jueves, 5 de diciembre de 2013

Cuento serbio


El maratoniano y el juez de carrera
Aunque no coincide exactamente en el plano cronológico estoy convencido de que oí esta historia por primera vez de boca del difunto Leonid Sejka, pintor, que se denominaba a sí mismo «clasificador». Si había leído el manuscrito de Terts o a él también se la habían contado, lo ignoro. Lo único que creo saber es que fue él el primero que me la contó. (Seguía con la mirada a los corredores jadeantes que se adelantaban uno a otro haciendo un terrible esfuerzo físico y mental, deslizándose por un paisaje imaginario, al que él daba forma y color. Juntando tres dedos de la mano derecha, buscaba la palabra y expresión, como si palpase bajo las yemas la finura del pigmento o el espesor de los colores, mientras que la mano izquierda permanecía inmóvil, extrañamente inmóvil, como paralizada: en ella se consumía el cigarrillo y la columna de ceniza siguió hasta el final recta, intacta).
La historia dice así:
Vestidos con pantalones cortos de deporte y camisetas con enormes dorsales, los corredores del maratón se preparan para la carrera. Entre ellos, hay algunos que compiten por primera vez, pero también otros que son campeones experimentados del maratón, así como un señor de unos cincuenta años, alto y huesudo, veterano famoso, antiguo campeón múltiple, una gloria de la patria.
Son los primeros días del otoño o los últimos de la primavera. En la plaza mayor, entre el edificio barroco del ayuntamiento y el restaurante, cuelga una pancarta de tela con la inscripción START. Las señoras vuelven de la misa matutina, llevando de la mano a unos niños impecablemente peinados. Las señoritas vestidas con faldas largas y cuellos de encaje palmotean alegremente, sin quitarse los guantes blancos.
Cuando el juez de carrera baja el banderín, los corredores arrancan con una fingida indiferencia: les esperan veinticinco largos kilómetros, e incluso los novatos saben que la maquinaria del cuerpo y del espíritu no debe forzarse al máximo hasta más tarde.
Así, en pelotón, recorren las calles de la ciudad, unas veces iluminados por el sol matutino (en esos momentos se protegen los ojos con las viseras de caucho), otras, cuando los edificios altos les ocultan el sol, sumidos en cuadros de sombra. Inmóviles en el bordillo de la acera, los funcionarios aplauden tibiamente, los caballeros blanden con fuerza sus bastones, señalando a sus favoritos, los barberos dejan por un instante a sus enjabonados clientes, y los aprendices, apoyados en el quicio de la puerta, siguen a los corredores con una mirada nostálgica y piensan que el destino les ha dado la libertad como alas y que uno de ellos se llevará la gloria del campeón.
Todavía corren en grupo, y a través de los aplausos cada vez más escasos oyen el ruido rítmico de sus pasos y de su propia respiración. Luego, la ciudad se aleja lentamente. Han pasado por los suburbios ahogados por el humo, por la papelera, la fábrica de cerveza; a la izquierda queda el hangar ferroviario; cruzan el puente, y aquí ya empiezan los campos, los prados y el cañaveral, que, al sol de la mañana, exhalan el olor a hierbas mezclado con la neblina. Este aroma los obliga a entornar los ojos, como si la fuerza divina de la naturaleza, los jugos arcaicos de la tierra, abrieran entre los jadeos un camino más fácil hasta los pulmones y la sangre.
El recorrido está marcado con banderas, y la motocicleta, que soltando gases serpentea delante de ellos, los guía para que no se pierdan. La masa compacta ya se ha dispersado. Por supuesto, sólo se trata de medir las fuerzas o las primeras crisis (pasajeras), antes de que el cuerpo se someta a la fuerza de la voluntad, de la razón y de la ambición; o hasta que los traicione por completo.
Valdemar D., con el dorsal número veinticinco, un hombre alto de unos treinta años, el pelo rubio muy corto y las piernas largas y delgadas, siente que por fin ha logrado dominar la inercia del cuerpo, que al llegar al linde del bosque ha vencido el entumecimiento de los músculos, la indiferencia de los huesos, la desgana de las plantas de los pies, que ha domado a la postre a este animal físico que un santo denominó «asno mío». Corría sin dificultad, sus piernas se movían como dos pistones en marcha bien engrasados. El olor del bosque, el aroma de las coníferas, parecía que le daba nuevas fuerzas. El sonido de una sierra mecánica, los golpes de un hacha contra un árbol sonoro, el olor a serrín húmedo semejante al tufo de la orina, eran como un lejano eco de su infancia.
A pesar de lo acordado con el entrenador, que ahora ya era un recuerdo vago y casi olvidado, en la pendiente del bosque imprimió a su cuerpo una aceleración digna de un finish, y se colocó a la cabeza del primer grupo en el que se encontraba también el famoso veterano, corriendo su última carrera, la de honor. Por un instante, le pareció que el veterano lo miraba extrañado e incluso que había movido la cabeza, probablemente para indicarle que las cosas no se hacían así, que aún no había llegado la hora de tomar posiciones, pues acababan de abandonar la ciudad: todavía se oía con claridad el repicar de las campanas de la iglesia.
Al llegar a campo abierto, se dio la vuelta. Detrás de él se alzaba la pared verde del bosque y un sendero estrecho en el que no había nadie. (Los imaginaba subiendo, sin aliento, la última cuesta en el corazón del bosque, descubriendo las huellas de sus pies en el barro).
El paisaje le resultaba familiar, demasiado familiar; tenía la suerte de que el itinerario en el que solía entrenar era justo el mismo por el que ahora corría impulsado por un viento alegre, por un entusiasmo olvidado hacía mucho tiempo.
Al llegar al kilómetro seis, le arrojaron un cubo de agua a la cara; en el siete le pasaron una botella y él, sin dejar de correr, vació el líquido que olía a saúco y sabía a agua de lluvia; en el kilómetro diez, alguien le gritó que debería reducir la velocidad y guardar fuerzas para el finish; en el kilómetro once, se hundió hasta los tobillos en el fango a la orilla de un lago.
Con la sorpresa de un hombre acostumbrado y bien entrenado-un corredor experto, que empezó a competir en distancias cortas antes de encontrar, siguiendo los consejos del entrenador, su verdadera vocación en las carreras de larga distancia en las que la intervención de la suerte queda reducida al mínimo y en las que deciden la fuerza de voluntad, la experiencia y el entrenamiento-, se dio cuenta de que estaba corriendo la carrera de su vida, a punto de conquistar el trofeo que anhelan cientos, miles de atletas. Emocionado por este hecho-porque su cuerpo se doblegaba sin esfuerzo, sin resistencia, por la armonía perfecta que había alcanzado con esta máquina humana, porque había roto su rebeldía, la había domesticado y sometido-, meditaba sobre el milagro biológico que le había permitido domar la inercia del cuerpo, la resistencia de la materia, la gravedad de la Tierra, y la forma en que conseguía, como un faquir de la India, dominar la actividad de su corazón, controlar su ritmo. ¿Cómo se había producido, se preguntaba, esta armonía mágica, este equilibrio ideal entre voluntad, fuerza, años, días?
Volvía la cabeza en vano. Tras él no había más que extensiones de campos verdes y ondulados, colinas boscosas, el reflejo rosado del lago; pero no había ni rastro de los que estaban con él en la línea de salida.
Sólo lo seguía el sol describiendo un gran arco.
La cruz incandescente de la torre del pueblo se le aproximaba cada vez más. En los mojones apoyados en los árboles al borde del camino, veía pasar los kilómetros, y por fin descubrió, no sin asombro, que en uno de ellos, arrimado ahora a un poste de teléfono, figuraba el número doce. Esto suponía un tiempo récord, incluso para una carrera de cinco mil metros, pensó, y una gran alegría inundó su alma, una felicidad que lo asustaba un poco, como si él mismo presenciase un fenómeno desconocido, prodigioso, que rayaba con lo inhumano, con lo imposible. Pues si a mitad de la carrera aún conservaba esta frescura, entonces sólo un percance imprevisto, una caída torpe, una torcedura de tobillo, podría impedirle establecer un récord fantástico que entraría en los anales del deporte, una victoria digna del mito maratoniano.
A poca distancia del pueblo, la motocicleta redujo la velocidad y se metió en el recinto de un campo de fútbol, invadido por la maleza crecida. (El ruido del motor se apagó de repente y él pensó que se había producido una avería). En ese instante advirtió que, junto a la ruinosa portería alguien agitaba un banderín amarillo. Miró hacia atrás, pensando que probablemente la señal estaba dirigida a otro, a los niños que le pisaban los talones o a un ciclista curioso que se le había acercado demasiado. Detrás de él no había nadie. La moto dio una vuelta y se paró justo al lado de la portería. El motorista se colocó las gafas de caucho en la frente y extendió los brazos con aire de impotencia.
Valdemar D. miró al juez de carrera y le pareció que conocía a ese hombre, esos brazos cortos, robustos, esas piernas torcidas, esa vigorosa cabeza cuadrada. El juez de carrera agitaba el banderín y le hacía señales enérgicas para que se detuviera.
-Número Veinticinco, tiene que descansar-oyó claramente la voz del juez. (También la voz le resultaba familiar).
Valdemar D., sin embargo, sigue corriendo, busca la salida de ese campo de fútbol abandonado, infectado de hierbajos. Por todas partes lo rodea una oxidada alambrada de espino. Valdemar D. sabe que no debe pararse, que ahora no debe pararse, justo cuando ya ha logrado hacer lo que ha hecho, cuando ya ha superado la mitad del recorrido. Así que continúa corriendo en círculos por inercia, para que la máquina orgánica no se quede sin aliento y el motor no se detenga, para que no se desequilibre el ritmo de los pasos y del corazón. Jadeando levemente, consigue espetarle al juez de carrera (¡esta cabeza, Dios mío, cómo le suena!):
-Señor juez, yo no estoy cansado.
Y sigue corriendo en círculos.
-¡Le ordeno que se detenga y que tome aliento!-grita el juez de carrera, rojo como la grana, agitando el banderín arriba y abajo, arriba y abajo-. ¡Se lo ordeno!
Valdemar D. le contesta por encima del hombro, sin modificar el ritmo de sus pasos:
-Señor, si me paro ahora...
-Usted se va a parar, número Veinticinco. ¡Le ordeno que pare! ¡¿Me ha oído?! ¡Párese!
-Pero ¿a mitad de la carrera?-se lamenta Valdemar D. sin dejar de correr y buscando una salida a través de la alambrada oxidada.
-Es por su bien-grita el juez, olvidando por un momento agitar el banderín-. Si no me cree a mí, número Veinticinco, aquí hay una persona que lo convencerá de que es por su bien. Está cansado.
Entonces, a una señal del juez, sale María de una tienda. (Esta carpa baja servía evidentemente de punto de control y en ella estaba instalado un teléfono de campaña). La reconoció incluso antes de que empezara a hablar, a pesar de que una pamela de paja sumía en sombras la mitad de su cara.
-Valdemar-le grita con un tono asustado-, te lo suplico, ¡párate! Ven a descansar. ¡Tienes que descansar, Valdemar!
Entonces se despertó. El sueño se desvaneció, precipitadamente, como la diminuta columna de ceniza de un cigarrillo consumido. El despertar le parecía una caída, la caída de un ángel. ¿No se deslizaba un poco antes por unos lugares paradisíacos? María, cuya voz aún resonaba con claridad en su mente-con la medida de la vigilia-, hacía más de quince años que estaba muerta.
Fuera se presentaba uno de esos amaneceres sucios grises.
Todavía tuvo tiempo para contar el sueño al hombre que estaba tumbado a su lado en el catre, en algún campo de concentración siberiano. Este, a su vez, después de la súbita muerte de Valdemar, contó lo sucedido a otro prisionero, hoy ya también fallecido. El sueño de Valdemar llegó así hasta Abraham Terts, que en las cartas que escribía a su mujer hablaba de todo y de nada. El censor del campo apenas prestaba atención a su correspondencia, en la que, de un modo estúpido, se hablaba más de Dios, del diablo y de Gógol que del clima, de la diarrea o del pésimo tabaco.
Terts termina la historia sobre el desdichado letón de forma lacónica (en la carta hay que dejar espacio para la providencia divina y la nariz de Gógol): «le quedaban exactamente doce años y seis meses para cumplir la condena». En la página siguiente (81) de la edición londinense, añade, ahora ya al margen de la anécdota y, por eso, en cierto modo paradójicamente: «El sueño es el abrevadero del alma que se escapa por la noche a las fuentes de la vida».
Al leer no hace mucho el libro de Terts, recordé la historia de Sejka. (Cada vez estoy más convencido de que tenía el libro en manuscrito). Nos había contado lo ocurrido a su manera, citando a menudo a Berdiaev, a Dostoievski y a Beckett. Estaba solo, enfermo y era ruso. Y sabía cómo iluminar sus narraciones con la misma luz secreta que irradiaba de sus cuadros.

© Danilo Kis (Serbia)

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Cuento navideño

El pavo navideño
Nuestra primera Navidad en familia después de la muerte de mi padre, que había sucedido cinco meses antes, tuvo consecuencias decisivas para la felicidad familiar. Nosotros siempre habíamos sido familiarmente felices en ese sentido bien abstracto que tiene la felicidad: gente honesta, sin crímenes, un hogar sin peleas internas ni graves dificultades económicas. Pero, debido principalmente a la naturaleza grisácea de mi padre, un ser desprovisto de todo lirismo y de una inepta ejemplaridad, ataviado en la mediocridad, siempre nos había faltado ese aprovechamiento de la vida, ese gusto por las felicidades materiales, un buen vino, una estadía en un balneario, la adquisición de una heladera o ese tipo de cosas. Mi padre era un bonachón equivocado, casi dramático, el purasangre de los aguafiestas.
Se murió mi padre, lo lamentamos mucho, etc. Cuando llegó la Navidad, yo ya no sabía cómo hacer a un lado aquella memoria obstructora del muerto, que parecía haber sistematizado para siempre la obligación de un recuerdo doloroso en cada almuerzo, en cada gesto mínimo de la familia. Una vez, cuando le sugerí a mi mamá ir a ver una película al cine, su única respuesta fueron lágrimas. ¡Dónde se vio ir al cine en pleno luto! El dolor estaba siendo cultivado por sus apariencias y yo, que había apreciado generalmente poco a mi padre, y más por instinto de hijo que por espontaneidad de amor, me encontraba a punto de fastidiarme con las bondades del muerto.
Fue a causa de esto que nació, espontáneamente, la idea de hacer una de mis llamadas "locuras". Estas fueron además, y desde muy temprano, mi espléndida conquista contra el ambiente familiar desde hacía mucho tiempo, desde los tiempos de la secundaria en los que conseguía regularmente una reprobación cada año. Desde el beso a escondidas a una prima, a los diez años, cuando fui descubierto por la Tía Vieja, detestable como tía, y principalmente desde las lecciones que di o recibí, no lo sé, de una criada de unos parientes: conseguí, en el reformatorio de mi hogar y en la vasta parentela, la fama conciliatoria del "loco". "¡Está loco, pobrecito!", decían. Mis padres hablaban con cierta tristeza condescendiente, el resto de la parentela buscaba ejemplos para sus hijos y, probablemente, con el placer de los que se convencen a sí mismos de alguna superioridad. No tenían loquitos entre sus hijos. Pues bien, esa fama fue la que me salvó. Hice todo lo que la vida me presentó y lo que mi ser exigía para realizarse con integridad. Y me dejaron hacer de todo porque estaba loco, pobrecito. De todo esto resultó una existencia sin complejos, de lo que no me puedo quejar ni un ápice.
La cena de Navidad fue siempre una costumbre en la familia. Cena ordinaria, como es de suponer: cena tipo mi padre, con castañas, higos y pasas, después de la Misa de Gallo. Atiborrados de almendras y nueces (mientras discutíamos los tres hermanos por causa de los cascanueces...), atiborrados de castañas y monotonías, nos abrazábamos y nos íbamos a la cama. Fue acordándome de eso que salí con una de mis "locuras":
-Bueno, esta Navidad quiero comer pavo.
Se produjo uno de esos sustos que nadie puede imaginarse. Enseguida mi tía solterona y santa que vivía con nosotros advirtió que no podíamos convidar a nadie a causa del luto.
-¡Pero quién habló de convidar a alguien! Qué manía, ¿cuándo fue que nosotros comimos pavo? Pavo acá en casa y en plato de fiesta, viene toda esa parentela del diablo...
-Mi hijo, no digas eso...
-Pues lo digo y listo.
Y descargué mi helada indiferencia por nuestra parentela infinita, dicen que descendiente de los bandeirantes1, ¡qué poco me importa! Era justo el momento para desarrollar mi teoría del pobre loquito y no perdí la oportunidad. Me dio de golpe una ternura inmensa por mamá y la tía, mis dos madres, tres con mi hermana, las tres madres que siempre divinizaron mi vida. Siempre pasaba lo mismo: alguien cumplía años y sólo entonces hacían pavo en aquella casa. Pavo era el plato de fiesta: una inmundicia de parientes ya preparados por la tradición invadían la casa a causa del pavo, de las empanaditas y de los dulces. Mis tres madres ya no sabían nada de la vida sino trabajar durante los tres días previos. Trabajar en la preparación de los dulces y de la comida fría, finísimos por lo bien hechos, la parentela se devoraba todo y todavía se llevaba paquetitos para los que no habían podido venir. Mis tres madres apenas podían moverse de lo exhaustas que estaban. Del pavo, sólo cuando se enterraban los huesos, al día siguiente, es que mamá con mi tía podían probar un pedazo de pata, vago, oscuro, perdido entre el arroz blanco. Y eso que era mamá la que servía y lo probaba todo para el viejo y los hijos. En verdad, nadie sabía en realidad qué era el pavo en nuestra casa, pavo era la sobra de la fiesta.
No, no se invitaría a nadie, era un pavo solamente para nosotros cinco, Y tenía que ser con dos tipos de harina de mandioca: una grasosa con los menudos y la otra, seca, doradita, con bastante manteca. Quería el pavo relleno sólo con farofa grasosa, a la que habríamos de agregar ciruelas negras, nueces y una copa de jerez como había aprendido en la casa de mi querida compañera Rose.
Obviamente omití dónde había aprendido la receta, pero todos desconfiaron. Y se quedaron con ese aire de quien sopla incienso, pensando si no sería una tentación del Diablo aprovechar una receta tan sabrosa. Y cerveza bien helada, aseguraba yo casi gritando. Es cierto que con mis "gustos", ya bastante afinados fuera de casa, pensé primero en un buen vino, completamente francés. Pero la ternura por mamá venció al loco; a mamá le encantaba la cerveza.
Cuando terminé de exponer mis proyectos, percibí que todos estaban felicísimos y con un deseo fuertísimo por realizar aquella locura en la que yo había estallado. Sabían que era una locura, sí, pero todos simulaban que era yo solamente quien estaba deseando aquello y que había una manera fácil de echarme encima la culpa de sus deseos enormes. Se miraban de reojo sonriendo, tímidos como palomas desgarradas, hasta que mi hermana halló la solución con el consentimiento general:
-¡Está loco en serio!...
Se compró el pavo, se hizo el pavo, etc. Y después de una Misa de Gallo rezada a los apurones, se produjo nuestra más maravillosa Navidad. Fue gracioso: en cuanto me acordé de que finalmente iba a hacer que mamá comiera pavo, no hice otra cosa que pensar en ella, sentir ternura por ella, amar a mi viejita adorada.  Y  mis hermanos también estaban en el mismo ritmo violento del amor, todos dominados por la nueva felicidad que el pavo venía imprimiéndole a la familia. De modo que, aun disfrazando las cosas, dejé muy  sosegado que mamá cortase todo el pecho del pavo. Además, en un momento, ella se detuvo con las tajadas de uno de los costados del pecho del ave, como no resistiendo aquellas leyes de economía que siempre la habían entorpecido en una casi pobreza sin sentido.
-¡No doña, córtelo todo entero! ¡Yo solo me como todo eso!
Era mentira. El amor familiar estaba incandescente de tal forma en mí, que hasta era capaz de comer poco sólo para que los otros cuatro comiesen más. Y el diapasón de los otros era el mismo. Aquel pavo comido a solas, redescubría en cada uno lo que la cotidianeidad había ahogado por completo, el amor, la pasión materna, la pasión de los hijos. Dios me perdone pero estoy pensando en Jesús. En aquella casa de burgueses bien modestos se estaba realizando un milagro digno de la Navidad de un Dios. El pecho del pavo quedó enteramente reducido a amplias tajadas.
-¡Yo lo sirvo!
¿"Está loco en serio" pues por qué habría de servir yo si siempre lo hacía mamá! Entre risas, me pasaron los grandes platos llenos y comencé una distribución heroica, mientras mandaba a mi hermano a servir cerveza. Me di cuenta enseguida que había un pedazo admirable de la "cascara", lleno de grasa y lo puse en el plato. Y después varias rodajas blancas. La voz severa de mamá cortó el espacio angustiado en el que todos aspiraban por su porción de pavo:
- ¡Acordate de tus hermanos, Juca!
¡Cómo ella iba a imaginarse, la pobre, que ése era su plato, el de Mamá, mi amiga maltratada que no sabía nada de Rose, de mis crímenes, a la que yo sólo le comunicaba lo que la hacía sufrir! El plato quedó sublime.
-Mamá, esto es tuyo, no lo pases por favor.
Fue cuando ella no pudo más con tanta conmoción y comenzó a llorar. Mi tía también, apenas se dio cuenta de que el nuevo plato sublime que seguía era el de ella, entró en el refrán de las lágrimas. Y mi hermana, que jamás vio una lágrima sin también abrir la canilla, se deshizo en llanto. Entonces comencé a decir muchas tonterías para no llorar yo también, tenía diecinueve años...   ¡Diablo de familia ignorante que veía un pavo, lloraba y cosas así! Todos se esforzaban por sonreír, pero ahora que la alegría se había vuelto imposible, el llanto evocaba por asociación la imagen indeseable de mi padre muerto. Mi padre, con su figura cenicienta, venía como  siempre  a  arruinar nuestra Navidad. Me puse como loco.
Bueno, se comenzó a comer en silencio, luctuosos, y el pavo estaba perfecto. La carne tierna, de un tejido muy tenue flotaba apacible entre los sabores de las harinas de mandioca y del jamón, de vez en cuando herida, perturbada y de nuevo deseada, por la intervención más violenta de la ciruela negra y el estorbo petulante de los pedacitos de nuez. Pero papá sentado allí, gigantesco, incompleto, una censura, una llaga, una incapacidad. Y el pavo estaba tan sabroso y mamá sabiendo que el pavo era un manjar digno del niño Jesús recién nacido.
Comenzó una lucha sorda entre el pavo y el bulto de papá. Supuse que alabar al pavo era fortalecerlo en la lucha y, obviamente, tomé decididamente partido por el pavo. Pero los difuntos tienen medios viscosos, muy hipócritas y difíciles de vencer: ni bien alabé al pavo, la imagen de papá creció victoriosa, insoportablemente obstruyente.
-Sólo falta tu padre...
Yo ni comía ni me podía gustar más ese pavo perfecto de tanto que me interesaba por esa lucha entre dos muertos. Llegué a odiar a papá. Y ni sé qué inspiración genial me volvió, de repente, hipócrita y político. En ese instante que hoy me parece decisivo para nuestra familia, tomé aparentemente el partido de mi padre. Fingí, triste:
-Es así... Pero papá, que nos quería tanto, que murió de tanto trabajar para nosotros, papá allá en el cielo debe estar contento... (dudé, pero resolví no mencionar más al pavo) contento de vernos a todos reunidos en familia.
Entonces todos comenzaron con mucha calma a hablar de papá. Su imagen fue disminuyendo, disminuyendo y se convirtió en una estrellita brillante en el cielo. Ahora todos comían el pavo con sensualidad, porque papá había sido muy bueno, siempre se había sacrificado por nosotros y había sido un santo que "ustedes, hijos míos, no le podrán pagar nunca lo que le deben a su padre", un santo. Papá se había vuelto santo, una contemplación agradable, una estrellita en el cielo que no estorbaba. Puro objeto de contemplación suave, ya no perjudicaba más a nadie. El único muerto allí era el pavo, dominador, completamente victorioso.
Mi madre, mi tía, nosotros, todos inundados de felicidad. Iba a escribir "felicidad gustativa", pero no era exactamente eso. Era una felicidad mayúscula, un amor de todos, un olvido de los otros parentescos que distraían del gran amor familiar. Y fue, sé que fue aquél, el primer pavo comido en el retiro de la familia, el inicio de un amor nuevo, reacomodado, más completo, más rico e inventivo, más complaciente y cuidadoso de sí. No quiero ser excluyente, pero la felicidad familiar que nació entre nosotros puede ser que algunos la tengan así de grande, pero más intensa que la nuestra es algo imposible de concebir.
Mamá comió tanto pavo que en un momento imaginé que aquello le podía hacer mal. Pero enseguida pensé: ¡ah, que siga, aun si ella muriese, por lo menos una vez en la vida comería pavo de verdad!
La enorme falta de egoísmo me había transportado a nuestro infinito amor... Después vinieron unas uvas leves y unos dulces, que allá en mi tierra llevan el nombre de Bem-casados2. Pero ni siquiera este nombre peligroso se asoció al recuerdo de mi padre a quien el pavo había convertido en dignidad, en cosa verdadera, en culto puro de la contemplación.
Nos levantamos. Eran casi las dos, estábamos todos alegres, relajados por las dos botellas de cerveza. Todos se iban a acostar, a dormir o a moverse en la cama, poco importa, porque es bueno el insomnio feliz. Lo endemoniado es que Rose, católica antes de ser Rose, había prometido esperarme con champagne. Para poder irme, mentí, dije que iba a una fiesta de un amigo, besé a mamá y le guiñé el ojo de modo que supiera a dónde es que iba y así hacerla sufrir un poco. A las otras mujeres las besé sin guiños. Y ahora, ¡Rose!...

1 Bandeirantes; pioneros paulistas que avanzaron hacia el interior en la colonización de tierras y que formaron las familias fundadoras de la ciudad de San Pablo (n. del t.).
Dulces que se entregan como regalos en los casamientos y que se hacen con bizcochuelo y dulce de leche (n. del t).

Cuento argentino

Oldsmobile 1962
Al doblar la esquina, lo vio: resplandeciente, posado en el jardín como un plato volador. Sólo en el cine había visto un coche así. En esa calle de polvo, bajo el techo de cinc del garaje de su casa, era tan inverosímil como un transatlántico en un arroyo. Lo miro de cerca, sin tocarlo. Después, como despidiéndolo, paso una mano sobre la carrocería blanca. No había que tomarlo en serio: se iría con la misma absurda fatalidad con que había llegado. Se iría como llegaba y se iba todo, sin explicación. Como todo lo que se le ocurría a su padre, pensó. Inesperados y arbitrarios eran siempre los regalos de su padre. Los regalos prometidos no llegaban nunca; en cambio, le entregaba otros, que desaparecían de la noche a la mañana. Cuando cumplió cinco años le había prometido uno que, a los catorce, todavía la intrigaba. "Mañana te voy a traer un correverá, con las patas coloradas y que nunca lo verás", le había dicho. Al día siguiente lo había esperado en la vereda imaginando cachorros de tigre, caballos de madera y payasos con zancos, pero su padre había llegado con las manos vacías. "¿Me trajiste el correverá?", le había preguntado. "No, ya te dije que mañana", le contestaba todos los días. Había recibido a cambio gatos, nutrias y conejos que, una vez bautizados y acostumbrados a la tiranía infantil, su padre le arrebataba sin ninguna explicación. Tampoco explicaba la razón de los regalos que se hacía a sí mismo: cinco bicicletas de carrera compradas el mismo día, dos potros que nunca tuvo ocasión de montar, media docena de revólveres que limpiaba día y noche y después escondía en el fondo del ropero. Ahora, ese increíble auto de millonarios estacionado frente a la casa de madera en la que apenas cabían él, su mujer, su hija, el televisor y los dos ventiladores que funcionaban inútilmente durante todo el día. La casa, abundantemente barnizada por dentro y pintada por fuera de verde ciruela, estaba al final de un camino de baldosas bordeado de calas. Desde el jardín se veía la única avenida asfaltada del barrio. También se veía que era la única casa de madera en varias cuadras a la redonda. Silvia nunca había llevado allí a sus amigos del colegio: una casa prefabricada, habrían dicho. O una casilla de madera. Miró de nuevo el auto, con ilusión rápidamente desvanecida: duraría menos que un helado de limón. Ni siquiera podría conseguir que su padre la esperara a la salida de clase. Diría que un auto así no era para andar por la calle. En el garaje sin paredes, apenas un cobertizo de techo de cinc y piso de cemento, el Oldsmobile parecía recién caído del cielo, o justo a punto de volar. Silvia había aprendido que todo lo que llegaba a su casa estaba destinado a desaparecer, pero también sabía que, cuando algo llegaba, era porque otra cosa había ya desaparecido.
Abrió la puerta de tela metálica y, una vez más, sintió que el trabajo de atravesar el verano en esa caja de madera con olor a barniz sería insoportable. Su madre estaba sentada, en la cocina, con los ojos cerrados y la tapa de una azucarera en la mano. Silvia dejó caer las carpetas sobre la mesa. La mujer abrió los ojos, unos ojos azules extrañamente despiertos, del todo ajenos al cuerpo cansado al que pertenecían. Tenía poco más de treinta y cinco años, pelo negro y una piel blanca y áspera, casi una tela blanca por encima de otra piel invisible.
-¿Y eso? -preguntó Silvia, como si se hubiera tratado de un florero nuevo.
-Tu padre.
-¿Pero de dónde lo sacó?
-Parece que se lo compró a un embajador.
-¿Y de dónde sacó la plata?
-Ya sabés. A mí nunca me dice nada.
Silvia se dio vuelta para comprobar si el objeto extraño seguía ahí. Desdibujado por los reflejos del sol, el Oldsmobile parecía avanzar solo por el jardín. Lo despidió otra vez para no tener que hacerlo más tarde; se preguntó qué otra cosa tendría que haber despedido ya. Tanteó los bordes de la mesa del comedor, que su madre mantenía a oscuras para atenuar el calor, y se recostó en el diván de cuero que le servía de cama. A falta de una habitación propia, guardaba sus cosas en un armario, entre manteles y platos de losa. Su único tesoro era una caja de lata pintada de negro. Todavía ciega por el sol de la calle, sin levantarse del diván, sostuvo la caja con una sola mano, la apoyó primero en el pecho y después en el piso. Eran las tres de la tarde de un verano sin lluvia. Afuera, las hojas de la parra, inmóviles, parecían de papel viejo. La luz era lo único que se movía. Silvia tiene ahora una mano sobre la caja que apoyó en el suelo. Es una caja grande, dividida en dos como el debe y el haber de un libro de contabilidad. Y la relación entre esas dos partes es, justamente, comercial. De un lado, hojas de carpeta escritas con tinta verde; del otro, lápices de labios, esmaltes para uñas, espejos no más grandes que discos de teléfono, limas, pinzas, tijeras y frascos de perfume. Silvia mira todo con aire preocupado y calculador, como un tendero frente a las cuentas de fin de mes.
Hace algún tiempo llegó a un acuerdo con Hilda, vecina de veintiún años cuya madre es dueña de la mejor perfumería del barrio. Cada tanto, Silvia le entrega una de esas hojas de carpeta escritas en tinta verde y recibe a cambio toda clase de cosméticos. Hilda dice que son poemas. Los pasa a máquina, los firma con su nombre (a Silvia no le importa perderlos para siempre) y los manda a una revista del centro, donde suelen publicarlos. Pero estas pocas hojas son, ahora, el único capital. "¿Te está fallando la inspiración, nena?", le preguntó Hilda la semana pasada. Silvia no sabe cuándo se le van a ocurrir esas frases sueltas que, desde que su amiga le propuso el trueque, anota en seguida. Se le cierran los ojos como si mirara el sol de frente y por unos segundos le parece que las manos se le alargaran y estuvieran a punto de abandonarla. Pero no ve visiones, como supone Hilda. No ve nada, en ese momento, ni siquiera lo que tiene delante de los ojos. Ve un color amarillo que avanza desde muy lejos. Durante uno o dos minutos, la casa da vueltas como un trompo y aparecen las frases, incomprensibles. Es una sensación desagradable, que soporta de buena gana desde que le sirven para conseguir lápices de labios y esmalte para las uñas. Se le ocurrió una vez anotar algunas frases sin pasar por la incomodidad del mareo, pero a Hilda no le gustaron: "¿Qué es esto?", le dijo: "Parece una composición de primero inferior". También se le ocurrió copiar poemas del manual del colegio, pero la vecina lo descubrió en seguida.
Silvia no se acuerda casi nada de los poemas que ha escrito calculando sí merecerían el pago de perfumes caros o de un simple lápiz para las cejas. Se acuerda remotamente de haber escrito sobre un hombre rencoroso que bebe cerveza, un viejo con una manzana en la mano, cantantes de ópera perdidos en una estación de trenes, una plaza llena de tranvías, un padre que le aconseja a su hijo no amar durante mucho tiempo a nadie ("eso gasta" decía el padre) y un herrero borracho que sólo trabaja a la hora de la siesta. Al principio, Hilda lo leía todo con entusiasmo, pero ahora lo hace con el aire crítico de un traficante de cuadros. Poco después de que Silvia plagiara sin éxito algunos poemas modernistas, su amiga había celebrado exultante tres líneas breves en las que se hablaba de una joven cantante desnuda y de un coro de viejos envidiosos. Pero volvió, hecha una furia, al día siguiente.
-¿Por qué copiaste otra vez? Esto es muy parecido a un poema de Chapsey -había gritado desagradablemente con su voz aguda.
Silvia estaba de espaldas, pegada a la radio. No contestó. Siguió moviendo el dial hasta encontrar la música que buscaba: Can't buy me love. Se dio vuelta y tuvo otra vez (hacía poco que le pasaba esto) la sensación fulminante de que pronto empezarían a ocurrírsele otra clase de frases. Cuando grita, pensó, parece una vieja.
-Y yo qué sé quién es ése -dijo.
Hilda se convenció. Por eso, cuando leyó la historia de una ninfa díscola condenada a repetir los finales de todas las palabras, se cuidó de mandarla a la revista pero no dijo nada. Y se enojó consigo misma, no con Silvia, cuando recibió una carta del director en la que se le explicaba que alguien había ya contado en verso el diálogo entre un filósofo (un tal Michael Robartes) y una bailarina. Pero estas coincidencias no eran frecuentes. Lo alarmante, ahora, era la escasez de poemas.

El baño de esta casa no es más grande que el de un tren. Y, como los baños de los trenes, tiene una ventana. La ventana está entreabierta: en el espejo se reflejan, oblicuos, las ramas del jazmín, la tela verde del toldo y el bidón de querosén, que la sombra del toldo corta por la mitad. Silvia se mira en el espejo, metódicamente, las cejas, la boca, las pestañas. Desde hace algunos meses, se encierra en el baño a la hora de la siesta con la caja negra y la foto de una modelo que recortó de una revista. Pincha la foto en la pared y ensaya frente al espejo los efectos del verde, el negro y el rojo oscuro sobre la piel blanca. Después, si su padre no está en la casa, va hasta la vereda y se deja ver por los dos o tres vecinos distraídos, repentinamente sobresaltados, que pasan por la calle. Pero a veces tropieza con su padre, que grita y levanta la mano. Silvia piensa entonces que si su padre la encontrara en otro barrio, no la reconocería.
La mano callosa del padre se mueve, ahora, en el espejo. Silvia no lo ve del todo, pero sabe que está en el patio, parado junto al bidón y despreciando la sombra del toldo. No sólo porque su padre está en la casa no podrá esta tarde salir pintada a la vereda: le falta perfume y también sombra verde para los ojos. Y no sabe cómo conseguirlos: ya no se le ocurren poemas y de Hilda no puede esperar nada gratis. Con un trapo empapado en querosén su padre limpia, ahora, un collar de arandelas de bronce (sus cajas de herramientas parecen estantes de una joyería). El olor del querosén entra por la ventana como un manotazo. Silvia la entorna un poco más. El espejo se vuelve profundo y azulado, con una franja verde y tenue que parece desprendida de otro planeta. En la franja se ven, cerca, las ramas del jazmín y, a lo lejos, las baldosas, las hileras de calas y, mucho más brillante que las arandelas el auto. A lo mejor, piensa Silvia, los poemas se me fueron porque llegó el auto. En el espejo, la mano es un bicho que mueve las patas como si se estuviera muriendo. Silvia cierra los ojos como si de pronto se cansara de esperar el tren en una estación llena de gente. Se le cae al suelo el lápiz de las cejas. El espejo, amarillo, da vueltas como un trompo. Se prepara para escribir algún poema en tiras de papel higiénico. Recupera el lápiz de las cejas, pero no hay palabras; sólo un amarillo burbujeante que, en lugar de avanzar, se aleja: desaparece como la última fila de una procesión, como jugadores que se meten en el vestuario después de haber perdido el partido. Todavía mareada, Silvia abre la puerta del baño sin haberse quitado el maquillaje.
Hilda está con su madre, en la cocina, murmurando. Hace una semana que viene todas las tardes, charla con su madre y, antes de irse, le pregunta: "¿Tenés algo, nena?". Pero ahora, sorprendida, fría, le pregunta otra cosa:
-¿Qué te hiciste en la cara?
En el fondo del diván, inmóvil como la foto de moda que quiso copiar, Silvia trata de abrir los ojos y de atrapar las voces que le llegan indescifrables como gritos de pájaros. Los abre apenas, y lo que ve es tan imposible que la hace sonreír: su padre aparece envuelto en seda amarilla, dócil como una figura que levita.
Tres semanas más tarde, Silvia ya lo sabe: nunca más se le ocurrirán poemas. También los mareos han desaparecido. Las sesiones frente al espejo son ahora más rápidas, furtivas y eficaces. Desde hace unos días, Hilda no viene tanto con la esperanza de conseguir papelitos escritos en tinta verde y continuar así su singular carrera literaria, sino con la intención de que su madre la ayude a resolver cierto lío sentimental en el que se ha metido. Todas las noches, su padre dedica dos horas a la limpieza del Oldsmobile. Lo riega como a una planta, lo seca como a un florero de porcelana y después lo mira como a un monumento. Como un monumento, el auto no se ha movido de su lugar, ni siquiera se ha oído el ruido del motor.
-A este auto le van a salir raíces -dice la madre, ofendida.
Y también, cuando su marido no puede oírla:
-La gente tiene razón: andan diciendo que cualquier día le pone perfume y un clavel en el parabrisas.
Hilda murmura con su madre en la cocina. La madre toma té de fresno para prevenir el reuma precoz que, cree, va a empezar a sufrir en cualquier momento. Hilda no sólo murmura; cada tanto, sube la voz. Silvia no sabe demasiado de qué están hablando: con el televisor encendido, prepara los exámenes de marzo. Por primera vez en varios meses, está por llover. Su madre ha cerrado la puerta y levantado las persianas. La luz se va de a poco. Una botella de vino, vacía, rueda en el patio, choca contra el bidón y se queda quieta. Silvia encuentra en la carpeta de geografía la hoja que, meses atrás, Hilda cortó por la mitad. La había leido, la había doblado y cortado en dos y le había devuelto la mitad: "Esto no vale ni una cajita de limas para las uñas. Qué manía: repetiste la palabra amarillo cinco veces en tres renglones", le había dicho. La voz de Hilda, en la cocina, sigue subiendo. Silvia escucha dos o tres frases y, de pronto, está completamente segura de lo que va a decir. A lo mejor, piensa, es por lo que se me ocurre ahora que ya no me salen más poemas.
-Vos no sos una mujer. Y no lo vas a ser nunca -dice Silvia, despacio, con los ojos fijos en la pantalla del televisor.
Hilda la mira como si hubiera sido picada por un escorpión. Se levanta, abre la puerta y se queda un rato ahí, observando el jardín, reteniendo el asombro. La madre sirve otra taza de té. En el televisor se hace un silencio. Hilda habla, por fin, con una voz súbitamente suave y complacida.
-Vení, nena. Mira.
Se ha nublado del todo. El viento dobla las calas. El auto no está más.

sábado, 30 de noviembre de 2013

Cuento de Jorge Dávila Vázquez

EL COQUETEO SILENCIOSO
 
Jorge Dávila Vázquez
A Diego Araujo Sánchez
 
Jorge Dávila Vázquez nació en Cuenca en 1947. Es autor de las novelas María Joaquina en la vida y en la muerte (1976), La vida secreta (1999), Piripipao (2000), De rumores y sombras (1991). Los libros de cuentos Los tiempos del olvido (1977); Este mundo es el camino (1980); Cuentos breves y fantásticos y Acerca de los ángeles (1995); Historias para volar, Entrañables y Arte de la brevedad (2001); Minimalía (2005). Poesía: Memoria de la poesía (1999) Río de memoria (2004). Ensayo: César Dávila Andrade, combate poético y suicidio (1998).

Todo comenzó con la llegada de la prima Lety.
Esa prima, de la que todos en la familia habían hecho una fuente de silencio.
Por ejemplo, si alguien decía, las hijas del primo Alberto son la Lucía, la Rosita y la otra, ya se sabía quién era «la otra», porque hasta su nombre se disolvía en aguas de disimulo, tersamente.
Al principio, ni Rafaela ni Elida alcanzaban a entender el porqué de ese callarse repentino, de esa omisión insegura, de esas toses de hipocresía que rodeaban como pantalla a una pariente casi invisible; ni entendían las razones de un olvido, que incluso recortó fotografías, dejando horribles, inexplicables huecos, volvió imprecisas las fechas y sembró de contradicciones la conversación sobre el tema.
Lety se volvió visible la vez que la abuela, medio chocheante a ratos, les dijo algo como que la pobre chica, Dios sabe por qué, de pronto, tal vez el arte, a lo mejor quienes se dedicaban a maromas y oficios de saltimbanqui, pues, éste, no, o al menos creo que pueden ser honestas, pero que, en fin de cuentas, cosas eran que se daban hasta en las mejores familias.
¡Así que la prima Lety no era muy honesta! Fue una revelación que llegó a sus vidas en una época inquieta, llena de suspicacias y sobresaltos, que les hacían adivinar misterios a cada instante y en todo aquello que antes fuera inocente, sin importancia, de cada día; que les hacían correr a la ventana, apenas se escuchaba el ruido de un auto deteniéndose o pasando por la calle, apenas se adivinaba el paso de alguien esperado, que no llegaba más que en la imaginación, apenas había sonado el timbre de la puerta, como si la mujer que traía diariamente la leche o el hombre que entregaba verduras anunciasen una presencia irreal y mágica. Época de suspiros inmotivados, de miradas lánguidas y de fotos de actores de cine, recortadas prolijamente y guardadas con celo entre las páginas de los cuadernos de historia o en el Álgebra de Baldor.
Y poco tiempo después de la revelación, súbitamente, zas, como un rayo en un trigal, el telegrama «mañana ésa, Lety». Ella, la prima en persona, y no sola, no.
Lo presentó como «un amigo». Él se alojó en el Hotel Margarita. Era rubio, alto, con un rostro de niño y unos labios que recordaban escondidas fotos, un bigote de evocar suspiros inmotivados y un porte que hacía pensar en inquietas carreritas al balcón.
Elida y Rafaela decidieron bien pronto que la prima Lety, pese a ser encantadora, usar cosméticos caros y perfumes finos, pese a unos ojos entrenados, tanto para entornarse cual abanicos de poemas rubendarianos, cuanto para abrirse desmesurados o quedar fijos como los de un ternero manso; pese a sus vestidos de telas suntuosas, a sus ademanes de actriz en escena y a su modo de hablar, que recordaba a las amantes de radionovela, que ellas conocían tan bien; pese a todo, era una vieja.
Una vieja, sí señor, ahhh, y él, tan guapo, Dios mío, tan cara de criatura que dan ganas de cuidarle, de hacerle cariños, tan simpático, tan...
—Culto es tu amiguito —decía la abuela, con un tono entre socarrón y satisfecho—. Suavito, tiene buenos modales.
Las primeras visitas del lindo don Diego —como le llamaron ellas, aprovechando sus pocos conocimientos de literatura en sus juegos de casiamor— fueron de lo más corteses y distantes. Pero, poco a poco, la atmósfera se fue llenando de pájaros encendidos, moscardones y libélulas que sobrenadaban estanques tibios y silentes, olorosos a malva y azahar.
Por supuesto, en la casa, sólo cuatro personas respiraban ese aire de aves, insectos y susurro azaharado: Diego, Leticia y aquellas que fueron quizás las que lo generaron: Elida y Rafaela, que no decían más que una que otra palabra, sonreían apenas, rozaban el dorso de la mano de Diego, al pasar, así, como por casualidad, o soltaban su cabello en presencia del huésped, con un ademán ingenuo, inocente y maligno; o se pasaban la lengua por los labios frescos, perversamente; todo en medio de un gozo y una fruición que no lograban ni querían explicarse, riendo, secreteando, melosas, panal, en el perfume denso de la miel mañanera.
Diego, que se limitaba a sonreír, entre ignorante del juego que lo envolvía y halagado, secretamente halagado.
Y Leticia, que se sofocaba, que no lograba disimular el amargor, la angustia que le producía tanta juventud, tanto derroche de vida, y que empezaba a recordarles a las muchachas esas mujeres tremendas de los libros, que matan por amores o por celos, esas mujeres que en los cuadros viejos aparecían con unos ojos muy semejantes a los suyos, en alguna foto de las que les enseñara, entresacándolas de su álbum de recuerdos artísticos.
Los otros seres de la familia seguían viviendo en otro mundo, en el cual ningún pájaro de ensueño parecía aletear, ninguna mariposa dejaba un polvillo vano y plateado en las pestañas; un mundo, en fin, donde la única libélula capaz de poner un toque de breve sonoridad, el solo abejorro que revoloteaba con un zumbido negro y destellante, era la abuela en susurro con alguno de los tíos o tías, sobre la extrema juventud del amiguito de la Lety, sobre la forma en que ésta lo miraba, casi con veneración, como a los santos cuando niña, y él, tan indiferente como esos mismos santos, ¿no?, ropa tan cara, ¿no?, y el olor, esta mujer sí que huele como decía en el Don Quijote, a ámbar y algalia, aunque no sabemos ni qué es lo uno, ni qué es lo otro. Ay, mamita, ya otra vez no está tomando los remedios, ya está, de nuevo hablando tonterías. La vejez no tiene remedio.
Pero, salvo ese insecto bisbisante, todos, en apariencia, inmunes al viento de fiebre que temblaba entre las paredes de la casa y que sacudía a los cuatro desde dentro, poniendo colores arrebolados en las caras de las chicas, empalideciendo mortalmente a Leticia, azotando el rubio bigotito del lindo don Diego, sus levitas claras, sus pantalones a la moda, sus pañuelos de seda.
La crisis febricitante alcanzó su grado más alto la mañana siguiente a una noche de pesadillas, en la que Leticia soñó que se hundía en un pantano cubierto de flores. Ella quería sentir asco por toda esa lozanía flotando sobre aguas descompuestas y sólo sentía algo vago, como un temor inexpresable. Fue la noche aquella en que había pasado dando manotazos para volver al aire y a la conciencia, tornando a dormirse y cayendo en la tembladera, sumiéndose y saliendo bruscamente a la oscuridad, al semisueño, al insomnio, hasta las cuatro de la madrugada.
A las nueve, hora de la diaria llegada del lindo don Diego, las muchachas se percataron de que la prima dormía profundamente.
Hubo un juego de miradas cómplices, silentes, felices.
Rafaela se instaló en la puerta, mientras Elida descendía, luego de cuidadosa inspección del terreno y cerciorándose de total ausencia de tíos y tías, éxtasis de la abuela, mercado de la servidumbre, a apostarse en el jardín.
—Está dormida —dijo, franqueando la entrada al visitante, en el momento justo en que éste iba a timbrar.
—Volveré... —dudaba él.
—¿No quieres esperarla... no quieres entrar? —en algo de esa voz vacilante había una invitación secreta, creyó percibirla.
—Bueno —aceptó.
Cerca de la sala, Diego sentía el roce febril de la mano, la respiración agitada, ya en la puerta, el pecho, el cuerpo, el rostro.
—Yo... —murmuró.
Elida sonreía, turbada, con los ojos entrecerrados, apretándose anhelante contra él.
—Cuidado —advirtió Diego, pero ya la boca cálida estaba junto a la suya, los labios en sus labios, buscándolos, jugueteando con su bigote rubio. Sus manos temblaban en el cuerpo de la muchacha, que escapó casi enseguida, para montar guardia en el piso alto, junto al dormitorio de Leticia.
—Está dormida —dijo Rafaela, tendiéndole la mano. Diego, en ese instante, tuvo plena conciencia del aire enrarecido. Luego, la misma febrilidad, el temblor, el miedo fugaz, la boca, el cuerpo, las manos que buscaban sin saber qué, en ese huir jovencito y dulzón, tan pasajero como el de Elida, Elida, que murmuraba al oído de Leticia en la falsa oscuridad del dormitorio.
—Lety, Diego está aquí, ¿qué le decimos?
—¡Ah! —la vio asustada, como saliendo de una breve muerte, abrir los ojos enormemente, e incorporarse—. Dile que me espere, que ya bajo.
Y se desperezaba, bostezando.
Elida salió del cuarto. Silbaba. Tenía un canario en el pecho, y en la boca un sabor de loción, de ésa tan fuerte, que al percibirla en Diego su abuela había dicho «pero, este amigo de Lety es más perfumado que mujer».
Su trino rompió una caricia apenas iniciada en la sala, y el resto del tiempo se disolvió en risitas, juegos de palabras y sobrentendidos, hasta que Leticia descendió las escaleras, cual si fuera la heroína de esas viejas películas románticas —que a veces les permitían ir a admirar, cuando mamita se había cerciorado de que no eran para «mayores con reparos»—, con el cabello suelto, el salto de cama con los encajes del pecho entreabiertos y una pierna todavía hermosa, descubriéndose a cada paso.
—Mi amor —dijo Lety, besando al lindo don Diego junto a la boca, en la punta del bigotito rubio—, mañana nos vamos, así que, si quieres comprar algunas de esas cosas hechas por nuestra gente, qué sé yo, bordados, tejidos para tu mamá, o una joya en filigrana, algo de lo que tú llamas «maravillas», tienes que hacerlo hoy.
Ellas se miraron en silencio y abandonaron la habitación sin hacer ruido, sintiendo sobre sus figuras frescas, palpitantes e indecisas la mirada de Diego; ligeras turbaciones lo sacudían aún, ellas las percibieron, tanto como la intranquilidad en los ojos de Lety, su casi temor.
Los vieron partir al otro día.
La familia en pleno fue a decirles adiós en la estación.
Las muchachas jugueteaban, ambas, con un dedo en los labios, como invitando a guardar silencio, o enviando besitos volados, furtivos. Diego sonreía, con una leve tristeza. Leticia, aliviada por el presente, pero insegura, desconfiada, con un algo amargo revolando sobre el futuro, cotorreaba, prometía escribir, se acomodaba un horrible sombrero que llamó la atención de todo el mundo; besos a la abuela; cariños, que algo de arañazos tenían, a ellas; abrazos a tíos y tías.
Él, al estrechar sus manos, apretó, dulce, cómplicemente.
Las dos tenían los ojos brillantes cuando el autobús partió, levantando una polvareda luminosa.
La familia caminaba hacia la casa, en medio de una conversación sin trascendencia, insulsa en apariencia, pero colmada de alivio. Un alivio que se resumió en las frases de la abuela, a la que todos hicieron callar, aunque expresaban sus pensamientos:
—¡Vaya, antes se fueron! ¡Ya mucho estaba durando la visita!
—¡Hermoso día! —suspiró Elida.
—Así es —confirmó Rafaela, echando a volar sus ojos y su pensamiento en pos de un gusano polvoroso que se perdía ya en una curva distante—. Así es.
Y se sonrieron una a la otra, en silencio. Un silencio cargado de mínimos secretos.

Cuento de Bryce Echenique

Con Jimmy en Paracas
Lo estoy viendo; realmente es como si lo estuviera viendo; allí está sentado, en el amplio comedor veraniego, de espaldas a ese mar donde había rayas, tal vez tiburones. Yo estaba sentado al frente suyo, en la misma mesa, y, sin embargo, me parece que lo estuviera observando desde la puerta de ese comedor, de donde ya todos se habían marchado, ya sólo quedábamos él y yo, habíamos llegado los últimos, habíamos alcanzado con las justas el almuerzo. Esta vez me había traído; lo habían mandado sólo por el fin de semana. Paracas no estaba tan lejos: estaría de regreso a tiempo para el colegio, el lunes. Mi madre no había podido venir; por eso me había traído. Me llevaba siempre a sus viajes cuando ella no podía acompañarlo, y cuando podía volver a tiempo para el colegio. Yo escuchaba cuando le decía a mamá que era una pena que no pudiera venir, la compañía le pagaba la estadía, le pagaba hotel de lujo para dos personas. "Lo llevaré", decía, refiriéndose a mí. Creo que yo le gustaba para esos viajes.
Y a mí, ¡cómo me gustaban esos viajes! Esta vez era a Paracas. Yo no conocía Paracas, y cuando mi padre empezó a arreglar la maleta, el viernes por la noche, ya sabía que no dormiría muy bien esa noche, y que me despertaría antes de sonar el despertador.
Partimos ese sábado muy temprano, pero tuvimos que perder mucho tiempo en la oficina, antes de entrar en la carretera al sur. Parece que mi padre tenía todavía cosas que ver allí, tal vez recibir las últimas instrucciones de su jefe. No sé; yo me quedé esperándolo afuera, en el auto, y empecé a temer que llegaríamos mucho más tarde de lo que habíamos calculado.
Una vez en la carretera, eran otras mis preocupaciones. Mi padre manejaba, como siempre, despacísimo; más despacio de lo que mamá le había pedido que manejara. Uno tras otro, los automóviles nos iban dejando atrás, y yo no miraba a mi padre para que no se fuera a dar cuenta de que eso me fastidiaba un poco, en realidad me avergonzaba bastante. Pero nada había que hacer, y el viejo Pontiac, ya muy viejo el pobre, avanzaba lentísimo, anchísimo, negro e inmenso, balanceándose como una lancha sobre la carretera recién asfaltada.
A eso de la mitad del camino, mi padre decidió encender la radio, Yo no sé qué le pasó; bueno, siempre sucedía lo mismo, pero sólo probó una estación, estaba tocando una guaracha, y apagó inmediatamente sin hacer ningún comentario. Me hubiera gustado escuchar un poco de música, pero no le dije nada. Creo que por eso le gustaba llevarme en sus viajes; yo no era un muchachillo preguntón; me gustaba ser dócil; estaba consciente de mi docilidad. Pero eso sí, era muy observador.
Y por eso lo miraba de reojo, y ahora lo estoy viendo manejar. Lo veo jalarse un poquito el pantalón desde las rodillas, dejando aparecer las medias blancas, impecables, mejores que las mías, porque yo todavía soy un niño; blancas e impecables porque estamos yendo a Paracas, hotel de lujo, lugar de veraneo, mucha plata y todas esas cosas. Su saco es el mismo de todos los viajes fuera de Lima, gris, muy claro, sport; es norteamericano y le va a durar toda la vida. El pantalón es gris, un poco más oscuro que el saco, y la camisa es la camisa vieja más nueva del mundo; a mí nunca me va durar una camisa como le duran a mi padre.
Y la boina; la boina es vasca; él dice que es vasca de pura cepa. Es para los viajes; para el aire, para la calvicie. Porque mi padre es calvo, calvísimo, y ahora que lo estoy viendo ya no es un hombre alto. Ya aprendí que mi padre no es un hombre alto, sino más bien bajo. Es bajo y muy flaco. Bajo, calvo y flaco, pero yo entonces tal vez no lo veía aun así, ahora ya sé que sólo es el hombre más bueno de la tierra, dócil como yo, en realidad se muere de miedo de sus jefes; esos jefes que lo quieren tanto porque hace siete millones de años que no llega tarde ni se enferma ni falta a la oficina; esos jefes que yo he visto cómo le dan palmazos en la espalda y se pasan la vida felicitándolo en la puerta de la iglesia los domingos; pero a mí hasta ahora no me saludan, y mi padre se pasa la vida diciéndole a mi madre, en la puerta de la iglesia los domingos, que las mujeres de sus jefes son distraídas o no la han visto, porque a mi madre tampoco la saludan, aunque a él, a mi padre, no se olvidaron de mandarle sus saludos y felicitaciones cuando cumplió un millón de años más sin enfermarse ni llegar tarde a la oficina, la vez aquella en que trajo esas fotos en que, estoy seguro, un jefe acababa de palmearle la espalda, y otro estaba a punto de palmeársela; y esa otra foto en que ya los jefes se habían marchado del cocktail, pero habían asistido, te decía mi padre, y volvía a mostrarte la primera fotografía.
Pero todo esto es ahora en que lo estoy viendo, no entonces en que lo estaba mirando mientras llegábamos a Paracas en el Pontiac. Yo me había olvidado un poco del Pontiac, pero las paredes blancas del hotel me hicieron verlo negro, ya muy viejo el pobre, y tan ancho. "Adónde va a caber esta mole", me preguntaba, y estoy seguro de que mi padre se moría de miedo al ver esos carrazos, no lo digo por grandes, sino por la pinta. Si les daba un topetón, entonces habría que ver de quién era ese carrazo, porque mi padre era muy señor, y entonces aparecería el dueño, veraneando en Paracas con sus amigos, y tal vez conocía a los jefes de mi padre, había oído hablar de él "no ha pasado nada, Juanito" (así se llamaba, se llama mi padre), y lo iban a llenar de palmazos en la espalda, luego vendrían los aperitivos, y a mí no me iban a saludar, pero yo actuaría de acuerdo a las circunstancias y de tal manera que mi padre no se diera cuenta de que no me habían saludado. Era mejor que mi madre no hubiera venido.
Pero no pasó nada. Encontramos un sitio anchísimo para el Pontiac negro, y al bajar, así sí que lo vi viejísimo. Ya estábamos en el hotel de Paracas, hotel de lujo y todo lo demás. Un muchacho vino hasta el carro por la maleta. Fue la primera persona que saludamos. Nos llevó a la recepción y allí mi padre firmó los papeles de reglamento, y luego preguntó si todavía podíamos "almorzar algo" (recuerdo que así dijo). El hombre de la recepción, muy distinguido, mucho más alto que mi padre, le respondió afirmativamente: "Claro que sí señor. El muchacho lo va a acompañar hasta su "bungalow", para que usted pueda lavarse las manos, si lo desea. Tiene usted tiempo, señor; el comedor cierra dentro de unos minutos, y su 'bungalow' no está muy alejado." No sé si mi papá, pero yo todo eso de 'bungalow" lo entendí muy bien, porque estudio en colegio inglés y eso no lo debo olvidar en mi vida y cada vez que mi papá estalla, cada mil años, luego nos invita al cine, grita que hace siete millones de años que trabaja enfermo y sin llegar tarde para darle a sus hijos lo mejor, lo mismo que a los hijos de sus jefes.
El muchacho que nos llevó hasta el "bungalow" no se sonrió mucho cuando mi padre le dio la propina, pero ya yo sabía que cuando se viaja con dinero de la compañía no se puede andar derrochando, si no, pobres jefes, nunca ganarían un céntimo y la compañía quebraría en la mente respetuosa de mi padre, que se estaba lavando las manos mientras yo abría la maleta y sacaba alborotado mi ropa de baño. Fue entonces que me enteré, él me lo dijo, que nada de acercarme al mar, que estaba plagado de rayas, hasta había tiburones. Corrí a lavarme las manos, por eso de que dentro de unos minutos cierran el comedor, y dejé mi ropa de baño tirada sobre la cama. Cerramos la puerta del "bungalow" y fuimos avanzando hacia el comedor. Mi padre también, aunque menos, creo que era observador; me señaló la piscina, tal vez por eso de la ropa de baño. Era hermoso Paracas; tenía de desierto, de oasis, de balneario; arena, palmeras, flores, veredas y caminos por donde chicas que yo no me atrevía a mirar, pocas ya, las últimas, las más atrasadas, se iban perezosas a dormir esa siesta de quien ya se acostumbró al hotel de lujo. Tímidos y curiosos, mi padre y yo entramos al comedor.
Y es allí, sentado de espaldas al mar, a las rayas y a los tiburones, es allí donde lo estoy viendo, como si yo estuviera en la puerta del comedor, y es que en realidad yo también me estoy viendo sentado allí, en la misma mesa, cara a cara a mi padre y esperando al mozo ese, que a duras penas contestó a nuestro saludo, que había ido a traer el menú (mi padre pidió la carta y él dijo que iba por el menú) y que según papá debería habernos cambiado de mantel, pero era mejor no decir nada porque, a pesar de que ése era un hotel de lujo, habíamos llegado con las justas para almorzar. Yo casi vuelvo a saludar al mozo cuando regresó y le entregó el menú a mi padre que entró en dificultades y pidió, finalmente, corvina a la no sé cuántos, porque el mozo ya llevaba horas esperando. Se largó con el pedido y mi padre, sonriéndome, puso la carta sobre la mesa, de tal manera que yo podía leer los nombres de algunos platos, un montón de nombres franceses en realidad, y entonces pensé, aliviándome, que algo terrible hubiera podido pasar, como aquella vez en ese restaurante de tipo moderno, con un menú que parecía para norteamericanos, cuando mi padre me pasó la carta para que yo pidiera, y empezó a contarle al mozo que él no sabía inglés, pero que a su hijo lo estaba educando en colegio inglés, a sus otros hijos también, costara lo que costara, y el mozo no le prestaba ninguna atención, y movía la pierna porque ya se quería largar.
Fue entonces que mi padre estuvo realmente triunfal. Mientras el mozo venía con las corvinas a la no sé cuántos, mi padre empezó a hablar de darnos un lujo, de que el ambiente lo pedía, y de que la compañía no iba a quebrar si él pedía una botellita de vino blanco para acompañar esas corvinas. Decía que esa noche a las siete era la reunión con esos agricultores, y que le comprarían los tractores que le habían encargado vender; él nunca le había fallado a la Compañía. En ésas estaba cuando el mozo apareció complicándose la vida en cargar los platos de la manera más difícil, eso parecía un circo, y mi padre lo miraba como si fuera a aplaudir, pero gracias a Dios reaccionó y tomó una actitud bastante forzada, aunque digna, cuando el mozo jugaba a casi tirarnos los platos por la cara, en realidad era que los estaba poniendo elegantemente sobre la mesa y que nosotros no estábamos acostumbrados a tanta cosa. "Un blanco no sé cuántos", dijo mi padre. Yo casi lo abrazo por esa palabra en francés que acababa de pronunciar, esa marca de vino, ni siquiera había pedido la carta para consultar, no, nada de eso; lo había pedido así no más, triunfal, conocedor, y el mozo no tuvo más remedio que tomar nota y largarse a buscar.
Todo marchaba perfecto. Nos habían traído el vino y ahora recuerdo ese momento de feliz equilibrio: mi padre sentado de espaldas al mar, no era que el comedor estuviera al borde del mar, pero el muro que sostenía esos ventanales me impedía ver la piscina y la playa, y ahora lo que estoy viendo es la cabeza, la cara de mi padre, sus hombros, el mar allá atrás, azul en ese día de sol, las palmeras por aquí y por allá, la mano delgada y fina de mi padre sobre la botella fresca de vino, sirviéndome media copa, llenando su copa, "bebe despacio, hijo", ya algo quemado por el sol, listo a acceder, extrañando a mi madre, buenísimo, y yo ahí, casi chorreándome con el jugo ese que bañaba la corvina, hasta que vi a Jimmy. Me chorreé cuando lo vi. Nunca sabré por qué me dio miedo verlo. Pronto lo supe.
Me sonreía desde la puerta del comedor, y yo lo saludé, mirando luego a mi padre para explicarle quién era, que estaba en mi clase. etc.: pero mi padre, al escuchar su apellido, volteó a mirarlo sonriente, me dijo que lo llamara, y mientras cruzaba el comedor, que conocía a su padre, amigo de sus jefes, uno de los directores de la compañía, muchas tierras en esa región...
-Jimmy, papá. -Y se dieron la mano.
-Siéntate, muchacho -dijo mi padre, y ahora recién me saludó a mí.
Era muy bello; Jimmy era de una belleza extraordinaria: rubio, el pelo en anillos de oro, los ojos azules achinados, y esa piel bronceada, bronceada todo el año, invierno y verano, tal vez porque venía siempre a Paracas. No bien se había sentado, noté algo que me pareció extraño: el mismo mozo que nos odiaba a mi padre y a mí, se acercaba ahora sonriente, servicial, humilde, y saludaba a Jimmy con todo respeto; pero éste, a duras penas le contestó con una mueca. Y el mozo no se iba, seguía ahí, parado, esperando órdenes, buscándolas, yo casi le pido a Jimmy que lo mandara matarse. De los cuatro que estábamos ahí, Jimmy era el único sereno.
Y ahí empezó la cosa. Estoy viendo a mi padre ofrecerle a Jimmy un poquito de vino en una copa. Ahí empezó mi terror.
-No, gracias -dijo Jimmy-. Tomé vino con el almuerzo. -Y sin mirar al mozo, le pidió un whisky.
Miré a mi padre: los ojos fijos en el plato, sonreía y se atragantaba un bocado de corvina que podía tener millones de espinas. Mi padre no impidió que Jimmy pidiera ese whisky, y ahí venía el mozo casi bailando con el vaso en una bandeja de plata, había que verlo sonreírse al hijo de puta. Y luego Jimmy sacó un paquete de Chesterfield, lo puso sobre la mesa, encendió uno, y sopló todo el humo sobre la calva de mi padre, claro que no lo hizo por mal, lo hizo simplemente, y luego continuó bellísimo, sonriente, mirando hacia el mar, pero mi padre ni yo queríamos ya postres.
-¿Desde cuándo fumas? -le preguntó mi padre, con voz temblorosa.
-No sé; no me acuerdo -dijo Jimmy, ofreciéndome un cigarrillo.
-No, no, Jimmy; no...
-Fuma no más, hijito; no desprecies a tu amigo.
Estoy viendo a mi padre decir esas palabras, y luego recoger una servilleta que no se le había caído, casi recoge el pie del mozo que seguía ahí parado. Jimmy y yo fumábamos, mientras mi padre nos contaba que a él nunca le había atraído eso de fumar, y luego de una afección, a los bronquios que tuvo no sé cuándo, pero Jimmy empezó a hablar de automóviles, mientras yo observaba la ropa que llevaba puesta, parecía toda de seda, y la camisa de mi padre empezó a envejecer lastimosamente, ni su saco norteamericano le iba a durar toda la vida.
-¿Tú manejas, Jimmy? -preguntó mi padre.
-Hace tiempo. Ahora estoy en el carro de mi hermana; el otro día estrellé mi carro, pero ya le va a llegar otro a mi papá. En la hacienda tenemos varios carros.
Y yo muerto de miedo, pensando en el Pontiac; tal vez Jimmy se iba a enterar que ése era el de mi padre, se iba a burlar tal vez, lo iba a ver más viejo, más ancho, más feo que yo. "¿Para qué vinimos aquí?" Estaba recordando la compra del Pontiac, a mi padre convenciendo a mamá, "un pequeño sacrificio", y luego también los sábados por la tarde, cuando lo lavábamos, asunto de familia, todos los hermanos con latas de agua, mi padre con la manguera, mi madre en el balcón, nosotros locos por subir, por coger el timón, y mi padre autoritario: "Cuando sean grandes, cuando tengan brevete", y luego, sentimental: "Me ha costado años de esfuerzo".
-¿Tienes brevete, Jimmy?
-No; no importa; aquí todos me conocen. Y entonces fue que mi padre le preguntó que cuántos años tenía y fingió creerle cuando dijo que dieciséis, y yo también, casi le digo que era un mentiroso, pero para qué, todo el mundo sabía que Jimmy estaba en mi clase y que yo no había cumplido aún los catorce años.
-Manolo se va conmigo -dijo Jimmy-; vamos a pasear en el carro de mi hermana.
Y mi padre cedió una vez más, nuevamente sonrió, y le encargó a Jimmy saludar a su padre.
-Son casi las cuatro -dijo-, voy a descansar un poco, porque a las siete tengo una reunión de negocios. -Se despidió de Jimmy, y se marchó sin decirme a qué hora debía regresar, yo casi le digo que no se preocupara, que no nos íbamos a estrellar.
Jimmy no me preguntó cuál era mi carro. No tuve por qué decirle que el Pontiac ese negro, el único que había ahí, era el carro de mi padre. Ahora sí se lo diría y luego, cuando se riera sarcásticamente le escupiría en la cara, aunque todos esos mozos que lo habían saludado mientras salíamos, todos esos que a mí no me hacían caso, se me vinieran encima a matarme por haber ensuciado esa maravillosa cara de monedita de oro, esas manos de primera enamorada que estaban abriendo la puerta de un carro de jefe de mi padre.
A un millón de kilómetros por hora, estuvimos en Pisco, y allí Jimmy casi atropella a una mujer en la Plaza de Armas; a no sé cuántos millones de kilómetros por hora, con una cuarta velocidad especial, estuvimos en una de sus haciendas, y allí Jimmy tomó una Coca-Cola, le pellizcó la nalga a una prima y no me presentó a sus hermanas; a no sé cuántos miles de millones de kilómetros por hora, estuvimos camino de Ica, y por allí Jimmy me mostró el lugar en que había estrellado su carro, carro de mierda ese, dijo, no servía para nada.
Eran las nueve de la noche cuando regresamos a Paracas. No sé cómo, pero Jimmy me llevó hasta una salita en que estaba mi padre bebiendo con un montón de hombres. Ahí estaba sentado, la cara satisfecha, ya yo sabía que haría muy bien su trabajo. Todos esos hombres conocían a Jimmy; eran agricultores de por ahí, y acababan de comprar los tractores de la compañía. Algunos le tocaban el pelo a Jimmy y otros se dedicaban al whisky que mi padre estaba invitando en nombre de la compañía. En ese momento mi padre empezó a contar un chiste, pero Jimmy lo interrumpió para decirle que me invitaba a comer. "Bien, bien; dijo mi padre. Vayan nomás."
Y esa noche bebí los primeros whiskies de mi vida, la primera copa llena de vino de mi vida, en una mesa impecable, con un mozo que bailaba sonriente y constante alrededor de nosotros. Todo el mundo andaba elegantísimo en ese comedor lleno de luces y de Carcajadas de mujeres muy bonitas, hombres grandes y colorados que deslizaban sus manos sobre los anillos de oro de Jimmy, cuando pasaban hacia sus mesas. Fue entonces que me pareció escuchar el final del chiste que había estado contando mi padre, le puse cara de malo, y como que lo encerré en su salita con esos burdos agricultores que venían a comprar su primer tractor. Luego, esto sí que es extraño, me deslicé hasta muy adentro en el mar, y desde allí empecé a verme navegando en un comedor en fiesta, mientras un mozo me servía arrodillado una copa de champagne, bajo la mirada achinada y azul de Jimmy.
Yo no le entendía muy bien al principio; en realidad no sabía de qué estaba hablando, ni qué quería decir con todo eso de la ropa interior. Todavía lo estaba viendo firmar la cuenta; garabatear su nombre sobre una cifra monstruosa y luego invitarme a pasear por la playa. "Vamos", me había dicho, y yo lo estaba siguiendo a lo largo del malecón oscuro, sin entender muy bien todo eso de la ropa interior. Pero Jimmy insistía, volvía a preguntarme qué calzoncillos usaba yo, y añadía que los suyos eran así y asá, hasta que nos sentamos en esas escaleras que daban a la arena y al mar. Las olas reventaban muy cerca y Jimmy estaba ahora hablando de órganos genitales, órganos genitales masculinos solamente, y yo, sentado a su lado, escuchándolo sin saber qué responder, tratando de ver las rayas y los tiburones de que hablaba mi padre, y de pronto corriendo hacia ellos porque Jimmy acababa de ponerme una mano sobre la pierna. "¿Cómo la tienes, Manolo?" dijo, y salí disparado.
Estoy viendo a Jimmy alejarse tranquilamente; regresar hacia la luz del comedor y desaparecer al cabo de unos instantes. Desde el borde del mar, con los pies húmedos, miraba hacia el hotel lleno de luces y hacia la hilera de "bungalows", entre los cuales estaba el mío. Pensé en regresar corriendo, pero luego me convencí de que era una tontería, de que ya nada pasaría esa noche. Lo terrible sería que Jimmy continuara por allí, al día siguiente, pero por el momento, nada; sólo volver y acostarme.
Me acercaba al "bungalow" y escuché una carcajada extraña. Mi padre estaba con alguien. Un hombre inmenso y rubio zamaqueaba el brazo de mi padre, lo felicitaba, le decía algo de eficiencia, y ¡zas! le dio el palmazo en el hombro. "Buenas noches, Juanito", le dijo. "Buenas noches, don Jaime", y en ese instante me vio.
-Mírelo; ahí está. ¿Dónde está Jimmy, Manolo?
-Se fue hace un rato, papá.
-Saluda al padre de Jimmy.
-¿Cómo estás muchacho? O sea que Jimmy se fue hace rato; bueno, ya aparecerá. Estaba felicitando a tu padre; ojalá tú salgas a él. Lo he acompañado hasta su "bungalow".
-Don Jaime es muy amable.
-Bueno, Juanito, buenas noches. -Y se marchó, inmenso.
Cerramos la puerta del "bungalow" detrás nuestro. Los dos habíamos bebido, él más que yo, y estábamos listos para la cama. Ahí estaba todavía mi ropa de baño, y mi padre me dijo que mañana por la mañana podría bañarme. Luego me preguntó que si había pasado un buen día, que si Jimmy era mi amigo en el colegio, y que si mañana lo iba a ver; y yo a todo: "Sí, papá, sí papá", hasta que apagó la luz y se metió en la cama, mientras yo, ya acostado, buscaba un dolor de estómago para quedarme en cama mañana, y pensé que ya se había dormido. Pero no. Mi padre me dijo, en la oscuridad, que el nombre de la compañía había quedado muy bien, que él había ' hecho un buen trabajo, estaba contento mi padre. Más tarde volvió a hablarme; me dijo que don Jaime había estado muy amable en acompañarlo hasta la puerta del "bungalow" y que era todo un señor. Y como dos horas más tarde, me preguntó: "Manolo, ¿qué quiere decir 'bungalow' en castellano?"

domingo, 24 de noviembre de 2013










EL DESPERTAR DE LA SEÑORITA PRIM

Autora: Natalia Sanmartín Fenollera  










Este anuncio es el que lee Prudencia Prim y acude a la entrevista, a un pueblecito -San Ireneo de Arnois- alejado de la civilización.  Allí sus habitantes viven un estilo de vida peculiar donde prima el interés por el conocimiento y las personas y donde se tiene tiempo para pensar.

La Señorita Prim es aceptada para cubrir la plaza de bibliotecaria de El Señor del sillón (nunca aparece su nombre) que es quien la contrata y con quien se establece una buena relación, atípica y siempre agradable y curiosa

Como curiosas y atípicas son las personas que habitan en el pueblo.  Todas ellas reciben cordialmente a la Señorita Prim y cada una de ellas aporta una peculiar visión del mundo en el que viven, cada una de ellas aporta una función a la comunidad y son imprescindibles: pastelería, carpintería, maestra…todos se complementan y todos vienen de un mundo de desengaños y en busca de algo mejor.

Los niños del pueblo no asisten a clase, son educados por El Señor del sillón, éste les proporciona todo el saber (y más) que necesitan, saben de lenguas y escritos antiguos, son unos niños muy reflexivos y, claro está, felices y también peculiares

El libro nos ha gustado a todos, es de fácil lectura y comprensión y bien escrito y ofrece una serie de personajes con características bien descritas y complementarias.

La llegada de Prudencia Prim de la ciudad al pueblo armónico, nos cuenta cómo cada persona reacciona ante la nueva aportación a la comunidad y cómo todos la reciben con cordialidad y se preocupan por su bienestar.  Incluso están dispuestos a encontrarla marido…es ahí en donde la señorita Prim se da cuenta de que la relación que mantiene con el Hombre del Sillón, va más allá de lo meramente profesional, es un amor incipiente

Nos ha sorprendido que sea una escritora española quien haya escrito esta novela porque todo el argumento se desarrolla en algún sitio parecido a la Bretaña Francesa, por ejemplo, en cualquier caso, no parece de España, es curioso y eso también le hace fascinante.

Otro punto a señalar es la referencia que se hace de la comida, todo se centra en torno a bizcochos y pasteles y tes, cualquier recepción se hace en torno a la comida.  Otro aspecto típico de los anglosajones, la típica recepción con la tarta.

En fin, un libro muy agradable de leer y fácil de comprender y con unos protagonistas que dan para analizar.


Por supuesto, el final es feliz, agraciadamente