daba más vueltas. Yacía quieto: como la pelota de goma, uno de sus flancos estaba abollado.
La cara de Mimile se contrajo de inmediato. Luego se hinchó enrojecida. Su boca se abrió húmeda en un rugido infernal. Cerró los ojos por completo, sus pequeños dedos retorcidos formaban puños en vano. Gritó como si los pulmones fueran a estallarle.
Todos nosotros observábamos sin la menor expresión, excepto Luc, que de pronto se adelantó de una zancada.
-¿Qué le hacen a este pobre chico? -gritó.
-¡Déjenlo solo! -Rodeó a Sansault-. ¡Tú! ¡Para qué tuviste que patear el trompo, enano insignificante! ¿Eh?
Tomó a Sansault del cuello de su suéter y le dio una buena bofetada en plena cara, arrojándolo contra la verja.
-¡Esto te enseñará! ¡Deja al chico solo!
El resto de nosotros estaba demasiado perplejo como para moverse. Incluso Mimile estaba tan sorprendido que dejó de aullar.
-Aquí, nene -dijo Luc, volviéndose hacia él-, no sigas... Quizá no esté roto. Quizá funcione. Ven y veámoslo.
Mimile todavía sollozaba con fuerza, pero las lágrimas se habían secado con rapidez en sus mejillas ardientes. Se tambaleó y se agachó con Luc junto a su preciado trompo. Ay, no funcionaba. Observamos en silencio mientras trataban en vano de resucitarlo. Inútil. Mimile apretó los puños. Parecía que empezaría a gritar nuevamente. Pero Luc metió la mano en el bolsillo y extrajo su trompo de madera más grande.
-Mira aquí, ten este en su lugar. Verás, girará tan bien como el otro, no bromeo. Ya lo verás.
Mimile no esperó. Ni siquiera dijo gracias. Asió sin mirar el trompo y, con él en la mano, se marchó con un trote tambaleante por la Place, camino a su casa. Se cayó una vez, pero no lloró. Sólo se levantó en silencio y continuó su marcha tambaleante.
Luc nos dijo: -Ahora, no dejen que los encuentre de nuevo haciendo llorar al chico, ¡o será peor para ustedes, ya verán! -Y con la cabeza en alto, se marchó. Ni siquiera Gaston dijo algo para detenerlo.
Pero las desventuras de Mimile ese día no habían terminado en absoluto: más tarde nos enteramos de que mamanle salió al paso cuando llegaba, y primero le sacó el trompo de madera y lo arrojó a la basura, y luego le dio una buena paliza por haber cambiado su flamante y caro trompo por uno de esos mugrientos objetos con los cuales jugaban los chicos de la escuela pública.
Después de eso, durante un tiempo a Mimile no se le permitió jugar en la Place.
Algo bueno para él, quizá. Una vez pasado el incidente con el trompo, comencé a crecer a mucha velocidad. Me puse enorme y de inmediato fui el jefe del grupo. El sentimiento de compañerismo que sentía por Mimile se desvaneció de un día para el otro. Incluso hubiera podido hacerlo mi víctima, pero en ese entonces ya no estaba: sus padres lo habían enviado a la escuela en otra ciudad.
No sé qué pasó con él. Quizá -quién lo sabe- creció bien grande y pudo fastidiar a otros chicos menores. Ojalá haya pasado eso.

viernes, 24 de enero de 2014

Cuento argentino

Carne

Mariana Espina

So some of him lived
but the most of him died

Rudyard Kipling


Todos los programas, los diarios, las revistas y las radios querían hablar con ellas. Los móviles de la televisión se instalaron afuera de la clínica psiquiátrica donde quedaron internadas durante más de una semana, pero no consiguieron nada. Cuando fueron dadas de alta, los camarógrafos las persiguieron corriendo, algunos se enredaron en los cables y muchos cayeron sobre el pavimento; pero ellas no huyeron. Sólo los miraron con una sonrisa que después fue descripta como “aterradora” y “mística”, y se fueron en el auto que manejaba el padre de Mariela, la mayor. Los padres tampoco hablaban: las cámaras sólo pudieron registrar sus nerviosos paseos por los pasillos de la clínica, sus miradas temerosas, y el llanto de la madre de Julieta, la menor, cuando salía de su casa con un bolso lleno de ropa.
El silencio provocó la mayor histeria jamás vista. Las tapas de los diarios hablaban del caso de fanatismo adolescente más impactante no sólo de Argentina, sino del mundo. La noticia fue levantada por las cadenas de noticias internacionales. Fueron convocados expertos psiquiatras y psicólogos, el tema monopolizó los noticieros, los programas de chimentos, los magazines y talk shows de la tarde; en la radio no se hablaba de otra cosa. Julieta y Mariela, dieciséis y diecisiete años, dos chicas de Mataderos fanáticas de Santiago Espina, la estrella de rock que en menos de un año había dejado atrás el suburbio para llenar teatros y estadios del centro de Buenos Aires; Santiago, a quien la prensa especializada amaba y odiaba en partes iguales: genio, pretencioso, artista inclasificable, artefacto comercial para hipnotizar niñas alienadas, futuro de la música argentina, idiota caprichoso. El Espina, como lo llamaban idólatras y detractores, dejó estupefacta a la crítica con su segundo disco, Carne, once canciones que dividieron las aguas aún más: de un lado lo llamaban obra maestra, del otro anacronismo autoindulgente. Las ventas se dispararon, y la discográfica empezó a soñar con un lanzamiento internacional; Santiago Espina era extraño, sí, era impredecible y casi nunca daba entrevistas, pero, ¿cómo podría negarse a giras promocionales por México, Chile, España? Sólo tenían que convencerlo de que hiciera un videoclip de una vez por todas, para que el mundo pudiera ver sus ojos y el modo en que el pantalón le rozaba los punzantes huesos de la cadera.
Un mes después de que Carne se agotara, la ciudad empapelada con el rostro del Espina recibía la noticia de su desaparición, días antes de la presentación del disco superexitoso en el Estadio Obras. Las entradas estaban agotadas. Las fans –porque eran sobre todo chicas, lo que aumentaba el desprecio de los detractores– lloraban en espontáneas reuniones callejeras, organizaban marchas y recitaban las letras de Carne en una letanía extática, arrodilladas frente a posters del Espina pegados con cinta scotch a monumentos y árboles en todas las plazas de Buenos Aires, como si le rezaran a un dios moribundo.
Cuando la desesperación se contagió a las adolescentes del interior del país, el hallazgo del cuerpo del Espina provocó un terror desconocido en los padres desorientados. Santiago apareció en una habitación de hotel de Once, con todo el cuerpo cortajeado: había usado una gillette y un Tramontina a conciencia para despellejarse los brazos, las piernas, el vientre. En el brazo izquierdo, había cortado hasta el hueso. En el pecho era posible ver el esternón. Y, posiblemente semiinconsciente, se había cortado la yugular con un tajo audaz y preciso. No se había mutilado la cara. Uno de los policías encargado de forzar la cerradura de la habitación abajo declaró que le había recordado a una cámara frigorífica: era pleno invierno, y además Santiago había dejado encendido el aire acondicionado. Hubo teorías conspirativas sobre un posible asesinato, pero fueron desechadas cuando trascendió que la habitación estaba cerrada con llave desde adentro y se difundió la nota suicida, casi ilegible por la letra nerviosa y las manchas de sangre. Decía: “Carne es comida. Carne es muerte. Ustedes saben cuál es el futuro”. Delirios agónicos, dijeron los expertos. Y las fans callaron y lloraron encerradas en habitaciones donde se mezclaban los osos de peluche, los diarios íntimos con tapas rosas, las mochilas siempre sobrecargadas y las fotos del Espina más hermoso que nunca, ahora que la muerte le brillaba en los ojos.
El país esperó una epidemia de suicidios adolescentes que nunca llegó. Las chicas volvieron al colegio y a los boliches, y apenas se registró un caso de depresión grave en Mendoza, aunque todas escuchaban Carne como la última voluntad y testamento de su ídolo, tratando de descifrar las letras en foros de Internet y largas conversaciones telefónicas. La prensa despidió a Santiago Espina con titulares y elegías, y por un tiempo sólo se habló de suicidio, drogas y rocanrol. El entierro en la Chacarita fue mucho menos concurrido y más triste de lo esperado, y el duelo se aplacó una vez terminado el desfile del entorno de la estrella por los programas de televisión. La cirugía estética de una modelo resultó desastrosa; un galán declaró ser gay; secuestraron a un adolescente de San Fernando y renunció el director técnico de River. Santiago Espina pasó a las efémerides, listo para ser desenterrado cuando se cumpliera un año de su nacimiento, o de su muerte.
Nadie podía suponer que algo se estaba gestando en Mataderos, entre dos chicas, una foto arrugada de la nota suicida y Carne en el equipo, de principio a fin, una y otra vez.
Mariela había sido una de las primeras “espinosas” (así llamaban los medios a las fans, las chicas con los ojos delineados de negro mortuorio, baratas boas de plumas al cuello y pantalones que imitaban la piel de los leopardos). Lo había seguido durante un año, noche tras noche, por donde el Espina tocara. Conocía todos los trenes y colectivos suburbanos, y había pasado madrugadas heladas en andenes temblando de frío, con la lista de temas en el bolsillo, acariciando el papel con los ojos cerrados. El Espina la conocía y a veces –muy pocas, porque casi nunca se comunicaba con su público, ni siquiera para anunciar los temas o decir buenas noches– le daba algún pequeño obsequio: la púa de la guitarra o un vaso de plástico con restos de cerveza. En el baño de un local de Burzaco conoció a Julieta, la más célebre de las espinosas porque se había tatuado el nombre del ídolo en el cuello; de lejos, las letras parecían una cicatriz, como si la cabeza estuviera cosida al cuello. Ella había logrado sacarse una foto con el Espina: los dos aparecían muy serios, no se tocaban, y el flash les había enrojecido los ojos. Julieta y Mariela vivían a apenas diez cuadras de distancia y el suicidio del Espina las unió tanto que empezaron a parecerse físicamente, como las parejas que conviven durante décadas o los solitarios que adquieren la expresión de sus mascotas.
Ese parecido mimético había sorprendido al cuidador del cementerio que las encontró de madrugada, cuando trataban de saltar el paredón. “Estaba oscuro todavía –dijo–, pero nunca pensé que eran chorros. De lejos se notaba que eran pibitas, y cuando me acerqué vi que además eran gemelas.” Julieta y Mariela no lucharon con el cuidador. Aparentemente atontadas, se dejaron llevar hasta la oficina; el hombre creía que estaban drogadas, y supuso que habían pasado la noche en el cementerio para velar al Espina. El y sus compañeros habían encontrado chicas antes, escondidas en los pasillos de los nichos y detrás de los árboles cerca de la hora del cierre, pero ninguna logró acompañar al ídolo hasta el amanecer. El cuidador creyó que Julieta y Mariela habían tenido suerte, pero mientras las retaba y les pedía el teléfono de sus padres, observó que las chicas estaban sucias de tierra, sangre y una película de mugre que apestaba y les cubría las manos y la ropa y los rostros. Entonces llamó a la policía.
Por la tarde, la noticia se filtró a los medios. Dos adolescentes habían desenterrado el cajón de Santiago Espina con una pala y sus propias manos. La sepultura, apenas un mes después de su entierro, aún no tenía el mármol definitivo que les hubiera dificultado la tarea. Pero la exhumación era apenas el principio. Las chicas habían abierto el féretro para alimentarse de los restos del Espina con devoción y asco; alrededor del hueco daban testimonio de su esfuerzo los charcos de vómito. Uno de los policías también vomitó. “Dejaron los huesos limpios”, le dijo a la televisión, y el conductor, estremecido, se quedó sin palabras por primera vez en su carrera. Las chicas fueron llevadas en un patrullero hasta la comisaría y allí se decidió su internación en una clínica privada. Los policías dijeron que Julieta y Mariela nunca habían llorado, ni hablado con ellos; sólo se susurraban cosas al oído y estuvieron todo el tiempo tomadas de la mano. Trascendió que, cuando quisieron bañarlas en la clínica, se resistieron con tanta furia que una de las enfermeras acabó mordida y arañada; hubo que medicarlas y limpiarlas dormidas.
Hablar con ellas, con sus familias, con sus médicos, se convirtió en una prioridad. Pero todos callaban. La familia del Espina decidió no demandar a Julieta y Mariela “para que no siga este horror”. La madre de la estrella, decían, vivía sobrecargada de tranquilizantes. Las versiones de un intento de suicidio previo no pudieron confirmarse; tampoco se encontró a ninguna novia del Espina, sólo amantes que no habían pasado más de una noche con él, y poco tenían para contar. Los músicos de la banda se negaron a hablar con la prensa, pero quienes los conocían afirmaban que estaban shockeados y, sobre todo, asqueados. Se supo que todos abandonarían la música para siempre. Nunca habían tenido una buena relación con Santiago, eran empleados, o más bien esclavos que aceptaban sus caprichos con resignación, por ambición y una admiración distante.
Las fans se sentaron malhumoradas en livings y paneles televisivos a pelear con conductores y psicólogos. Habían decidido evitar la ropa negra, y aparecían despatarradas sobre los sillones con los labios rojos, pantalones de leopardo, remeras brillantes y las uñas rojas, azules, verdes, rosadas. Contestaban a las preguntas con monosílabos y a veces con risitas irónicas. Una de ellas, sin embargo, lloró abiertamente cuando le preguntaron qué pensaba de las chicas que habían comido del ídolo. Desafiante, gritó: “¡Las envidio! ¡Ellas lo entendieron!”. Y balbuceó algo sobre la carne y el futuro, dijo que Julieta y Mariela estaban más cerca que cualquiera de ellas del Espina, lo tenían en su cuerpo, en su sangre. Hubo un programa especial sobre los adolescentes soldados caníbales de Liberia que creen obtener la fuerza de sus enemigos devorados y usan collares de huesos. El canal que lo emitió fue denostado como ejemplo de mal gusto y simplismo. Se habló de la necrofilia como perversión nacional, y los canales de cable programaron ¡Viven!” y Voraz. Hasta Carlitos Páez Vilaró participó de una mesa redonda y se vio obligado a diferenciar su antropofagia “por necesidad” de “esta locura”. Especialistas en cultura rock y sociólogos desmenuzaron las letras de Carne; algunos compararon al Espina con Charles Manson, otros, horrorizados, denunciaron ignorancia y simplismo, y elevaron al Espina a la categoría de poeta y visionario.
Julieta y Mariela, mientras tanto, permanecían en sus casas de Mataderos, separadas por diez cuadras; les habían prohibido volver a comunicarse. Dejaron el colegio. El padre de Mariela amenazó a los camarógrafos con un arma desde la terraza, y los medios retrocedieron hasta la esquina. Los vecinos sí hablaban y decían lo predecible: buenas chicas, adolescentes un poco rebeldes, qué barbaridad, esto no puede volver a pasar. Muchos se mudaron. La sonrisa de las chicas, congelada en las pantallas de sus televisores y las tapas de los diarios, les daba miedo.
Mientras tanto, en todo el país, en cada cybercafé, las espinosas se reunían frente a las pantallas de las computadoras, porque comenzaron a llegar los mails. Ninguna podía jurar que fueran de Julieta y Mariela, no sabían si ellas tenían acceso a Internet en su aislamiento, pero todas lo sabían, lo deseaban, y guardaban el secreto celosamente. Los mails hablaban de dos chicas que pronto cumplirían dieciocho años y se liberarían de padres y médicos para tocar las canciones de Carne en sótanos y garages. Hablaban de un culto subterráneo imparable, de Ellas Las Que Tenían Espinas en el cuerpo. Las fans esperaban con brillantina en las mejillas, las uñas pintadas de negro y los labios manchados de vino tinto el mensaje que les diera la fecha y el lugar de la segunda venida, el mapa de una tierra prohibida. Y escuchaban la última canción de Carne (donde el Espina susurraba “Si tenés hambre, comé de mi cuerpo. Si tenés sed, bebé de mis ojos”) soñando con el futuro.