miércoles, 18 de diciembre de 2013

Cuento chino (sin coña)


En el parque
-Hace mucho que no vengo a pasear por el parque. No he tenido tiempo, ni ganas.
-Suele pasar: terminas de trabajar, y a casa; la vida ajetreada que llevamos.
-Me acuerdo que de niño me gustaba mucho venir a este parque a revolcarme por la hierba.
-Tus padres te traían.
-Sobre todo cuando venía con mis compañeros.
-Sí, claro.
-Sobre todo cuando tú estabas.
-Me acuerdo.
-Llevabas dos coletitas.
-Y tú siempre llevabas un peto y eras muy presumido.
-Y tú siempre tan inabordable, tan orgullosa.
-¿Sí?
-Sí, nadie se atrevía a acercarse.
-No me acuerdo; pero me gustaba mucho jugar contigo, darle patadas a aquella pelota de goma.
-¿Tú, jugar a la pelota? Llevabas zapatos blancos y siempre tenías miedo de manchártelos.
-Es verdad; cuando era pequeña, me encantaban las zapatillas de deporte blancas.
-Parecías una princesa.
-Eso, una princesa con zapatillas de deporte.
-Luego te fuiste a vivir a otra parte.
-Sí.
-Al principio venías mucho los domingos por casa, pero luego cada vez menos.
-Me hice mayor.
-Mi madre te adoraba.
-Ya lo sé.
-Mis padres no tuvieron ninguna hija.
-Todos decían que nos parecíamos, que yo era como tu hermana mayor.
-No olvides que nacimos el mismo año y que yo soy dos meses mayor que tú.
-Pero yo parecía mayor, te sacaba un puño de alto y era como tu hermana mayor.
-Las niñas crecen más deprisa a esas edades. Bueno, hablemos de otra cosa.
-¿De qué?
Un seto de cipreses recorría la avenida bajo los árboles que la bordeaban; una muchacha con vestido de una pieza y bolso rojo se sentó en uno de los bancos de piedra que había en la cuesta situada más allá del seto.
-Sentémonos también un momento.
-Bueno.
-El sol está por ponerse.
-Sí, es muy bello.
-No me gusta la belleza de este paisaje artificial.
-¿No decías que te gustaba mucho venir al parque?
-Cuando era pequeño. En el monte trabajé siete años de leñador en los bosques vírgenes.
-Pudiste aguantarlo.
-El bosque es duro.
La muchacha del bolso rojo se levantó del banco de piedra y se quedó mirando hacia el extremo de la avenida que discurría más allá del seto de cipreses primorosamente recortados. Algunas personas venían de ese lado; entre ellas, un joven muy alto de largas patillas. El ocre esplendoroso del crepúsculo se tornaba violeta entre las copas de los árboles y detrás del muro del recinto y se propagaba en forma de hilachas de nubes onduladas sobre nuestras cabezas.
-Hacía mucho que no veía un atardecer tan bello; es como si el cielo estuviese ardiendo.
-Como un incendio.
-¿Como qué?
-Como un incendio en el bosque...
-Di, continúa.
-Cuando ardía el bosque, el cielo era así; el fuego se propagaba con tanta velocidad y violencia que no teníamos tiempo de abrir cortafuegos. Era terrible; los árboles talados se elevaban por los aires y de lejos parecían pajas de arroz danzando en medio del fuego. Los leopardos huían como locos y se lanzaban al río y nadaban hacia nosotros...
-¿Los leopardos no os atacaban?
-Ni caso nos hacían.
-¿No les disparabais?
-Nosotros también estábamos espantados, mirando como atontados desde la orilla.
-¿No podíais hacer nada para salvaros?
-El río no era obstáculo para el fuego: los árboles de esta orilla también estaban chamuscados y restallaban y de golpe se ponían a arder con un rugido. En varios kilómetros a la redonda había tanto humo y fuego que el aire era irrespirable. Lo único que podíamos hacer era esperar a que el viento cambiase de dirección, o confiar en que el río detuviese el avance del fuego y que éste se fuese apagando por sí mismo.
La muchacha volvió a sentarse en el banco y dejó a su lado el bolso rojo.
-Cuéntame algo más de lo que te ha pasado en estos años.
-No hay mucho que contar.
-¿Cómo que no hay mucho que contar? Lo que acabas de contar es impresionante.
-Contarlo ahora no produce ninguna impresión. Háblame tú de lo que has hecho estos años.
-¿Yo?
-Sí, tú.
-Tengo una hija.
-¿De cuántos años?
-De seis.
-¿Se parece a ti?
-Sí, todos dicen que se parece mucho.
-¿Se parece a ti cuando eras niña? ¿También lleva zapatillas de deporte blancas?
-No, le gustan los zapatos. Su padre le ha comprado pares y pares.
-Ya veo que eres muy feliz. ¿Él es bueno?
-Conmigo sí lo es. Pero no sé si soy o no feliz.
-¿No estás contenta con tu trabajo?
-Sí, comparado con el que tienen muchos de mi edad, no está mal: sentada en una oficina, atendiendo el teléfono o mandando documentos a la dirección.
-¿Eres secretaria?
-Archivista.
-Además, es un trabajo confidencial, un trabajo de confianza.
-Es mejor que ser obrera. ¿No has luchado tú también para salir adelante? Has ido a la universidad; ¿ya serás ingeniero?
-Sí, todo con mi propio esfuerzo.
El arrebol menguante del crepúsculo se había tornado rojo oscuro y en el horizonte pegado a las copas de los árboles sólo asomaba una línea de claridad anaranjada coronada de nubes negruzcas. Entre los árboles de la cuesta reinaba la penumbra. La muchacha estaba sentada con la cabeza gacha; miró, al parecer, el reloj y se levantó con el bolso, pero al punto volvió a dejarlo en el banco y observó la avenida que discurría más allá del seto, como atraída por el fulgor de la luna entre las nubes. Luego volvió la cara y comenzó a pasear con la cabeza baja, midiendo cada uno de sus pasos.
-Está esperando a alguien.
-Esperar a alguien es un fastidio. Ahora son los chicos los que te dan plantón.
-¿Hay muchas muchachas en la ciudad?
-Los chicos abundan, pero hay pocos que sean buen partido.
-Pues esa muchacha está muy bien.
-La mujer que se enamora primero es siempre la desgraciada.
-¿Vendrá él?
-Quién sabe. Es algo que te pone histérica.
-Suerte que ya hemos pasado esa edad. ¿Te ha tocado esperar a muchos?
-Siempre era mi marido el que esperaba. Y tú, ¿has hecho esperar a muchas?
-Nunca he faltado a una cita.
-¿Tienes una amiga?
-Creo que sí.
-¿Y por qué no te casas?
-Quizá lo haga.
-Parece como si ella no te gustara.
-Le tengo lástima.
-La lástima no es amor. Si no la quieres, no le mientas así.
-Sólo me miento a mí mismo.
-Pero también mientes al otro.
-No hablemos de eso.
-Como quieras.
La muchacha se sentó. Pero se levantó al instante mirando hacia la avenida borrosa: la última mancha rojiza del horizonte también era casi imperceptible. Volvió a sentarse. Notando, al parecer, que alguien la observaba, bajó la cabeza e hizo como que se arreglaba el vestido sobre las rodillas.
-¿Crees que vendrá?
-No lo sé.
-No deberías hacerle esto.
-Hay muchas cosas que no deberían hacerse.
-¿Es guapa tu amiga?
-Es digna de compasión.
-¡No hables así! Si no la quieres, no le mientas; búscate una mujer que te guste de verdad, una muchacha joven y bonita.
-Una muchacha bonita no puede fijarse en mí.
-¿Por qué?
-Porque no tengo un padre importante.
-No quiero oírte decir esas palabras.
-Pues no las escuches. Deberíamos irnos ya.
-¿Vienes a mi casa?
-Tendría que llevarle algún regalo a tu hija. Que sirva también para felicitarte a ti.
-No hables así.
-¿Qué tiene de malo?
-No paras de soltar indirectas.
-No es mi intención.
-Deseo que seas feliz.
-No quiero oír esa palabra.
-¿Es que eres infeliz?
-No quiero hablar más de ello. No ha sido nada fácil que nos volvamos a ver después de tantos años; no hablemos de cosas deprimentes.
-Bueno, hablemos de otra cosa.
La muchacha se levantó de pronto; la sombra de una persona se acercaba con paso ligero desde el otro extremo de la avenida.
-Al fin llegó.
El joven cargado con la cartera de lona pasó por delante sin detenerse. La muchacha se volvió.
-No es el que ella espera. Como tantas veces ocurre en la vida; ¡hay que ver!
-Está llorando.
-¿Quién?
La muchacha se sentó cubriéndose el rostro; al menos las manos alzadas le ocultaban el rostro, o eso parecía, pues la oscuridad reinante en el bosquecillo de la cuesta no permitía apreciarlo con claridad. Los pájaros piaban.
-¿Aún quedan pájaros?
-No sólo hay pájaros en los bosques.
-Por aquí aún quedan gorriones.
-Te has vuelto arrogante.
-Así he podido salir adelante. Si no hubiera conservado un mínimo de arrogancia, hoy no estaría aquí.
-No estés tan hastiado del mundo, no eres el único que ha sufrido: todos hemos pasado por la experiencia del campo. Deberías comprender que una chica que se encuentra en el campo sin parientes ni conocidos pasa muchas más dificultades que vosotros los hombres. Si me he casado con él ha sido porque no tenía una opción mejor. Fueron sus padres los que arreglaron todo para conseguir mi traslado a la ciudad.
-No te culpo de nada.
-No tienes derecho a culparme.
-Nadie tiene derecho a culpar a nadie.
Las farolas se encendieron y su luz pálida se proyectó a través de las hojas verdes de los árboles. El cielo nocturno estaba nublado y costaba ver las estrellas sobre la ciudad; las farolas parecían refulgir con brillo inusitado en medio de la arboleda.
-Creo que deberíamos irnos.
-Sí, no tendríamos que haber venido a este lugar.
-La gente puede pensar que somos un par de enamorados. Si tu marido lo sabe, no se imaginará cosas raras, ¿verdad?
-No es de esa clase de personas.
-Es un buen hombre, entonces.
-Podrías pasarte por nuestra casa.
-Si él me invita.
-¿Si yo te invito no es lo mismo?
-Es una pena que no supiese tu dirección: por eso he ido a buscarte al trabajo. Si no, habría ido directamente a tu casa, de visita formal.
-Deja ya esa actitud.
-Dejemos ya de llevarnos la contraria.
-Eres tú el que habla con segundas.
-Bueno, perdona, no lo he hecho adrede.
-Hablemos de otra cosa, pues.
-Bien.
El bosquecillo estaba sumido en la oscuridad y ya no se distinguía la silueta de la muchacha. Iluminadas por el brillo de las farolas, las hojas de los álamos blancos verdeaban como si fuesen de jade, como fosforescentes. Había algo de brisa. Las hojas de los álamos temblaban tenuemente y brillaban con la tersura del satén.
-Parece que aún no se ha ido.
-No, está apoyada en un árbol.
A pocos pasos del banco vacío había un árbol de tronco grueso y, reclinada en él, la sombra de una persona.
-¿Qué le pasa?
-Llora.
-No vale la pena.
-¿Por qué?
-No vale la pena que llore por él. Seguro que puede encontrar a un buen muchacho que la quiera, alguien que merezca más su amor. Tendría que irse.
-Aún tiene esperanzas.
-Después de todo, la vida tiene muchos caminos y ella podría encontrar el suyo propio.
-Tú crees comprenderlo todo, pero no entiendes en absoluto lo que hay en el corazón de una mujer. Nada más fácil para un hombre que herir a una mujer. Las mujeres somos débiles.
-Si tenéis la certeza de ser débiles, ¿por qué no hacéis nada por ser un poco más fuertes?
-Bellas palabras.
-Son ganas de complicarse la vida, como si la vida ya de por sí no fuese lo bastante complicada. No hay que tomarse las cosas tan a pecho.
-Hay tantas cosas que no hay que hacer.
-Quiero decir que la gente sólo tiene que hacer lo que tiene que hacer.
-Eso es hablar por hablar.
-Así es, no tendría que haber venido a verte.
-Esto también es hablar por hablar.
-Sí, tenemos que irnos. Te invito a comer en algún sitio.
-No me apetece comer nada. ¿No podríamos hablar de otra cosa?
-¿Hablar de qué?
-Hablemos de ti.
-Hablemos mejor de los pequeños. ¿Cómo se llama tu hija?
-Yo quería tener un hijo.
-Una hija es lo mismo.
-No, los hijos de mayores no sufren tanto como las hijas.
-La gente no sufrirá tanto en el futuro, pues nosotros ya hemos pagado por ellos.
-Está llorando.
El único sonido es el del murmullo de la brisa entre las hojas de los árboles, pero en el mismo murmullo se oyen como sollozos procedentes del banco de piedra y de la parte trasera del árbol.
-Tendríamos que consolarla.
-Para ese mal no hay consuelo.
-Consolarla un poco, al menos.
-Ve, pues.
-Para estos casos sólo sirve una mujer.
-No es ése el consuelo que necesita.
-No entiendo.
-No entiendes nada de nada.
-Mejor no entender nada.
-Entender demasiado es una carga.
-En tal caso, ¿para qué quieres consolarla? Harías mejor en consolarte a ti mismo.
-¿Qué quieres decir?
-Tú no comprendes los sentimientos de la gente. Si crees que los sentimientos también son una carga, más vale que sigas así, sin entender nada.
-Vámonos, pues.
-¿A mi casa?
-Es inútil.
-¿Vamos a despedirnos así?
-Ya te he invitado a comer mañana en nuestra casa. Él también estará.
-Creo que es mejor que no vaya. ¿Qué dices?
-Como tú quieras.
Los sollozos eran más nítidos en la oscuridad. El lloro contenido llegaba a ráfagas con el susurro de la brisa nocturna entre las hojas.
-Te escribiré cuando me case.
-Mejor no escribas nada.
-Más adelante quizá venga a verte, si paso por aquí por cuestiones de trabajo.
-Mejor no vengas más.
-Sí, ha sido un error.
-¿Qué error?
-No tendría que haber venido a verte.
-No, no ha sido un error.
-Vosotros no tenéis la culpa, son aquellos años. Pero ya todo forma parte del pasado; tenemos que aprender a olvidar.
-Para mí es muy difícil olvidar todo.
-Quizá con el tiempo...
-Vete ya.
-¿No quieres que te acompañe hasta el autobús?
Se levantaron. El sonido ahogado, incontenible, venía del lugar donde asomaba borroso el banco vacío, de detrás del tronco negruzco; pero la sombra humana era indistinguible.
-Quizá deberíamos aconsejarle que se vaya.
Lustrosas como el satén, las hojas nuevas de los álamos blancos relucían tenuemente a la luz de las farolas.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Cuento francés

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Kali decapitada
Kali, la terrible diosa, merodea por las llanuras de la India.                                                      
Puede vérsela simultáneamente en el Norte y en el Sur, y al mismo tiempo en los lugares santos y en los mercados. Las mujeres se estremecen al verla pasar, los hombres jóvenes, dilatando las ventanas de la nariz, salen a la puerta para verla, y los niños recién nacidos ya saben su nombre. Kali, la negra, es horrible y bella. Tan delgada es su cintura que los poetas que la cantan la comparan con la palmera. Tiene los hombros redondos como el salir de la luna de otoño; unos senos turgentes como capullos a punto de abrirse; sus muslos ondean como la trompa del elefante recién nacido, y sus pies danzarines son como tiernos brotes. Su boca es cálida, como la vida; sus ojos profundos, como la  muerte. Tan pronto se mira en el bronce de la no-che como en la plata de la aurora o en el cobre del crepúsculo, y se contempla en el oro del mediodía. Pero sus labios no han sonreído jamás; un collar de huesecillos rodea su alto cuello y en su rostro, más claro que el resto del cuerpo, sus grandes ojos son puros y tristes. El rostro de Kali, eternamente mojado por las lágrimas, está pálido y cubierto de rocío como la faz inquieta de la mañana.
Kali es abyecta. Ha perdido su casta divina a fuerza de entregarse a los parias y a los condenados, y su rostro, al que besan los leprosos, se halla cubierto de una costra de astros. Se aprieta contra el pecho sarnoso de los camelleros procedentes del Norte, que nunca se lavan a causa de los grandes fríos; se acuesta en los lechos infectados de piojos con los mendigos ciegos; pasa de los brazos de los Brahmanes al abrazo de los miserables -raza fétida, deshonra de la luz- encargados de bañar los cadáveres; y Kali, tendida en la sombra piramidal de las hogueras, se abandona sobre las tibias cenizas. Ama asimismo a los barqueros, que son fuer-tes y ásperos; acepta hasta a los negros que sirven en los bazares, a quienes se azota más que a las bestias de carga; frota su cabeza contra sus hombros, cuajados de rozaduras por el ir y venir de los fardos. Triste como una enferma con fiebre que no consiguiera encontrar agua fresca, va de pueblo en pueblo, de encrucijada en encrucijada, a la búsqueda de los mismos monótonos deleites.
Sus piececitos bailan frenéticamente, moviendo las ajorcas, que tintinean, pero sus ojos no cesan de llorar, su boca amarga nunca besa, sus pestañas no acarician las mejillas de los que la abrazan, y su rostro permanece eternamente pálido como una luna inmaculada.                         
Hace mucho tiempo, Kali, nenúfar de la perfección, se sentaba en el trono del cielo de Indra como en el interior de un zafiro; los diamantes de la mañana brillaban en su mirada y el universo se contraía o se dilataba según los latidos de su corazón.
Pero Kali, perfecta como una flor, ignoraba su perfección y, pura como el día, no conocía su pureza.
Los dioses celosos acecharon a Kali una noche de eclipse, en un cono de sombra, en el rincón de un planeta cómplice. Fue decapitada por el rayo. En vez de sangre, brotó un chorro de luz de su nuca cortada. Su cadáver, dividido en dos trozos y arrojado al Abismo por los Genios, rodó hasta llegar al fondo de los Infiernos, por donde se arrastran y sollozan aquellos que no han visto o han rechazado la luz divina. Sopló un viento frío, condensó la claridad que se puso a caer del cielo; una capa blanca se acumuló en la cumbre de las montañas, bajo unos espacios estrellados donde empezaba a hacerse de noche. Los dioses-monstruos, el dios-ganado, los dioses de múltiples brazos y múltiples piernas, semejantes a unas ruedas que dan vueltas, huían a través de las tinieblas, cegados por sus aureolas, y los Inmortales, despavoridos, se arrepintieron de su crimen.
Los dioses contritos bajaron del Techo del Mundo hasta el abismo lleno de humo por donde se arrastran los que existieron. Franquearon los nueve purgatorios; pasaron por delante de los calabozos de barro y de hielo en donde los fantasmas, roídos por el remordimiento, se arrepienten de las faltas que cometieron, y por delante de las prisiones en llamas donde otros muertos, atormentados por una codicia vana, lloran las faltas que no cometieron. Los dioses se sorprendían al hallar en los hombres aquella imaginación infinita del Mal, aquellos recursos y aquellas innumerables angustias del placer y del pecado. Al fondo del osario, en un pantano, la cabeza de Kali sobrenadaba como un loto, y sus largos y negros cabellos se extendían a su alrededor como raíces flotantes.
Recogieron piadosamente aquella hermosa cabeza exangüe y se pusieron a buscar el cuerpo que la había llevado. Un cadáver decapitado yacía en la orilla. Lo cogieron, colocaron la cabeza de Kali encima de aquellos hombros y reanimaron a la diosa.
Aquel cuerpo pertenecía a una prostituta, ajusticiada por haber tratado de entorpecer las meditaciones de un Brahman. Sin sangre, aquel cadáver parecía puro. La diosa y la cortesana tenían ambas, en el muslo izquierdo, el mismo lunar.
Kali no volvió, nenúfar de perfección, a sentarse en el trono del cielo de Indra. El cuerpo, al que habían unido la cabeza divina, sentía nostalgia de los barrios de mala fama, de las caricias prohibidas, de los cuartos en donde las prostitutas meditan secretas orgías, acechan la llegada de los clientes a través de las persianas verdes. Se convirtió en seductora de niños, incitadora de ancianos, amante despótica de jóvenes, y las mujeres de la ciudad, abandonadas por sus esposos y considerándose ya viudas, comparaban el cuerpo de Kali con las llamas de la hoguera. Fue inmunda como una rata de alcantarillas y odiada como la comadreja de los campos. Robó los corazones como si fueran un pedazo de entraña expuesto en los escaparates de los casqueros. Las fortunas licuadas se pegaban a sus manos como panales de miel. Sin descanso, de Benarés a Kapilavistu, de Bangalor a Srinagar, el cuerpo de Kali arrastraba consigo la cabeza deshonrada de la diosa, y sus ojos límpidos continuaban llorando.                                     
Una mañana, en Benarés, Kali, borracha, haciendo muecas de cansancio, salió de la calle de las cortesanas. En el campo, un idiota que babeaba tranquilamente sentado en un montón de estiércol se levantó al verla pasar y se echó a correr tras ella. Ya sólo le separaba de la diosa la longitud de su sombra. Kali aminoró el paso y dejó que el hombre se acercara.                                         
Cuando él la dejó, emprendió de nuevo el camino hacia una ciudad desconocida. Un niño le pidió limosna; ella no le avisó de que una serpiente dispuesta a morder se erguía entre dos piedras. Sentía un gran furor contra todo ser viviente y al mismo tiempo un deseo atroz de aumentar con ello su sustancia, de aniquilar a las criaturas saciándose con ellas. Se la pudo ver en cuclillas junto a los cementerios; su boca masticaba los huesos como los dientes de las leonas. Mató como el insecto hembra que devora a sus machos; aplastó a los hijos que paría como una cerda que se revuelve contra su carnada. Y a los que exterminaba, los remataba después bailando encima de ellos. Sus labios, maculados de sangre, exhalaban el mismo olor insípido de las carnicerías, pero sus abrazos consolaban a sus víctimas y el calor de su pecho hacía olvidar todos los males.
En la linde de un bosque, Kali tropezó con el Sabio.                                                                 
Se hallaba sentado, con las piernas cruzadas, con las palmas unidas, y su cuerpo descarnado estaba tan seco como la leña preparada para encender la hoguera. Nadie hubiera podido adivinar si era muy joven o muy viejo; sus ojos, que todo lo percibían, apenas eran visibles por debajo de sus párpados medio cerrados. La luz se disponía en torno a él en forma de aureola, y Kali sintió subir de las profundidades de sí misma el presentimiento del gran descanso definitivo, parada de los mundos, liberación de los seres, día de bienaven-turanza en que la vida y la muerte serían igualmente inútiles, edad en que Todo se resorbe en Nada, como si esa pura nada que acababa de concebir se estremeciera en ella a la manera de un futuro hijo.
El Maestro de la gran compasión levantó la mano para bendecir a la que pasaba.
-Mi cabeza muy pura fue soldada a la infamia-dijo ella-. Quiero y no quiero; sufro y, no obstante, gozo; me da horror vivir y miedo morir.
-Todos estamos incompletos -dijo el Sabio-. Todos nos hallamos divididos y somos fragmentos, sombras, fantasmas sin consistencia. Todos creemos llorar y gozar desde hace siglos.
-Yo fui diosa en el cielo de Indra -dijo la cortesana.
-Y tampoco estabas libre del  encadenamiento de las cosas, y tu cuerpo de diamante no estaba más resguardado de la desgracia que tu cuerpo de barro y carne. Tal vez, mujer sin ventura, al errar deshonrada por los caminos te hallas más cerca de acceder a lo que no tiene forma.
-Estoy cansada -gimió la diosa.
Entonces tocando las trenzas negras y manchadas de ceniza con la punta de los dedos, dijo el Sabio:
-El deseo te enseñó la inanidad del deseo; el arrepentimiento te enseña la inutilidad de arrepentirte. Ten paciencia, ¡oh, Error!, del que todos formamos parte... ¡Oh, Imperfecta!, en quien la perfección toma conciencia de sí misma, ¡oh Furor!, que no eres necesariamente inmortal...

Cuento inglés

Objetos Sólidos
Lo único que se movía sobre el vasto semicírculo de la playa era una pequeña mancha negra. A medida que se acercaba al esqueleto de la barca sardinera varada en la arena, cierta tenuidad en su negrura dejó ver que la mancha en cuestión poseía cuatro piernas; y poco a poco resultó evidente que estaba compuesta por dos hombres jóvenes. Aun así, con su silueta recortada contra la arena, había en ellos una inconfundible vitalidad; un indescriptible vigor en el avance y el retroceso de los cuerpos que, si bien era leve, revelaba que una violenta discusión surgía de las diminutas bocas de aquellas dos cabezas. Esto quedaba corroborado, al mirar con más atención, por las constantes embestidas de un bastón situado a la derecha. «¿Intentas decirme...? ¿De verdad piensas...?», esto parecía afirmar el bastón que avanzaba del lado de las olas trazando largas líneas rectas en la arena.
-¡Al diablo la política! -emitió claramente el cuerpo de la izquierda, y mientras se pronunciaban estas palabras, las bocas, las narices, las barbillas, los bigotitos, las gorras de tweed, las botas toscas, los abrigos de caza y los calcetines de rombos de los dos hablantes se volvieron cada vez más nítidos; el humo de sus pipas ascendía por el aire; no había nada tan sólido, tan vivo, tan intenso, rojo, hirsuto y viril como estos dos cuerpos en millas y millas a la redonda de mar y dunas.
Se sentaron en la arena junto al esqueleto de la negra barca sardinera. Ya sabéis que el cuerpo parece relajarse al dar por concluida una discusión, y pedir disculpas por haberse exaltado, aplacándose y expresando con la laxitud de su postura su disposición a ocuparse de algo nuevo... cualquier cosa, lo primero que encuentre a mano. Por eso Charles, que había azotado la playa con su bastón durante más o menos media milla, comenzó a tirar fragmentos de pizarra sobre la superficie del agua, y John, que había exclamado «¡Al diablo la política!», comenzó a escarbar con los dedos en la arena. Hundió la mano más allá de la muñeca, lo cual le obligó a subirse ligeramente la manga, y sus ojos perdieron su intensidad o, mejor dicho, ese trasfondo de reflexión y experiencia que confiere a los ojos de los adultos una profundidad inescrutable despareció, dejando sólo esa superficie clara y transparente que no expresa sino asombro y que se ve en los ojos de los niños de corta edad. Sin duda alguna el hecho de escarbar en la arena tenía algo que ver con todo esto. Recordó que, después de cavar durante un rato, el agua rezuma alrededor de las puntas de los dedos; el hoyo se convierte entonces en un foso; en un pozo; en un manantial; en un canal secreto que llega hasta el mar. Mientras decidía en cuál de estas cosas iba a convertirlo, sin dejar de trabajar con los dedos en el agua, éstos tropezaron con un objeto duro -un trozo de materia sólida- y poco a poco desenterraron un gran fragmento irregular y lo sacaron a la superficie. Una vez eliminada la capa de arena que lo cubría se apreció un tono verde. Era un trozo de cristal, tan grueso que resultaba casi opaco. El mar lo había pulido por completo, privándolo de toda arista y toda forma, de tal manera que resultaba imposible decir si había sido botella, vaso o cristal de ventana. No era más que un trozo de vidrio; era casi una piedra preciosa. Bastaba con engastarlo en una montura de oro o ensartarlo en un alambre para transformarlo en una joya;  en un colgante o un reflejo verde y apagado en un dedo. Tal vez, a fin de cuentas, fuese una auténtica gema; tal vez perteneció a una triste princesa que deslizaba la mano por el agua sentada en la popa de la embarcación y escuchaba el canto de los esclavos que la transportaban por la bahía a golpe de remo. O tal vez las tablas de roble de un cofre isabelino hundido y repleto de tesoros se habían roto y, tras rodar y rodar, rodar y rodar, sus esmeraldas habían llegado finalmente a la playa. John dio la vuelta al cristal; lo puso a contraluz; lo sujetó de modo que su masa irregular ocultó el cuerpo de su amigo y su brazo derecho extendido. El verde se aclaraba y oscurecía ligeramente, según se pusiera el cristal contra el cielo o contra el cuerpo. A John le gustaba; le intrigaba; era un objeto tan duro, tan compacto, tan definido, en comparación con el mar vago y la costa brumosa.
Entonces le interrumpió un suspiro... profundo, definitivo, que le hizo tomar conciencia de que su amigo Charles había tirado ya todas las piedrecitas que tenía a su alcance, o bien que había llegado a la conclusión de que no valía la pena tirarlas. Se comieron los bocadillos sentados el uno junto al otro. Hecho ésto, y tras haberse sacudido y puesto en pie, John cogió el trozo de cristal y lo observó en silencio. Charles también lo miró. Pero entonces descubrió que no era plano y, cargando su pipa, dijo con esa energía con que se pone fin a una cadena de pensamientos absurdos:
-Volviendo a lo que decía...
No vio, o si lo vio apenas reparó en ello, que John, tras observar el cristal un momento, como si dudase, se lo guardó en el bolsillo. Este impulso podría haber sido el mismo que mueve a un niño a recoger una piedra en un camino, prometiéndole una vida cálida y segura sobre la repisa de la chimenea del cuarto de los niños, deleitándose en la sensación de poder y benevolencia que tal acción proporciona, y creyendo que el corazón de la piedra brinca de alegría al verse escogida entre un millón de piedras iguales a ella para gozar de esta dicha en lugar de pasar la vida expuesta al frío y a la humedad del camino. «¡Podría haber sido cualquier otra entre todos los millones de piedras, pero fui yo, yo, yo!»
Tanto si fue éste como si no el pensamiento que ocupó la mente de John, lo cierto es que el trozo de cristal encontró su lugar en la repisa de la chimenea, sobre un montón de facturas y cartas, y no sólo sirvió como excelente pisapapeles, sino que también se convirtió en un punto sobre el cual la mirada del joven se detenía de manera natural cuando apartaba la vista de su lectura. Al ser observado una y otra vez de manera inconsciente por una mente ocupada en cualquier otro pensamiento, cualquier objeto se mezcla tan profundamente con la materia del pensamiento que pierde su forma real y se recompone de un modo distinto, convirtiéndose en una forma ideal que visita nuestra mente cuando menos lo esperamos. Y fue así como John comenzó a sentirse atraído por los escaparates de las tiendas de regalos cuando iba por la calle, simplemente porque veía algo que le recordaba al trozo de cristal. Cualquier cosa, con tal de que fuese un objeto más o menos redondeado, acaso con una llama agonizante profundamente hundida en su masa, cualquier cosa -porcelana, cristal, ámbar, roca, mármol-, hasta el suave huevo ovalado de un ave prehistórica, le servía. Adquirió también la costumbre de andar con la mirada fija en el suelo, sobre todo cuando se acercaba a los solares donde se acumula la basura doméstica. Era frecuente encontrar en ellos tales objetos... arrojados, inservibles, informes, desechados. En pocos meses reunió cuatro o cinco ejemplares que ocuparon su lugar en la repisa de la chimenea. Además, eran útiles, pues un hombre que aspira a un escaño en el Parlamento y está a punto de iniciar una brillante carrera debe mantener en orden cierto número de papeles: direcciones de electores, declaraciones políticas, peticiones de suscripciones, invitaciones a cenas, etc.
Cierto día, al salir de su despacho en el Colegio de Abogados de Londres para coger un tren con la intención de participar en un acto electoral, sus ojos descubrieron un curioso objeto que yacía medio oculto en una de esas pequeñas franjas de césped que rodean la entrada de los grandes edificios oficiales. No acertaba sino a tocarlo con la punta del bastón a través de la verja; pero veía que era un fragmento de porcelana de forma sumamente curiosa, más parecido a una estrella de mar que a ninguna otra cosa... tallado, o roto accidentalmente, en cinco puntas irregulares pero inconfundibles. Su tono era predominantemente azul, pero una especie de vetas o manchas cubrían el azul, y unas líneas de color carmesí le conferían una suntuosidad y un lustre de lo más atractivo. John estaba decidido a poseer aquel objeto; pero cuanto más lo empujaba con el bastón, más lo alejaba de sí. Finalmente se vio obligado a volver a su despacho e improvisar un aro de alambre sujeto a la punta del bastón, con el cual, a fuerza de gran cuidado y habilidad, consiguió situar el trozo de porcelana al alcance de la mano. Al cogerlo lanzó una exclamación triunfal. En ese momento el reloj daba la hora. Era evidente que ya no llegaba a su cita. El acto se celebró sin él. Pero, ¿cómo se había roto el trozo de porcelana de una forma tan curiosa? Tras examinarlo atentamente no le cupo duda de que la forma de estrella era accidental -lo cual resultaba aún más extraño- y pensó que era poco probable que hubiese otro igual. Colocado en la repisa de la chimenea, en el extremo opuesto a donde se encontraba el trozo de cristal que desenterrara de la arena, el fragmento de porcelana parecía una criatura de otro mundo, extraña y fantástica como un arlequín. Parecía hacer piruetas en el espacio, parpadeando como una estrella temblorosa. El contraste que se creaba entre la porcelana, tan viva y vigilante, y el cristal, tan mudo y contemplativo, le fascinaba, y se preguntaba con asombro cómo era posible que los dos objetos hubiesen llegado a existir en el mismo mundo y, lo que es más, a encontrarse en la misma y estrecha repisa de mármol de la misma habitación. La pregunta quedó sin respuesta.
Comenzó entonces a frecuentar esos lugares donde abunda la porcelana rota, tales como descampados junto a las vías férreas, solares de casas derribadas y pueblos de los alrededores de Londres. Pero los objetos de porcelana rara vez se arrojan desde grandes alturas; éste es uno de los actos humanos menos frecuentes. Deben coincidir por una parte una casa muy alta y por otra una mujer de impulsos tan irrefrenables y carácter tan apasionado como para arrojar sus jarrones o sus floreros por la ventana sin preguntarse si hay alguien debajo. No era difícil encontrar porcelona rota en abundancia, pero rota en accidentes domésticos sin importancia, sin intención, sin carácter. A medida que fue ahondando en la cuestión se asombraba cada vez más ante la inmensa variedad de formas que cabía encontrar sólo en Londres, y hallaba aún más causa de asombro y especulación en las diferencias de calidades y formas. Se llevaba a casa los mejores ejemplares y los colocaba en la repisa de la chimenea, donde, sin embargo, su función era cada vez más ornamental, pues los papeles necesitados de un peso para mantenerse en su sitio eran cada vez más escasos.
Descuidaba sus obligaciones o las despachaba distraídamente, y cuando recibía visitas de sus electores, éstos quedaban negativamente impresionados por el aspecto que ofrecía la repisa de su chimenea. El caso es que no fue elegido para representarlos en el Parlamento y su amigo Charles, que se lo tomó muy a pecho y corrió a manifestarle su condolencia, lo encontró tan poco abatido por el desastre que llegó a suponer que el asunto era demasiado grave como para asimilarlo de repente.
Lo cierto es que ese día John había ido al municipio de Barnes y allí, debajo de una aulaga, había encontrado un curioso trozo de hierro. Era casi idéntico al cristal en cuanto a su forma, compacto y esférico, pero tan frío y pesado, tan negro y metálico que era evidentemente ajeno a la tierra y tenía su origen en alguna estrella muerta o bien eran los restos de algún satélite. El bolsillo se hundía bajo su peso; la repisa de la chimenea se hundía bajo su peso; irradiaba frío. Y pese a todo, el meteorito reposaba en el mismo lugar que el trozo de cristal y la porcelana en forma de estrella.
Mientras su mirada vagaba de un objeto a otro, el jóven se sentía atormentado por la necesidad de poseer objetos que llegasen a superar incluso a aquéllos. Se entregó a la búsqueda con más y más afán. De no haber estado consumido por la ambición y convencido de que algún día hallaría su recompensa en algún montón de basura, las desilusiones sufridas, por no hablar de la fatiga y las burlas de que era objeto, le habrían obligado a abandonar su empeño. Provisto de una bolsa y un largo bastón en el que había acoplado un gancho adaptable, registraba los depósitos de tierra; hurgaba entre la maleza; rebuscaba en los callejones y en los espacios entre los muros, donde sabía que encontraría ese tipo de objetos desechados. Los desengaños se multiplicaban a medida que su criterio se volvía más estricto y su gusto más severo, pero siempre había un destello de esperanza, un trozo de porcelana o cristal rotos de forma curiosa que le incitaban a seguir. Pasaron los días. Ya no era joven. Su carrera -es decir, su carrera política- pertenecía ya al pasado. La gente dejó de visitarlo. Era demasiado silencioso como para que valiese la pena invitarlo a cenar. Jamás habló con nadie de sus serias ambiciones; a juzgar por cómo se comportaban los demás, estaba claro que no lo entendían.
Entonces  se  recostó  en  su  sillón y observó cómo Charles levantaba las piedras de la repisa de la chimena una docena de veces y volvía a colocarlas enfáticamente para subrayar lo que estaba diciendo sobre la conducta del gobierno, pero sin reparar para nada en su existencia.
-¿Cuál fue la verdad de todo esto, John? -preguntó Charles de pronto, volviéndose hacia él-. ¿Qué te hizo renunciar de ese modo tan repentino?
 -Yo no he renunciado -replicó John.
-Pero ahora no tienes la menor posibilidad -dijo Charles bruscamente.
-No estoy de acuerdo contigo -dijo John con convicción.
Charles lo miró y se sintió profundamente incómodo; las más extraordinarias dudas se apoderaron de él; tenía la extraña sensación de que hablaban de cosas distintas. Miró a su alrededor buscando alivio a su terrible desánimo, pero el desorden que reinaba en la habitación le deprimió aún más. ¿Qué hacían aquel bastón y aquella bolsa vieja colgados en la pared? ¿Y todas esas piedras? Al mirar de nuevo a John advirtió en su expresión algo fijo y distante que le asustó. Sabía perfectamente que su mera aparición en cualquier tribuna pública estaba totalmente fuera de lugar.
-Bonitas piedras -dijo lo más alegremente que pudo; y añadiendo que tenía una cita, dejó a John... para siempre.

Cuento galés

Una visita al abuelo
Desperté en mitad de la noche; había tenido un sueño lleno de látigos y fustas largos como las serpientes, diligencias de caballos desbocados que escapaban por los desfiladeros y largas galopadas al viento por campos repletos de cactus. Oí que el hombre del cuarto de al lado gritaba «¡Arre!» primero y «¡Soo!» después, y que hacía chascar la lengua contra el cielo de la boca.
Era la primera vez que me quedaba a dormir en casa del abuelo. El suelo de madera había chirriado como los ratones cuando me encaramé a la cama; dentro de las paredes, los ratones crujieron como la madera, como si otro visitante la estuviera pisando. Era una templada noche de verano, pero las cortinas habían estado ondeando, y las ramas habían golpeado la ventana al mecerse. Me cubrí la cabeza con las sábanas, y pronto estuve entre rugidos, al galope, en un libro.
-¡Soo, preciosidades! -exclamó el abuelo. Su voz resonó muy juvenil y potente, como si tuviera cascos de caballo en la lengua. Había convertido su habitación en una anchurosa pradera. Pensé que sería bueno echar un vistazo a su cuarto, por si acaso se hubiera prendido fuego a la cama. Mi madre me había advertido de que a veces encendía la pipa bajo las mantas, y me había dicho que debía correr en su auxilio si notaba el humo en plena noche. Anduve de puntillas en la oscuridad y me acerqué a la puerta de su dormitorio bien pegado a los muebles, hasta darme un trompazo contra uno y volcar una de las velas. Cuando vi que había luz en el dormi-torio me asusté, y al abrir la puerta oí gritar al abuelo.
-¡Arre! -exclamó con la potencia de un toro con un megáfono.
Estaba sentado, erguido en la cama, balanceándose de un lado a otro como si transitara por un camino repleto de baches. Las esquinas del cubrecama, anudadas, eran las riendas; su caballo invisible estaba a la sombra, más allá del círculo de luz de la vela que tenía en la mesilla. Sobre su camisa de dormir de franela blanca se había ceñido un chaleco rojo con botones de latón del tamaño de una castaña. La cazoleta de su pipa, rebosante, crepitaba entre sus bigotes como un almiar en una estaca. Nada más verme soltó las riendas y dejó las manos azuladas y quietas sobre las sábanas. La cama se paró sobre un camino alisado, apagó el chasquido de su lengua y los caballos se detuvieron suavemente.
-¿Pasa algo, abuelo? -pregunté aun cuando la ropa de cama no hubiese prendido en llamas. A la luz de la vela, su cabeza parecía una colcha andrajosa y colgada en el aire negro, llena de mechones revueltos como barbas de cabra.
Me miró con mansedumbre. Sopló en la pipa y esparció las centellas. El tallo de la pipa, ensalivado, emitió un largo silbido.
-No hagas preguntas -dijo.
Al cabo de una larga pausa, tomó de nuevo la palabra.
-¿Tú tienes pesadillas, hijo?
-No -le dije yo.
-Sí que las tienes, seguro -dijo.
Le expliqué que me había despertado una voz que gritaba a los caballos.
-¿Qué te dije? -gritó-. Cenas demasiado. ¿Quién ha oído alguna vez a un caballo en su cuarto?
Metió la mano bajo la almohada buscando algo; sacó una bolsita que tintineaba y desató con cuidado el lazo que la cerraba. Me depositó un soberano en la mano.
-Cómprate un pastel.
Se lo agradecí y le di las buenas noches.
Nada más cerrar la puerta de mi habitación le oí gritar de nuevo a pleno pulmón: «¡Arre, arre!». La cama viajera daba sacudidas sin cesar.
Por la mañana desperté tras haber tenido un sueño lleno de caballos desbocados por una llanura que estaba atestada de muebles desperdigados y de hombres imponentes, grandes como las nubes, que montaban seis caballos a la vez y que los fustigaban con unas sábanas en llamas. El abuelo bajó a desayunar vestido de negro riguroso.
-Anoche sopló un viento terrible -dijo al terminar el desayuno. Se sentó en su sillón frente a la chimenea y se puso a hacer bolas de arcilla para el fuego. A media mañana me llevó a dar un paseo por el pueblo de Johnstown y los campos de la carretera de Llanstephan.
-Hace una hermosa mañana, señor Thomas -dijo un hombre que había sacado a pasear a su perrillo. Cuando se marchó tan enjuto como el perro camino de un bosquecillo en el que no debiera haber entrado, pues unos letreros lo prohibían expresamente, el abuelo se explayó:
-¿Te has fijado cómo te ha llamado? ¡«Señor»!
Pasamos por delante de unas casas de campo; todos los hombres que estaban apoyados sobre las verjas felicitaron al abuelo por la espléndida mañana que hacía. Atravesamos un bosque lleno de pichones cuyas alas rompían las ramas al precipitarse hacia las copas. Entre aquellas voces quedas y satisfechas, entre los tímidos revoloteos, el abuelo habló como un hombre que gritase de un valle a otro.
-Si oyeras a esos pajarracos en plena noche, me despertarías para avisarme de que hay caballos en los árboles.
Anduvimos despacio a la vuelta, pues él estaba cansado, y el hombre enjuto salió del bosque prohibido con un conejo en los brazos, como si fuera el brazo de una muchacha bien calentito en su manga.
El penúltimo día de mi visita me llevó a Llanstephan en un carrito de institutriz del que tiraba un pony bajo y debilucho. El abuelo sujetaba las riendas con tanta fuerza como si sujetara a un bisonte, y con idéntica fuerza chasqueaba el látigo, con el mismo ánimo blasfemo gritaba advertencias a los chicos que jugaban en el camino, con la misma resolución había asentado las piernas bien separadas, envueltas en polainas, y maldecía la diabólica fuerza y la tozudez del pony vacilante.
-¡Cuidado, chico! -gritaba cuando llegábamos a una esquina, y tiraba de las riendas, arreaba, las sacudía, agitaba el látigo como si fuera una espada de goma. Y cuando el pony doblaba cada esquina a trancas y barrancas, el abuelo se volvía hacia mí con una sonrisa y un suspiro-. Esa la hemos salvado bien, hijo.
Al llegar a Llanstephan, en lo alto de una loma, dejó la carreta en la taberna de Edwinsford y acarició el morrillo del pony mientras le daba un azucarillo.
-Eres muy poco pony, Jim, para llevar a un par de hombretones como nosotros.
Tomó una cerveza fuerte y yo una limonada, y pagó a la señora Edwinsford con un soberano que sacó de su bolsita tintineante; ella se interesó por su salud, él contestó que el aire de Llangadock les sentaba mejor a los pulmones. Luego fuimos a ver el cementerio y el mar y nos sentamos en un bosque que llamaban de las Estacas, y estuvimos un rato en la tarima del centro del bosque, donde suben los visitantes a cantar en las noches de verano y donde año tras año era elegido alcalde el tonto del pueblo. El abuelo se detuvo frente a la verja de hierro que rodeaba el cementerio y señaló las lápidas angelicales y las toscas cruces de madera.
-No tiene ningún sentido estar tumbado ahí dentro -dijo.
Apuramos el día y volvimos a casa a la carrera; Jim volvió a ser un bisonte.
En mi última mañana de estancia me desperté tarde, recién salido de un sueño en el que el mar de Llanstephan llevaba brillantes balandros largos como transatlánticos; vi coros celestiales en las Estacas, gente vestida con ropajes de bardo y chalecos con botones de latón que cantaba extrañas canciones en galés para despedir a los marineros que partían. El abuelo no bajó a desayunar, pues se había levantado muy temprano. Salí al campo con mi tirachinas nuevo y me puse a disparar a las gaviotas del Towy y a los grajos de los árboles de la parroquia. Un viento cálido soplaba de los puntos de donde viene el verano; una neblina matinal ascendía desde el suelo y flotaba entre los árboles y ocultaba los pájaros ruidosos; en medio de la neblina, con la brisa, mis guijarros salían del tirachinas como un pedrisco que iba a caer en un mundo al revés. Pasó la mañana sin que abatiera un solo pájaro.
Rompí el tirachinas y emprendí el camino de vuelta para almorzar, pasando por el huerto del párroco. Una vez, el abuelo me explicó que el párroco había comprado tres patos en la feria de Camarthen y había construido un estanque en el centro del huerto, pero los patos prefirieron la acequia que corría por debajo de la casa, bajo los desmoronados peldaños de acceso, y allí precisamente se dedicaron a nadar y alborotar. Cuando llegué al final del sendero del huerto miré a través de un orificio en el seto y vi que el párroco había abierto un túnel que comunicaba el estanque con la acequia, y que incluso había puesto un cartel de su puño y letra que decía: «Por aquí al estanque».
Los patos seguían nadando bajo los escalones de la entrada.
El abuelo no estaba en casa. Salí al jardín, pero el abuelo no estaba mirando boquiabierto los frutales. Pregunté a gritos a un hombre que estaba apoyado sobre la azada en la linde del terreno.
-¿Ha visto a mi abuelo esta mañana?
Siguió cavando en una zanja y me contestó por encima del hombro.
-Lo he visto con su chaleco elegante.
Griff, el barbero, vivía en la casa de al lado. Lo llamé por la puerta, que estaba entreabierta.
-Señor Griff, ¿ha visto a mi abuelo?
El barbero salió en mangas de camisa.
-Llevaba su mejor chaleco -dije. No sabía si eso podía ser importante, pero el abuelo solo se ponía el chaleco por la noche.
-¿Ha estado tu abuelo en Llanstephan? -preguntó el barbero con cara de preocupación.
-Sí, ayer fue allí en un carretón -contesté.
Entró deprisa y corriendo y lo oí hablar en galés; salió corriendo con la chaqueta blanca y cogió un bastón adornado con cintas de colores. Echó a caminar por la calle del pueblo y yo lo seguí corriendo.
Se paró ante la tienda del sastre.
-¡Dan!- gritó. Dan Tailor se asomó por la ventana; estaba sentado como un sacerdote indio, pero con un sombrero hongo calado hasta las cejas.
-Dai Thomas se ha puesto el chaleco -dijo el señor Griff- y ha estado en Llanstephan.
Mientras Dan Tailor iba a buscar su abrigo, el señor Griff echó a caminar a grandes zancadas.
-Will Evans -llamó a la puerta del carpintero-. Dai Thomas ha estado en Llanstephan y se ha puesto el chaleco.
- Se lo diré a Morgan ahora mismo -dijo la mujer del carpintero entre el ruido de los martillos y los serruchos que llegaba de la oscuridad de la trastienda.
Llamamos a la carnicería y a la casa del señor Price, y el señor Griff repitió su mensaje como si fuera un pregonero.
Nos reunimos todos en la plaza de Johnstown. Dan Tailor iba en bicicleta, el señor Price con su pony y su carretón. El señor Griff, el carnicero, Morgan el carpintero y yo subimos al carro y salimos al trote por el camino de Camarthen. El sastre dirigía la expedición tocando el timbre como si anunciase un robo o avisara de un incendio, y una anciana que estaba a la puerta de una finca echó a correr y se guareció dentro como sí fuera una gallina apedreada. Otra mujer nos saludó agitando un pañuelo de brillantes colores.
-¿Adonde vamos? -pregunté.
Los vecinos del abuelo estaban tan solemnes como los viejos con sombreros y chaquetas negras que se ven en los alrededores de las ferias. El señor Griff meneó la cabeza y se lamentó.
-Esto no me lo esperaba yo de Dai Thomas -dijo.
-Yo tampoco, y menos desde la última vez que ocurrió -dijo muy triste el señor Price.
Seguimos al trote, subimos por Constitution Hill, bajamos por Lammas Street, el sastre seguía tocando el timbre, un perro echó a correr aullando por delante de su bicicleta. Mientras traqueteábamos sobre el adoquinado que llevaba al puente del Towy recordé los ruidosos viajes nocturnos del abuelo, que hacían estremecerse a las paredes, y vi su brillante chaleco como si lo viera en un sueño; vi su cabeza llena de remiendos y mechones sueltos, que sonreía a la luz de las velas. El sastre, que seguía delante de nosotros, se volvió en el sillín, la bicicleta se tambaleó y acabó derrapando.
-Veo a Dai Thomas -gritó.
El carretón traqueteaba por el puente, y allí vi al abuelo: los botones de su chaleco brillaban a la luz del sol; llevaba los pantalones negros y ceñidos que se ponía los domingos, y un sombrero de copa, algo polvoriento, que había visto yo en un armario del desván. También llevaba un bolso viejísimo. Nos hizo una reverencia.
-Buenos días, señor Price -dijo-. Buenos días, señor Griff, señor Morgan, señor Evans. Buenos días, hijo -me dijo a mí al final.
El señor Griff lo señaló con su bastón de colorines.
-¿Y a ti qué te parece que estás haciendo en el puente de Camarthen en plena tarde? -dijo con severidad- ¿Qué haces ahí con tu mejor chaleco y con tu sombrero viejo?
El abuelo no contestó, pero inclinó la cabeza hacia el viento del río, de modo que la barba se le alborotó y se le meneó como si estuviera hablando; miraba a los hombres que faenaban en las piraguas de mimbre y cuero; las frágiles embarcaciones se movían como si fueran tortugas en la ribera.
El señor Griff alzó su despuntado bastón de barbero.
-¿Adonde pretendes llegar con ese bolsón raído?
-Voy a que me entierren a Llangadock -dijo el abuelo.
Se volvió a mirar los cascos de madera de las piraguas, que se deslizaban ligeros sobre el agua, y las gaviotas cuyos chillidos lastimeros, sobre las aguas preñadas de peces, eran tan amargos como el lamento del señor Price.
-Pero si todavía no estás muerto, Dai Thomas.
El abuelo se paró un instante a reflexionar.
-No tiene ningún sentido que a uno lo entierren en Llanstephan -dijo-. En Llangadock el terreno es más reconfortante; uno puede estirar las piernas sin tener que meterlas en el mar.
Sus vecinos se le acercaron.
-No estás muerto, Dai Thomas.
-¿Cómo te van a enterrar si no estás muerto?
-En Llanstephan no te va a enterrar nadie.
-Venga, volvamos a casa, señor Thomas.
-Hay cerveza fuerte para merendar.
-Y bizcocho.
Pero el abuelo aguantó a pie firme sobre el puente, y se apretó el bolsón contra el pecho, observando la corriente del río y el cielo como si fuese un profeta que no tuviera ninguna duda.

© Dylan Thomas (Gales), trad. Miguel Martínez-L

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Cuento argentino

A woman rides an unicycle at a park in Shanghai February 28, 2004. The unicycle was designed by Chinese inventor Li Yongli who called it “the number one vehicle in the world”. (Photo by Reuters/China Photos)

Que tal, López
Un señor encuentra a un amigo y lo saluda, dándole la mano e inclinando un poco la cabeza.
Así es como cree que lo saluda, pero el saludo ya está inventado y este buen señor no hace más que calzar en el saludo.
Llueve. Un señor se refugia bajo una arcada. Casi nunca estos señores saben que acaban de resbalar por un tobogán prefabricado desde la primera lluvia y la primera arcada. Un húmedo tobogán de hojas, marchitas.
Y los gestos del amor, ese dulce museo, esa galería de figuras de humo. Consuélese tu vanidad: la mano de Antonio buscó lo que busca tu mano, y ni aquélla ni la tuya buscaban nada que ya no hubiera sido encontrado desde la eternidad. Pero las cosas invisibles necesitan encarnarse, las ideas caen a la tierra como palomas muertas.
Lo verdaderamente nuevo da miedo o maravilla. Estas dos sensaciones igualmente cerca del estómago acompañan siempre la presencia de Prometeo; el resto es la comodidad, lo que siempre sale más o menos bien; los verbos activos contienen el repertorio completo.
Hamlet no duda: busca la solución auténtica y no las puertas de la casa o los caminos ya hechos, por más atajos y encrucijadas que propongan. Quiere la tangente que triza el misterio, la quinta hoja del trébol. Entre sí y no, qué infinita rosa de los vientos. Los príncipes de Dinamarca, esos halcones que eligen morirse de hambre antes de comer carne muerta.
Cuando los zapatos aprietan, buena señal. Algo cambia ahí, algo que nos muestra, que sordamente nos pone, nos plantea. Por eso los monstruos son tan populares y los diarios se extasían con los terneros bicéfalos. ¡Qué oportunidades, qué esbozo de un gran salto hacia lo otro!
Ahí viene López.
-¿Qué tal, López?
-¿Qué tal, che?
Y así es como creen que se saludan.

martes, 10 de diciembre de 2013

Cuento del martes

Acuérdate
Acuérdate de Urbano Gómez, hijo de don Urbano, nieto de Dimas, aquel que dirigía las pastorelas y que murió recitando el «rezonga ángel maldito» cuando la época de la influencia. De esto hace ya años, quizá quince. Pero te debes acordar de él. Acuérdate que le decíamos el Abuelo por aquello de que su otro hijo, Fidencio Gómez, tenía dos hijas muy juguetonas: una prieta y chaparrita, que por mal nombre le decían la Arremangada, y la otra que era rete alta y que tenía los ojos zarcos y que hasta se decía que ni era suya y que por más señas estaba enferma del hipo. Acuérdate del relajo que armaba cuando estábamos en misa y que a la mera hora de la Elevación soltaba su ataque de hipo, que parecía como si se estuviera riendo y llorando a la vez, hasta que la sacaban afuera y le daban tantita agua con azúcar y entonces se calmaba. Esa acabó casándose con Lucio Chico, dueño de la mezcalera que antes fue de Librado, río arriba, por donde está el molino de linaza de los Teódulos.
Acuérdate que a su madre le decían la Berenjena porque siempre andaba metida en líos y de cada lío salía con un muchacho. Se dice que tuvo su dinerito, pero se lo acabó en los entierros, pues todos los hijos se le morían de recién nacidos y siempre les mandaba cantar alabanzas, llevándolos al panteón entre músicas y coros de monaguillos que cantaban «hosannas» y «glorias» y la canción esa de «ahí te mando, Señor, otro angelito». De eso se quedó pobre, porque le resultaba caro cada funeral, por eso de las canelas que les daba a los invitados del velorio. Sólo le vivieron dos, el Urbano y la Natalia, que ya nacieron pobres y a los que ella no vio crecer, porque se murió en el último parto que tuvo, ya de grande, pegada a los cincuenta años.
La debes haber conocido, pues era re alegadora y cada rato andaba en pleito con las marchantas en la plaza del mercado porque le querían dar muy caro los jitomates, pegaba de gritos y decía que la estaban robando. Después, ya de pobre, se le veía rondando entre la basura, juntando rabos de cebolla, ejotes ya sancochados y alguno que otro cañuto de caña «para que se les endulzara la boca a sus hijos». Tenía dos, como ya te digo, que fueron los únicos que se le lograron. Después no se supo ya de ella.
Ese Urbano Gómez era más o menos de nuestra edad, apenas unos meses más grande, muy bueno para jugar a la rayuela y para las trácalas. Acuérdate que nos vendía clavellinas y nosotros se las comprábamos, cuando lo más fácil era ir a cortarlas al cerro. Nos vendía mangos verdes que se robaba del mango que estaba en el patio de la escuela y naranjas con chile que compraba en la portería a dos centavos y que luego nos las revendía a cinco. Rifaba cuanta porquería y media traía en la bolsa: canicas ágatas, trompos y zumbadores y hasta mayates verdes, de esos a los que se les amarra un hilo en una pata para que no vuelen muy lejos. Nos traficaba a todos, acuérdate.
Era cuñado de Nachito Rivero, aquel que se volvió menso a los pocos días de casado y que Inés, su mujer, para mantenerse, tuvo que poner un puesto de tepache en la garita del camino real, mientras Nachito se vivía tocando canciones todas desafinadas en una mandolina que le prestaban en la peluquería de don Refugio.
Y nosotros íbamos con Urbano a ver a su hermana, a bebernos el tepache que siempre le quedábamos a deber y que nunca le pagábamos, porque nunca teníamos dinero. Después hasta se quedó sin amigos, porque todos, al verlo, le sacábamos la vuelta para que no fuera a cobrarnos.
Quizá entonces se volvió malo, o quizá ya era de nacimiento.
Lo expulsaron de la escuela antes del quinto año, porque lo encontraron con su prima la Arremangada jugando a marido y mujer detrás de los lavaderos, metidos en un aljibe seco. Lo sacaron de las orejas por la puerta grande entre la risión de todos, pasándolo por en medio de una fila de muchachos y muchachas para avergonzarlo. Y él pasó por allí, con la cara levantada, amenazándonos a todos con la mano y como diciendo: «Ya me las pagarán caro.»
Y después a ella, que salió haciendo pucheros y con la mirada raspando los ladrillos, hasta que ya en la puerta soltó el llanto; un chillido que se estuvo oyendo toda la tarde como si fuera un aullido de coyote.
Sólo que te falle mucho la memoria, no te has de acordar de eso.
Dicen que su tío Fidencio, el del trapiche, le arrimó una paliza que por poco y lo deja parálisis, y que él, de coraje, se fue del pueblo.
Lo cierto es que no lo volvimos a ver sino cuando apareció de vuelta por aquí convertido en policía. Siempre estaba en la plaza de armas, sentado en una banca con la carabina entre las piernas y mirando con mucho odio a todos. No hablaba con nadie. No saludaba a nadie. Y si uno lo miraba, él hacía el desentendido como si no conociera a la gente.
Fue entonces cuando mató a su cuñado, el de la mandolina. Al Nachito se le ocurrió ir a darle una serenata, ya de noche, poquito después de las ocho y cuando todavía estaban tocando las campanas el toque de Ánimas. Entonces se oyeron los gritos, y la gente que estaba en la iglesia rezando el rosario salió a la carrera y allí los vieron: al Nachito defendiéndose patas arriba con la mandolina y al Urbano mandándole un culatazo tras otro con el máuser, sin oír lo que le gritaba la gente, rabioso, como perro del mal. Hasta que un fulano que no era ni de por aquí se desprendió de la muchedumbre y fue y le quitó la carabina y le dio con ella en la espalda, doblándolo sobre la banca del jardín, donde se estuvo tendido.
Allí lo dejaron pasar la noche. Cuando amaneció se fue. Dicen que antes estuvo en el curato y que hasta le pidió la bendición al padre cura, pero que él no se la dio.
Lo detuvieron en el camino. Iba cojeando, y mientras se sentó a descansar llegaron a él. No se opuso. Dicen que él mismo se amarró la soga en el pescuezo y que hasta escogió el árbol que más le gustaba para que lo ahorcaran.
Tú te debes acordar de él, pues fuimos compañeros de escuela y lo conociste como yo.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Cuento monstruoso

El monstruo del lago
Llevaba dos semanas comiendo porquerías y durmiendo en los bed and breakfast más modestos, pero el dinero se le iba de entre las manos como agua. El coche y el alcohol, eso era lo que le descabalaba el presupuesto. El alquiler del coche era lo peor, pero no había otra manera de moverse. La editorial le pagaba cuatro mil pesetas de dietas al día, lo cual, aunque Escocia estuviera barata, era casi una burla. Así que se alimentaba con la bazofia de los pubs, salchichas purpúreas y guisantes de lata, todo regado con unas cuantas pintas de cerveza. Eso estaba comiendo ahora, precisamente, acodado en la mesa de un pub, junto a la carretera. Un local oscuro como un mal pensamiento, aunque todavía no eran las cuatro de la tarde. Afuera, más allá de los ventanucos, el día moría prematuramente, agobiado por un cielo de nubarrones negros. Sólo estaban a primeros de noviembre, pero hacía ya un frío insoportable. El lago, al otro lado de la carretera, tenía el color helado del mercurio. No tardaría en nevar.
-¿Es suyo el coche que hay delante?
M. se sobresaltó y miró hacia atrás dos veces, una por encima de cada hombro, buscando la persona a quien la pregunta podría ir dirigida: no estaba acostumbrado a despertar ningún tipo de interés. Pero detrás de él no había nadie. Contempló entonces con más atención al hombre que había formulado la pregunta. Era un tipo de cráneo y vientre redondos, grandes narizotas, ojos de miope. Poseía el aspecto de no haber tenido ni una sola idea propia en toda su vida.
-Supongo que sí -respondió M., en aceptable inglés.
-¿Extranjero?
-Español.
-¿Viajando?
-Voy a Inverness.
Tras este breve interrogatorio, el hombrecillo calló, aparentemente satisfecho. M. volvió a su salchicha, fría ya y con sabor a nitratos. Un asco. Como se pasaba los días conduciendo y trabajando, sólo comía una vez por jornada, un almuerzo tardío. Luego seguía camino y por las noches, antes de acostarse, se metía unos whiskys en el cuerpo. Bastantes whiskys. Pero no se consideraba un alcohólico: sólo bebía para poder dormir.
-¿Le importa si me siento un ratito con usted? -dijo el hombre.
-No, no... -contestó M. sorprendido. Ellos dos, el hombre y él, eran los únicos parroquianos que había en el local. Cosa que no era de extrañar, porque el pub se levantaba en mitad de la nada, entre colinas sombrías y desiertas. Seguramente el tipo se encontraba aburrido de estar solo y de ahí su locuacidad y su insistencia. Un pelmazo. Tenía todo el aspecto de ser un pelmazo. Pero a M. no le importaba: incluso agradecía su presencia. Llevaba dos semanas sin hablar con nadie, más allá de las mínimas frases necesarias para ordenar una comida y de las monótonas preguntas de su trabajo: «¿El garaje está incluido en el precio?», «¿cuántas habitaciones tiene?», «¿cuánto cuesta el menú?». Cómo odiaba su empleo. De entre todas las guías de viajes más baratas, más feas y peor hechas del mundo, las Orbe se llevarían sin esfuerzo el primer premio. La editorial las vendía por dos perras a una serie de periódicos regionales, y éstos las regalaban, una cada semana, junto con el diario de los domingos. Eran unos librillos confeccionados a puñetazos, plagados de erratas y tan mal pegados que no aguantaban el recorrido del quiosco a la casa sin perder alguna hoja.
-¿A qué se dedica usted? -inquirió el hombre. Unos matojos de pelos negros sobresalían de sus narizotas.
-Soy periodista.
-¡Qué interesante! -dijo el tipo. Y parecía de verdad impresionado.
Porque no sabe, se dijo M. Porque no sabe. Lo que peor llevaba era tener que entrar en los hoteles de lujo a preguntar las tonterías que preguntaba. Y cruzar los larguísimos vestíbulos soportando la mirada suspicaz y desdeñosa del conserje. Porque con él nunca se equivocaban los conserjes de los grandes hoteles: siempre sabían, desde la primera ojeada, que él no podía ser un cliente.
-Entonces quizá le interese saber quién soy yo -dijo el hombrecillo en tono modesto-. Yo, verá usted, soy el monstruo del lago Ness.
M. resopló, súbitamente dolido. Pero, entonces, ¿el tipo se estaba mofando de él? ¿Le había reconocido, de la misma manera que le reconocían los conserjes de los hoteles de lujo, como un objetivo fácil para la burla? Pero no, el hombrecillo parecía estar hablando en serio.
-Claro, ya comprendo que a usted le costará creerme -tartamudeó-. Pero es que, ¿cómo explicarle?, yo soy la apariencia humana del monstruo.
Un loquito, eso era. A M. no le asustaban los locos. Al contrario, con ellos se sentía incluso más a gusto. Con ellos no se veía en la obligación de justificarse por lo mal que le había ido en la vida. A los locos no les importaba que tuviera el hígado hecho papilla o que, a los cincuenta y cuatro años, viviera solo como un perro en una sórdida pensión madrileña. Ni que esta miserable chapuza de las guías se la hubieran dado casi por compasión.
-Y, entonces, ¿el verdadero monstruo dónde está? -preguntó por decir algo.
-Ahí abajo -contestó el tipo señalando con solemnidad el turbio lago que asomaba a través de la ventana-. Ahí, arropado por toneladas de agua fría. Está durmiendo.
-¿Y cómo sabe usted que duerme? -dijo M. sonriendo.
-Lo sé porque yo soy su sueño -contestó con sencillez el hombre-. El monstruo sueña con ser humano. Entonces duerme, y de su reposo salen criaturas como yo. Verá, es un monstruo muy viejo, el último de su especie, Se sabe diferente, y se siente solo. Por eso, cuando sueña con hombres, crea siempre personajes así: solitarios, distintos, quizá un poco monstruosos.
Calló el hombre unos instantes y se enjugó los ojos.
-Se sufre, ¿sabe usted?, porque mi monstruo es un monstruo sufriente -prosiguió-. Pero cuando al fin descubrí que yo sólo era un sueño fue un alivio. Porque en esta vida puedo parecer ridículo, insignificante o incluso loco, pero en realidad soy un monstruo magnífico, inmensamente poderoso, viejo y sabio. Me entiende, ¿verdad? Sé que me comprende: si me he acercado a usted es porque me parece haberle visto alguna vez por ahí abajo.
Entonces M. miró a través de la ventana al lago mercurial, amenazadoramente oscuro en el crepúsculo. Miró queriendo recordar, pero no pudo. Sobre el Lago Ness empezó a caer, muy lentamente, la primera nevada del invierno.